S?bado, 06 de febrero de 2010

 

 

 

Después del «diálogo de culturas», la palabra de moda es «diálogo de religiones». Hasta hace poco era un tema para expertos, y lo llamaban «ecumenismo». Ahora adoptó un nombre más concreto y realista, pues ya no se refiere sólo a las Iglesias cristianas, sino a todas las grandes religiones del mundo.

El 11 de septiembre fue una demostración de que el «conflicto de civilizaciones» o de culturas no era una teoría, sino una realidad. Muy pronto todos caímos en la cuenta de que detrás de las culturas están las religiones. La religión es el alma de la cultura. Como dice Hans Küng: «No habrá paz en el mundo sin diálogo entre las culturas, y no habrá paz entre las culturas sin paz entre las religiones». Y podemos seguir encadenando el argumento: «no habrá paz entre las religiones sin diálogo entre las religiones, sin aceptación mutua entre las propias religiones». O sea –enlazando el principio y el fin de la cadena: «no habrá paz en el mundo si la religiones no aceptan el pluralismo religioso». En el corazón mismo del problema de la paz del mundo actual está, pues, esa necesidad de la aceptación mutua entre las religiones, la aceptación del pluralismo religioso por parte de cada una de ellas, también por parte del cristianismo. Por eso, este Pluralismo Religioso es el nuevo tema, para todas las religiones y también para el cristianismo. Y para cada uno de nosotros/as.

 

Venimos de un eterno aislamiento…

Los cristianos hemos vivido los 20 siglos de nuestra existencia (35 si contamos el Antiguo Testamento hebreo) ideológicamente aislados, pensando que para Dios, sólo existía nuestra religión. Sólo nosotros le conocíamos, sólo nosotros estábamos en relación con Él. Teníamos el privilegio de haber sido «elegidos» por Él para conocer la verdad… y estábamos llamados a darla misioneramente a los demás. Las otras religiones eran tinieblas, «paganismo», religiones «naturales»… en las que los humanos buscaban a tientas lo que nosotros gozábamos en plenitud, «por gracia de Dios». Así, en el mundo religioso, diríamos que estábamos solos. En el plano de la «verdad eterna», que era el plano de Dios, sólo nosotros estábamos ahí, suspendidos entre Dios y el mundo. Podíamos pensar que nos asistía el derecho de ignorar las demás religiones…

Por otra parte, en el plano de las condiciones materiales, durante la mayor parte de nuestra historia, las distancias y la incomunicación hicieron que viviéramos reducidos a «nuestro pequeño mundo», casi a nuestro hábitat local, desconocedores de las lejanías de la tierra, de otras civilizaciones, culturas, religiones… Y así fue desde siempre: eternamente aislados. Hasta ayer.

(Un cierto sentido de alivio nos viene cuando caemos en la cuenta de que esto no nos pasaba sólo a los cristianos. Las demás religiones tienen una historia parecida. La mayor parte de ellas se consideraban también «la» verdad, la única, el «depósito» de toda la verdad. Parecería que fuese un mecanismo espontáneo y natural de las religiones: sus intereses institucionales las llevarían a autoentronizarse, a creerse el centro del mundo y de la salvación).

 

El mundo ha cambiado

Pero en el siglo XX, principalmente en su segunda mitad, el mundo cambió y aquel eterno aislamiento comenzó a cuartearse. Por obra de la revolución tecnológica, las distancias empequeñecieron y las comunicaciones se hicieron inimaginablemente fáciles. Comunicaciones instantáneas de alcance mundial y a precio sumamente asequible. Se hizo verdad un viejo sueño: el mundo es un pañuelo, o «el mundo entero a la distancia de un clic». Los continentes lejanos se acercaron, las civilizaciones desconocidas se pusieron ante nuestros ojos, las religiones exóticas se hicieron información y presencia diaria. En cualquier librería hoy podemos encontrar libros serios, bien fundamentados, y accesibles, sobre las más diversas religiones… El pluralismo religioso está servido, ahí, diario, visible, inevitable.

La mayor parte de nuestros abuelos pasaron su vida sin tratar a ninguna persona de otra religión. Hoy, en nuestras ciudades, cualquiera de nosotros las encuentra en el trabajo, en la televisión, en la universidad, en la calle, o hasta en el propio bloque de vivienda. Y cada quien puede saludarlas, conocerlas, tratarlas, experimentar que son tan sinceramente religiosas como nosotros, con sus grandes virtudes y sus muy humanos pecados, como los nuestros. El pluralismo religioso ya no es una idea abstracta, sino una experiencia concreta sobre personas de carne y hueso…

 

Nos hemos juntado en la planicie...

