S?bado, 28 de julio de 2012

La Reforma litúrgica del Concilio Vaticano II

Con la decisión de proponer al Concilio los principios fundamentales para una reforma de la liturgia, Juan XXIII ha impreso implícitamente un ritmo a la revisión, siempre cauta y moderada, de las diversas  prácticas litúrgicas, principalmente de aquellas ceremonias o adiciones circunstanciales que, a lo largo de los siglos, han contribuido no poco a oscurecer la limpidez de los ritos primitivos y a poner en peligro su soltura.

Ante todo se pretende que los fieles no continúen siendo meros espectadores pasivos y extraños, sino que vuelvan a ser los actores de una celebración comunitaria. A este fin es imprescindible presentar los ritos sacramentales de un modo mucho más claro y comprensible. Esto comportaría por un lado el uso de las lenguas vulgares, supliendo o alternando con el latín, en algunas funciones, y por otro, la eliminación de aquellos elementos complementarios que, con el correr del tiempo, se han manifestado contraproducentes para una adecuada comprensión y participación de los fieles.

En la misa, por ejemplo, una más cuidada selección de los textos escriturísticos de la primera parte, la de los «catecúmenos», didáctica y doctrinal, podría ayudar al pueblo a unirse más estrechamente al celebrante en la segunda, eucarística y sacrificial.

Así la lengua vernácula podría emplearse en las «oraciones», y las «lecturas» de la primera parte, traducidas, serían leídas por un monitor o por el mismo celebrante, vuelto hacia la asamblea. Aún más, algunos recibirían con gusto la simplificación e incluso la supresión de algunos ritos, como el «lavabo
», y la conclusión de la misa con la bendición del sacerdote.

Se podría además intentar elevar los sacramentos y sacramentales a su antiguo esplendor eliminando las adiciones posteriores y adaptándolos con las debidas cautelas a los usos de los diferentes pueblos. Esto, principalmente en países de misión, donde la tendencia a «desoccidentalizar» la liturgia va ganando
cada vez más adeptos.

No hay que pensar, sin embargo, que todos estén concordes en admitir las lenguas vernáculas. Cuando Juan XXIII habló de ello por vez primera en un discurso pronunciado el 13 de marzo de 1960 en la parroquia de Santa María del Soccorso, L'Osservatore Romano no publicó ni una sola línea, e inmediatamente se opusieron a ello varios liturgistas, confirmando el valor del latín como elemento representativo de la universalidad de la Iglesia. Pero el Papa no se desanimó. Precisamente por aquellos días, en una carta al patriarca melquita de Antioquía, anuló una decisión del Santo Oficio que prohibía el uso de la lengua vulgar (en este caso el inglés) en la celebración de la misa en rito oriental.

Las mismas divergencias aparecerían nuevamente más tarde en la Comisión Central. En efecto, a los que propugnan una renovación uniforme para todo el mundo se opondrán aquellos que, en la aplicación de la reforma, prefieren dejar a los diferentes países plena libertad de acción teniendo presente las preocupaciones de numerosos obispos de África y de la India, cuyas poblaciones son bilingües, o de otros que temían un agravamiento del subjetivismo religioso y un exagerado nacionalismo.

Hasta aquí solamente se ha hablado de tres de los ocho capítulos que comprende el único esquema preparado por la Comisión litúrgica (1). Los cinco restantes tratan del oficio divino, del año litúrgico, algunas de cuyas fiestas se desearía que fueran revisadas; de los objetos sagrados (todos deben ser dignos de la santidad del lugar), de la música sagrada, de la que es necesario mantener alejado todo lo que sepa a profano o sensual, con el fin de excitar la devoción del pueblo cristiano, que debería recibir una mejor instrucción en el campo litúrgico, y finalmente del arte sagrado.

Notas

(1) El presidente de esta Comisión fue primero el cardenal Gaetano Cicognani y, después de su muerte, el cardenal Arcadio María Larraona. El secretario, P. Bugnini, había de ser la víctima de las desavenencias surgidas en la Comisión, hasta el punto de ser destituido de su cargo y privado de su cátedra en un instituto. Pero después prevaleció la justicia. Fue reintegrado a su labor docente y premiado con un doble nombramiento: secretario del Consilium para la aplicación de la constitución litúrgica y subsecretario para la liturgia en la Sagrada Congregación de Ritos.

Tomado de Historia del Concilio Vaticano II, por Gian Franco Svidercoschi, pág. 86-88


Publicado por tabor @ 21:09  | Desarrollo Vaticano II
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