Domingo, 24 de enero de 2010

Concilio Vaticano II

Los sesenta: ¡qué década!. El nostálgico piensa que todo lo interesante ocurrió entonces. Éramos jóvenes (nuestros padres), la revolución anunciaba sus bondades a la vuelta de la esquina, creíamos en unos barbudos que se hacían con La Habana, la juventud americana decía basta al rígido imperio segregacionista de sus mayores y París, París era una lucha pero también una fiesta.

Para que no faltase nada en el cóctel de acontecimientos, la Iglesia se unió a la hipnosis colectiva, por cierto que bendita hipnosis. El Concilio Vaticano II puso sobre la mesa la figura bondadosa de Juan XXIII. Era hora de que el Vaticano abandonase su autismo secular y mirase en derredor. El mundo estaba cambiando ¿cambiaría la Iglesia con él?

La historia de Juan XXIII es un relato que de vez en cuando se repite. No siempre son los de menor edad los menos condicionados para afrontar un cambio (hoy en día es ya la anomalía: los jóvenes tienden a ser cautos cuando no conservadores). Sucede en ocasiones que una figura supuestamente de transición provoca el asombro general al descubrirse un verdadero revolucionario.

Así, el Papa Bueno. Accedió al solio pontificio a los 77 años después del largo reinado de Pío XII. Era evidente que el Cónclave había optado por un breve pontificado, escogiendo el 28 de octubre de 1958 a un anciano capaz de continuar sin estridencias el anterior papado.

Pues bien, apenas tres meses después el papa Roncalli, es decir Juan XXIII, provocó un terremoto al anunciar en la basílica de San Pablo extra Muros que había decidido convocar a la Iglesia a un Concilio. Los cardenales presentes se quedaron de piedra. Después se supo que el arzobispo de Génova, junto con al menos otros quince cardenales, había estudiado la posibilidad de deponer a Juan XXIII. Se alegaría “locura senil”.

Juan XXIII era un Papa querido. Al ser nombrado sumo pontífice, se le aumenta el sueldo a los que lo transportaban la silla porque, según decía el viejo, él estaba más gordo que Pío XII. A unas monjas que se le presentan como “hermanas de San José”, Roncalli les responde: ”¡Hay que ver lo bien que se han conservado!”. Anécdotas como estas lo convertían a los ojos del gran público en una simpática figura.

Pero Juan XIII no pudo llegar a saber si su intención de que la Iglesia conociese su propio aggiornamento (ponerse al día) se resolvería con éxito. Después de abrir el Concilio, 11 de octubre de 1962, falleció el 3 de junio de 1963, dejando en manos de su sucesor Pablo VI la mayoría del trabajo pendiente.

¿Cuál fue el resultado final del Concilio Vaticano II? ¿Se lograron los objetivos iniciales de Juan XXIII? ¿Tenía, el propio Papa convocante, claras y bien definidas las metas buscadas? Hay muchos interrogantes, muchas preguntas. Como fuera que fuese, una ventana se abrió en la Iglesia de hace 50 años. Lamentablemente dos décadas más tarde volvió a cerrarse. Las conquistas de los sesenta, no sólo en el campo religioso, se nos muestran como efímeras. Por eso mismo, qué preciosas.


Publicado por tabor @ 11:29  | Historia de los Concilios
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