Mi?rcoles, 10 de febrero de 2010

Vida en comunidad

 

       Renovación teológica y renovación litúrgica, entonces, van juntas y están a la base de las necesidades de la Nueva Evangelización. Pero ¿cómo llevar estas renovaciones a los cristianos de hoy que, como hemos visto, en grandes sectores adolecen de una falta de formación en la fe? ¿Es posible dar una nueva formación a aquellos que el Papa ha calificado como «cuasi-catecúmenos», solamente a través de la Misa dominical? ¿Es posible renovar la Iglesia partiendo de las «masas» de 300 ó 400 fieles, si no son más, que se juntan en algunos de nuestros templos sólo cada domingo?

 

       Tal vez sea en este aspecto donde la eclesiología de comunión pueda dar uno de sus mayores aportes, mediante la valorización de la vida en pequeñas comunidades al interior de las parroquias como una forma concreta de vivir el cristianismo hoy, a través de la cual se pueda formar con mayor facilidad a los fieles, permitiéndoles vivir más significativamente la comunión.

 

       Estas pequeñas comunidades, en comunión con el obispo de la Iglesia particular y, a través de éste, con el Colegio Episcopal y su cabeza visible, el obispo de Roma, estarán por tanto en comunión también con todas las Iglesias por ellos representadas, actuando –de este modo– la Iglesia universal en un lugar y tiempo determinados.

 

       Respondiendo a la pregunta: «¿Por qué caminos se renueva hoy la Iglesia?», el teólogo español Mons. Ricardo Blázquez, pone como primera prioridad la vida en comunidad:

 

       ¡Hay tantos cristianos, tantos, que han renovado su vida participando en algún grupo! Al no encontrar en la sociedad un apoyo que les pueda ayudar en la maduración de su fe, estas personas redescubren el carácter de comunión de la Iglesia [...] Hay, por tanto, tantos grupos que están colaborando profundamente en la renovación de la Iglesia[1].

 

       Esto no significa, como también lo aclara Blázquez, que para ser cristiano hoy uno deba pertenecer necesariamente a uno de estos grupos, movimientos o pequeñas comunidades, sino que: «Los grupos de que hablamos tienen la finalidad de ayudar a la renovación y a la evangelización, a la vida cristiana y a la oración, de infundir aliento y estímulo, de ser puntos de referencia de muchos cristianos. Son catalizadores en medio de grupos más amplios»[2].

 

       Las pequeñas comunidades no son nuevas en la vida de la Iglesia. Podemos decir que son tan antiguas como la Iglesia misma, que en sus orígenes estaba compuesta por pequeños grupos de fieles que se reunían en las casas para escuchar las enseñanzas de los apóstoles, participar en la oración y la Eucaristía, poniendo en común también los bienes materiales (Hch 2,42-48; 4,32-35).

 

       Los movimientos eclesiales, en cambio, nacen algunos siglos después, cuando la Iglesia comienza a crecer y, con la masificación, se va perdiendo por parte de algunos la radicalidad evangélica. Desde entonces, cada vez que la Iglesia ha pasado por tiempos de crisis, Dios ha suscitado hombres o mujeres deseosos de vivir el Evangelio en su pureza, quienes han reunido alrededor suyo otras personas que los han seguido en este afán[3].

 

       Más recientes son los grupos parroquiales, aunque también nacidos mucho antes del Concilio[4]. En nuestros días, no obstante, se vienen desarrollando con gran rapidez, introduciendo mayor vitalidad en las parroquias.

 

       Nos encontramos así en una nueva época asociativa, presente bajo múltiples formas exteriores pero con «una amplia y profunda convergencia en la finalidad que las anima: la de participar responsablemente en la misión que tiene la Iglesia de llevar a todos el Evangelio de Cristo como manantial de esperanza para el hombre y de renovación para la sociedad»[5].

