Martes, 31 de julio de 2012

Espíritu, materia y yo personal

 

Cuando hablamos de espiritualidad lógicamente hacemos alusión al espíritu. Y éste nos hemos acostumbrado a contraponerlo a la materia. Seguramente por influencia platónica, esta división tan grande y drástica ha marcado la visión del hombre durante muchos siglos. Esto ha hecho, en muchas ocasiones, que se separara todo aquello que parecía pertenecer al mundo de lo “espiritual” de lo que casi se despreciaba como el mundo de “lo material”.

Dejando a un lado la contraposición de San Pablo cuando se refiere al bien y el mal que hay en nosotros -“espíritu y carne”-, esa división ha hecho que encerráramos a menudo lo que llamábamos vida espiritual en un compartimento que nada tenía que ver con el mundo que nos rodeaba.

Mi propia experiencia personal y pastoral fue marcada por ese signo durante muchos años. Una separación del “mundo”, una extracción de todo aquello que podía representar lo material, hacía que la espiritualidad de los años anteriores al Concilio Vaticano II fuese un tanto desencarnada y ajena a muchas realidades temporales. Lo sé bien porque que me tocó vivir esta espiritualidad en mi infancia y primera juventud,

Esta separación  se hacía notar en todos los ámbitos de la vida de la Iglesia: en la vida religiosa consagrada, también afectaba a la vida laical. Cuando una joven, se sentía llamada a vivir la vida del espíritu en plenitud, creía no tener más que un camino: el del convento. Si había tenido una fuerte experiencia de Dios que le acercaba a gustar de Él y de la Palabra con fuerza inexplicable, creía que debía abandonar todo aquello, que por “mundano” y material, le separaba de esa espiritualidad tan marcada y cuidada por los sectores de poder de la Iglesia,tan parecidas al poder religioso del antiguo Israel.

Cuando se intuía otra postura y se deseaba gustar de otras cosas, la formación de la época lo presentaba, a menudo, como tentación que había que desechar.

Ya  algunos filósofos anteriores al Concilio Vaticano II, como Mounier, Kierkegard, Ortega y Gasset, Bergson, Teilhard de Chardin etc. Apuntaban a que el espíritu es algo más profundo que una simple contraposición a la materia, es lo que constituye el yo íntimo e irrepetible de la persona, en donde crece la vida del Espíritu con mayúscula y en donde se dan las operaciones más elevadas del ser humano. La vida espiritual no era algo circunscrito a una parte de la realidad humana, sino a toda la realidad de la persona y lo que le rodea.

Teilhard de Chardin profundizó lo que suponía ese crecimiento de la humanidad hasta la plenitud y por tanto la riqueza de lo que el llamaba “el medio divino”. Todo está impregnado de Dios y todo puede llegar a ser espiritual desde nuestra vida si nuestra actitud lo impregna de ese espíritu que llamamos evangélico y que constituye la verdadera espiritualidad cristiana. La del mensaje de la Buena Nueva.

No podemos olvidar la invitación del Papa Benedicto XVI en el documento “Porta fidei” a vivir el Año de la Fe, conmemorando los cincuenta años de la convocatoria del Concilio Vaticano II y la importancia que este Concilio, tuvo para la “Espiritualidad de comunión”. Conmemorar también los los veinte años de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica, que explicitó también esta “Espiritualidad de comunión”

Desde el acontecimiento del Concilio Vaticano II, el magisterio y la teología expresan la “autocomprensión de la Iglesia” como la "eclesiología de comunión" (Cf. LG 4). La Iglesia  está llamada a vivir el misterio de comunión como “Pueblo de Dios” (Cf. DP 232-237), toda ella servidora y carismática, animada por el Espíritu Santo para cumplir su misión evangelizadora.

El Concilio Vaticano II asentó esta doctrina —por otra parte ya presente en el pensamiento de la primera Iglesia—, pero no se había explorado toda su virtualidad hasta fechas muy recientes. Los distintos Sínodos y los documentos emanados de ellos han ido iluminando progresivamente y potenciando el sentido de la Iglesia-comunión y la relación entre todos sus miembros (laicos, religiosos, sacerdotes, obispos) así como la comunión con otras religiones (ecumenismo) y con todos los seres humanos.

 Esta autocomprensión de la Iglesia implica una conversión eclesiológica, que conlleva la superación de un modo de comprenderse y actuar, con una trayectoria de cinco siglos. Si la Iglesia es el signo de la comunión querida por Dios, iniciada en el tiempo y dirigida a su perfección en la plenitud del Reino, ninguna instancia eclesial debe quedar al margen de esta llamada a la conversión que genera el encuentro con Cristo y los hermanos (Cf. CCCS 21.23). El asumir esta comprensión de la Iglesia implica necesariamente a todo el tejido eclesial.

De ahí la importancia que la Comisión de espiritualidad da a la Espiritualidad de comunión”, no como nueva moda, sino como el camino a recorrer en este siglo XXI, en plena fidelidad al Evangelio y al Magisterio de la Iglesia. La “Espiritualidad de comunión”, es más bien algo estructural, orgánico, que debe impregnar y caracterizar el estudio teológico del misterio eclesial, su vida y su misión.

 


 


Publicado por tabor @ 13:04  | Eclesiologia del Vat. II
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