Mi?rcoles, 28 de noviembre de 2012
  
 

RECAPITULANDO LOS 50 AÑOS DEL CELAM,

EN CAMINO HACIA LA V CONFERENCIA 

Dr.Guzmán CarriquiryL.

Lima, 17 de mayo 2005

Objetivos y Articulación

 

            Me siento muy honrado y feliz por la invitación recibida por la Presidencia del CELAM para participar en esta celebración como conferencista. Soy consciente de la responsabilidad desproporcionada que asumo, pero cuento con la paterna indulgencia y la cordialidad fraterna de los participantes a esta Asamblea. Es oportuno recordarles la invitación del apóstol Pablo, en su extraordinaria definición del discernimiento crítico: “Examinadlo todo y quedaos con lo bueno” (1 Ts, 5, 21).

 

            La Presidencia ha querido confiar a un laico el tema del título: “Recapitulando los 50 años del CELAM, en camino hacia la V Conferencia”. La tarea de recapitular no es la de abocarse a una exposición académica de investigación histórica, que algún día habrá que afrontar con método científico. Se trata más bien de una mirada panorámica sintética del servicio del CELAM durante sus primeros cincuenta años. Interesa una recapitulación que sirva para iluminar nuestro presente y, por eso, “en camino hacia la V Conferencia”1. De un tema tan amplio y exigente, mi breve introducción no puede más que ser esquemática.

 

            En primer lugar, intentaré realizar esta recapitulación desde tres focos de luz y de lectura:

 

-          el servicio de comunión y reflexión del CELAM a los episcopados y, por lo tanto, de animación pastoral dela Iglesiade Dios en América Latina, que es su razón de ser, con especial hincapié en las Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano, en cuya preparación, organización y realización el CELAM ha jugado un papel fundamental;

 

-          el contexto de los dinamismos históricos de los pueblos latinoamericanos, en los quela Iglesiaestá encarnada, y que son también realidad de inculturación y horizonte de la acción del CELAM;

 

-          el cuadro general de la catolicidad, con referencia capital ala Santa Sede, especialmente en este tiempo de inauguración del pontificado de Benedicto XVI, y también a los Sínodos mundiales y otros grandes eventos, sobre el trasfondo de la misión dela Iglesiacatólica en esta nueva fase de globalización y mundialización.

 

            En efecto, la historia del CELAM no es mera historia episcopal, sino que, en cierto modo, se trasciende a sí misma y apunta al conjunto eclesial y latinoamericano.

 

            En segundo lugar, a la luz de lo señalado, trataré de esbozar un balance sintético sobre la acción del CELAM en estos cincuenta años.

 

            Finalmente, en tercer lugar, me permitiré intentar dibujar algunas perspectivas para la preparación dela V Conferencia, precisamente en este tiempo histórico dela Iglesia, de la sociedad internacional y de América Latina.

 

Tres fases cruciales

 

            Hay un esquema general que me parece muy ilustrativo y adecuado para comenzar. Los tres últimos Concilios Ecuménicos, precisamente en tiempos de los tres grandes flujos de la mundialización, suscitaron formas intensas y concentradas de movilización y colaboración episcopales en nuestras tierras, en respuesta a fases y desafíos cruciales de la historia de nuestros pueblos.

 

            Si la “reforma católica” en España estuvo en la base de la impresionante gesta misionera de la primera evangelización del Nuevo Mundo, el Concilio de Trento (1548-1563) resultó fundamental para la implantación y organización de la “nueva cristiandad de Indias”. A Trento, los Obispos de Indias no pudieron llegar, pero a partir de Trento se llevaron a cabo numerosos Concilios provinciales y Sínodos locales en todas las latitudes del “Nuevo Mundo”, que afrontan la evangelización fundante, la simbiosis siempre crítica entre conquista y misión, la defensa de la dignidad y libertad de los indios, las tareas de catequización y la organización eclesiástica. El gigantesco encuentro y choque de pueblos, etnias, culturas y niveles de desarrollo muy distintos, lleno de novedad y dramaticidad, enlazó antiguas y nuevas formas de opresión y explotación. Toda conquista lleva consigo una dinámica de violencia. Pero parafraseando lo del apóstol Pablo se puede también afirmar que “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”. El acontecimiento de Cristo, por mediación de la maternidad dela Virgen María, sobre todo desde las apariciones del Tepeyac, fue siembra potente de unidad, de mestizaje étnico y cultural, re-generador de pueblos nuevos, ciertamente lacerados por hondas heridas y sufrimientos, pero con una conciencia de dignidad y libertad de toda persona, de sabiduría ante la vida, de pasión por la justicia y de esperanza contra toda esperanza, sólo posible por la semilla del Evangelio plantada en tierra americana como germen de nueva creación. El arraigo del catolicismo en nuestro sub-continente es signo y legado de aquella profunda inculturación del Evangelio en el corazón de los pueblos, desde sus orígenes.

 

            Sin embargo, sabemos también que desde los tiempos de la Ilustración, del mayor control de las Iglesias por parte de los Estados nacionales y de la supresión de la Compañía de Jesús, aquel ímpetu misionero fue menguando y la actividad episcopal conjunta fue clausurada por el regalismo estatal. Más tarde, el desmantelamiento de la organización eclesiástica y el muy exiguo número de Pastores que quedó después de las guerras de independencia, provocó una ruptura de la continuidad de la acción educativa, del cuidado pastoral y de la reinformación catequética. Sobre todo la tradición oral por vía materna y las formas de la piedad popular barroca lograron el “milagro” de la supervivencia del legado de la fe en los pueblos, a menudo despreciada y hostigada, si no perseguida, por las dirigencias liberales y secularizantes de los nuevos Estados. La reconstrucción eclesiástica en América Latina sólo podía provenir de Roma, que en el Concilio Vaticano I reafirma la jurisdicción universal del Papado y proclama el dogma de la infalibilidad, en tiempos de centralización romana, garantía de unidad y libertad respecto a la diáspora sometida de las Iglesias “nacionales”, y de resistencia compacta contra el modernidad racionalista y anticlerical. Es bueno recordar que fue un católico liberal colombiano, Torres Caicedo, quien usó por primera vez el nombre de “América Latina”, y que la primera institución que usó dicho nombre fue el Colegio Pío Latinoamericano en Roma2. Fueron ya 54 los Obispos latinoamericanos entre los 700 Obispos participantes al Concilio Vaticano I. El proceso de dicha reconstrucción tuvo como evento mayor el Concilio Plenario del Episcopado Latinoamericano, convocado en Roma porla Santa Sede en 1899. Es sorprendente tener en cuenta cómola Santa Sede ya entonces consideraba al episcopado de estas tierras en su conjunto, precisamente convocando un Concilio latinoamericano, no obstante la fragmentación ocurrida cuando se rompe el vínculo con el poder metropolitano español y portugués y se constituyen 20 Estados separados, incomunicados, incorporados en forma subalterna, dependiente y periférica, como segmentos agro-minerales, al mercado mundial configurado por la segunda onda de globalización, hacia finales del siglo XIX, la del capitalismo industrial en plena expansión mundial. La referencia de la Santa Sede a América Latina parece converger con la auto-conciencia de la generación intelectual “modernista”, que, por efectos de las celebraciones del cuarto centenario del descubrimiento y ante la irrupción en la escena centroamericana y del Caribe de la potencia emergente de los Estados Unidos, retoma el ideal bolivariano y proclama “Nuestra América” con el cubano José Martí, la “Patria Grande” con el argentino Manuel Ugarte, la “Nación Latinoamericana” según el uruguayo José E. Rodó, y el cantar poético del nicaragüense Rubén Darío sobre los “pueblos que son sangre de Hispania fecunda...que aún creen en Jesucristo y hablan en español”

 

            La tercera fase de intensa comunión y colaboración episcopales en el ámbito latinoamericano procede de la renovación crítica y fecunda que prepara y sobre todo suscita el Concilio Ecuménico Vaticano II (1959-1965), en tiempos de confrontación y después de descomposición del orden mundial bi-polar de la pos-guerra y de progresivo despegue de la tercera fase de la globalización, cuando la misión dela Iglesiatiene que afrontar profundas transformaciones de la realidad latinoamericana, exigencias de desarrollo, liberación y crecimiento en humanidad, en medio de grandes conflictos y esperanzas.

 

Una investigacion por realizar

 

