Jueves, 02 de agosto de 2012

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El quinto modo de amor

A veces también ocurre que el amor se despierta en el alma de un modo vigoroso y surge impetuosamente con gran vehemencia y apasionamiento, como si fuera a partir violentamente el corazón y sacar el alma fuera de sí, más allá de sí, en las obras de amor y en los fallos de amor. Se ve absorbida valientemente por el anhelo de cumplir las grandes y puras obras del amor y de responder a las múltiples exigencias del amor. Pues anhela encontrar descanso en el dulce abrazo del amor, en la apetecible enajenación y en la posesión gozosa del amor. Su corazón y todos sus sentidos lo ansían, sólo en eso se empeñan, sólo eso pretenden apasionadamente.

Cuando se encuentra en este estado, es tan poderosa de espíritu, tan emprendedora en su corazón, en su cuerpo tan fuerte y valiente, tan diligente y dispuesta en su trabajo, interior y exteriormente tan activa, que tiene la impresión que toda ella está activa, aunque por fuera no se esté moviendo. A la vez siente con mucha claridad su pereza interior así como una gran atracción del amor. Se siente inquieta a causa de esta ansia y siente dolor debido a una gran insatisfacción. Pero otras veces siente dolor intenso al experimentar el amor mismo de manera pura y gratuita, o por reclamar con mucha insistencia el amor y sentirse insatisfecha al no poder disfrutar de él.

De vez en cuando el amor se vuelve tan inmenso y desbordante en el alma - al tocarla con tanta fuerza e ímpetu en el corazón -, que tiene la impresión que su corazón queda dolorosamente herido de múltiples maneras. Las heridas parecen abrirse de nuevo cada día, volviéndose cada vez más dolorosas; es un dolor intenso que siente cada vez de nuevo. Le parece que sus venas van a estallar, que su sangre arde, que su médula se consume, que sus huesos se debilitan, su pecho arde y su garganta se seca, de modo que todo lo exterior y sus miembros perciben el ardor interior del ansia enloquecida de amor. Muchas veces entonces siente como una flecha atraviesa su corazón pasando por la garganta hasta el cerebro, como si se fuera a volver loca.

Como un fuego devorador que se apodera de todo lo que puede engullir y vencer, así experimenta el amor que actúa un su interior de una manera rabiosa, despiadadamente, sin medida, apoderándose de todo y arrasándolo.

Esto la deja muy herida. Su corazón se debilita, sus fuerzas ceden. Su alma recibe alimento y su amor cuidados y su espíritu se ve sacado fuera de sí, pues el amor está tan por encima de todo entendimiento que ella no puede de ninguna manera gustarlo. Debido a este dolor quisiera romper el lazo, aunque no destrozar la unidad del amor. Sin embargo, está tan dominada por el lazo del amor y tan vencida por la inmensidad del amor que no es capaz de moderación ni de ordenar sus actividades sensatamente o de cuidarse o de limitarse a lo que la razón le presenta como posible.

Cuanto más recibe de lo alto, más reclama. Y cuanto más apetecible se le presenta, tanto más ansía acercarse a la luz de la verdad, de la pureza y de la nobleza y disfrutar del amor. Constantemente se ve incitada y seducida, pero no satisfecha ni saciada. Y precisamente lo que más la duele y hiere es lo que más la sana y cura. Lo que le produce la herida más honda, sólo esto le proporciona salud.

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El sexto modo de amor

Cuando la esposa de nuestro Señor ha avanzado más y ha ascendido a mayor heroicidad, experimenta todavía otro modo de amar, siente un estado de mayor presencia y un conocimiento más elevado. Se da cuenta que el amor ha vencido todas sus resistencias interiores, ha corregido sus deficiencias y ha subyugado su ser más profundo. El amor la ha dominado totalmente, ya no hay oposición. El amor posee su corazón con seguridad serena, puede descansar en él gozosamente y ha de actuar con total libertad.

Cuando el alma se encuentra en este estado, le parece poco todo lo que ha de hacer por la gran dignidad del amor, le resulta fácil hacer y dejar de hacer, padecer y soportar. Y por lo tanto vive con suavidad su entrega al amor.

