Jueves, 02 de agosto de 2012

Beatriz de Nazareth      Siete modos de vivir el amor.

La Espiirtualidad de comunión no es posible vivirla sin la ayuda del Espiritu Santo. De ello hay abundantes reflexiones en la tradición de la IGLESIA. Hoy traemos las reflexiones de Beatriz de nazaret quien afirma y reflexiona acerca de los  siete modos de vida en el amor. Vienen del Supremo y vuelven al Altísimo.

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Siete modos de santo amor

Hay siete modos de vida en el amor. Vienen del Supremo y vuelven al Altísimo.

El primer modo es un anhelo provocado por el amor. Este anhelo tiene que reinar mucho tiempo en el corazón para poder llegar a expulsar totalmente al enemigo y tiene que actuar con fortaleza y circunspección y tener valor para avanzar en este estado.

Este modo es un anhelo que nace sin duda del amor, es decir, de un alma buena que quiere servir fielmente a nuestro Señor, seguirle con valor y amarlo de verdad. Esta alma se mueve por el deseo de alcanzar la pureza, la libertad y la nobleza, de las que le ha dotado su creador al crearla a su imagen y semejanza - y permanecer ahí, algo que es especialmente digno de ser amado y cuidado. En esto desea emplear su vida. En esto desea colaborar para crecer y ascender a una nobleza de amor más sublime aún y a un conocimiento más cercano de Dios, hasta alcanzar la madurez plena, para la que ha sido creada y llamada por Dios. En esto está desde la mañana hasta la noche. A esto se ha entregado totalmente. Sólo una cosa pide a Dios, una sola cosa quiere saber, una sola cosa reclama, en una sola cosa piensa: cómo poder alcanzar esto y cómo conseguir la mayor semejanza con el amor, con todo el tesoro de belleza de las virtudes que lo acompañan, así como la pureza y nobleza sublimes del amor.

Esta alma a menudo examina seriamente lo que es y lo que podría ser, lo que tiene y lo que aún falta a su anhelo. Con celo muy grande, con gran empeño y tan dispuesta como le es posible, se esfuerza por evitar todo aquello que distrae su atención de esto o que pudiera impedirlo. Su corazón nunca está tranquilo; nunca descansa en esta búsqueda, reclamo y discernimiento, en este tomar a pecho y conservar lo que le pudiera ayudar y lo que la pudiera hacer crecer en el amor.

En esto consiste la dedicación principal del alma que ha llegado a este estado - y en esto ha de trabajar y esforzarse, con gran dedicación y fidelidad, hasta que reciba de Dios el que en adelante pueda servir al amor con claro entendimiento y sin verse impedida por errores pasados.

Un anhelo tal, tan puro y tan noble, nace sin duda del amor y no del miedo. El miedo lleva a trabajar y padecer, a hacer y dejar de hacer por temor a que nuestro Señor pueda estar enojado. Lo cual además conlleva espanto ante el juicio del Juez justo o al castigo eterno o a penas temporales. El amor, en cambio, actúa exclusivamente con la mirada puesta en la pureza y en la sublime nobleza, que ella es en lo más profundo cuando es ella misma, que ella tiene y que ella disfruta.

Actuando así, ella enseña lo mismo a quienes tienen trato con ella.

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El segundo modo de amor

A veces el alma también vive otro modo de amor. Este se da cuando se dedica a servir a nuestro Señor gratuitamente, sin más, sólo por amor, sin tener a la vista ningún motivo o recompensa de gracia o gloria. Como una joven doncella que sirve a su señor con gran amor, sin perseguir ninguna recompensa - le basta poderle servir y que a él le plazca que le sirve -, así el alma desea poder servir al amor con un amor sin medida, inmenso, más allá de toda racionalidad y cálculo humano, con todos los servicios que su fidelidad le inspira.

Cuando el alma se encuentra en este estado, ¡cómo arde su anhelo! Está dispuesta a cualquier servicio. ¡Cuán ligeras le parecen las cargas! ¡Con qué facilidad soporta los sinsabores! ¡Cómo se alegra cuando las cosas se ponen difíciles! ¡Qué alegría tan grande cuando descubre algo que puede hacer o sufrir para servir al amor, por su honor!

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El tercer modo de amor

A veces ocurre que el alma buena aún vive otro modo de amor, el cual le produce mucho dolor y sufrimiento. Se da cuando intenta responder al amor enteramente, cuando desea seguirle totalmente, con todas las muestras de respeto y servicio, con todas las formas de obediencia y sumisión por amor.

