Mi?rcoles, 28 de noviembre de 2012

 

La novedad del Sínodo Americano

 

            Es cierto que fue en la Exhortaciónapostólica Tertio Millennio Ineunte que Juan Pablo II anunció la realización de los Sínodos continentales de Obispos como camino colegial de preparación del Gran Jubileo, en los albores del tercer milenio42. Sin embargo, el anuncio del Sínodo americano fue hecho años antes, durante el discurso de inauguración dela IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Santo Domingo. El hecho de que esta sorprendente iniciativa procediera del deseo personal del Santo Padre, y no como maduración propia de las Iglesias del continente, planteaba ya razonables dudas acerca de la preparación de éstas para dar ese paso cualitativo, novedoso y exigente.

 

            Seguramente la caída del muro entre el Este y el Oeste, llevaba a Wojtyla a prever y querer la caída del muro entre el Norte y el Sur, y el continente americano era el lugar ideal para enfrentarlo, dado la coexistencia entre la superpotencia global y hemisférica, de tradición cristiano-protestante-puritana y de fuerte crecimiento del catolicismo (sobre todo, gracias a los hispanos), y el mundo latinoamericano, “continente católico”. En efecto, en la convocación del Sínodo el Papa subrayó “los problemas de justicia y las relaciones económicas internacionales entre las Naciones de América, teniendo en cuenta las enormes desigualdades entre Norte, Centro y Sur”43. Y ya lo había expresado de tal modo en Santo Domingo: “La Iglesia, ya a las puertas del tercer milenio y en unos tiempos en que han caído muchas barreras y fronteras ideológicas, siente como deber ineludible unir espiritualmente aún más a los pueblos que forman parte de ese gran continente y, a la vez, desde la misión religiosa que les es propia, impulsar un espíritu solidario entre todos ellos”44. La realización del Sínodo, en fin, tiene lugar en una fase de interdependencia creciente entre Estados Unidos y América Latina bajo ímpetus neoliberales y en pleno desarrollo del Tratado de Libre Comercio (NAFTA) entre Canadá, Estados Unidos y México, de desarrollo de las negociaciones del Área de Libre Comercio Americano (ALCA/FTAA), de propuesta estadounidense de sendos tratados de libre comercio con Chile, Centroamérica, el Caribe yla Comunidad Andina, mientras que más arduas y complejas aparecían las negociaciones con el MERCOSUR y las oposiciones de intereses en juego. El Sínodo de las Américas fue un acontecimiento de comunión, marcado por la común responsabilidad ante los caminos del Evangelio en el continente y por una renovada solidaridad entre los pueblos.

 

            Hubo quienes malinterpretaron el Sínodo americano y la sucesiva Exhortación apostólica “Ecclesia in America” como “fuga in avanti”, incluso planteando la perspectiva de la sustitución del CELAM por una nueva estructura de coordinación continental. No resultaba para nada pertinente alguna pretensión de imponer que en adelante se hablase sólo de “América” en singular, como si se tratase de un continente sin contenidos muy diversificados, forzando denominadores comunes. Y peligroso podía ser que se tradujese mecánicamente la comunión y colaboración de las Iglesias y la solidaridad reclamada, con formas de unidad política y económica a nivel continental.   

 

            En realidad, la Asambleaespecial del Sínodo de los Obispos para América, celebrada en el Vaticano del 16 de noviembre al 12 de diciembre de 1997, tuvo el gran valor de entregar a todas las Iglesias del continente un “método” y orientación pastorales de innegable fecundidad, expresada en la consigna: encuentro con Jesucristo vivo, camino de la conversión, la comunión y la solidaridad. Fue oportuno y valioso lugar de encuentro, diálogo y estrechamientos de vínculos de amistad entre los Obispos de todo el continente, pero encontró dificultades en suscitar la aproximación “continental” y una visión a la vez común y muy diferenciada de articular temas y “recomendaciones”. Sobre todo, quedó como hito inicial, en cuanto promesa y exigencia de un camino de comunión, colaboración y solidaridad a recorrer en el próximo futuro. Quizás por eso mismo, el documento post-sinodal, la Ecclesia in America, más que un fruto de larga maduración fue guía recapituladora de trabajos sinodales, orientadora e incitadora para que las Iglesias en América asumieran toda la responsabilidad que les compete en esa senda abierta. En efecto, en esta senda, se advierten temas fundamentales, que deben ser enfrentados en común, y no sólo a niveles episcopales. Después de ese Sínodo, las reuniones inter-americanas de Obispos dieron un salto de cualidad, y comenzaron a afrontar y definir estrategias de conjunto sobre temas importantes, como el fenómeno masivo de migraciones del Sur hacia el Norte, la proliferación de las comunidades “evangélicas” y pentecostales del Norte hacia el Sur, la presencia creciente del catolicismo hispano en Estados Unidos, las negociaciones y oposiciones entre diversos proyectos de integración, la colaboración solidaria entre Iglesias de muy diversas dimensiones y recursos, etc.