Experimenta una fuerza vital divina, una pureza clara, una dulzura espiritual, una libertad envidiable, una sabiduría perspicaz, una dichosa igualdad con Dios.

Ahora es como una mujer que ha administrado bien su casa, que la ha dispuesto sensatamente, la ha gobernado con sabiduría, la ha ordenado con pulcritud, la ha asegurado con previsión y trabaja con entendimiento. Mete y saca, hace y deshace según ella misma quiere. Así ocurre con el alma en este estado. Ella es amor; el amor gobierna en ella, soberano y fuerte, trabajando y descansando, haciendo y deshaciendo, tanto externa como internamente, según ella quiere.

Como el pez que nada en la gran corriente y descansa en su profundidad y como el pájaro que vuela valientemente en la anchura y altura del espacio, así ella siente que su espíritu se mueve libremente en la anchura y profundidad, en la espaciosidad y altura del amor.

La fuerza soberana del amor ha atraído el alma hacia sí, la ha guiado, cuidado y protegido. Le ha dado el entendimiento, la sabiduría, la dulzura y la fortaleza del amor. Sin embargo, ha ocultado al alma su fuerza soberana, hasta que llegue el momento en que haya ascendido a mayor altura y hasta que haya conseguido liberarse completamente de sí misma y el amor reine en ella con más vigor todavía.

Entonces el amor la hace tan valiente y libre que no teme ni a hombres ni a demonios, ni a ángeles ni a santos, ni al mismo Dios, en todo lo que hace o deja de hacer, en el trabajo o en el descanso. Se da claramente cuenta que el amor está muy despierto y activo en su interior, tanto si descansa su cuerpo como cuando trabaja mucho. Sabe y percibe claramente que en quienes reina el amor, éste no está supeditado a la actividad o al dolor.

Pero todos aquellos que desean llegar al amor, han de buscarlo con respeto, seguirlo con fidelidad y vivirlo con un gran deseo. No pueden llegar a él si se retraen cuando se trata de trabajar duro, padecer mucho dolor y molestias o sufrir desprecios. Deben prestar mucha atención a cualquier detalle hasta que el amor llegue a realizar, en su dominio, las grandes obras del amor, haciendo fácil todo, ligero todo trabajo, dulce todo dolor y borrando toda culpa.

Esto es libertad de conciencia, dulzura de corazón, bondad de sentimientos, nobleza del alma, altura de espíritu y base y fundamento de la vida eterna.

Esto es ya ahora una vida como la de los ángeles. Le sigue la vida eterna que Dios, en su bondad, nos conceda a todos.

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El séptimo modo de amor

El alma dichosa todavía tiene otro modo de amar más elevado, que le proporciona no poco trabajo interior. Consiste en que trascendiendo su humanidad es introducida en el amor, y que trascendiendo todo sentir y razonar humano, toda actividad de nuestro corazón, es introducida, sólo por el amor eterno, en la eternidad del amor, en la sabiduría incomprensible y en la altura silenciosa y profundidad abismal de la divinidad, la cual es todo en todo, siempre incognoscible y más allá de todo, inmutable, la cual es todo, puede todo, abarca todo y obra todopoderosamente.

En este estado el alma dichosa se ve tan delicadamente sumergida en el amor y tan intensamente introducida en el anhelo, que su corazón está fuera de sí e interiormente inquieto. Su alma se derrama y derrite de amor. Su espíritu es todo él anhelo. Todas sus potencias la empujan en una misma dirección: ansía gozar del amor. Lo reclama con insistencia a Dios. Lo busca apasionadamente en Dios. Esta sola cosa anhela sin poder remediarlo. Pues el amor ya no la deja reposar ni descansar ni estar en paz.

El amor la levanta y la derriba. El amor de pronto la acaricia y en otro momento la atormenta. El amor le da muerte y le devuelve la vida, da salud y vuelve a herir. La vuelve loca y luego de nuevo sensata. Obrando así, el amor eleva el alma a un estado superior. De esta manera el alma ha subido - en lo más alto de su espíritu - por encima del tiempo a la eternidad. Por encima de los regalos del amor ha sido elevada a la eternidad del mismo amor, donde no hay tiempo. Está por encima de los modos humanos de amar, por encima de su propia naturaleza humana, en el anhelo de estar ahí arriba.