Dice Hick que todo ha ocurrido como si, desde siempre, cada pueblo hubiera marchado a lo largo de un valle flanqueado por montañas infranqueables a ambos lados, alabando y cantando a su Dios, viviendo a lo largo de esa marcha una historia de amor (y de pecado) con su Dios. Caminando desde siempre por el valle de la historia hasta que finalmente ese valle desemboca en una llanura (la llanura creada hoy por los nuevos medios de comunicación). Y allí en la planicie, cada pueblo ve llegar a los demás pueblos, que desembocan, cada uno por su valle, en aquella gran «plaza común», y todos los pueblos descubren que los demás pueblos han vivido con su propio Dios una historia muy parecida, con sus propias palabras, sus propios cánticos, sus propias imágenes…

 

El conflicto religioso

Diríase que cabría esperar que estos pueblos, aprovechando la desaparición de las montañas que desde siempre les habían mantenido cada uno aislado en su historia particular, celebraran jubilosos el encuentro, establecieran un diálogo fraterno y trataran de juntar y unir y aprovechar todas las hermosas experiencias de amor y comunión vividas con su Dios… Pero no ha ocurrido así. Los pueblos han experimentado inicialmente una dificultad de relación. Sus instituciones religiosas se han sentido desafiadas por la existencia de otras instituciones semejantes y se han negado al diálogo. Sus símbolos religiosos han parecido –en una primera lectura- incompatibles, y el pueblo llano todavía no ha tenido tiempo de reaccionar, educado como estaba a la obediencia ciega a sus dirigentes. En esa situación, la convivencia se hace conflictiva y las religiones, en vez de dar motivos para la convivencia pacífica del mundo, echan leña al fuego de las diferencias y los conflictos que ya el mundo vive de por sí. Es por eso que se dice lo que recordábamos al principio: «No habrá paz en el mundo sin diálogo entre las religiones».

 

Algo está muriendo

La misma pluralidad de religiones, nunca experimentada realmente como ahora, es ya un desafío a la inteligencia humana en su comprensión del fenómeno religioso. En cualquier religión, los creyentes «adultos» (en todo el sentido de la palabra) sienten recelo, o pudor, si intentan repetirse –o simplemente pensar- la cantinela que aprendieron en la formación religiosa de su infancia: ¿cómo seguir pensando que sólo nuestra religión es «verdadera» y que las demás son «falsas», o que nuestro pequeño grupo somos los «elegidos» de Dios, o que Dios quiere que «convirtamos» a quienes viven inútilmente en las otras religiones? Un sexto sentido, un sentido difusa pero certeramente percibido, le dice a uno que aquello es insostenible. Aun sin estudiar teología, uno «comprende» y hasta «ve» claramente que aquellas afirmaciones necesitan un replanteamiento a fondo. Aquella visión exclusivista y privilegiada de la propia religión, está haciendo agua, se hunde. Y todos lo sentimos. Algo está muriendo. Todo un planteamiento religioso secular, o varias veces milenario, ha naufragado, aunque flote ahí todavía, a la deriva, sin que nadie lo asuma de corazón, a la espera de que surja una nueva propuesta...

Pero a la vez, para quien sepa ver, es claro que algo está naciendo. Otra visión quiere emerger. Un planteamiento diferente desde la raíz. Se está dando un «cambio de paradigma». No es que se esté cambiando algunas piezas del conjunto; es el conjunto mismo el que es reorganizado, comprendido de otra manera. Algunas piezas pueden ser las mismas y tener el mismo nombre, pero su significado y su posición en el conjunto son radicalmente distintos. El cambio de paradigma no es un arreglo, unos añadidos, una nueva fachada o una simple actualización. Es otra manera de ver. Es comenzar a vivir en otra realidad. Ver la realidad de otra manera. Y en nuestro caso, vivir otro tipo de religión: «creer de otra manera».

 

Cambio de paradigma

¿En qué consiste este «cambio de paradigma» que trae el pluralismo religioso? Algunos lo comparan a la “revolución copernicana”. Hasta Copérnico se pensaba que la tierra estaba en el centro (geocentrismo, la visión de Tolomeo) y que todo –el sol incluido- giraba en torno de ella. Copérnico vio que ésa era una forma falsa de entender la realidad, que lo que estaba en el centro era realmente el sol (heliocentrismo), mientras la tierra y los planetas daban vueltas alrededor de él. Copérnico, y después Galileo, plantearon la necesidad de cambiar de paradigma, de cambiar la concepción del universo, para acomodar el pensamiento a la realidad. Sus teorías –y sus personas- fueron rechazadas. Más de 300 años costó a las Iglesias cristianas aceptar el nuevo paradigma heliocéntrico, aunque -como invitaba Galileo- bastaba mirar por el telescopio para comprobarlo...

Religiosamente considerado, el «pensar que nuestra religión es la única verdadera» (lo que se llama el «exclusivismo»Gui?o, es una concepción o paradigma «geocéntrico», o sea autocentrado: cada religión se considera que está en el centro de la verdad y de la realidad, y las demás religiones están más o menos alejadas de ese centro.

