Mi?rcoles, 10 de febrero de 2010

Comunión y misión

 

       Una Iglesia así constituida, que arroje los signos de la fe, será capaz de atraer con mayor facilidad a  quienes nunca han pertenecido a ella e, incluso, a aquellos que, engañados por los ídolos del mundo, la han abandonado. Del mismo modo, facilitará el diálogo con los miembros de las Iglesias particulares y de otras comunidades cristianas que no están en plena comunión con la Iglesia católica, así como el diálogo con las otras religiones y con los nuevos areópagos.

 

       La comunión es un signo eficaz de evangelización: «Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17,21). En esta comunión, vertical y horizontal, está el fundamento de la fecundidad de la misión[1]. La comunión es, de por sí, misionera, pues mediante ella la Iglesia se presenta y actúa como sacramento visible de unidad salvífica[2], es decir, «signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano»[3].

 

       Los resultados de la Nueva Evangelización dependen, en gran medida, del nuevo ardor de la caridad y de la comunión. En este sentido, como el año 1992 nos lo recordaron los obispos de América Latina reunidos en Santo Domingo, la Nueva Evangelización de nuestro Continente requiere la conversión permanente de la Iglesia a las enseñanzas del Concilio.

 

       Este desafío atañe a todos: en la conciencia y en la praxis, personal y comunitaria, en las relaciones entre los fieles y con los pastores, en las estructuras eclesiales y en el quehacer ecuménico, a fin de que se haga presente, cada vez con mayor claridad, la Iglesia como principio de unidad y amor[4]. Porque «el amor es y sigue siendo la fuerza de la misión, y es también el único criterio según el cual todo debe hacerse y no hacerse, cambiarse y no cambiarse»[5].

 

       Esta fuerza evangelizadora de la comunión eclesial tiende, por su misma naturaleza, a la construcción de toda la humanidad según la comunión de Dios Amor[6].

 

       Desde esta perspectiva se puede entender las exhortaciones de Pablo a las comunidades de Filipos y de Efeso: «siendo todos del mismo sentir, con un mismo amor, un mismo espíritu, unos mismos sentimientos [...] buscando cada cual no su propio interés sino el de los demás. Tened entre vosotros los mismos sentimientos de Cristo" (Flp 2,2-5); «poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo Cuerpo y un solo Espíritu» (Ef 4,3-4).

 

       Ahora bien, ¿cuál es el camino para esta comunión intra-eclesial? En primer lugar, la unidad en la pluralidad, como hemos visto que lo presenta la eclesiología de comunión. Por ello, sin pretender que la Iglesia sea una democracia, ni querer renunciar al principio de constitución jerárquica instaurado por su Divino Fundador, y dejando siempre la última palabra a la obediencia, gracias a la cual hemos sido redimidos y por la cual existe la Iglesia:

 

       En las inevitables situaciones de conflicto ocasional que puedan surgir, la actitud, tanto de los que presiden en la caridad, como de todos sus miembros, no ha de ser aplastar al que discrepa [...] ni conseguir la paz a costa de las personas [...] ni primar el modelo jefe-subalternos. Sino que la única alternativa evangélicamente válida, según Jesús, es el amor al hermano y el servicio liberador y desinteresado[7].

 

       Para ello se requiere promover, en el seno mismo de la Iglesia, la mutua estima, el respeto y la concordia, reconociendo las legítimas diversidades, para abrir, con fecundidad cada vez mayor, el diálogo entre todos los miembros del pueblo de Dios, tanto los pastores como los demás fieles, pues, como nos lo recuerda la Gaudium et Spes: «Los lazos de unión de los fieles son muchos más fuertes que los motivos de división entre ellos. Haya unidad en lo necesario, libertad en lo dudoso, caridad en todo»[8].

 

       Este diálogo, movido por la caridad, debe comprender también a aquellas Iglesias particulares y comunidades cristianas que aún no están en plena comunión con la Iglesia católica. Porque, como nos lo ha recordado Juan Pablo II en la Encíclica Ut unum sint, la unidad de los cristianos es, en primer lugar, para la gloria del Padre[9]. Por ella pidió Jesús al entrar voluntariamente en su pasión: por sus discípulos y todos los que creerían en Él, para que todos sean una cosa sola, una comunión viviente[10].

 

       La comunión de los cristianos es la manifestación de la gracia por medio de la cual Dios los hace partícipes de su propia comunión trinitaria, de su vida eterna. La oración de Jesús, por la unidad de los cristianos, es la oración dirigida al Padre para que se cumpla su diseño eterno de salvación.

 

       Las divisiones entre los cristianos están en abierta contradicción con la Verdad que se empeñan en difundir y, por ello, hieren gravemente su misión. Los resultados de la evangelización están íntimamente ligados al testimonio de la unidad de la Iglesia[11]. El ecumenismo, por tanto, no es sólo una cuestión interna de las comunidades cristianas, sino que está relacionado al amor que Dios ha donado, en Jesús, a toda la humanidad. Obstaculizar este amor es una ofensa a El y a su diseño de reunir a todos en Cristo[12].

