Mi?rcoles, 10 de febrero de 2010

Renovación litúrgica

 

       La maduración de las comunidades cristianas como «comunión para la misión» está íntimamente vinculada a la forma en que éstas celebren la liturgia, en especial los sacramentos. La liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de la que mana toda su fuerza[1]. En consecuencia, una buena celebración litúrgica permitirá a los fieles vivir, celebrativamente, los diversos aspectos de la eclesiología de comunión y hará posible una mejor y más fructífera participación en la vida eclesial.

 

       En este sentido, la fiesta litúrgica más que una simple vuelta de los creyentes a Dios, debe ser concebida como actuación de Dios en medio de la comunidad, edificándola. La acción humana deviene así en acción divina y la celebración de los misterios de la fe se transforma en tiempo de gracia[2].

 

       Como dice el Papa en la Pastores gregis:

 

       Como he repetido varias veces, algunas recientemente, para remarcar la identidad cristiana en nuestro tiempo hace falta dar renovada centralidad a la celebración de la Eucaristía. Debe sentirse el domingo como «día especial de la fe, día del Señor resucitado y del don del Espíritu, verdadera Pascua de la semana»[3].

 

       Pasar del simple ir a «escuchar» Misa, al verse inmerso en el misterio pascual de Jesucristo, pasar de la concepción estática de recibir la comunión eucarística a la dinámica de la muerte-resurrección del Señor, que se prolonga en la vida diaria de la comunidad cristiana, ayudará al fiel de hoy a descubrirse parte de un «linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz» (1Pe 2,9), lanzándolo a metas aún mayores[4].

 

       Una liturgia renovada permitirá al cristiano de hoy sentirse parte de un Cuerpo vivo y vivificado, compuesto por una diversidad de miembros, cada uno con su función propia, pero todos importantes y necesarios. Le llevará a descubrir que forma parte de un Pueblo que continúa la misión de Jesucristo en esta generación; un Pueblo sacramental, que camina hacia la Tierra Prometida anunciando y haciendo presente a todos los hombres su vocación a la eternidad, pues Cristo ha vencido la muerte[5].

 

       En efecto, para el fiel que ha comprendido el sentido de lo realizado, la celebración eucarística no termina sólo dentro del templo. Como los primeros testigos de la resurrección, los cristianos convocados cada domingo para vivir y confesar la presencia del Resucitado están llamados a ser evangelizadores y testigos en su vida cotidiana[6].

 

       La Eucaristía vivida como actualización de la Iglesia una y única en un tiempo-espacio concretos, ayudará a los miembros de la comunidad a sentirse parte activa de esta única Iglesia de Cristo; aun más, a sentirse la misma Iglesia de Cristo encarnada en su propio ambiente social.

 

 

 



[1]        Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium (4.XII.1963) 10: EV 1/16.

[2]        Cfr. P.J. Cordes, No apaguéis el Espíritu, Ed. Ega (Bilbao 1992) 104.

[3]        PG, 36 Paulinas – EPICONSA (Lima 2003) 85.

[4]        Cfr. EA, 35: AAS 91 (1999) 769-771; NMI, 35-36: AAS 93 (2001) 290-292.

[5]        Cfr. P. Vadakumpadan, «Ecclesiological foundation of Mission»: S. Karotemprel (ed.), Following Christ in Mission, Paulines (Bombay 1995) 85.

[6]        Carta apostólica Dies Domini (31.V.1998) 45: AAS 90 (1998) 741.

 


Publicado por tabor @ 12:05  | Eclesiologia del Vat. II
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