Allí está toda su vida y voluntad, su anhelo y su amor: en la seguridad y la claridad diáfana, en la noble altura y en la belleza radiante, en la dulce compañía de los espíritus más excelsos, que rebosan amor desbordante y que se encuentran en un estado de conocimiento claro, de posesión y disfrute del amor.

A veces ahí arriba vive su relación anhelante, especialmente en compañía de los ardientes serafines; en la gran divinidad y en la sublime Trinidad tiene su amable descanso y su dichosa morada.

Ella Lo busca en su majestad, Le sigue allí y Lo contempla con su corazón y con su espíritu. Lo conoce, Lo ama, Le desea tanto que es incapaz de prestar atención a santos o seres humanos, a ángeles o criaturas, a no ser en el amor a Él, que lo abarca todo y en el que lo ama todo. Sólo a El ha elegido por amor, por encima de todo, por debajo de todo, en todo, de tal modo que con el anhelo de su corazón y con todas las potencias de su espíritu desea verlo, poseerlo y disfrutarlo.

Por esto la vida terrena para ella es un verdadero destierro, una dura cárcel y un gran dolor. Desprecia el mundo, la tierra le pesa, y lo terreno no es capaz de satisfacerla ni contentarla. Le resulta un gran dolor tener que estar tan lejos y vivir como exiliada. No es capaz de olvidar que vive en el destierro. Su anhelo no puede ser calmado. Su ansia la tortura lastimosamente. Lo vive como un camino de pasión y de tormento, sin medida, sin gracia.

Por esto siente un ansia grande y un anhelo ardiente de ser liberada de este destierro y poder desprenderse de este cuerpo. Con un corazón herido dice lo mismo que dijo el apóstol: Cupio dissolvi et esse cum Christo, es decir: 'Mi deseo es morir y estar con Cristo.'

Así pues, el alma se encuentra en un ansia ardiente y en una inquietud dolorosa de ser liberada y vivir con Cristo. La razón de ello no es que la vida actual le entristezca ni que tenga miedo a los sinsabores que la esperan. No, debido sólo a un amor santo y eterno, languidece en ansias y se derrite en el anhelo de poder llegar a la patria eterna y a la gloria del gozo.

El anhelo en ella es grande y fuerte, su inconstancia le pesa mucho, y el dolor que sufre por este anhelo es indescriptible. A pesar de todo, no tiene más remedio que vivir en la esperanza; y es precisamente esta esperanza la que le hace ansiar y padecer tanto.

Oh santo deseo de amor ¡qué grande es tu fuerza en el alma que ama! Es un dichoso sufrimiento, un tormento agudo, un dolor que dura demasiado, una muerte traidora y un vivir muriendo.

No puede llegar allí arriba, y aquí abajo no puede encontrar descanso ni reposo. Su anhelo le hace insoportable pensar en Él, y prescindir de Él hace sufrir de anhelo su corazón. Así pues, ha de vivir con gran incomodidad.

Y así es que no puede ni quiere ser consolada, como dice el profeta: Renuit consolari anima mea, etcetera, que quiere decir: 'Mi alma rehusa ser consolada.' Rehusa toda consolación, a menudo incluso de Dios y de sus criaturas. Porque toda alegría que esto podría comportar, intensifica su amor y aviva su anhelo de un estado superior. Esto renueva su ansia por poner en práctica su amor, permanecer en el goce del amor y vivir sin consuelo en el destierro. De esta manera sigue insaciable e insatisfecha en todo lo que recibe, por tener que carecer de la presencia real de su amor.

Es una dura vida de padecimiento, por no querer ser consolada mientras no reciba lo que busca sin descanso.

El amor la ha seducido, la ha guiado y enseñado a andar por su camino, y ella lo ha seguido fielmente. A menudo en trabajo costoso y muchas obras, en gran ansia y fuerte anhelo, en inquietud de muchas clases y gran insatisfacción, en alegría y dolor y mucho sufrimiento, buscando y reclamando, careciendo y teniendo, saliendo fuera de sí, en el seguimiento y el ansia, en agobio y pena, en miedo y preocupaciones, derritiéndose y sucumbiendo, en gran confianza y mucha desconfianza, en lo bueno y en lo malo - en todo esto está dispuesta a sufrir. En la muerte y en la vida quiere dedicarse al amor; en el sentimiento de su corazón sufre mucho dolor; por el amor anhela llegar a la patria.