            En verdad, el CELAM nace antes del Concilio Vaticano II. Todavía no se ha contado prolijamente todo su proceso de génesis. Habrá que reconstruirlo paso a paso, primero a través de las actas del trabajo de la Comisión compuesta por los Secretarios de las Sagradas Congregaciones romanas interesadas más directamente en los problemas de América Latina, que se reunió en 1954 para preparar la Primera ConferenciaGeneral del Episcopado Latinoamericano. Interesa mucho estudiar también el intercambio de correspondencia entre personalidades como Mons. Antonio Samoré (que fue Nuncio en Colombia, más tarde Presidente de la Comisión Pontificia para América Latina desde su creación en 1958, después creado Cardenal), Mons. Manuel Larraín (Obispo de Talca, Chile), Don Helder Cámara (Obispo de Recife, Secretario General de la Conferencia Nacionalde los Obispos de Brasil), Vittorino Veronese (Presidente del COPECIAL, Comité para la Preparación de los Congresos Internacionales de Apostolado Seglar) y otros, que son como los “adelantados” de la idea de coordinación de las fuerzas vivas de la Iglesiaa nivel latinoamericano. Mons. Antonio Samoré fue como el padre de la iniciativa3. Habrá que esperar asimismo la apertura de los archivos dela Secretaría de Estado. Y a la luz de estas fuentes y otras, volver a estudiar las actas dela Conferencia de Río. Es un apasionante trabajo científico, de naturaleza historiográfica, que habrá que completar en tiempo oportuno.  

 

El despliegue mundial de la catolicidad

 

            En realidad, no puede entenderse dicha novedosa creación sin tener en cuenta el salto cualitativo dado durante el pontificado de Pío XII en el despliegue internacional de la catolicidad. Mons. Pacelli había sido legado pontificio al impresionante Congreso Eucarístico Internacional que tuvo lugar en Buenos Aires, en 1934. En 1945, al día siguiente de creación de 32 nuevos cardinales, incluidos cinco latinoamericanos, el célebre “Mensaje de Navidad” de Pío XII ‑precisamente en el año de conclusión de la segunda guerra mundial y de apertura de la nueva fase histórica del bipolarismo mundial‑ afirmaba lo siguiente: “La Iglesiaes un todo indivisible y universal. Supranacional porque abraza con un mismo amor a todas las naciones y a todos los pueblos (...), en ninguna parte es extranjera. Vive y se desarrolla en todos los países del mundo y todos los países del mundo contribuyen a su vida y desarrollo. En otros tiempos, la vida de la Iglesiaen su aspecto visible desplegaba su vigor preferentemente en los países de la vieja Europa, desde donde se extendía, como río majestuoso, a lo que podría llamarse la periferia del mundo; hoy día, se presenta, al contrario, como un intercambio de vida y energía entre todos los miembros del Cuerpo Místico de Cristo sobre la Tierra”4. Es el mismo Papa que no ahorró esfuerzos para la reconstrucción de Europa occidental, en lo que era la base tradicional más importante del catolicismo, alentando su unidad y custodiando su libertad bajo la amenaza del comunismo ateo, que ya había desatado sus persecuciones detrás de la cortina de hierro. Pero Europa ya no era más el centro mundial, desplazada por el bipolarismo USA-URSS. En 1955, Pío XII escribió en su mensaje a un nuevo Congreso Eucarístico Internacional, que tuvo lugar en Río de Janeiro: “Es justo que nuestras miradas se vuelvan con especial insistencia a la multitud de fieles que viven en ese continente. Pues, unidos y hermanados entre sí, no obstante la diversidad de cada nación, por la proximidad geográfica, por la comunidad de cultura, y sobre todo por el supremo don recibido por la verdad evangélica, constituyen más de la cuarta parte del orbe católico”. Y hacía votos para que a la brevedad se realizase lo que la “Divina Providencia parece haber confiado a ese inmenso continente (...) comunicar también en el futuro a los demás pueblos los preciosos dones de la paz y la salvación”5. No en vano,la Iglesia en América Latina había tenido en las inmediatas décadas anteriores un crecimiento orgánico espectacular. A diferencia de los sufridos tiempos decimonónicos, durante los primeros cincuenta años del siglo XX se habían creado en el sub-continente más de 270 nuevas jurisdicciones eclesiásticas, crecía por doquier una red de escuelas y Universidades católicas, se implantaba en todos los países la Acción Católica y comenzaban a multiplicarse los Congresos Latinoamericanos católicos en diversos ámbitos y materias de interés.

 

            En esa misma Carta pontificia, Pío XII recomendaba a los Obispos de América Latina “no malgastar valiosas energías, sino multiplicarlas con apropiada coordinación”, adoptar “nuevos métodos de apostolado” y abrir “caminos nuevos (...)”, acordando “un plan y un método concreto para poner por obra, con solicitud y competencia, todo cuanto exijan las necesidades de los tiempos”6. Se entraba de lleno enla   I Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y en los prolegómenos de la creación del CELAM.