 

       En este contexto, la Cátedra de Pedro ha promovido la participación responsable de todos los miembros del Pueblo de Dios en la misión de llevar el Evangelio como manantial de esperanza para el hombre y de renovación para la sociedad. «La necesidad de que todos los fieles compartan tal responsabilidad no es sólo cuestión de eficacia apostólica, sino de un deber-derecho basado en la dignidad bautismal»[6]. Al mismo tiempo, sin embargo, es una urgencia en el mundo actual:

 

       ¡Cuánta necesidad existe hoy de personalidades cristianas maduras, conscientes de su identidad bautismal, de su vocación y misión en la Iglesia y en el mundo! ¡Cuánta necesidad de comunidades cristianas vivas! Y aquí entran los movimientos y las nuevas comunidades eclesiales: son la respuesta, suscitada por el Espíritu Santo, a este dramático desafío del fin del milenio. Vosotros sois esta respuesta providencial[7].

 

       La teología del laicado, desarrollada de modo magistral por Juan Pablo II, y el decidido apoyo que desde los primeros años de su pontificado ha dado a los nuevos movimientos eclesiales y a las pequeñas comunidades que han surgido en torno al Concilio Vaticano II, han hecho posible que el fenómeno asociativo postconciliar llegue a ser un signo de la primavera de la Iglesia a los inicios del tercer milenio. Sólo a la luz de la eclesiología del Vaticano II y del magisterio pontificio de las últimas décadas, se puede explicar y comprender el alcance teológico de estas nuevas formas de vida asociativa.

 

       Profundamente arraigados en la Iglesia como misterio de comunión, los movimientos y nuevas comunidades reconocidos oficialmente por la autoridad eclesiástica, son «formas de autorrealización y reflejos de la única Iglesia»[8]. Compuestas por clérigos, religiosos y, sobre todo, por laicos, estas nuevas realidades eclesiales ayudan a sus miembros a vivir en plenitud la experiencia cristiana y suscitan en ellos un profundo celo por la evangelización.

 

       En consecuencia, los movimientos y pequeñas comunidades «no pueden ser objeto de visiones reductivas que hagan de ellos la mera expresión de experiencias espirituales específicas»[9]. Sería un error sostener que son espiritualidades particulares al interior de la Iglesia o calificarlos como una fragmentación de la misma Iglesia. Son mucho más, como lo indica el adjetivo «eclesial» que se usa para distinguirlos. «Lo que un movimiento lleva consigo y comunica es la vida misma de la Iglesia, no sólo una parte de ella, en cierto modo reducida o "especializada"»[10]. En palabras del Papa:

 

       Vuestra misma existencia es un himno a la unidad en la pluralidad querida por el Espíritu, y da testimonio de ella. Efectivamente, en el misterio de comunión del cuerpo de Cristo, la unidad no es jamás simple homogeneidad, negación de la diversidad, del mismo modo que la pluralidad no debe convertirse nunca en particularismo o dispersión. Por esa razón, cada una de vuestras realidades merece ser valorada por la contribución peculiar que brinda a la vida de la Iglesia[11].

 

       Los movimientos y pequeñas comunidades, que en nuestros días nos permiten afrontar con esperanza los retos de una sociedad hedonista y secularizada, son la manifestación más clara de que el aspecto institucional y el carismático son coesenciales en la Iglesia. En su constitución divina, la Iglesia es, al mismo tiempo, carismática e institucional. El elemento que no permite identificar la institución con la esencia de la Iglesia es, justamente, el carisma. El Espíritu Santo obra a través de la institución y del carisma y, de esta manera, ambas dimensiones contribuyen a hacer presente el misterio de Cristo y su obra salvífica en el mundo[12].

 

 

       Desde esta perspectiva se comprende la importancia de la invitación que el Papa hizo el día de Pentecostés del año dedicado al Espíritu Santo en preparación al Gran Jubileo del 2000:

 

       Hoy, a todos vosotros, reunidos en la Plaza de San Pedro, y a todos los cristianos quiero gritar: ¡Abríos con docilidad a los dones del Espíritu! ¡Acoged con gratitud y obediencia los carismas que el Espíritu concede sin cesar! No olvidéis que cada carisma es otorgado para el bien común, es decir, en beneficio de toda la Iglesia[13].

 

       Pese a todo lo dicho, no han faltado problemas para la incorporación de los movimientos y pequeñas comunidades en el seno de no pocas parroquias e Iglesias locales. En ocasiones se ha debido a la inadecuada preparación de los mismos miembros de la Iglesia –participantes o no en estas realidades eclesiales– para aceptar la novedad del Espíritu Santo como un don para toda la Iglesia. En estas circunstancias, con paciencia ejemplar, el Vicario de Cristo no ha cesado de fomentar la comunión al interior de la Iglesia, para que cada uno tome conciencia de su propia tarea y respete la de los otros.

 

       En este sentido, nuestro Papa ha invitado a pastores y fieles a no cerrarse ante los problemas que se les puedan presentar sino que, teniendo como fondo la «comunión», busquen las soluciones adecuadas para garantizar el desarrollo eclesial.

 

       Agentes importantes para la convergencia y para la edificación de la comunidad eclesial son los obispos y sus estrechos colaboradores, los presbíteros. A ellos corresponde tomar las iniciativas necesarias para que los diversos carismas puedan desembocar en la misión, formándose así la Iglesia Comunión, signo de amor y unidad en el respeto y la colaboración mutua[14].

 

       Como lo recordó el Papa en su Carta a los Sacerdotes con motivo del Jueves Santo del año 1995, el sacerdocio ministerial es expresión de servicio[15]. Y, pocos meses después, haciendo referencia a esa Carta el mismo Santo Padre decía:

 

       Es deber urgente de la Iglesia, en su renovación diaria a la luz de la Palabra de Dios, evidenciar esto cada vez más, tanto en el desarrollo del espíritu de comunión y en la atenta promoción de todos los medios típicamente eclesiales de participación, como a través del respeto y valoración de los innumerables carismas personales y comunitarios que el Espíritu de Dios suscita para la edificación de la comunidad cristiana y el servicio a los hombres[16].

 

       Dios ha querido que los hombres formen una gran familia[17] y el paradigma ejemplar de cualquier intento comunitario lo podemos encontrar en la experiencia sociológica de una comunidad cristiana. El hombre de hoy, que pasa la mayor parte de su tiempo en una sociedad masificada, en la que tantas veces es poco más que un número en una computadora o una pequeña pieza en una grande fábrica, necesita ser ayudado a sentirse persona, a sentirse amado, no sólo por Dios sino, debido a su carácter social, también por personas concretas en quienes lo pueda constatar empíricamente cada día. En otras palabras, el ser humano necesita verificar la comunión, necesita vivirla.

 

       Por otra parte, la vida en comunidad puede ser, para tantos cristianos, una preciosa ayuda para llevar una vida coherente con el Evangelio, y mantenerse así a salvo de las tentaciones de un mundo secularizado que continuamente acecha al hombre con la idolatría del poder y del hedonismo[18].

 

       Por estas razones se puede comprender la importancia que la Iglesia da a la participación en las diversas formas de vida comunitaria, no sólo para los laicos sino también para los clérigos. Así, la Pastores dabo vobis indica que los seminaristas «que han recibido su formación de base en ellas y las tienen como punto de referencia para su experiencia de Iglesia, no deben sentirse invitados a apartarse de su pasado y cortar las relaciones con el ambiente que ha contribuido a su decisión vocacional» sino que «también para ellos ese ambiente de origen continúa siendo fuente de ayuda y apoyo en el camino formativo hacia el sacerdocio»[19].

 

       Y refiriéndose a los sacerdotes que participan en un movimiento, ha dicho el Papa:

 

       El sacerdote debe, por eso, encontrar en el movimiento la luz y el calor que le haga capaz de ser fiel a su obispo, que le disponga a cumplir generosamente los deberes que señala la Institución y que le dé sensibilidad hacia la disciplina eclesiástica, de manera que sea más fecunda la vibración de su fe y la satisfacción de su fidelidad[20].

 

       Finalmente, como en repetidas ocasiones lo ha señalado el Magisterio, más allá de los motivos mencionados, la razón profunda que justifica la vida asociada de los fieles –sea en pequeñas comunidades, movimientos y/o asociaciones eclesiales– es de orden teológico: hacer visible la Iglesia, signo de comunión y de unidad[21].

 

       Los signos de la fe: el amor y la unidad, se ven con mayor facilidad en pequeños grupos de personas, compuestos por hombres y mujeres, adultos y jóvenes, ricos y pobres, que viven juntos la fe, amándose como Cristo los ha amado[22]:

 

       En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros""como yo os he amado" (Jn 13,34-35).



[1]        R. Blázquez, Iniciación Cristiana y nueva Evangelización, DDB (Bilbao 1992) 151.

[2]        Ibid., 167.

[3]        Cfr. P.J.Cordes, No apaguéis el Espíritu, op. cit., 12-13.31; F. González Fernández, «Carismas y movimientos en la historia de la Iglesia»: Pontificium Consilium pro Laicis, Los movimientos eclesiales en la solicitud pastoral de los obispos, Tipografía Vaticana (Ciudad del Vaticano 2000) 71-103.

[4]        Cfr. CfL, 29: AAS 81 (1989) 443.

[5]        CfL, 29: AAS 81 (1989) 444.

[6]        RM, 71.

[7]        Juan Pablo II, Discurso en el Encuentro con los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades (30.V.1998) 6: L'Osservatore Romano, edic. en español (5.VI.1998) 14.

[8]        Ibid., 6.

[9]        S. Rylko, «El acontecimiento del 30 de mayo y sus consecuencias eclesiológicas y pastorales para la vida de la Iglesia»: Pontificium Consilium pro Laicis, Los movimientos eclesiales en la solicitud pastoral de los obispos, op. cit., 31-32.

[10]       G. Carriquiry, «Los movimientos eclesiales en el contexto religioso y cultural actual»: Pontificium Consilium pro Laicis, Los movimientos eclesiales en la solicitud pastoral de los obispos, op. cit., 61.

[11]       Mensaje a los participantes en el Congreso mundial de los movimientos eclesiales (27.V.1998) 3: L'Osservatore Romano, edición en español (5.VI.1998) 11.

[12]       Cfr. Ibid., 5.

[13]       Discurso en el Encuentro con los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades, (30.V.1998) 5: L’Osservatore Romano, edic. en español (5.VI.1998) 14.

[14]       Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto Apostolicam actuositatem (18.XI.1965) 18: EV 1/979.

[15]       Cfr. Juan Pablo II, Lettera ai sacerdoti in ocassione del Giovedì Santo 1995 (25.III.95) 7: L'Osservatore Romano, edic. en italiano (8.IV.1995) 5.

[16]       Lettera alle donne (29.VI.95) 11: L'Osservatore Romano, edic. en italiano (10-11.VII.1995) 5.

[17]       GS, 24: EV 1/1393.

[18]       Cfr. CfL, 29: AAS 81 (1989) 445.

[19]       Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Pastores dabo vobis (25.III.1992) 68: AAS 84 (1992) 776.

[20]       Discurso a los sacerdotes colaboradores con el movimiento "Comunión y Liberación" (12.IX.1985) 3: AAS 78 (1986) 256.

[21]       Cfr. AA, 18: EV 1/979.

[22]       Cfr. CfL, 29: AAS 81 (1989) 445.


Publicado por tabor @ 12:07
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