Este anhelo se convierte de vez en cuando en un auténtico tormento para el alma. Ansiosamente se propone hacer todo, imitarle en todos los sufrimientos, padecerlos y soportarlos, y seguir el amor con obras de una manera total, sin ahorrar ningún esfuerzo, sin medida.

En este estado está verdaderamente dispuesta a cualquier servicio, está presta y animada a cualquier trabajo y sufrimiento. Pero no queda satisfecha. Nada de lo que hace, le parece suficiente. Sin embargo, lo que más la entristece, es ver que le es imposible responder al amor plenamente, según le inspira su gran anhelo, y ver que siempre le falta tanto para amar del todo.

Sabe bien que esto supera la capacidad humana y rebasa sus fuerzas. Lo que anhela es algo imposible, por esencia impropio de una criatura. Pues ella sola quisiera llevar a cabo todo lo que todos los seres humanos en la tierra, todos los espíritus del cielo, todas las criaturas en lo alto y en lo bajo e innumerables seres más pudieran hacer en servicio del amor, según corresponde al honor y a la dignidad del amor. Quiere conseguir lo que le falta para un servicio tal. Lo ansía con todas sus fuerzas y con voluntad ardiente. Pero todo esto no es capaz de dejarla satisfecha.

Sabe muy bien que satisfacer este deseo rebasa por completo sus fuerzas, que supera toda comprensión y entendimiento humano. Pero a pesar de esto no es capaz de mitigar, dominar o calmar su anhelo. Hace todo lo que puede. Agradece y alaba el amor, trabaja y se afana por él, suspira y ansía el amor, está totalmente entregada al amor. Pero nada de ello la deja tranquila. Le resulta un gran sufrimiento no poder dejar de anhelar lo que no puede alcanzar. Por esto tiene que permanecer en el dolor de su corazón y vivir en la insatisfacción. Le parece que muere estando viva y que así muriendo experimenta el sufrimiento del infierno. Lleva una vida infernal. Todo es padecimiento e insatisfacción debido a ese anhelo terrible y temeroso, que no puede satisfacer, que no puede calmar ni saciar. En este dolor ha de permanecer hasta el momento en que nuestro Señor la consuela trasladándola a otro modo de amar y anhelar y a un conocimiento más profundo de sí. Y entonces tendrá que esforzarse según lo que en ese momento reciba de nuestro Señor.

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El cuarto modo de amor

Pues nuestro Señor suele conceder todavía otro modo de amar, a veces acompañado de gran felicidad, a veces de gran dolor, lo cual queremos exponer ahora.

A veces ocurre que el amor despierta en el alma de un modo dulce, y que surge alegremente instalándose en el corazón sin intervención de actividad humana alguna. El corazón entonces siente un toque tan delicado de amor, se siente tan atraído por el amor, se ve conmovido tan apasionadamente por el amor, tan fuertemente subyugado por el amor y tan suavemente abrazado por el amor, que el alma queda vencida totalmente por el amor.

En este estado experimenta una gran presencia de Dios, una claridad de comprensión y un bienestar maravilloso, una noble libertad, una intensa dulzura, un sentirse fuertemente abrazada por el amor y una plenitud rebosante de gran gozo. Experimenta que todos sus sentidos se han unificado en el amor y que su propia voluntad se ha convertido en amor, que ha quedado abismada y absorbida en el hondón del amor convirtiéndose ella misma totalmente en amor.

La belleza del amor la ha engullido, la fuerza del amor la ha consumido, la dulzura del amor la ha hecho desfallecer, la grandeza del amor la ha devorado, la nobleza del amor la ha abrazado, la pureza del amor la ha adornado, la excelencia del amor la ha elevado e unificado en el amor, de modo que ha de pertenecer totalmente al amor y ya no puede tratar más que con el amor.

Cuando se siente tan colmada de bienestar y tan rebosante en su corazón, su espíritu empieza a hundirse en el amor y su cuerpo empieza a sustraérsele, su corazón empieza a derretirse y desfallecen sus potencias. De tal manera es vencida por el amor que a duras penas puede dominarse, y a veces pierde el dominio de sus miembros y sentidos.

Como un recipiente lleno a rebosar se derrama inmediatamente en cuanto se toca, así esta alma, cuando se siente tocada de repente y vencida por la gran plenitud de su corazón, muchas veces sale fuera de sí sin poderlo remediar.


Publicado por tabor @ 13:06  | Viviendo el Concilio
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