 

La creacion del CELAM

 

            Inmediatamente después de ese Congreso Eucarístico Internacional de Río, tuvo lugar la Primera ConferenciaGeneral del Episcopado Latinoamericano. Secretario de uno y otra fue Don Helder Cámara. La Conferenciade Río, que tuvo lugar del 25 de julio al 4 de agosto de 1955, fue reunida para “el estudio en forma concreta y con resoluciones prácticas de los puntos más fundamentales y urgentes del problema religioso de América Latina, desde el doble aspecto de la defensa y de la conquista apostólica”. Este objetivo no podía afrontarse adecuadamente, según muchas intervenciones en dicha Conferencia, a causa de la debilidad fundamental de la acción pastoral, manifestada en el aislamiento e incomunicación de las Iglesias locales. La dispersión de obras e iniciativas caracterizaban “una acción de la Iglesiafragmentada”. Se decía que la relación entre los Obispos no pasaba del intercambio de amables tarjetas de Navidad. Especialmente significativa fue la ponencia de Don Manuel Larraín que presentó la paradoja de la unidad y la separación en el continente americano. El problema central, según la Conferenciade Río, era la exigua escasez de clero para un catolicismo de multitudes, lo que traía aparejado deficiencias en la instrucción y en la práctica religiosa, y que destacaba la necesidad de una masiva presencia de sacerdotes y, sobre todo, de religiosos y religiosas provenientes de otras Iglesias, europeas y nord-americanas. Había, pues, que organizar y coordinar las fuerzas vivas del catolicismo a nivel de toda América Latina7. En respuesta a ello, por disposición profética dela Santa Sede, nace el Consejo Episcopal Latinoamericano. Interesante es recordar que, no obstante la insistencia de los Obispos latinoamericanos participantes para que su sede fuera en Roma, Roma decide que se instale en Bogotá.

 

            Como institución eclesial, episcopal, a nivel sub-continental, el CELAM fue una sorprendente novedad. No había sido, por cierto, preparado, meditado e incubado por una reflexión de conjunto de los Obispos de los distintos países latinoamericanos. ¡Lejos de ello! La creación del CELAM precede la de la mayoría de las Conferencias Episcopales en los países latinoamericanos. Es cierto que la Conferencia Episcopalde Colombia comenzó a funcionar desde 1908, pero como institución esporádica, sin estructuras de continuidad. Sólo en Brasil, la Conferencia Nacionalde los Obispos (CNBB), creada en 1952, contaba con un secretariado general permanente, con la generación de estructuras de servicio y reflexión que permitían al conjunto episcopal una perspectiva nacional, supradiocesana. No en vano, una de las tareas más importantes emprendidas por el CELAM naciente fue la de promoción de la constitución de las Conferencias Episcopales Nacionales8.

 

            Si, por lo general, los Obispos ni siquiera tenían la experiencia de una colaboración institucional y permanente a niveles nacionales, ¡cómo pensar que pudieran tener una conciencia latinoamericana! Bien se ha escrito que “la mayoría del episcopado latinoamericano, entonces limitado a las experiencias diocesanas y moviéndose en el horizonte de cada país por separado, veía al CELAM como algo remoto, artificioso y quizás fantasmal. No sentía directamente la urgencia de su necesidad. Por eso, al principio, sólo un pequeño y decidido grupo de Obispos percibió la importancia de esa dimensión latinoamericana (...)”9. El CELAM de los humildes comienzos no se hubiera afianzado y crecido sin el apoyo firme y sostenido dela Santa Sede.

 

            Otra tarea que preocupa al CELAM desde sus comienzos es el conocimiento objetivo del mundo en que se inserta. La primera Asamblea del CELAM estudia la creación de un departamento de investigaciones sociales y sociología religiosa, que no se llega a fundar porque FERES (la FederaciónInternacionalde Institutos Católicos de Investigaciones sociales y socio-religiosas), con sede latinoamericana en Bogotá, entre 1958 y 1961 emprende esa tarea y realiza un estudio sistemático sobre el conjunto de América Latina en relación con las estructuras eclesiásticas y el cambio social y religioso. Desde entonces, no se ha vuelto a realizar un acopio de información de tal magnitud y organicidad.

 

El segundo nacimiento

 

            El segundo nacimiento del CELAM, o el tiempo en que toma cuerpo y adquiere su auto-conciencia de signo y expresión de colegialidad episcopal latinoamericana, adviene durante las sucesivas sesiones del Concilio Ecuménico Vaticano II (entre el 11 de octubre de 1962 y el 8 de diciembre de 1965), acontecimiento mayor del Espíritu e inteligencia fundamental de la misión dela Iglesiaen nuestro tiempo.

