Lunes, 26 de noviembre de 2012

Signos de comunión y de misión, frutos del Concilio Vaticano II – editorial Revista Ecclesia

 
firmas-ecclesia-4
En los últimos días de la pasada semana, en el corazón del mes de noviembre, la Iglesia católica en España asistió a dos importantes congresos: el Congreso Católicos y Vida Pública, ya en su edición decimocuarta, y un Congreso extraordinario de Teología en los cincuenta años del Concilio Vaticano II, desarrollado en la Universidad Pontificia de Salamanca y organizado conjuntamente por todas las Facultades de Teología de España y de Portugal. Del primero ya ofrecimos amplia información previa hace dos semanas, y del segundo, remitimos a nuestros lectores a una breve y esencial información en la página 15 de este mismo número y, tan pronto como nos sea posible, a una posterior y más amplia crónica.

Por otro lado, la Conferencia Episcopal Española (CEE) ha desarrollado del 19 al 23 de noviembre su asamblea plenaria de otoño, la cien ya de su historia de 46 años y medio. En el discurso inaugural del presidente de la CEE para esta plenaria (ver páginas 7 a 11), el cardenal Rouco dedicó una extensa y completa visión panorámica del quehacer de esta institución, “fruto e instrumento precioso del Concilio Vaticano II”. Y es que no cabe duda de que en la vida interna y externa de la Iglesia en España la Conferencia Episcopal ha prestado y sigue prestando una valiosísima contribución en la clarificación doctrinal, en el dinamismo pastoral y en las relaciones con la sociedad. Difícilmente, pues, cabría ya imaginar otro escenario para la vida de nuestra Iglesia sin las Conferencias Episcopales y su servicio de colegialidad, comunión y misión.

También en la órbita de la comunión y de la misión se han inscrito desde su creación los Congresos Católicos y Vida Pública, tanto en su edición nacional como en las celebraciones diocesanas. Organizados por la Asociación Católica de Propagandistas (ACdP), estos congresos han tenido siempre y siguen teniendo la virtualidad de catalizar al laicado español, en sus distintos movimientos y asociaciones, pasando de ser una iniciativa  particular a una convocatoria de comunión y para la misión. Así ha acontecido también el pasado fin de semana. Bajo el reclamo de la conmemoración de los 50 años del Concilio Vaticano II y de contribuir a la nueva evangelización, el Congreso ha vuelto a poner el acento en la importancia decisiva y cada vez más necesaria de la presencia e incidencia de los católicos laicos, como católicos laicos, en la vida pública y, en consecuencia, del apostolado seglar, temas ambos muy propios, muy queridos por el Concilio Vaticano II.

El desarrollo de un congreso conjunto de todas las Facultades de Teología de España y de Portugal –el anterior fue hace diez años- sobre el Concilio Vaticano II es asimismo un reconfortador signo de comunión y por ello de alegría, esperanza y misión. Indica además de manera fehaciente la potencialidad aglutinadora del último Concilio Ecuménico, su vigencia, su valor y su necesidad. Como indicábamos en esta misma página editorial hace un mes, la brújula del Concilio Vaticano II, –acoger la novedad en la continuidad– es el camino y el horizonte de nuestra Iglesia de hoy. Sin perezas, sin reticencias, sin nostalgias, sin manipulaciones, sin utopismos; y siempre con fidelidad, apertura, eclesialidad y celo apostólico.

La comunión, como nos recordaba el Beato Papa Juan Pablo II hace ya casi doce años en la Novo millennio ineunte, tras las celebraciones del Gran Jubileo del Año 2000, “es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo”. Y a la comunión nos ha llamado también el Mensaje con el concluyó el Sínodo de la Nueva Evangelización: “Hemos de constituir comunidades acogedoras, en las cuales todos los marginados se encuentren como en su casa, con experiencias concretas de comunión que, con la fuerza ardiente del amor, -“¡Mirad cómo se aman!” (Tertuliano)– atraigan la mirada desencantada de la humanidad contemporánea”. Un comunión, pues, que en sí misma está irrigada de fuerza y fecundidad misionera y evangelizadora. Una comunión que es además un deber de fidelidad a la misma identidad cristiana y es reflejo de nuestro Dios.

Felicidades, pues, a la CEE por su centésima asamblea plenaria, y adelante. Bienvenidas, también pues, iniciativas como las de los congresos citados y glosados en las líneas precedentes. Que cundan, que sirvan de referencia. Este es el camino, el único camino.


Publicado por tabor @ 22:59  | Viviendo el Concilio
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios