Mi?rcoles, 10 de febrero de 2010

1.    La Trinidad: fuente y meta de la Comunión

 

       La Constitución dogmática Lumen gentium, del Concilio Vaticano II, presenta a la Iglesia como misterio de comunión; es decir, «como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano»[1].

 

       El misterio de comunión de la Iglesia tiene su fuente en Dios mismo, que se revela como una comunión interpersonal de amor y llama a la salvación a todos los hombres. El plan de salvación de la humanidad tiene su origen en el seno de la Trinidad y llega a su cumplimiento gracias a la perfecta comunión entre las tres Personas divinas, que hizo posible que el Padre enviase al Hijo y que éste, uniéndose a nosotros a través de la encarnación y reconciliándonos con el Padre mediante el misterio pascual, nos envíe el Espíritu Santo.

 

       Los cristianos, unidos a Dios por el Bautismo, reciben de Él la vida divina y participan del amor trinitario, a través de Jesucristo en el Espíritu Santo. Esta participación crea la koinonía en la Iglesia y la empuja a extenderla a toda la humanidad.

 

       En palabras de Juan Pablo II:

 

       La comunión de los cristianos con Jesús tiene como modelo, fuente y meta la misma comunión del Hijo con el Padre en el don del Espíritu Santo: los cristianos se unen al Padre al unirse al Hijo en el vínculo amoroso del Espíritu [...] La comunión de los cristianos entre sí, nace de su comunión con Cristo [...] esta comunión fraterna es el reflejo maravilloso y la misteriosa participación en la vida íntima de amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo"[2].

 

       La comunión, pues, se da en dos dimensiones: la dimensión vertical, comunión con Dios, de la cual brota aquella horizontal que es la comunión con los hombres. En su doble dimensión, el agente de esta comunión es el Espíritu Santo y se manifiesta concretamente en la vida de la Iglesia, que es como una prolongación visible y eficaz, esto es, como un sacramento, de la vida trinitaria. Desde Pentecostés en adelante, la Iglesia está en Cristo y Cristo en la Iglesia, por virtud del Espíritu.

 

       El concepto de inhabitación recíproca de Jesús y sus discípulos está íntimamente ligado a la pericoresis trinitaria y en ella encuentra su fundamento. Para explicarla, el Papa Juan Pablo II recurre a la alegoría de la vid y los sarmientos usada por san Juan en el capítulo 15 de su Evangelio[3]. San Pablo usa la imagen de la Esposa de Cristo, a la que alude cuando, comentando Gn 2,24 dice: «Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne. Gran misterio es éste, y yo lo digo respecto a Cristo y la Iglesia» (Ef 5, 31-32).

 

       Cristo mismo, unido indisolublemente a su Iglesia, la introduce en el seno de la vida trinitaria[4]. Y en esta misma relación con la Trinidad se origina y se mantiene la comunión entre los miembros de la Iglesia. Principio de unidad entre el Padre y el Hijo, así como de la unidad entre la humanidad y la divinidad de Jesús, el Espíritu Santo es, al mismo tiempo, el vínculo de unidad en el amor entre Dios y los cristianos, de estos entre sí[5] y con toda la humanidad.

 

Esta comunión entre Dios y el hombre, realizada en la persona de Jesucristo es, a su vez, comunicable en el misterio de la Pascua, es decir, en la muerte y resurrección del Señor. La Eucaristía es nuestra participación en el misterio pascual y constituye a la Iglesia como Cuerpo de Cristo[6].

 

       Constituida en el sacramento del Cuerpo de Cristo, la Iglesia también está llamada a ser un sólo «cuerpo», en correspondencia a la unicidad de Jesucristo. Sin embargo, aunque real, la comunión eclesial no es perfecta, pues coexiste con las debilidades propias de sus miembros. La Iglesia, como lo dice la Lumen gentium 8, abraza en su seno a pecadores y, siendo santa, necesita al mismo tiempo de continua purificación y conversión[7]. Por ello, la comunidad cristiana camina bajo la esperanza de alcanzar la comunión perfecta al final de los tiempos:

 

       La Trinidad, fuente e imagen ejemplar de la Iglesia, es finalmente su meta; nacida del Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo, la comunión eclesial tiene que volver al Padre en el Espíritu por el Hijo, hasta el día en que todo quede sometido al Hijo y éste se lo entregue todo al Padre, para que "Dios sea todo en todos" (1 Cor 15,28)[8].

 



[1]        Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium (21.XI.1964) 1: EV 1/284 [=LG].

[2]        Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Christifideles laici (30.XII.1998) 18: AAS 81 (1989) 421 [=CfL].

[3]      Cfr. CfL, 18: AAS 81 (1989) 421; Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in America (22.I.1999) 33: AAS 91 (1999) 768 [= EA].

[4]        Cfr. K. Hammerle, «Trinitá e Chiesa. Sulla teologia della Trinità nella Christifideles laici»: D. Tettamanzi, Laici verso il terzo millennio, Città Nuova (Roma 1989) 189.

[5]        Cfr. CfL, 19: AAS 81 (1989) 424.

[6]        J. Ratzinger, La Comunione nella Chiesa, Sao Paolo (Cinisello Balsamo 2004) 84-85.

[7]        Cfr. LG, 8: EV 1/306.

[8]        B. Forte, La Iglesia, icono de la Trinidad, Sígueme (Salamanca 1992) 30.


Publicado por tabor @ 11:53  | Eclesiologia del Vat. II
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