Mi?rcoles, 10 de febrero de 2010

Igualdad fundamental de los cristianos

 

       En concordancia con el Concilio Vaticano II, el magisterio postconciliar ha desarrollado una auténtica eclesiología de comunión, en la que se considera a todos los fieles cristianos ‑clérigos, religiosos y laicos– en el contexto global de la Iglesia como sacramento universal de salvación[1].

 

       En la Exhortación apostólica postsinodal Christifideles laici, el Papa Juan Pablo II presenta la filiación divina como el fundamento y el título de igualdad de todos los bautizados en Cristo y miembros del Pueblo de Dios[2]. Los laicos no sólo pertenecen a la Iglesia, sino que son Iglesia[3]. En consecuencia, todos los fieles –de cualquier estado y condición– están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad[4].

 

       Es verdad que la Iglesia siempre ha sido consciente de que las palabras del Señor: «Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5,48) están referidas a todos los cristianos. Sin embargo, en ciertos sectores de la Iglesia, la llamada universal a la santidad había sido como olvidada a lo largo de los siglos, especialmente en lo referente a los fieles laicos. Por lo general, de los laicos sólo se esperaba, o al menos no pocos de ellos así lo vivían, el mínimo indispensable para alcanzar la salvación.

 

       La superación de esta concepción reduccionista del cristianismo y la llamada universal a la santidad actualizada por los padres del Concilio Vaticano II, ha sido permanentemente recordada por nuestro Papa:

 

       En efecto, el Espíritu nos revela y comunica la vocación fundamental que el Padre dirige a todos desde la eternidad: la vocación a ser «santos e inmaculados en su presencia, en el amor», en virtud de la predestinación «para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo» (Ef 1,4-5). Revelándonos y comunicándonos esta vocación, el Espíritu se hace en nosotros principio y fuente de su realización: él, el Espíritu del Hijo (cf. Gál 4,6), nos conforma con Cristo Jesús y nos hace partícipes de su vida filial, o sea, de su amor al Padre y a los hermanos[5].

 

       Como bien lo dice el Papa, esta llamada universal a la santidad no se trata de «una simple exhortación moral, sino una insuprimible exigencia del misterio de la Iglesia [...] Cuerpo místico, cuyos miembros participan de la misma vida de santidad de su Cabeza [...] El Espíritu que santificó la naturaleza humana de Jesús en el seno virginal de María (cf. Lc 1,35), es el mismo Espíritu que vive y obra en la Iglesia, con el fin de comunicarle la santidad del Hijo de Dios hecho hombre»[6].

 

       Viviendo la santidad como consecuencia de la experiencia del amor de Dios y de la participación en la vida divina, el fiel cristiano –clérigo, religioso o laico– participa en la edificación de la Iglesia, cada uno conforme a su propio estado. Todo cristiano es una «piedra viva», cimentada en la «piedra angular» que es Cristo y destinado a la construcción de un «edificio espiritual» (1Pe 2,5ss).

 

       En virtud del Bautismo, todo cristiano participa del triple munus, sacerdotal, profético y real, de Jesucristo y, por tanto, es corresponsable de la única misión que Él ha confiado a su Iglesia[7].

 

       De esta manera, a través del magisterio conciliar y pontificio, de una eclesiología que partía de la «sacra potestas» como principio de estructuración de la Iglesia, se ha retornado a la autocomprensión de la Iglesia que caracterizó a las comunidades cristianas de los primeros siglos y que parte de la igualdad fundamental de los fieles en virtud del Bautismo[8].

 



[1]        Cfr. L'Intervento del Card. Eduardo F. Pironio, Presidente del Pontificio Consiglio per i Laici: L'Osservatore Romano, edic. en italiano (30-31.01.1989) Suplemento, 4.

[2]        Cfr. CfL, 19: AAS 81 (1989) 422.

[3]        Cfr. CfL, 9: AAS 81 (1989) 406; Pío XII, Discorso ai nuovi cardinali (20.II.1946): AAS 38 (1946) 149.

[4]        Cfr. LG, 40: EV 1/.

[5]        Exhortación apostólica postsinodal Pastores dabo vobis (25.III.1992) 19 [=PDV].

[6]        CfL, 16: AAS 81 (1989) 417. Cfr. EA, 30: AAS 91 (1999) 765.

[7]        Cfr. CfL, 14-17: AAS 81 (1989) 409-421.

[8]        Cfr. A. Antón, El Misterio de la Iglesia. Evolución histórica de las ideas eclesiológicas, II, BAC maior (Madrid-Toledo 1987) 930-931.


Publicado por tabor @ 11:55  | Eclesiologia del Vat. II
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