Mi?rcoles, 10 de febrero de 2010

Necesidad de la Nueva Evangelización

 

       La convocatoria a la Nueva Evangelización, hecha por el Papa Juan Pablo II en su Discurso del año 1983 al Consejo Episcopal Latinoamericano, extendida después a toda la Iglesia universal[1] y recientemente  urgida  en la Carta apostólica Novo millennio ineunte[2], debe verse en el amplio contexto de la renovación conciliar. Como es sabido, el Concilio Vaticano II tuvo un carácter eminentemente pastoral, que se ha mantenido y desarrollado en el magisterio pontificio postconciliar con una perspectiva fundamentalmente evangelizadora[3].

 

       La Nueva Evangelización es una consecuencia del Concilio; es otro de los medios a través de los cuales la Iglesia quiere llevar el Concilio a la práctica. Pero ¿por qué este afán evangelizador? ¿Por qué la misión? Porque la Iglesia sabe que abrirse al amor de Dios es la verdadera liberación para el hombre; sabe que Jesús vino a traer la salvación integral, que abarca a todo el hombre y a todos los hombres, abriéndoles a los admirables horizontes de la filiación divina. En otras palabras, la Iglesia sabe que sólo en Dios el hombre puede encontrar la verdadera vida.

 

       He ahí por qué la misión, además de provenir del mandato formal del Señor, deriva de la exigencia profunda de la vida de Dios en nosotros. Quienes han sido incorporados a la Iglesia han de considerarse privilegiados y, por ello, mayormente comprometidos en testimoniar la fe y la vida cristiana como servicio a los hermanos y respuesta debida a Dios[4].

 

       Desde su experiencia de comunión con la Trinidad, la Iglesia sabe que sólo Cristo –el Verbo Encarnado– revela el hombre al propio hombre[5]. Dios mismo, fuente de la Comunión, es a la vez, fuente de la Evangelización:

 

       Es el Espíritu Santo quien impulsa a anunciar las grandes obras de Dios: "Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe: Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio!" (1Cor 9,16)[6].

 

       La Iglesia, don del Padre a la humanidad y prolongación de la misión del Hijo, sabe que existe para llevar, hasta los confines de la tierra, la Buena Nueva del Evangelio[7]. Por ello, desde sus inicios, ha desarrollado la misión de evangelizar, que «no es otra cosa que la lucha por el alma de este mundo»[8], saliendo –sin detenerse nunca– al encuentro de las nuevas generaciones.

 

       Pero, no obstante la permanente labor misionera de la Iglesia, aún quedan ingentes cantidades de personas que no han escuchado el anuncio del Evangelio. El año 1991, el Papa nos dijo que: «El número de los que aún no conocen a Cristo ni forman parte de la Iglesia aumenta constantemente; más aún, desde el final del Concilio, casi se ha duplicado»[9].

 

       Son también muchos los hijos de la Iglesia que en las últimas décadas la han abandonado o, el menos, se han alejado de ella. Extraviados por la utopía de construirse la felicidad independizándose de Dios, se encuentran hoy inmersos en una cultura de muerte[10].

 

       Si en los años `60 el Vaticano II advertía que «muchedumbres cada vez más numerosas se alejan prácticamente de la religión»[11], en los comienzos del tercer milenio debemos reconocer que el secularismo y la descristianización también se han «globalizado», a la par que se difunde cada día más un conformismo nihilista, alimentado del consumismo, inducido y controlado por crecientes concentraciones de poder. Los ídolos del poder, del tener y del placer amenazan cada vez más la dignidad del hombre postmoderno, tanto en las naciones del así llamado primer mundo, cuanto en las sociedades tecnológicamente menos desarrolladas, aumentando también la dificultad de crecimiento de las jóvenes Iglesias[12].

 

       Este proceso de secularismo y descristianización ha afectado también a grandes sectores de fieles cristianos que, aun manteniéndose en el interior de la Iglesia, manifiestan una fuerte crisis de fe[13]. La preocupación sobre estos adultos, bautizados pero sin una fe madura, era expresada por el Papa en los inicios de su pontificado:

 

       Entre estos adultos, que tienen necesidad de catequesis, nuestra preocupación pastoral y misionera [...] se dirige a aquellos que adolecen de una catequesis precoz, mal conducida o mal asimilada; va a aquellos que, aun habiendo nacido en un país cristiano, aun más, en un contexto sociológicamente cristiano, no han sido jamás educados en la fe y, como adultos, son verdaderos catecúmenos[14].

 

       A ellos podemos añadir, especialmente en América Latina, el número creciente de hermanos nuestros que se apartan de la Iglesia para adherirse a las sectas que, con su acción proselitista, han invadido el Continente[15].

 

       La Nueva Evangelización, pues, responde a la necesidad de tres grandes grupos de hombres: aquellos que nunca han recibido el anuncio del Evangelio; aquellos que se han alejado o han abandonado la Iglesia; y aquellos que aun estando en la Iglesia, pasan por una crisis de fe. Desde esta perspectiva, la misión ad gentes debe ir acompañada y precedida por la re-evangelización al interior de la propia Iglesia:

 

       Ciertamente urge en todas partes rehacer el entramado cristiano de la sociedad humana. Pero la condición es que se rehaga la cristiana trabazón de las mismas comunidades eclesiales [...] Esto será posible si los fieles laicos saben superar en ellos mismos la fractura entre el Evangelio y la vida, recomponiendo en su vida familiar cotidiana, en el trabajo y en la sociedad, esa unidad de vida[16].