El paradigma que hoy surge, el del pluralismo religioso, propone que ninguna religión está en el centro como un sol, sino que el único sol es Dios, alrededor del cual giran todas las religiones: por eso se dice que es una verdadera revolución «copernicana». No habría una religión «central». Todas las religiones estarían girando alrededor de Dios, como hermanas. Cada religión no tendría que pensar –como hasta ahora- que su mensaje es la «realidad misma» de la salvación, sino «una descripción» de la salvación. Cada religión sería «un mapa del territorio», no el territorio mismo»...

Si esto es así, las religiones tendrán pues que insistir en conocerse mutuamente, complementarse, enriquecerse unas a otras, y a sentirse corresponsables del bien de la humanidad y del cosmos… Y colaborar y dialogar en pie de igualdad. En definitiva pues: aceptar sinceramente el pluralismo religioso y rechazar toda pretensión de exclusivismo (declarado o disimulado).

 

Desafíos y tareas

Unas más, otras menos, pero casi todas las religiones se sienten desafiadas, destronadas, como amenazadas… por el pluralismo religioso. Los «sistemas religiosos», sus «stablishments», tienen demasiados intereses de que todo funcione «como siempre»; no pueden aceptar una re-conversión. Todo el capital simbólico de cada religión fue elaborado con otra mentalidad, desde otro paradigma, y ahora, cada palabra, cada rito, cada afirmación doctrinal… choca incompatiblemente con la nueva mentalidad, que está imperceptible ahí, en el aire, en la sensibilidad de cualquier persona sincera «de hoy»...

Por eso, se hace necesario reescribir la teología, hay que recrear la espiritualidad, hay que reinventar la liturgia, hay que reencontrar la «misión»… porque las actuales formulaciones dependen de aquel viejo paradigma que ya no funciona. Hay pues una inmensa tarea por hacer. Viene una revolución. Quien quiera la comodidad de la tradición ya hecha, la seguridad del «siempre fue así» y las rentas del pasado histórico, llegó en la hora más inoportuna. La realidad nos invita a dejar las falsas seguridades y a desprendernos de lastres que hasta ahora nos resultaron invisibles, pero que hoy descubrimos son fruto de culturas que ya no son las nuestras ni pueden ser eternamente impuestas. Liberarnos del peso inútil de la historia. «Esto exige que nos emancipemos de la rígida absolutización de los dogmas como si estuvieran por encima de toda cosmovisión y no estrechamente ligados a una cultura que ya no puede abrigar la pretensión de ser universal» (Panikkar en esta misma Agenda, pág. 211).

 

Buscar la convergencia del diálogo

Hay que volver la mirada hacia adentro y preguntarse: si Dios quiso (porque positivamente lo quiso) tantas religiones, ¿cuál es el núcleo, la esencia de la religión, más allá de las formas distintas que en cada religión específica revisten los ritos, las doctrinas y hasta la moral…? ¿Qué es lo que, más allá de sus diferencias legítimas y accidentales, Dios quiere de todas las religiones? En eso habrá que concentrarse, de eso es de lo que hay que dialogar urgentemente entre las religiones, y eso es lo que hay que esforzarse por descubrir y poner en práctica.

Pero, como decíamos al principio, la solución no es, sin más, ponerse a dialogar ya mismo con otras religiones… sino crear primero las condiciones del diálogo. El cambio de paradigma que se está produciendo es demasiado profundo como para darlo por descontado, como si no exigiera un período largo y laborioso de reflexión, de redescubrimiento, de sacudida de cimientos y de replanteamiento radical…. «Antes que dialogar con otros, hay que dialogar con nosotros mismos». Antes que el diálogo religioso hay que llevar a cabo el «intradiálogo», como dice Panikkar. Lo urgente no es todavía el diálogo, sino, su condición previa: la aceptación consciente, ilustrada, madurada, sincera del pluralismo religioso. Que cada religión abandone toda posición de exclusivismo, de privilegio, de autoestima de «elección», y que acepte sinceramente el pluralismo de religiones, «positivamente querido por Dios», con todo lo que esta aceptación conlleva de cambio de autocomprensión de la verdad religiosa, reformulación de la teología, recreación de su lenguaje, resignificación de los símbolos, renovación de las propias actitudes, y transformación de la misión. Ése es el «intradiálogo» que es urgente realizar.

Estudiar el tema del pluralismo religioso, dejarse retar por sus desafíos, ver sus fundamentos, sentir su sacudida, aceptar sus consecuencias, poner en práctica las adecuaciones pertinentes… nos atrevemos a decir que es hoy uno de los retos mayores de las religiones y del cristianismo entre ellas. Para que sea posible un diálogo real y eficaz. Para la Paz del mundo.


Publicado por tabor @ 17:46  | Contexto socio-politico
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