S?bado, 28 de julio de 2012

¿Han sido negativos los frutos del Concilio?

Ya en la introducción comentaba como esta es una de las objeciones de los detractores del concilio, al que echan la culpa del éxodo masivo de católicos de la Iglesia y casi todos los males que sufre en la actualidad. “Las iglesias están vacías”, “hemos perdido miles de vocaciones” . Un ejemplo bastante descriptivo de este tipo de críticas lo he tomado de un foro católico:

“Después del Concilio Vaticano II, quitaron los púlpitos de las iglesias, muchos sacerdotes tiraron la sotana, se aliaron con el comunismo (teología marxista de la liberación), el racionalismo, el humanismo, el modernismo, con lo que se mundanizaron en testimonio, se protestantizaron en liturgia, y acomodaron la sana doctrina de Cristo a filosofías y doctrinas de hombres.

Con lo que surgió una Iglesia de guitarristas, bailarines, conferenciantes, charlatanes, "catequistas" (que no saben lo que enseñan ni entienden lo que dicen), encuentros, comidas....circo, humo y ruido”

Este tipo de razonamientos es simplista. Bastante complejo es el problema de la deserción de católicos de la Iglesia, para asumir que la situación hubiera sido mejor sin el concilio. A este respecto explica el padre Antonio Rivero (Profesor de oratoria y teología en el Seminario Maria Mater Ecclesiae de sao Paulo) en su libro "Breve historia de la Iglesia":

El Vaticano II produjo más frutos positivos que negativos... ¿Quién lo duda?

Pero hubo otras consecuencias muy positivas, además de las que ya comentamos anteriormente. ¿Cuáles son?

El concilio abrió ampliamente los caminos del ecumenismo, aunque todavía hay mucho por hacer.

El concilio también impulsó la inculturación del evangelio, es decir, la tarea de llevar el mensaje de Cristo a las diversas culturas, con respeto y amor. En su encíclica «Evangelii Nuntiandi» Pablo VI dice lo siguiente: «Hay que hacer a la Iglesia del siglo XX todavía más apta para anunciar el evangelio a la humanidad del siglo XX...Es una alegría evangelizar, aun cuando sea preciso sembrar en medio de lágrimas». En esta nueva evangelización, la iglesia de occidente está preocupada por los problemas de la secularización, de la búsqueda de un sistema de valores, de una reforma moral. La iglesia de América Latina se siente interpelada por la miseria, la explotación económica y la revolución social. A todas partes urge el mensaje liberador y salvador de Cristo.

Gracias al concilio, Dios hizo surgir los movimientos eclesiales y nuevas comunidades. Así ha crecido la importancia del papel del apostolado de los seglares, si bien en la historia del cristianismo éste no es un fenómeno nuevo, porque es suficiente leer los Hechos de los Apóstoles para darse cuenta de que los cristianos laicos, a pesar de las persecuciones, ya en aquellos tiempos proclamaban a Cristo por doquier, contribuyendo a la difusión de la fe en las ciudades y en los lugares que visitaban. E iban de casa en casa, de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad.

A lo largo de la historia de la iglesia, los seglares han desempeñado diversos ministerios, como bautizar, llevar la eucaristía a los enfermos y a los prisioneros, participar en la preparación de los penitentes al sacramento de la reconciliación, y también desarrollaban un papel activo en la celebración de los matrimonios.

El problema del laicado fue uno de los temas fundamentales estudiados por el Concilio Vaticano II. El papa Juan Pablo II dedicó una exhortación apostólica llamada «Christifideles laici», del 30 de diciembre de 1988, sobre la misión de los laicos en la iglesia y en el mundo. Este documento pontificio ha sido definido como el «vademécum de la iglesia» en el campo de la vocación y de la misión de los laicos ante el Tercer Milenio.

Y dicho documento dedica también atención a los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades, que son un fenómeno típico del posconcilio.

¿Qué pide la iglesia a todos estos movimientos?

Una vez que la iglesia ha aprobado los estatutos de dichos movimientos, es necesario que estos movimientos, permaneciendo fieles a su propio carisma, estén en comunión con los obispos diocesanos y cooperen con ese carisma en la pastoral diocesana. Estos movimientos presentan ante el mundo la pluriformidad de los carismas, pero dicha pluriformidad debe estar orientada a la unidad en el Espíritu.

