Viernes, 03 de agosto de 2012

Implicaciones y proyecciones

En el campo doctrinal:

Se ofrece la posibilidad de ver una eclesiología hoy  como mera teoría  haya desencadenado los conflictos,  sino que una nueva eclesiología ha desbloqueado la  justificación de la unidad de la Iglesia,  considerada como uniformidad y haya hecho que la Iglesia se  introduzca realmente en el mundo que es el lugar del conflicto.

Se puede decir que fundamentalmente la Iglesia no es el  Reino de Dios. En este descubrimiento eclesiológico hoy es  evidente y puede leerse en cualquier manual moderno de  eclesiología, sucedió más o menos que con el  cambio del  siglo, cuando se descubrió que el mensaje de Jesús  era un mensaje escatológico. Al servicio de lo  cual estaba Jesús, se descubrió que lo propiamente  escatológico era el Reino de Dios y no la Iglesia.

Esto no significa en absoluto que no exista una continuidad  teológica e histórica entre Jesús y la  Iglesia que surge después de la Resurrección, y que  en este sentido no se deba hablar de una fundamentación de  la Iglesia por Cristo. Lo importante es recordar que lo  último es el Reino y que la Iglesia no tiene ese  carácter absoluto que le compete solo al Reino, sino que  tiene un carácter relacional. Como en el caso de  Jesús, su esencia y plenitud se deriva de la  relación al Reino. Por tanto, es necesario que la Iglesia  debe proseguir la realidad del Jesús histórico. La  Iglesia tiene varias actividades, tiene una liturgia, una  doctrina, una organización, ect. Pero lo más  fundamental suyo consiste en el procedimiento de  Jesús sino hace que esto ha viciado su esencia y haciendo  esto hará todo lo demás más  cristianamente.

La Iglesia contemporánea ha sido deudora de una  concepción de revelación más bien  doctrinaria, ya en el Vaticano II se trató de completar  esta doctrina añadiendo que la revelación se da en  palabras y hechos; por eso mismo se ve que Jesús no  predica la venida del Reino, sino que lo intenta instaurar, lo  intentar hacer. Su vida está dedicada a la praxis del  Reino, como aparece en su actividad a favor de los oprimidos, sus  prodigios, sus exorcismos, su critica ante una sociedad que es  la negación del Reino, su actitud  consecuente en el hacer hasta la  muerte.

El redescubrimiento del Jesús histórico tiene  grandes consecuencias para la autocomprensión de la  Iglesia. Si la Iglesia reconoce en su fundador no a un Cristo  cualquiera sino al que es Jesús de Nazaret, entonces su  realidad más profunda no puede estar basada sólo  principalmente en las instrucciones que Jesús pudiera  haber dado sobre el modo de organización y misión de  la Iglesia, sino en primer lugar de la misma historia de Jesús.  Una Iglesia de los pobres, por lo tanto, pretende superar un  enfoque meramente universalista del pueblo de Dios, y un enfoque  puramente ético de ser para los pobres y un enfoque  puramente regional de los pobres dentro de una totalidad que hoy  existen con otros grupos no  pobres.

Lo que la Iglesia tiene planteado hoy no es un problema de  sicología como tantas veces se supone, no es un problema  de docilidad o rebeldía sicológica, sino que es un  problema de misión. La voluntad de poder, como  tendencia a la autoafirmación personal  estará presente en todos los grupos implicados en un  conflicto. Pero el conflicto no se resolverá sólo  negando esa voluntad de poder sino esclareciendo lo que debe ser  la misión de la Iglesia.

La Iglesia a través de sus rasgos, hechos de vida, e  historia debe ser anticipo y anuncio profético de la  plenitud escatológica para toda la humanidad. Este  carácter de futuro escatológico es una tarea  histórica de todos los convocados por Cristo, los pobres.  Para que de esta forma se vaya desvelando el Reino de Dios en  medio del pueblo hecho comunidad.

En el campo práctico

La misión de la Iglesia es un hacer, para predicar a  Jesús como el Cristo, como lo demuestra en América  Latina. Ese hacer será como el de Jesús,  explicitando a Jesús, pero será al fin y al cabo un  hacer el Reino, y no sólo dar información sobre lo que es y como debiera  ser el Reino. La misión de la Iglesia comprendida tiene la  virtud de unir a muchos cristianos.