Cuando en este destierro lo ha probado todo, todo su refugio es la gloria. Esto es verdaderamente la obra del amor: anhelar la forma de vida que más conecta con el amor, en que mejor se puede dedicar al amor, y seguir esta forma de vida.

Por esto siempre quiere seguir al amor, conocer el amor y gozar del amor. En este destierro esto no lo consigue. Por esto quiere partir hacia su patria, en donde ha construido su morada, hacia donde ha dirigido su anhelo y donde descansa con amor y anhelo.

Pues esto lo sabe muy bien: allí en su patria quedará libre de todos los obstáculos y será recibida con amor por su Amado.

Allí contemplará ardientemente, al haber amado tan delicadamente. Su recompensa eterna será poseerle a Él a quien ha servido tan fielmente. Gozará plenamente satisfecha de Él, a quien tantas veces ha abrazado llena de amor en su interior. Allí entrará en la alegría del Señor, como dice San Agustín: Qui in te intrat, intrat in gaudium domini sui etcetera, lo cual quiere decir: 'Quien entra en Ti, entra en la alegría de su Señor.' No le tendrá miedo sino que lo poseerá - morando como amada en el Amado.

Allí el alma se une a su esposo, se hace un solo espíritu con él en fidelidad inquebrantable y amor eterno.

Quien se haya empleado activamente en esto en el tiempo de gracia, lo gozará en el tiempo de la gloria, cuando ya no se haga otra cosa más que alabar y amar. Que Dios nos conduzca allí a todos. Amen.

Gentileza de la revista Cistercium

Traducción para CISTERCIUM de Ana María Schlüter Rodés.

NOTA DE LA TRADUCTORA: He traducido a partir de la transcripción al neerlandés actual que ha hecho Rob Faesen SJ (Beatrijs van Nazareth: Seven manieren van minne, Uitgeverij Pelckmans, Kapellen 1999), recurriendo a menudo al texto original que publica conjuntamente.

Como señala dicho autor, la palabra central es "minne", amor. Se refiere aquí al amor entre Dios y un ser humano, pero a la vez en muchas ocasiones al divino Amado mismo, pues el alma experimenta en el amor una vida abismal y trascendente, por la que participa en el mismo movimiento de amor entre el Espíritu Santo (eternidad de amor), el Hijo (sabiduría incomprensible) y el Padre (altura silenciosa y profundidad abismal), como lo expresa Beatriz de Nazareth en el séptimo modo de amor. A pesar de esto siempre he puesto amor en minúscula, siguiendo la transcripción y el original.

He traducido "manieren", en la transcripción al neerlandés actual "wijzen", por "modos" siguiendo el criterio de R. Faesen, el cual considera menos acertado traducir por clases, grados, aspectos o peldaños, pues se trata de modos de vivir el amor o modos de amar.

En el primer modo Beatriz de Nazareth expresa el anhelo de vivir de acuerdo a la imagen según la cual ha sido creada, y esta imagen es Cristo. Los místicos no sólo hablan de una primera venida de Cristo en carne y debilidad y de una segunda al final de los tiempos en gloria y majestad, sino además de una venida intermedia en espíritu y fuerza. Esta tiene lugar en el corazón humano.

De ello se toma conciencia de un modo especial en el siglo XII. Se realza la relación amorosa entre Dios y cada ser humano como eje central de la vida. Sobresalen en este sentido S.Bernardo y también las "mulieres religiosae", especialmente las beguinas, con las que Beatriz de Nazareth se formó en algún momento. Mientras que el clero masculino, debido a la influencia aristotélica en las universidades, en general se apartó de esta corriente, la siguieron cultivando sobre todo las mujeres. De ello da cumplida cuenta esta obra de "Los siete modos de santo amor" de Beatriz de Nazareth.