La experiencia de la unidad en la pluralidad, vivida y testimoniada por los movimientos puede y debe constituir un punto de referencia para ese camino de comunión eclesial, superando cualquier sombra de particularismo. Todos los movimientos, siguiendo cada uno el propio carisma inspirado por el Espíritu Santo a sus respectivos fundadores, deben responder a la llamada de este mismo Espíritu para la renovación de la iglesia.

Casi llegan ya al centenar los movimientos aprobados por la Santa Sede. Entre los más conocidos se encuentran: Focolares, Camino neocatecumenal, Comunidad del Arca, Obra de Schönstatt, Comunión y Liberación, Renovación Carismática cristiana, Cursillos de Cristiandad, Cooperadores Salesianos, Regnum Christi, Talleres de Oración y Vida, Movimiento Nazareth, Sígueme, Movimiento Teresiano del Apostolado, Comunidad de Sant´Egidio, Milicia de la Inmaculada, Legión de María, Katholische Integrierte Gemainde, Foi et Lumière, Movimiento de Vida cristiana, etc...

Otras consecuencias positivas del Concilio Vaticano II

Enunciemos otras consecuencias positivas:

  • La renovación del gobierno central de la iglesia,
  • La internacionalización del colegio cardenalicio y de la curia romana.
  • El Santo Oficio o Inquisición desaparece y nace la Congregación para la Doctrina de la fe.
  • Se incrementa el ejercicio de la colegialidad por medio de las conferencias episcopales y del sínodo de obispos.
  • Los laicos ocupan puestos de responsabilidad en la Iglesia y cooperan en su misión evangelizadora.

El Cardenal Ratzinger (hoy el Papa Benedicto XVI) sale al paso de estas objeciones , tal como explica Informe sobre la fe:

“«Descubramos el verdadero Vaticano II» No son, pues, ni el Vaticano II ni sus documentos (huelga casi mencionarlo) los que constituyen problema. En todo caso, a juicio de muchos —y Joseph Ratzinger se encuentra entre estos desde hace tiempo—, el problema estriba en muchas de las interpretaciones que se han dado de aquellos documentos, interpretaciones que habrían conducido a ciertos frutos de la época posconciliar.”

Seguía diciendo Ratzinger hace diez años: «Hay que afirmar sin ambages que una reforma real de la Iglesia presupone un decidido abandono de aquellos caminos equivocados que han conducido a consecuencias indiscutiblemente negativas».

En cierta ocasión escribió: «El cardenal Julius Döpfner decía que la Iglesia del posconcilio es un gran astillero. Pero un espíritu crítico añadía a esto que es un gran astillero donde se ha perdido de vista el proyecto y donde cada uno continúa trabajando a su antojo. El resultado es evidente».

Pero no deja de repetir con la misma claridad que «en sus expresiones oficiales, en sus documentos auténticos, el Vaticano II no puede considerarse responsable de una evolución que —muy al contrario— contradice radicalmente tanto la letra como el espíritu de los Padres conciliares».

Dice: «Estoy convencido de que los males que hemos experimentado en estos veinte años no se deben al Concilio «verdadero», sino al hecho de haberse desatado en el interior de la Iglesia ocultas fuerzas agresivas, centrífugas, irresponsables o simplemente ingenuas, de un optimismo fácil, de un énfasis en la modernidad, que ha confundido el progreso técnico actual con un progreso auténtico e integral. Y, en el exterior, al choque con una revolución cultural: la afirmación en Occidente del estamento medio-superior, de la nueva «burguesía del terciario», con su ideología radicalmente liberal de sello individualista, racionalista y hedonista».

La consigna, la exhortación de Ratzinger a todos los católicos que quieran seguir siendo tales, no es ciertamente un «volver atrás», sino un «volver a los textos auténticos del auténtico Vaticano II». Para él, insiste «defender hoy la verdadera Tradición de la Iglesia significa defender el Concilio. Es también culpa nuestra si de vez en cuando hemos dado ocasión (tanto a la «derecha» como a la «izquierda»Gui?o de pensar que el Vaticano II representa una «ruptura», un abandono de la Tradición. Muy al contrario, existe una continuidad que no permite ni retornos al pasado ni huidas hacia delante, ni nostalgias anacrónicas ni impaciencias injustificadas. Debemos permanecer fieles al hoy de la Iglesia; no al ayer o al mañana: y este hoy de la Iglesia son los documentos auténticos del Vaticano II. Sin reservas que los cercenen. Y sin arbitrariedades que los desfiguren».