Es claro que existe un conflicto en la Iglesia de América  Latina, y que ese conflicto estalla visiblemente cuando los  cristianos optan por hacer el Reino y eligen las mediaciones  concretas que aparecen históricamente más  adecuadas, aun cuando las usen críticamente. Lo importante  para comprender la naturaleza del  conflicto consiste en no analizarla sólo en su  último estadio. El clamor de una Iglesia y de un pueblo no  es tan sólo una voz amenazante tumultuosa, rebelde; mucho  menos es una voz desestabilizadora e injusta. Es una denuncia de  la historia; es la voz del mismo Dios, aliado fiel de los sin  derecho contra los que se tienen por dueños de la tierra y se  niegan a compartirla.

Una determinada comprensión de la fe cristiana lleva  por su lógica  interna a un tipo de opción concreta. Y por ella es tan  peligroso repetir ingenuamente que hay que dejar claro que la  unidad esencial de la Iglesia es unidad en la fe. Eso es  formalmente correcto pero eso no soluciona sino que plantea de la  manera más radical el problema; si la fe cristiana es fe  en un Dios siempre mayor, un Dios crucificado, si es seguimiento  de Jesús en medio de la conflictividad de la historia para  hacer el Reino, si ese seguimiento implica riesgos y  persecuciones, toma de posturas concretas entre la  opresión y los opresores, entonces la fe y no el talante  del individuo, es lo que va a desunir. Que a la fe le competa el  crear unidad eclesial es evidente; que por esa unidad hay que  trabajar es correcto; que el individuo dentro de la Iglesia  deberá estar dispuesto a sacrificar su realización  personal por el bien del cuerpo de la Iglesia a la misión  que la Iglesia de be realizar, aun cuando esto provoque el  conflicto interno.

La Iglesia no puede ser sorda a esta llamada de los tiempos  expresada, en las voces de los pobres. Esto era un  fenómeno global en América Latina aunque  evidentemente con distinto cronograma al nivel del compromiso y  respuesta eclesial. El método de  ver, juzgar y actuar no fue entonces construcción de un brillante grupo de  teólogos o pastoralistas, sino fruto de una  búsqueda creativa en un contexto de  opresión.

Es necesario que la Iglesia descubra en la vivencia de  comunidad en vivir la fraternidad y la solidaridad, como  fruto de un acompañamiento en el que se reconoce el rostro  de Dios; donde se abrace, se llore de alegría, y se  ría. En el que se ve expresado este vivir de hijos de Dios  que los llena de luz, esperanza y  miedos. Sin duda, es un proceso en el  cual esta Iglesia debe asumir un acompañamiento no  sólo con una comunidad, que sea llevado a una  práctica a su ser y compartir con otras pequeñas  comunidades llegando al ideal evangélico. Por esto, Puebla  en el N° 32 remite constantemente a vivir ese Reino de Dios  entre los pobres y sencillos como actitud de poder bajar la  cabeza en la experiencia de la Iglesia que debe vivir. "Una  calidad de  vida más humana; sobre todo, por su irrenunciable  dimensión religiosa, su búsqueda de Dios, del Reino  que Cristo nos trajo, a veces confusamente intuido por los  más pobres con fuerza  privilegiada".

La presencia de la Iglesia ante la realidad en la sociedad  sea apertura para que responda a las distintas necesidades y se  pueda caminar hacia una promoción y fomentación de la vida  con la exigencia de justicia hacia  los más pequeños. Por eso la exigencia es  indispensable para reconocer esa presencia de Dios: "Es cuando la  Palabra de Dios se impone como palabra última e  inmanipulable para quien en verdad ama la verdad, está  dispuesto a buscarla y acogerla, cuando se le ha  ofrecido".

La propuesta de la Iglesia en la defensa de la dignidad  humana en la comunidad, poniendo a Jesús como el paradigma de  la humanidad propuesto por Dios, en donde la presencia de Iglesia  debe ser respuesta a las estructuras  que atan y oprimen al pobre, puesta que ella debe abrirse a la  promoción de la humanidad. El ejemplo que Jesús da  de promoción en el anuncio que conduce al proceso de  conversión en defensa de la vida de los más  rechazados de su pueblo y se cumple su palabra en la comunidad:  "Y se quedó solo Jesús con la mujer que  seguía en medio. Incorporándose Jesús le  dijo: Mujer,  ¿dónde están? ¿Nadie te ha  condenado?. Ella respondió: Nadie, Señor:  Jesús le dijo: Tampoco, yo te condeno, vete y en adelante  no peques más" (Jn 8, 9b -11).