Beatriz de Nazaret, Beata
Religiosa, 29 de julio
Beatriz de Nazaret, Beata
Beatriz de Nazaret, Beata

Virgen

Devoción Tradicional, Oficialmente no incluida en el Martirologio Romano
Etimología: Beatriz = la que hace feliz, del latín. Había la costumbre en los monasterios belgas del siglo XI de admitir para el coro a las chicas de buenas familias de la alta burguesía. Las otras, incultas, entraban solamente en calidad de conversas. Recibían la ayuda de familias importantes, como los Brabantes o Tirlemont. Beatriz, la benjamina de seis hermanos, era hija de esta última familia. Nació en Tirlemont (Bélgica) en 1200. Su padre, el Beato Bartolomé, ingresó como lego cisterciense al fallecer su mujer. Ayudó a construir otros tres Monasterios de Monjas, como el Oplinter y el de Nazaret. A los 17 años Beatriz ingresó en este último cerca de Lier en Brabant, siendo después la superiora durante muchos años. Pero no porque fuera hija del padre de la fundación del monasterio, sino porque brillaba ante todos por su virtud, su piedad y su generosidad sin límites. Se habla de que en sus primeros años le sucedió como a san Bernardo, entregándose a penitencias más para admirar que para imitar, cosa frecuente en los principiantes, quienes al meditar la pasión de Cristo que dio su vida por nosotros en la cruz entre indecibles tormentos, se suscita en ellos un ansia de inmolarse por amor a él. San Bernardo lamentará más tarde tales excesos de juventud, pues toda la vida tendrá que luchar para mantenerse en pie. Igual le pasó a Beatriz: se entregó a severas austeridades, entre ellas usando un cinturón de espinas y comprimiendo su cuerpo con cuerdas y más tarde pagaría el coste de aquellas penitencias indiscretas. Luego de profesar, la enviaron al monasterio de La Ramee para que se perfeccionase en la caligrafía e iluminación de manuscritos, habiendo resultado una excelente maestra en el arte de iluminar pergaminos. Allí se encontró con una religiosa santa - Ida de Nivelles - la cual le serviría de maestra y como madre espiritual, gracias a su perfecta preparación y experiencia en los caminos de Dios de que estaba adornada. Se dio cuenta Beatriz que esta religiosa se esmeraba demasiado en atenderla, y como le preguntara cómo era que dedicaba tanto tiempo a ayudarla espiritualmente, la contestación fue porque veía claro que Dios la había elegido para grandes cosas. Palabras proféticas que se cumplirían con creces. Beatriz se esmeró en seguir de cerca los pasos de su maestra, viviendo una espiritualidad centrada toda ella en el amor. Fijándose en dos textos de San Juan: "El amor procede de Dios", es decir, el amor pertenece a la razón, a la afectividad y a la voluntad, siendo Dios mismo el sujeto en el obrar, y a la vez, "Dios es amor", el amor entendido como medio por el cual Dios se manifiesta a la criatura y a quien ésta puede contestar, dio por resultado de esta experiencia mística la obra preciosa titulada: "De siete modos de practicar el amor", la cual según quienes la han estudiado a fondo es un tratado que contiene una belleza singular. "Su estilo es sobrio y sus frases muy elegantes; su exposición neta y clara; la prosa es dulce y ágil con lindas asonancias y rimas muy naturales. La autora posee una inteligencia excepcional, logra expresar magistralmente en el plano de la forma y del pensamiento sus experiencias místicas extraordinarias... El tratado es muy sintético, cada palabra tiene su peso y su valor... dejándonos seducir por su mensaje, a través de la belleza literaria del texto, que, más que toda otra cosa, expresa la belleza de su alma y es testimonio de su búsqueda absoluta del amor". Escrito en flamenco medieval, resume las siete maneras de amar santamente. Su descripción experiencial es una gozada por la forma y la sencillez de cómo el alma se acerca a Dios. Las tres experiencias activas son ´el amor purificante, el amor devorante y amor elevante´, a las que siguen cuatro pasivas: amor infuso, amor vulnerado, amor triunfante y amor eterno. Escribió otras obras. Sus lecturas preferidas eran la Biblia y los tratados sobre la Santísima Trinidad. Se cuenta que le apareció Nuestro Señor y le perforó el corazón con una flecha incandescente... Murió en el año 1269. Sus restos hubo que esconderlos para que los calvinistas no los profanaran y se ha creído que su cuerpo fue trasladado por ángeles para Lier.


Publicado por tabor @ 13:07
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