 

       Conscientes de esta voluntad de Dios, los cristianos podrán encontrar en la eclesiología de comunión, como de hecho ya lo están haciendo, importantes elementos que favorezcan sus esfuerzos por la unidad. Desde la formulación del principio de la hierarchia veritatum, así como desde las grandes iniciativas de oración común y trabajo coordinado permanente, incluidos los aspectos de orden temporal, el acercamiento hacia la unidad ha dado grandes pasos. Quedan, no obstante, muchos por darse, de los cuales dependen, en gran medida, los frutos de la Nueva Evangelización.

 

       Finalmente, la Iglesia Comunión no sólo abraza en su seno a todos los creyentes, sino que prolonga su comunión, con Dios y con los hermanos, hasta abrazar a la humanidad entera. Lo hace, en primer lugar, testimoniando, de palabra y de obra, la buena nueva de Jesucristo, que no vino al mundo a ser servido sino a servir y dar su vida por el rescate de todos (Mc 10,45). También, imprimiendo en la sociedad el espíritu evangélico, mediante la liturgia y el servicio gratuito a los pobres y necesitados, así como haciendo presentes los valores del hombre y defendiéndolos donde haga falta.

 

       En este sentido, la misión de los laicos, revalorizada en la eclesiología de comunión, desempeña una función muy importante, pues son ellos quienes, en primer lugar, «están llamados a actuar en las realidades temporales y en el campo de sus capacidades para la construcción de una sociedad impregnada de los valores evangélicos»[13]. Corresponde a ellos llevar el mensaje del Evangelio a todos los ambientes de la sociedad, incluso el político.

 

       Para ello se requieren fieles debidamente formados, que sean capaces de mantener un diálogo con el mundo y la cultura de hoy. A la vez, cristianos con fe adulta y probada, pues la Iglesia sabe que, en su peregrinar terreno, ha sufrido y continuará sufriendo oposiciones y persecuciones[14]. Es en estas ocasiones cuando está llamada a brindar el más sublime y gratuito servicio que pueda dar a la humanidad: vencer el mal con el bien, testimoniando así la verdad crucial del Evangelio, realizada en Jesucristo: el amor al enemigo (Mt 5,44; Lc 29,34).

 

       Buscando al hombre a través del Hijo, Dios quiere inducirlo a abandonar los caminos del mal, en los que tiende a adentrarse cada vez más [...] Derrotar el mal: esto es la Redención. Ella se realiza en el sacrificio de Cristo, gracias al cual el hombre rescata la deuda del pecado y es reconciliado con Dios[15].

 

       Derrotar el mal, no con la fuerza física o el poder político, sino con el bien, con la fuerza del perdón, asumiendo las consecuencias de los pecados ajenos, como Jesús en la Cruz, cargando con el mal de los demás. Esta es la misión del Siervo de Dios anunciada por Isaías, cumplida en Jesucristo y que se prolonga en la Iglesia; «eran nuestras dolencias las que él llevaba [...] con sus cardenales hemos sido curados [...] Fue oprimido, y él se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado [...] indefenso se entregó a la muerte» (Is 53,4-12).

 

       A esta misión se refiere Jesucristo cuando dice a sus discípulos que ellos son la sal de la tierra, la luz del mundo, la levadura que fermenta la masa (Mt 6,13-16). Las tres figuras usadas por Cristo (sal, luz y levadura) realizan su servicio deshaciéndose, consumiéndose, desapareciendo; es decir, a costa de su propia vida[16]. «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24).

 

       Sobre esta misión, de dar la propia vida, san Pablo dirá: «completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo que es la Iglesia» (Col 1,24); y el martirio de Esteban será la primera muestra: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado» (Hch 7,60).

 



[1]        Cfr. RM, 75: AAS 83 (1991) 322.

[2]        Cfr. LG, 9: EV 1/310.

[3]        LG, 1: EV 1/284.

[4]        Cfr. IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Documento final (28.X.1992) 30.

[5]        RM, 60: AAS 83 (1991) 309.

[6]        J. Esquerda Bifet, Teología de la Evangelización, op. cit., 274.

[7]        B. Caballero, Bases de una nueva evangelización, op. cit., 173.

[8]        GS, 92: EV 1/1639.

[9]        Cfr. Carta encíclica Ut unum sint (25.V.1995) 98: AAS 87 (1995) 979 [= UUS].

[10]       Cfr. UUS, 6 y 100: AAS 87 (1995) 925 y 981.

[11]       Cfr. EN, 75: AAS 68 (1976) 69.

[12]       Cfr. UUS, 99: AAS 87 (1995) 980.

[13]       Juan Pablo II, Discurso a los obispos de la Región Norte-1 de Brasil (30.V.1995) 4: L’Osservatore Romano, edic. en español (9.VI.1995) 19.

[14]       Cfr. UUS, 4: AAS 87 (1995) 924.

[15]       Juan Pablo II, Carta apostólica Tertio millennio adveniente (10.XI.1994) 7: AAS 87 (1995) 10 [= TMA].

[16]       Cfr. S. Sabugal, La Iglesia, sierva de Dios, op. cit., 121-129.


Publicado por tabor @ 12:10  | Eclesiologia del Vat. II
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