Viernes, 03 de agosto de 2012

Así mismo, la Iglesia es consciente de su  estructura  jerárquica y la aceptación de sus propios pecados  "Si decimos 'No tenemos pecado', nos engañamos y la verdad  no está con nosotros. Si reconocemos nuestros pecados,  fiel y justo es él para perdonarnos los pecados y  purificarnos de toda injusticia (1Jn 1,8-9)". Sin embargo, ella  no olvida que debe ser formada comunitariamente y que una de sus  estructuras básicas está dada en el servicio y  anuncio de la manifestación de Dios en los hombres.  Tampoco se puede reducir la obra de Cristo en la historia  constituyente de la revelación Bíblica y de la  Encarnación, ya que siempre puede haber iniciativas del  Espíritu. "En la actualidad a nadie le queda la menor duda  acerca de la necesidad de una reflexión serena y  discernida, rigurosa y comprometida, fundamentada y pastoral,  sobre la Iglesia, sobre lo que es y ha de ser hoy la Iglesia de  Jesús" .

Jesús es el fundador histórico visible de  la Iglesia, - el Espíritu Santo es la vida que corre por  sus venas -, no viene animar una institución totalmente  determinada en sus estructuras; sino que su presencia, por el  contrario, es la que hace que aquella se estructure y se renueve  para responder a los desafíos de la misión. "La  Iglesia no se define en primer lugar como cuerpo de Cristo, sino  como sacramento de salvación y pueblo de Dios, animado por  el Espíritu Santo el que destaca más lo que une lo  que diferencia a sus miembros que intentan descubrir su rostro".  El nuevo surgimiento de los modelos de  Iglesia es una tentativa continua de enfrentar con valor y  fortaleza los hechos que piden una vitalidad.

Existe una luz que  guía y alimenta un estilo de vida emergente hacia los  desposeídos que son parte del Reino, en la presencia de un  Dios Padre que cuestiona y desafía para abrir las  estructuras que tienden a desembocar en un encerramiento, para  crecer en una experiencia de Iglesia viva dada desde el Vaticano  II para lograr una forma concreta y progresiva de ser testimonio  de fraternidad, igualdad y  comunión. "No tiene nada de extraño este amplio  trabajo eclesiológico si se advierte que para América  Latina esta época ha sido de gran vitalidad eclesial: el  impulso recibido del Vaticano II; el reto, afrontado por  Medellín, de realizar un "aggiornamento" eclesial en las  tierras de despojo y la desigualdad, de la miseria, de la  opresión y la injusticia; el éxodo de sacerdotes y  laicos, religiosas y religiosos, hacia las periferias y los  lugares donde viven los pobres" .

El irrumpimiento histórico que hace la Iglesia al  auténtico desafío de ser signo liberador apoyando  causas que forman una fuerza de vida, en asumir los valores del  Evangelio que Jesús proclama en su diario vivir,  así mismo intenta adquirir un carácter  profético en la gracia del Espíritu sobre la  comunidad. Esta emergente y progresiva vitalidad eclesial  hicieron, ya desde los años setenta, y cada vez con  más fuerza, se fuera experimentando la necesidad de  repensar la Iglesia. El despertar en la Iglesia es una  decisión apta para ser implementada en el contexto  latinoamericano, que ve con alegría la cercanía de  un Dios profundamente solidario y fraterno en su vivir diario;  así ha podido experimentar una respuesta de Iglesia en  camino de fidelidad hacia los más abandonados.

Cuando el pueblo cristiano se reúne como Iglesia  para celebrar su fe, reafirma su compromiso y solidaridad en la  construcción de la justicia, exigencia fundamental del  Reino de Dios. Por eso, las fuerzas de la muerte que  conspiran contra el pueblo se sienten amenazadas por este gesto  fraternal de comunión. Una comunidad que comparte el pan,  se solidariza en la solución de los problemas, se  ayuda mutuamente y camina con sus manos unidas, no deja de ser  una denuncia ante un sistema de  relaciones egoístas cuya meta es la acumulación y  la voracidad de unos pocos.

Es ahora el momento histórico que la Iglesia  permite vislumbrar su desarrollo tratando de superar esos modelos  eclesiales donde se ha manifestado la jerarquía  simplemente como poder que ocasiona y sigue una total  apatía frente a la comunidad, no existiendo en ella  ningún tipo de compromiso por el pobre, donde se ha  convertido en ostentación de poder sin lograr sembrar  semillas de nuevos caminos que interrogan su quehacer frente al  pueblo de Dios, quedándose en una actitud  cerrada que no permite dar participación sino que se  centra en ella misma para realizar todas las funciones de su  ser. " Las eclesiologías clásicas, de corte  más bien deductivista y ahistórico, clericalista y  jerarcológico, se juzgaban suficientes para dar  razón de la fe y de la vida eclesial en medio de esta  situación, en medio de la praxis cristiana que ahí  iba creciendo y desarrollándose".

Se presenta allí una gradualidad en los distintos  cargos, haciendo una total discriminación hacia los fieles que  debían conformar la comunidad eclesial reduciéndose  a un aspecto clerical, de despojo y pérdida de  participación en los procesos de  una acción pastoral liberadora y constructora de  humanidad, era ya indispensable narrar de nuevo la vida creyente,  iluminarla a la luz del Evangelio, impulsarla hacia una ulterior  entrega y compromiso. Por lo que significo que ese compromiso se  fuera realizando tanto como comunidad e Iglesia en el testimonio:  "El testimonio de la Iglesia al ayudar a solucionar los problemas  de los pobres es un signo de la presencia del Reino de  salvación y liberación; la misión de la  Iglesia es también servir a la humanización de la  sociedad".

El Texto del  Evangelio de Lucas Lc 10,25-28 señala una Iglesia  más revelada en la persona de Dios,  en el hermano. Pero la Iglesia no quiere callar. Al oír  los alaridos del Evangelio y de las vidas prohibidas. En todos  los pobres de la tierra,  Dios los salva compartiendo con ellos la casa y la mesa, la paz y  la oración, arrastrados con todos y todas, hermanados y  libres, por las corrientes de esa historia nueva que el Dios de  la vida sigue soñando para la humanidad entera.

Ya en 1965 el Concilio Vaticano II, escribía  estas palabras que iluminan la realidad de la Iglesia: "Habiendo  tantos oprimidos como hay actualmente por el hambre en el mundo,  el sacro Concilio urge a todos, particulares y autoridades, a que  acordándose de aquella frase de los padres: "alimenta al  que muere de hambre, porque, si no lo alimentas, lo matas",  según las propias posibilidades comuniquen y ofrezcan  realmente sus bienes,  ayudando en primer lugar a los pobres, tanto individuos como  pueblos, a que puedan ayudarse y desarrollarse por sí  mismos" (G.S 69).


Publicado por tabor @ 12:51  | Eclesiologia del Vat. II
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios