Martes, 31 de julio de 2012

3. Una espiritualidad que tenga especial sensibilidad por los excluidos.

 

No cabe duda de que en este momento histórico hay una sensibilidad especial para todo lo que se oponga al desequilibrio de clases que se va manifestando cada día con más hiriente realidad, creando distancias cada vez mayores entre Norte, Sur, entre ricos y pobres. Esto engendra, entre otras cosas, un movimiento de solidaridad que contrasta con el egoísmo consumista que, por otra parte, nos domina a todos.

Desde la óptica de los excluidos la espiritualidad se tiñe de exigencia, no sólo solidaria sino contracultural, oponiéndose al consumismo, a la injusticia, a todo lo que excluya.... Vivir una espiritualidad desde el ámbito de los excluidos quiere decir, a mi entender, estar atenta al grito de los que no tienen voz y tener en nosotros los sentimientos de Cristo, aquellos por los que seremos examinados en el último día y que identifican a los excluidos con el mismo Jesús:

“Porque tuve hambre, sed, estaba desnudo, encarcelado, enfermo... y me atendiste”.

 Y nos coloca en la postura que se nos pide en el Evangelio que es precisamente la contraria a la que todos aspiramos, la del poder, el dinero, la influencia...:

“Sabéis que los que gobiernan a los pueblos, los tiranizan y que los grandes los oprimen, pero no ha de ser así entre vosotros; al contrario, el que quiera subir, ha de ser servidor vuestro, y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos, porque el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir”.

Esta actitud de servicio a los pobres y de ocupar un lugar en las fronteras, es lo que marca una de las características más inteligibles del mensaje evangélico y de la espiritualidad del siglo XXI, si queremos que sea autentica  “Espiritualidad evangélica de comunión”.

Se ha dicho mucho en la Iglesia que los pobres nos evangelizan. Y yo creo que esta frase ya estereotipada nos lleva a una realidad profunda. Y es que, junto a ellos y con ellos, el mandamiento del amor de comunión se hace más inteligible. Y cuando tus propios intereses llegan a tener menos espacio porque lo ocupan aquellos a quienes amas, la vida cambia por completo, el Evangelio se entiende mejor y ocupa en nuestra vida un lugar de exigencia que antes no tenía.

Pero hay algo más. Cuando aquí, en el Primer Mundo, hablamos de los excluidos, nos referimos a los que nosotros, en nuestra sociedad de consumo, en nuestras sociedades de opulencia, hemos dejado relegados por un complejo de problemas económicos y sociales. Es evidente que las bolsas de pobreza de lo que llamamos el Cuarto Mundo aumentan. Y ahora se hacen alarmantes con la llegada masiva de inmigrantes que han tenido que dejar su país por los mismos motivos excluyentes, llamémosle globalización o como queramos.

En ese mundo desestructurado y excluyente, los marginados están también al margen de los grandes valores de la existencia, a donde les ha lanzado nuestro egoísmo. Siempre me ha angustiado el hecho de que en nuestras Iglesias sólo tienen un lugar: en la puerta y con la mano extendida.

Hablamos de ver el rostro de Dios en los pobres. Pero creo que una espiritualidad de hoy, en este mundo sin fe, y a menudo sin esperanza, nos llama a que los pobres vean el rostro de Dios en nosotros y esto no es posible sin una “Espiritualidad de comunión”. Sólo a través del amor que nosotros podamos darles, van a reconocer el amor de Dios que el Espíritu ha derramado en nuestros corazones. Porque, como dice San Juan,

 “a Dios nadie le ha visto, pero si nos amamos mutuamente, Dios está en nosotros y su amor se está realizando en nosotros...”

Esto es lo que he experimentado en muchas ocasiones y lo que ha cambiado mi vida y mi espiritualidad. ¡Cuántas lecciones he recibido de personas que no se lo pueden ni imaginar! Sin hablar directamente de Dios, he podido experimentar que el lenguaje del amor es el más claro y evidente y el que lleva a la fuente del amor, Dios.

Es verdad que muchos excluidos están fuera de la Iglesia. Pero también la exclusión se dá dentro de la Iglesia. Su misma estructura da pie y facilita esta realidad. Es verdad que la Iglesia necesita comunidades con una “Espiritualidad de comunión”. Esta comunidades debería de servir de fermento en la masa eclasial,pero tristemente no llegan a serlo.

 


Publicado por tabor @ 13:08  | Eclesiologia del Vat. II
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