 

Camino a la Quinta Conferencia

 

              Después de una comprensible fase transitoria de fatiga, que siguió a tiempos muy intensos de prueba, van apareciendo por doquier signos notorios de un renovado dinamismo eclesial latinoamericano, que el pontificado de Juan Pablo II ha alimentado considerablemente. Se ha ido consolidando una mucho más serena comunión. Se han atenuado muchísimo los sobresaltos ideológicos y afirmado una responsabilidad más firme por la custodia y transmisión del “depósito de la fe”. Se han superado las olas de crisis de identidad cristiana. Una nueva generación de Pastores va dejando atrás los desgastados estereotipos de “conservadores” y “progresistas”. Se entreteje más la colaboración entre los Episcopados. Aumentan las vocaciones sacerdotales. Impresiona la vitalidad de comunidades cristianas diseminadas por todas partes, y la centralidad expresiva y participativa de la liturgia. Persiste por doquier la vitalidad de la piedad popular con hondo sentido de trascendencia y a la vez de la cercanía de Dios. Los contenidos eucarísticos y marianos que la caracterizan, junto con la devoción al Papa, siguen muy arraigados. Los santuarios siguen siendo metas de multitudinarias peregrinaciones. Se difunden nuevos movimientos y comunidades eclesiales. Innumerables catequistas laicos sirven por doquier a las comunidades cristianas. La caridad de la Iglesiase expresa en un sinnúmero de gestos y obras que salen al encuentro de las necesidades materiales y espirituales de los pueblos, y especialmente de los más necesitados. Hay fuerte compromiso eclesial en la defensa de la vida contra una “cultura de muerte”. Hay muchas iniciativas por y para los jóvenes. Todo ello y muchos otros signos de renovada vitalidad confluyeron en el Año Jubilar y fueron “alimentados” por este evento de gracia, así como alentados por el CELAM. Éste, a la vez, intenta dotarse y proponer una visión católica y latinoamericana de la nueva situación mundial y hemisférica, primero mediante el documento sobre “Megatendencias 2000. El tercer milenio como desafío pastoral”, y después, sobre todo, mediante el largo proceso de gestación de las reflexiones del CELAM sobre “Globalización y nueva evangelización en América Latina”45. Mientras tanto, crece la preocupación eclesial por estrategias neoliberales de crecimiento económico, que se estancan hacia finales de siglo, víctimas de sus propias limitaciones y contradicciones, que agudizan situaciones de exclusión, pobreza y desigualdades estridentes y que abren una nueva época de reacciones populares, de protagonismo de movimientos indígenas y de sus aspiraciones, de formación de nuevos movimientos políticos. A la vez, crece también la preocupación por el emerger de radicalismos ideológicos tan confusos como amenazadores.La Iglesia actúa asimismo como fuerza de reconciliación, mediadora ante situaciones polarizadas y pacificadora ante violencias endémicas, actuales o potenciales.

 

            Las más diversas encuestas realizadas en países latinoamericanos confirman el enorme capital de consenso, confianza y credibilidad de los que gozala Iglesia.Noobstante deficiencias humanas, en ella la gente encuentra morada sin exclusiones, acogida maternal y encuentro fraterno, caridad ante las necesidades, expresión de la sabiduría y valores inscritos en su tradición, respuesta cierta a los deseos de “sentido”, justicia, felicidad que laten en sus corazones, compasión y consuelo dentro de los sufrimientos, esperanzas contra toda esperanza.

 

Un balance de 50 Años

 

            En esta asamblea episcopal, se permite a un laico rendir testimonio y homenaje al Consejo Episcopal Latinoamericano como institución fundamental en la historia contemporánea dela Iglesia en América Latina. En sus cincuenta años, su servicio eclesial ha sido de primera importancia. Resumiéndolo sintéticamente ese servicio, en sus aspectos más importantes, en términos generales se puede afirmar lo siguiente:

 

1.         El CELAM ha prestado un servicio insustituible para anudar, impulsar y sostener el afecto colegial y la colaboración pastoral entre los Obispos de los países latinoamericanos, superando un legado de mucha incomunicación entre ellos y los estrechos “cielos” culturales, políticos y eclesiásticos de las fronteras diocesanas y nacionales. Ha alentado y ayudado la constitución de las Conferencias Episcopales de los distintos países de América Latina y mantenido en comunicación y colaboración a los diversos Episcopados. Por ello mismo ha dado valiosa colaboración para suscitar una participación más consciente y activa en los dinamismos de la catolicidad en América Latina y a nivel universal.

