Mi?rcoles, 10 de febrero de 2010

Comunión orgánica

 

       Desde esta perspectiva, la Iglesia se configura como una «comunión orgánica», caracterizada por la diversidad y complementariedad de las vocaciones y formas de vida, los ministerios, carismas y responsabilidades, gracias a los cuales cada uno de los fieles cumple una misión en relación con todo el Cuerpo[1].

 

       La Iglesia no es una comunidad homogénea e indiferenciada, en la cual todos tengan la misma responsabilidad, sino que así como en el cuerpo humano todos los miembros –aunque numerosos y con funciones distintas– forman un solo cuerpo, así también los fieles en Cristo reciben del Espíritu diversos dones para la utilidad del cuerpo (1Co 12,1-12).

 

       Cada uno de los fieles cristianos participa del triple munus de Cristo y sirve a la edificación de la Iglesia, pero en modalidades distintas. La diversidad no daña la unidad, sino que la enriquece[2]. Se funda en los ministerios y carismas, que son dones con que el Espíritu Santo guía a la Iglesia, distribuyéndolos generosamente entre todos los bautizados[3].

 

       Los ministerios «son todos una participación en el ministerio de Jesucristo, el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas (cf. Jn 10,11), el siervo humilde y totalmente sacrificado por la salvación de todos (cf. Mc 10,45)»[4]. En consecuencia, participan de la misma modalidad redentora de la donación de la propia vida[5]. Algunos derivan del sacramento del Orden y, en consecuencia, son reservados a los clérigos. El resto, al tener su origen en el Bautismo, la Confirmación y –en muchos casos– en el Matrimonio, corresponden a los demás miembros de la Iglesia: religiosos y/o laicos, según el caso.

 

       El Papa ha puesto especial énfasis en presentar los ministerios derivados del Orden, como un servicio:

 

       [...] reciben así la autoridad y el poder sacro para servir a la Iglesia "in persona Christi capitis" (personificando a Cristo Cabeza), y para congregarla en el Espíritu Santo por medio del Evangelio y de los Sacramentos. Los ministerios ordenados –antes que para las personas que los reciben– son una gracia para la Iglesia entera."[6].

 

       Por otro lado, están los ministerios que no derivan del sacramento del Orden. La Christifideles laici pone especial cuidado en diferenciar aquellos ministerios, oficios y funciones propias de los fieles laicos, de aquellas tareas que si bien están vinculadas al ministerio ordenado, no exigen necesariamente el sacramento del Orden y, en consecuencia, donde sea necesario por falta de ministros, pueden ser encargadas temporalmente a los laicos[7].

 

       Además de los ministerios, el Espíritu Santo también enriquece a la Iglesia a través de los carismas, que son gracias especiales destinadas a la edificación de la Iglesia, al bien de los hombres y a las necesidades del mundo[8].

 

       Los carismas, pues, son un don de Dios a su Iglesia y, en tal sentido, han de ser acogidos con gratitud. Sin embargo, como no siempre es fácil reconocer la acción del Espíritu y –aun más– las potencias del pecado no cesan de desplegar esfuerzos para destruir y confundir la vida de los fieles, estos carismas deben ser siempre sometidos al discernimiento de los Pastores[9].

 

       De este modo, entonces, la Christifideles laici nos presenta a la Iglesia como un cuerpo orgánico rico en la variedad de ministerios y carismas. Ellos, sin embargo, no coexisten en desorden ni se desempeñan por cuenta propia. Jesucristo, al dar a su Iglesia la misión de ser sacramento universal de salvación, la ha dotado también con otro elemento propio que asegura el bien de todo el cuerpo y el buen desempeño de su tarea: la «comunión jerárquica».

 

       Así, entre los dones con que el Espíritu Santo guía a la Iglesia, «ocupa el primer puesto la gracia de los Apóstoles, a cuya autoridad el mismo Espíritu somete incluso a los carismáticos (cf. 1Co 14)»[10]. «No es, por ello, posible disociar el pueblo de Dios, que es la Iglesia, de los ministerios que la estructuran, y especialmente del episcopado»[11].

 

       La comunión jerárquica no se funda en acuerdos humanos ni en la delegación o el consenso de los miembros de la comunidad eclesial, sino que ha sido instituida por el mismo Cristo que, al fundar su Iglesia, ha establecido las líneas esenciales de su conformación.

 

       Los clérigos no son miembros de primera categoría en la Iglesia, ni los laicos son subalternos, sino que todos forman parte, con la misma dignidad, de la única Iglesia, Sierva de Cristo y de la humanidad. A imagen de su Fundador y Maestro, en el seno de la Iglesia-Sierva, aquellos que son llamados por el Señor al servicio de cuidar de los demás en la caridad, presidiendo, gobernando y custodiando el depósito de la Fe, así como quienes son dotados por el Espíritu con carismas particulares, y en general todos sus miembros, desempeñan cada uno la misión que le corresponde, concibiéndola como un servicio para el bien común[12].

 

       Los Pastores, en la Iglesia, no pueden renunciar al servicio de su autoridad, incluso ante posibles y comprensibles dificultades. Por el contrario, están llamados a servir a la comunión, a discernir, guiar y estimular la participación de todo el Pueblo de Dios en la vida eclesial[13].

 

       Rol fundamental corresponde al ministerio petrino, como principio de comunión de las Iglesias y fundamento de la unidad del Episcopado y de la Iglesia universal. Así como el Cuerpo de Iglesias reclama una Cabeza de las Iglesias, el Cuerpo o Colegio de los Obispos reclama también una Cabeza. La Iglesia que peregrina en Roma preside en la caridad y el Obispo de Roma, sucesor de Pedro, es principio y fundamento perpetuo y visible de la unidad del Episcopado y de la entera Iglesia. En virtud del servicio «global» que el Obispo de Roma presta a la Iglesia universal y a las Iglesias particulares, posee esencialmente potestad episcopal suprema, plena, universal e inmediata sobre todos y cada uno de sus miembros, incluidos los pastores[14].



[1]        Cfr. CfL, 20: AAS 81 (1989) 425.

[2]        Cfr. Juan Pablo II, Udienza generale (02.III.1994) 4: L'Osservatore Romano, edic. en italiano (3-4.III.1994) 4.

[3]        Cfr. CfL, 21: AAS 81 (1989) 427.

[4]        CfL, 21: AAS 81 (1989) 427.

[5]        Cfr. A. Mirallés, «I ministeri in riferimento ai fedeli laici e alla loro partecipazione alla vita della Chiesa»: D. Tettamanzi, Laici verso il Terzo Milennio, op. cit., 202-203.

[6]        CfL, 22: AAS 81 (1989) 428.

[7]        Cfr. CfL, 23: AAS 81 (1989) 429.

[8]        Cfr. CfL, 24: AAS 81 (1989) 433.

[9]        Cfr. CfL, 24: AAS 81 (1989) 435.

[10]       CfL, 20: AAS 81 (1989) 425.

[11]       Comisión Teológica Internacional, Temas selectos de Eclesiología (7.X.1985) 6.1: EV 9/1720.

[12]       Cfr. S. Sabugal, La Iglesia, Sierva de Dios, Vida y Espiritualidad (Lima 1995) 108-111.

[13]       Cfr. CfL, 31: AAS 81 (1989) 448.

[14]       Cfr. Congregación para la Doctrina de la Fe, Communionis notio (28.V.1992) 11-14: L'Osservatore Romano, edic. en español (19.VI.1992) 8; Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Pastores gregis (16.X.2003) 56: Paulinas – EPICONSA (Lima 2003) 126-131 [= PG].


Publicado por tabor @ 11:57  | Eclesiologia del Vat. II
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