 

       Ahora bien, ¿cómo llevar a cabo esta tarea? ¿Cómo introducir el Evangelio en el corazón del hombre actual? ¿Qué cosa se puede hacer por el actual hombre o mujer que conserva ciertas tradiciones católicas pero no se siente involucrado en la misión de la Iglesia? Son grandes cantidades de personas que asisten a la Misa dominical y frecuentan los sacramentos, pero que en su vida diaria no llegan a ser testigos de Cristo en sus familias, ambientes de trabajo, en la sociedad secularizada, ante el hombre de hoy que, tal vez más que nunca, necesita de testigos para creer en el amor de Dios y aceptar la salvación que lo pueda liberar de la cultura de muerte en la que se encuentra inmerso.

 

       Como bien lo ha inspirado el Espíritu Santo, he aquí que se necesita una Nueva Evangelización: nueva en su método, en su ardor y en su expresión. Nueva en tanto que la situación del hombre de hoy es distinta –nueva– en comparación a los siglos pasados. «Existe la necesidad de un anuncio evangélico que se haga peregrino junto al hombre, que se ponga en camino con la joven generación»[17].

 

       Es aquí que la eclesiología de comunión puede ser de gran utilidad, desempeñando un rol fundamental en la praxis eclesial de nuestros días. El buen desarrollo de la Nueva Evangelización está íntimamente vinculado a la capacidad que pueda tener la Iglesia de plasmar, en su quehacer cotidiano, diversos elementos de la eclesiología de comunión, llevándolos a la práctica en la pastoral del tercer milenio.

 



[1]        Cfr. Juan Pablo II, Discurso al Consejo Episcopal Latinoamericano (9.III.1983): AAS 75 (1983) 777-779; Id., Alocución a los participantes en el VI Simposio del Consejo de la Conferencias Episcopales de Europa (11.X.1985): AAS 78 (1986) 178-189; Id., CfL: AAS 81 (1989) 393-521; Id., Carta encíclica Redemptoris missio (7.XII.1990): AAS 83 (1990) 249-340 [= RM]; Id., Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Africa (14.IX.1995): L'Osservatore Romano, edición en español (16.IX.1995) 1-11; Id., Carta apostólica Tertio Millennio Adveniente (10.XI.94): AAS 87 (1995) 5-41; Id., EA: AAS 91 (1999) 737-815. Veánse también los discursos del Papa a los obispos en visita «ad limina Apostolorum», especialmente a partir del año 1992, y se podrá observar cómo, paulatinamente, el tema de la Nueva Evangelización ha terminado por estar presente en casi todos los Discursos del Papa con motivo de estas visitas.

[2]        Cfr. Juan Pablo II, Carta apostólica Novo millennio ineunte (6.I.2001) 40: AAS 93 (2001) 294 [= NMI].

[3]        Cfr. Pablo VI, Discurso a los miembros de las Misiones Extraordinarias de Gobiernos y Organismos Internacionales, con motivo de la conclusión del Concilio Ecuménico Vaticano II (7.XII.1965): AAS 58 (1966) 71-75; Juan Pablo II, Discurso al Colegio Cardenalicio (20.XII.1985): AAS 78 (1986) 626.

[4]        Juan Pablo II, Carta encíclica Redemptoris Missio (7.XII.1990) 11: AAS 83 (1991) 260 [= RM].

[5]        Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes (7.XII.1965) 22: EV 1/ 1385 [= GS]; Juan Pablo II, Carta encíclica Redemptor Hominis (4.III.1979) 10: AAS 71 (1979) 274-275.

[6]        RM, 1: AAS 83 (1991) 249.

[7]        Cfr. Juan Pablo II, Mensaje para la jornada mundial de las misiones (11.VI.1995) 1: L'Osservatore Romano, edic. en español (23.VI.95) 5.

[8]        Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, Plaza & Janes (Barcelona 1994) 124-125.

[9]        RM, 3: AAS 83 (1991) 252.

[10]       Cfr. Juan Pablo II, Alocución a los participantes en el VI Simposio del Consejo de las Conferencias Episcopales de Europa (11.X.1985) 11: AAS 78 (1986) 185.

[11]       GS, 7: EV 1/1340.

[12]     Cfr. G. Carriquiry, «Il cammino di una nuova evangelizzazione»: D. Tettamanzi, op. cit., 224.

[13]       Cfr. CfL, 34: AAS 81 (1989) 454; RM, 2: AAS 83 (1991) 250.

[14]       Juan Pablo II, Exhortación apostólica Catechesi tradendae (16.X.1979) 44: AAS 71 (1979) 1313.

[15]       Cfr. EA, 73: AAS 91 (1999) 809-811.

[16]       CfL, 34: AAS 81 (1989) 455.

[17]       Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, op. cit., 128.


Publicado por tabor @ 12:01  | Eclesiologia del Vat. II
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Publicado por [email protected]
Domingo, 17 de julio de 2011 | 19:24

SIN UN NUEVO ENFOQUE DEL CRISTIANISMO <RETOMANDO LAS RAICES GRECOROMANAS DE NUESTRA CULTURA Y DEJANDO ATRÁS EL JUDEO CRISTIANISMO> LA RE-EVANGELIZACIÓN DE EUROPA ESTÁ CONDENADA AL FRACASO.