 

2.         Ha cuidado siempre ser un organismo de y para los Episcopados, sin pretender constituirse en una especie de superestructura de las Conferencias Episcopales, estableciendo en su estructura estatutaria, en su dinámica colegial y de colaboración y en sus programas la mayor corresponsabilidad y participación de los Episcopados y los Obispos de América Latina. En ese sentido, fue muy importante que desdela XIIIAsambleaOrdinaria del CELAM, celebrada en Costa Rica, en mayo de 1971, las Conferencias episcopales se hagan representar en el CELAM no sólo por respectivos delegados escogidos para esa función, sino también por sus Presidentes. Este espíritu de corresponsabilidad y participación se expresa en sus Directivos, en sus Asambleas ordinarias y extraordinarias, en las Comisiones episcopales que rigen sus Departamentos y Secciones, en sus reuniones periódicas de coordinación, en la realización de periódicas reuniones regionales (Cono Sur, Andina, de México-Centroamérica y el Caribe...) de los Episcopados, etc.

 

 3.        Ha promovido la renovación eclesial mediante la difusión de las enseñanzas del Concilio Vaticano II en todo el continente, la reflexión sobre pautas de discernimiento en su comprensión y aplicación, la inspiración y orientación de los programas “celamíticos” y guiando modalidades de inculturación, que han ayudado a perfilar y madurar la identidad propia dela Iglesiade Dios que está en América Latina.

 

4.         Ha manifestado siempre su voluntad de comunión inquebrantable con los Pontífices yla Santa Sede.Se ha demostrado atento y fiel a la “cátedra de Pedro”, acogiendo, estudiando, difundiendo y valorizando el Magisterio pontificio, y ha promovido y sostenido la comunión afectiva y efectiva con los sucesivos pontífices. Esto mismo ha sido explícitamente incorporado en los Estatutos: “en perfecta comunión conla Iglesiauniversal y su Cabeza visible, el Romano Pontífice”. A la vez, ha evitado la tentación y el riesgo de ser considerado como “una suerte de intermedio entre Roma y las Iglesias particulares, algo así como ‘un Vaticano en pequeño’ ”.

 

5.         Se ha mantenido en estrecho contacto de comunión, diálogo y colaboración con los dicasterios dela Santa Sede, atento a sus indicaciones (sin que anécdotas pasajeras y de poca importancia empañaran esa constante actitud).

 

6.         Ha hecho crecer por doquier una conciencia latinoamericana de los Episcopados y las Iglesias locales, valorizando la historia, tradición, cultura y la piedad católica de sus pueblos, solidaria con sus sufrimientos y esperanzas, comprometida con el destino del “continente de la esperanza”, con amor de predilección a los pobres.

 

7.         Ha sido signo, cauce y corriente de la unidad de los pueblos latinoamericanos, destacando sus raíces religiosas y culturales para dar mayor fundamento, alma y propulsión a corrientes intelectuales y formas políticas y económicas de integración, salvándolas de enfoques parciales y limitados. Además, el CELAM cooperó eficazmente a la superación de cierta incomunicación histórica y cultural entre Brasil y los países hispanoamericanos. Conjugó en sí los dos rostros de América Latina: el lusoamericano y el hispanoamericano. Por eso mismo, así como hubo muchos Presidentes del CELAM de diversos países hispanoamericanos (argentinos como Eduardo Pironio y Antonio Quarracino, chileno como Manuel Larraín, colombianos como Alfonso López Trujillo, Darío Castrillón y Jorge Jiménez, hondureño como Oscar Rodríguez Maradiaga, mexicano como Miguel D. Miranda y de la República Dominicana como Jesús López Rodríguez), también los hubo del Brasil (Jaime de Barros Camara, Avelar Brandao Vilela e Aloisio Lorscheider).

 

8.         Ha contribuido a enriquecer el Magisterio eclesial “latinoamericano” mediante la organización y animación de las Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano, la realización de Encuentros y la elaboración, profundización y propuesta de criterios de discernimiento sobre muy diversas temáticas doctrinales, teológicas y pastorales. De tal modo, ha prestado oportuna e importante colaboración al discernimiento del Magisterio pontificio en temas importantes y ha ayudado a hacer resurgir e incorporar más vigorosamente en el Magisterio eclesial aspectos relevantes de la tradición católica.