La opción de la Iglesia en los valores  profundos de la solidaridad y fraternidad, trata de que sean  vividos en concreto por  todos los hombres y mujeres de Colombia que  conforman la Iglesia, los pastores, los y las religiosas, los  agentes de pastoral, las entidades civiles confesionales que  quieran ahora ser constructores de paz desde la justicia deben  declararse sintonía con el proyecto de Dios  Padre en Jesucristo de reconciliar con Él todas las cosas:  "Pues Dios tuvo a bien hacer residir en Él toda la  plenitud, y reconciliar por él y para él todas la  cosas pacificando, mediante la sangre de su  cruz, lo que hay en la tierra y en  los cielos" (Col 1, 19- 20).

El sentido de evangelización de la Iglesia hace ver  la comunidad desde la periferia del cristianismo  se esboza un nuevo modo más coherente del contenido de la  fe en la historia de este pueblo. Colocando en el centro la  práctica de liberación y promoción hacia  otros pueblos aislados, en recobrar su dignidad. Por tanto, es  profética su acción como Iglesia al denunciar los  signos de muerte  presentes en ella.

Es importante realizar en la práctica de la  liberación como proceso de transformación real el  desarrollar la unidad en la comunidad como sello del proyecto del  Dios de la vida en su ser de comunidad; vinculándolos a  ese llamado, a la apertura hacia su conformación como  Iglesia nueva ante los tiempos de hoy, y de cómo edificar  esa misión liberadora que como cristianos humildes se  entregan por la construcción del Reino en su realidad, el  mensaje de Jesús afirma este hecho de vida: "Pues el que  se ensalce será humillado; y el que se humille,  será ensalzado" (Mt 23, 12).

El entusiasmo que la Iglesia vive como comunidad en el  hecho de sentirse llamada en la Pasión, Muerte y  Resurrección de Jesús; al desafío por vivir  y actuar como compromiso concreto de cambio hacia una  sensibilidad y ternura que alienta por acompañar y servir  a la comunidad donde su misión es inspiración del  Espíritu: para promover la justicia y la vida, que busca  concretamente en la sociedad hoy, ante los imperativos injustos,  por eso la Iglesia esta dispuesta a la apertura para no quedarse  al margen, la confianza y la escucha acogedora, hacia una fe  adulta, eclesial y humanamente vivida, en decidida  comunión abierta a grandes causas de la humanidad:  solidaridad, justicia y defensa de los derechos como realidad que  se tiene que hacer frente.

Este fenómeno de dar la vida y gastarla a favor de  los más pequeños como Jesús lo hizo, es la  actitud que la Iglesia asume como causa del Reino anunciado por  Jesús al optar en su praxis pastoral por una comunidad que  toma como ejemplo a Jesús, para responder ante el  engaño y la marginación existente en la sociedad;  con palabras de justicia y vida responde esa Buena Nueva que da  esperanza, y convertida en camino de comunicación para ir descubriendo en los  valores de  esta comunidad emplea para discernir los cambios, juzgar las  situaciones y distinguir que caminos van a la vida y cuales a la  muerte, la comunión eclesial fiel al proyecto del Padre y  a su Reino de vida para todos los hombres, mujeres y niños  de la comunidad.

La propuesta pastoral debe referirse a través del  testimonio y la práctica que la Iglesia retoma desde la  primeras comunidades cristianas; es evidente, que hay que unir a  la comunión en la fracción del pan  eucarístico, la comunión de bienes y de  males en la vida cotidiana. Un compartir que es signo que  verifica y acrecienta la comunión: compartir la Palabra,  la fe, el pan eucarístico y el pan cotidiano, los bienes y  los males, el dolor y el gozo, la vida y la muerte. Junto a esto  se une una voz de aliento y promoción de la justicia y la  verdad o la injusticia, la impunidad y la mentira: si se respeta  la diversidad o la destruye. Si incluye a la gente en la  comunidad y en la vida o las excluye.

