Martes, 31 de julio de 2012

2.- La  mujer en la espiritualidad

Bíblica, evangélica y eclesial.

 

En Gen 1, 27 leemos: «y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó». Es a través de ese juego de singular y plural, de dualidad y unidad como se ve claro el misterio: el hombre es indisolublemente varón-hembra, hombre-mujer. De esa comunión resulta la humanidad íntegra, la que como imagen representa a Dios.

Si afirmamos que la “Espiritualidad de comunión” es trinitaria, tendremos que tener en cuenta que el Dios bíblico, en cuanto Trinidad es un  Dios que es plenitud humana y personal: Dios es «hombre y mujer» y es «hijo». Lo es de una manera simbólica, misteriosa. Dios incluye en sí la maravilla de la comunión amorosa y la gloria fecunda de la paternidad, maternidad y la filiación. Si se utiliza la metáfora de la paternidad de Dios también podemos hablar de la maternidad de Dios con el mismo lenguaje metafórico. La metáfora femenina aplicada a Dios la encontramos en el Antiguo Testamento. Dios Madre, que concibe, que engendra, que amamanta, que tiene siempre presente a sus hijos, que consuela, que da luz (Ex 11-12; Ex 34,6; Os 11,1-4; Dt 32,18; Is 49,15; 63,15; 66,13; 42,14; Sal 131,2).

De Israel no sólo se habla como hija sino como esposa, y el Cantar de los Cantares nos manifiesta una relación amorosa donde el esposo y la esposa son una misma cosa. No es de extrañar que algunos Padres de la Iglesia hayan hablado del Espíritu Santo como esposa, como lo femenino de Dios.

Aunque la simbología esta presente en lo que antecede, se nos dice con seguridad que Dios no es masculino, ni dominador, ni siquiera patriarca; es más bien eso que intuimos a través de la comunión auténtica entre el hombre y la mujer; es maternidad y paternidad; es amor fecundo y sin discriminación. Así, pues, no podemos en absoluto considerarlo más masculino que femenino, más varón que mujer. Dios se manifiesta a través de lo mejor del hombre y lo mejor de la mujer.

Desde nuestra sensibilidad religiosa y femenina nos resulta sorprendente e inaceptable que, en nombre de Dios, y por el hecho de ser mujeres y religiosas, se nos quite algún derecho. Asimismo, en la Iglesia todo lo que vaya en la línea de la dignidad, el servicio, lo comunitario, la relación con los demás, debe ser totalmente igualitario.

Israel, al ser una sociedad patriarcal enfatizó sólo la imagen masculina de Dios. La Biblia, inspirada por Dios pero escrita por hombres, tiene expresiones machistas propias de la mentalidad patriarcal, pero con un profundo dinamismo que le viene de la fuente y raíz divinas. Es con Jesús de Nazaret como ese dinamismo cobra más fuerza y la mujer queda enaltecida, en su lugar. Jesús se adelantó a su tiempo. Desde su intuición original trataba a todas y a todos como personas, hijas e hijos de Dios, iguales ante El y ante la mirada del Padre que no discrimina. Jesús llamó Padre a Dios, lo denominó Pastor y Sembrador pero también utilizó metáforas femeninas: el hombre siembra la semilla y la mujer pone la levadura en la mesa (Mt 13, 31-33); el pastor que busca la oveja y la mujer que busca la moneda (Lc 15, 4-15). De la misma forma metafórica podemos recordar el pasaje de Nicodemo a quien Jesús le dice «nacer del agua y del Espíritu»; se trata de nacer de Dios para entrar en el Reino; afirmamos que sólo la mujer puede hacer nacer.

 La Iglesia muchas veces a lo largo de la historia sucumbió a las costumbres no evangélicas y pronto olvidó parte de sus orígenes en la vida de las primeras comunidades cristiana, sino tanto en la doctrina, si en la practica y ya sabemos  con que facilidad la teoría tiende a justificar la práctica, y así nos encontramos con los desatinos eclesiales en el trato y posición del hombre y la mujer dentro de la Iglesia, desatinos que intento corregir el Concilio Vaticano II,poniendo de relieve posturas de minorías dentro y en la historia de la iglesia

Previo al Concilio vaticano II, muchos de los derechos de la mujer se debieron a posturas y actitudes alejadas de la Iglesia: tener voz y voto, opinión y testimonio... Y eso es algo que durante mucho tiempo, en la Iglesia y en la sociedad en general, estaba rodeado de dificultades. Lavar los manteles y poner floreros, o servir a los obispos en el peor de los casos, era el papel de la mujer en la Iglesia. Es verdad que muchas veces esto   era un asunto social no de espiritualidad, aunque la Iglesia inmersa en el mundo, no siempre sabe separarse de lo que es mundo y de l oque es mensaje evangelio. La espiritualidad cristiana –aunque fuera en minorías- iba marcada por otros elementos comunes al hombre y a la mujer. Adelantándose al Concilio Vaticano II

Ya santa Teresa de Jesús, a pesar de ser la más grande mística del siglo XVI y vivir en un convento como contemplativa tenia su peculiar espiritualidad encarnada: se puede resumir este tipo de espiritualidad en alguna de sus frases más acertadas: “Obras quiere el Señor”, “¿Sabéis que es ser espirituales de veras?: Ser siervos de todos como lo fue Cristo...” (Moradas 5ªs. Y Moradas 6ªs.).

Es momento de recordar la siguiente oración latinoamericana:

Un día la mujer gritó:
«Soy guerrera»
Y el eco de su voz se hizo oir
más allá de las fronteras.
Soy mujer madre y guerrera
Mi límite no es ya el hogar.
Me llaman la reina de la casa.
Pero soy mayor que el océano y el mar.
Salí... Todavía la aurora no había llegado
al cielo. Fui al sepulcro de mi pueblo
como Magdalena un día, y vi... Había una
vida que proclamar.
Y mi límite dejó de ser el hogar.
Soy madre... soy la vida.
Soy esposa... soy compasión.
Soy mujer... soy dolor.
Soy pueblo, soy amor; anunciación.
Donde hay alguien caído, lo levanto.
Donde hay alguien muerto, algún enfermo,
llorando...; soy guerrera.
Soy pájaro...; canto.
Levanto a mi pueblo y lo saco de la esclavitud.
Mi nombre es liberación.
Soy la paz, soy la esperanza.
Soy arco iris en este mundo de injusticia.
Soy la igualdad...
Mi nombre es fraternidad.
Me llamo pueblo...; soy humanidad.
El que quiera encontrarme... será fácil:
no estoy sólo en el hogar;
estoy en la lucha.
Soy guerrera, soy negra, soy pobre,
soy vieja, soy viuda y casi analfabeta.
Pero es fácil encontrarme en la lucha,
en el movimiento popular. Todos me conocen.
Soy el resto que sobró de alegría y de amor.
Soy todo lo que hay de bueno, de sueño, de cielo.
Soy solamente María Miguel.

 


Publicado por tabor @ 13:07  | Eclesiologia del Vat. II
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