 

9.         Ha dado aportes fundamentales para superar los límites de visiones ideológicas y parciales de la historia y la realidad actual de América Latina, para romper los prejuicios de leyendas negras anticatólicas y para proponer una inteligencia de la fe como clave de una nueva lectura de esa realidad.

 

10.      Se ha manifestado cercano, en comunión y solidaridad, a Iglesias locales de la región que han pasado por situaciones de especiales dificultades: conflictividad polarizada y violencias, pobreza extrema y desastres naturales, atentados y amenazas contra la libertad, ataques contra los Pastores e insidias y presiones ideológicas.

 

11.      Ha promovido y sostenido una mayor participación y contribución de las Iglesia de América Latina en la vida dela Iglesiauniversal, gracias a las relaciones con los sucesivos pontífices y con los dicasterios dela CuriaRomana, a la colaboración en los viajes apostólicos, a la preparación de las Asambleas de los Sínodos mundiales, a la información, sensibilización y movilización promovidas respecto a otros grandes eventos de la catolicidad, como años santos, años marianos, congresos eucarísticos internacionales, etc., a sus vinculaciones de comunión y colaboración con otros organismos continentales de Episcopados (CCEE y COMECE, FABC, SCECAM), con Conferencias Episcopales de otros países y agencias eclesiales de ayuda, a las reuniones inter-americanas de Obispos, etc.

 

12.      Ha sabido combatir las “buenas batallas” por el “depósito de la fe” de la Iglesiacontra fuertes tendencias secularizantes e ideológicas que arriesgaban confundir, erosionar e instrumentalizar el patrimonio católico de los pueblos latinoamericanos.

 

13.      Ha llevado a cabo una intensa y difundida labor de formación de “agentes pastorales”, comenzando por los mismos Obispos (no sólo gracias a la dinámica colegial señalada, sino también mediante numerosos cursos tanto a nivel continental como regional); esa labor ha sido muy amplia y fecunda también respecto de innumerables sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, gracias a sus encuentros y publicaciones, a los más diversos cursos de formación y en especial a la sistemática y variada labor docente emprendida por el Instituto Teológico y Pastoral de América Latina durante los últimos 30 años.

 

            Es evidente que estos logros y frutos han tenido durante estos 50 años fases de mayor crecimiento y madurez y otras de menor intensidad y resultados.

 

            Por todo ello, el CELAM ha merecido la confianza, el aliento, el reconocimiento y la bendición de los sucesivos pontífices46, desde su misma institución que satisfacía “los paternales deseos del augusto pontífice”47 Pío XII. Juan XXIII alentó “procurar una clara visión de la realidad de las cosas”, estructurando “un plan de acción que corresponda a la realidad” y llevándolo a “la valiente ejecución”48. En varias oportunidades, Pablo VI destacó, en el vigésimo aniversario del CELAM, cómo “la semilla sembrada en Río de Janeiro ha crecido y echado profundas raíces”, acompañado por “la intensidad de nuestro afecto”, felicitándolo por tan acertada obra (...) en su fecunda existencia”, contribuyendo “providencialmente al florecimiento de la Iglesia en este continente”49. En carta dirigida al CELAM, reunido en su Asamblea de Sucre, en momentos importantes y difíciles, Pablo VI agradecía el Señor por “los frutos obtenidos en estos primeros diecisiete años de existencia”, y proseguía, afirmando: “Han sido años difíciles pero fecundos (...). Indudablemente ha promovido el ‘afecto colegial’ de los Obispos y favorecido la comunión entre las Iglesias particulares. Se ha esforzado también por descubrir las exigencias peculiares de la Iglesia Latinoamericana, coordinar sus actividades pastorales y animar su presencia salvadora, tratando de ayudar a encontrar respuestas cristianas en la transformación actual del continente”50. Juan Pablo I tuvo tiempo de demostrar su confianza en el CELAM, confirmando la convocatoria de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. De ésta, Juan Pablo II señaló que había sido “preparada esmeradamente” por el CELAM51. Su discurso en acto de celebración del vigésimo quinto aniversario del CELAM en la Catedral de Río de Janeiro es la más sistemática expresión de confirmación y apoyo: “(...) El Espíritu Santo, alma de la Iglesia, inspiró en el momento oportuno aquella nueva forma de colaboración episcopal que fraguó el nacimiento del CELAM”, reiterando, junto a los pontífices anteriores, merecer el calificativo de “providencial”52. Podrían aún citarse muchos otros discursos y documentos pontificios.


Publicado por tabor @ 20:33  | Contexto socio-politico
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