Es necesario lanzar la pregunta: que la propuesta debe  humanizar a las personas y al pueblo o, el hecho de invitar a  participar a la comunión del Padre, para continuar con la  comunidad y desde el Evangelio nace la seguridad para  seguir adelante frente al miedo "Os digo a vosotros, amigos  míos: No temáis a los que matan el cuerpo, y  después de esto no pueden hacer más. Os mostrare a  quien debéis temer: temed a Aquel que después de  matar, tiene el poder para arrojar a la gehenna; sí, os  repito: temed a ese" (Lc 12, 4-5).

La actitud básica para vivir la comunión  eclesial del Padre a partir de estos valores es tomar en serio  ese amor con que  el Espíritu los injerta en la Vida, Muerte y  Resurrección de Jesucristo por el Bautismo; amor que los  hace hijas e hijos del Dios de Jesús, y hermanos y  hermanas en el amor sin  fronteras ni limites,  insobornable y gratuito, que va primero a los últimos y  ama también a los enemigos, con todas las consecuencias  como vida llena de lucha y confianza para enriquecerse la  comunidad la experiencia de fe.

5. Conclusiones

A través de esta reflexión se percibe que la  Iglesia muestra gestos de  liberación y acompañamiento a una comunidad desde  los diversos gestos de solidaridad, que se entrega en el  constante servicio para que la persona de  Jesús se revela en ella. Profundizando los valores dados  desde el Evangelio como signo de amor y fidelidad.

En el desarrolloel trabajo se  logra comprender que la Iglesia ha manifestado su ser en la  persona de Jesús como una nueva historia de  salvación en medio de la comunidad, que se consolida en su  manifestación la vida del Resucitado.

La Iglesia nace entonces como comunidad de fe en un  Jesús que por su compromiso con Dios y con la historia,  fue crucificado y muerto en la cruz, pero Dios lo  resucitó, está vivo. Por eso es esperanza para  quienes están todavía crucificados; y la Iglesia es  testigo de ello, la Iglesia es portadora de una esperanza. Pero  da razón de ella si se convierte en Iglesia para el Reino,  en comunidad de mesa, en comunidad fraterna, en comunidad  protoexistente y en diakonía y comunidad de iguales.

La Iglesia pasa diversas etapas en las cuales cada vez esta  más convencida de ser una Iglesia de comunión, que  va formando conciencias de una Iglesia más fuerte y  fraterna en los contextos donde anuncia la Palabra como  expresión de una evangelización más en  familia y  unidad.

La Iglesia tiene que ser luz frente al verdadero testimonio  cuya entrega y sentido de santidad que promueve a su vida y la  vida de la comunidad "La Iglesia, cuyo misterio propone este  sagrado Concilio, creemos que es indefectiblemente santa, ya que  Cristo, el Hijo de Dios, a quien con el Padre y el  Espíritu llamamos 'el solo Santo' amó a la Iglesia  como a su esposa, entregándose a sí mismo por ella  para santificarla (cfr. Ef 5,25-26), la unión a sí  como a su propio cuerpo y la enriqueció con el don del  Espíritu Santo para gloria de Dios" (L.G 39). Esto  comprueba que el Espíritu es el que inspira a la Iglesia a  su misión de anunciar el Evangelio en los diferentes  contextos.

6. Bibliografia

1. AUXILIO. AUXILIO. COMISIÓN INTERCONGREGACIONAL DE  JUSTICIA Y PAZ. Proyecto Deache 1999.

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6. HERNANDEZ, José María. Dios visita y libera a  su pueblo: Lectura del  Exodo desde América Latina. México  D.F: Dabar, 1995. 110 p.

7. GONZALEZ CARVAJAL, Luis. Los Signos de los Tiempos: El  Reino de Dios está entre nosotros… Santander  España: Sal Terrae, 1987. 235 p.

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10. PONTIFICIA COMISIÓN JUSTITIA ET PAX.  ¿Qué has hecho de tu hermano sin techo? 2ª ed.  Bogotá: Paulinas, 1989. 43 p.

11. QUIROZ Alvaro, Mysterium Liberationis "Eclesiología  en la Teología de la Liberación, I, Madrid:  Editorial Trotta, 1990, p. 253 - 272.

12. SOBRINO, Jon. Oscar Romero Profeta y Mártir. Lima  Perú: CEP, 1982. 139 p.

Autor:

Carlos eduardo alarcón mesa imc.


Publicado por tabor @ 12:57  | Eclesiologia del Vat. II
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