"Lo repito: el católico que con lucidez y, por lo tanto, con sufrimiento, ve los problemas producidos en su Iglesia por las deformaciones del Vaticano II, debe encontrar en este mismo Vaticano II la posibilidad de un nuevo comienzo. El Concilio es suyo"

Informe sobre la Fe, capítulo 2, Joseph Ratzinger

Hoy, más que nunca, en vez de estar buscando culpar a un Concilio Ecuménico asistido por el Espíritu Santo de todos los males de la Iglesia, deberíamos en sintonía con el Papa y reconocer que "Estamos en deuda con el Concilio Vaticano II"

La aprobación de la reforma litúrgica

La intención del Concilio en materia litúrgica: «procurar la reforma y el fomento de la liturgia», objetivo que fue logrado con la Sacrosanctum Concilium, promulgada al final de la segunda sesión de trabajo, el día 4 de diciembre de 1963 y con un consenso impresionante: 2,158 votos a favor y solamente 4 en contra, (casi unánimemente). A pesar de esto no falta quien todavía se deshace en críticas y ataques a una reforma aprobada en pleno por un concilio ecuménico.

Algunos se quejan de los profundos cambios en materia litúrgica, olvidando que la «La Iglesia no pretende imponer una rígida uniformidad en aquello que no afecta a la fe o al bien de toda la comunidad, ni siquiera en la Liturgia; por el contrario, respeta y promueve el genio y las cualidades de las distintas razas y pueblos. Examina con simpatía y, si puede, conserva íntegro lo que en las costumbres de los pueblos encuentra que no esté indisolublemente vinculado a supersticiones y errores, y aun a veces lo acepta en la misma Liturgia, con tal que se armonice con su verdadero y auténtico espíritu» (n.37).

La liturgia es un organismo vivo. El Papa Juan XXIII decía a este respecto «La liturgia no debe ser un precioso objeto de museo sino la oración viva de la Iglesia». Monseñor Bugnini explica también «que la liturgia alimenta la vida de la Iglesia; ella misma debe ser vital; no puede estancarse y esclerotizarse».

En mi opinión, uno de los más grandes avances a este respecto es la introducción de las lenguas vulgares en la liturgia. A este respecto el Papa Pablo IV repetía con San Agustín «Es preferible que nos critiquen los doctos, a que la liturgia continúe siendo ininteligible para el pueblo», cosa que muy cierta.

Otros ven en la reforma un ataque que intenta suprimir otros ritos, cuando esa nunca fue la intención del Concilio, que por el contrario sentencia “ateniéndose fielmente a la tradición, declara que la Santa Madre Iglesia atribuye igual derecho y honor a todos los ritos legítimamente reconocidos y quiere que en el futuro se conserven y fomenten por todos los medios. Desea, además, que, si fuere necesario, sean íntegramente revisados con prudencia, de acuerdo con la sana tradición, y reciban nuevo vigor, teniendo en cuenta las circunstancias y necesidades de hoy.” (n. 4).

Otros pretenden, no conformes con que el Papa ha permitido para todo aquel que lo pida la liturgia de la forma extraordinaria, se elimine e invalide la forma ordinaria, lo cual es en mi opinión un completo desatino.

Recomiendo para profundizar en este punto leer:

La Reforma de la Liturgia. Por Bugnini, Annibale

La Reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, Por Gian Franco Svidercoschi

Sacrosanctum Concilium. Alcances y perspectivas. Por Mons. Alberto Brazzini, Obispo auxiliar de Lima

Conclusión

Un católico no está obligado solamente a aceptar la enseñanza infalible, sino también a aceptar el Magisterio auténtico de la Iglesia, aun en el caso de que no sea infalible, tal como queda claro en la "Ad Tuendam Fidem". Esta precisión es importante para hacerla porque quien persista en rechazar al Concilio Vaticano II, persiste en rechazar el Magisterio, ya sea ordinario o extraordinario.

 


Publicado por tabor @ 21:06  | Viviendo el Concilio
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