 

            Se ha dicho quela Iglesiadesde América Latina contribuyó con poco de propio en la preparación del Concilio y en la elaboración de los documentos conciliares. La convocatoria del Concilio por parte de Juan XXIII suscitó en América Latina respuestas episcopales no proporcionadas a la sorpresa y magnitud del evento anunciado.La Iglesiade América Latina vivía todavía del legado de la cristiandad rural, arraigada en las pautas tradicionales de la vida social, en la coexistencia entre formas masivas y algo inmóviles de piedad popular barroca y élites eclesiásticas formadas según cánones romanos. Impresionaba su presencia compacta, disciplinada, multitudinaria. Sin embargo, no era oro todo lo que relucía. El jesuita chileno, hoy beato y muy próximamente santo, Alberto Hurtado, se adelantaba a preguntar: “Chile, ¿un país católico?” Algunos pastores e intelectuales latinoamericanos comenzaban a preguntarse sobre la vitalidad real de la fe, de la misión, en un continente que se ufanaba de “católico”, pero que se transformaba aceleradamente por el proceso de emigración masiva del campo a la ciudad, de intenso crecimiento urbano, de ingreso a diversos ritmos en la sociedad industrial, de impacto de los medios de comunicación social y de creciente despliegue de las luchas sociales políticas e ideológicas.

 

            Fueron sobre todo las Iglesias del eje renano (desde el Benelux, Francia y Alemania hasta el centro-nord italiano) las que en cierto modo ofrecieron una contribución relevante en lo que puede considerarse como preparación “ante-litteram” del evento conciliar, e imprimieron los debates conciliares de las corrientes de estudios bíblicos, patrísticos y litúrgicos, de renovación teológica y eclesiológica, de acercamientos ecuménicos y de variadas experiencias de renovación pastoral que habían ido madurando desde tiempos de la pos-guerra. Es lógico, pues estuvieron en el epicentro de un nuevo diálogo de la Iglesiacon la modernidad10. Ahora, todo lo que había ido madurando enla Iglesia se compartía en el nuevo clima de la “coexistencia pacífica”, del “boom” industrial europeo, de cierto optimismo resultante del advenimiento de la sociedad del bienestar, de diálogo entre el cristianismo y las corrientes personalistas, existencialistas y del marxismo humanista en boga en los años sesenta.

 

            Estos signos de renovación contaron ciertamente con ecos latinoamericanos, pero limitados a algunas élites eclesiásticas y laicales más atentas e informadas sobre el acontecer pastoral y la producción bíblica, teológica, litúrgica y espiritual de las Iglesias en Europa. En el Vaticano II, de los 2.500 Padres conciliares presentes, el 22% procedía de América Latina. Durante las primeras sesiones, hubo quien describió con cierta malicia irónica la presencia conciliar de los padres del continente americano como expresión de la “Iglesia del silencio”. Algunas voces significativas de personalidades aisladas, como las de los chilenos Raúl Silva Enríquez y Manuel Larraín, de los brasileños Avelar Brandão Vilela, Helder Cámara y Eugenio de Araujo Sales, del mexicano Darío Miranda, del panameño-americano Marcos Mac Grath, del ecuatoriano Pablo Muñoz Vega, del peruano Juan Landázuriz, entre otros, fueron el anticipo de importantes aportaciones que el Episcopado latinoamericano haría en el futuro, pero por cierto, no hacían coro. Pero para todos los Obispos de nuestro sub-continente que participaron al Concilio, el acontecimiento conciliar y el tiempo fuerte, denso y prolongado de sus sesiones fueron como una escuela de singular “aggiornamento”, una ocasión providencial para estrechar personalmente vínculos de amistad y colegialidad (en el mismo Concilio eran reconocidos como integrantes del “grupo latinoamericano&rdquoGui?o y un factor propulsivo de gran novedad y entusiasmo. El CELAM estuvo además presente en Roma durante sesiones del Concilio con una “oficina de información”. Por eso, la realización del Concilio Vaticano II puede ser considerada como la ocasión providencial y el lugar teológico para que el CELAM tomara cuerpo real y su servicio pudiera estar animado y referido a un auténtico afecto colegial y a una emergente conciencia y solicitud pastoral latinoamericanas de los Obispos.

 

Al servicio del “Aggiornamento” Conciliar

 

            Si la Iglesiade América Latina no tuvo una contribución especialmente significativa en la elaboración de los documentos del Concilio, cuando se pasó a su aplicación todo irrumpió en ella con una fuerte carga de novedad, criticidad y entusiasmo. Durante los años del Concilio y en los inmediatos sucesivos, el CELAM cumple un importante servicio en la difusión de las enseñanzas conciliares, sobre todo en el orden de una renovada autoconciencia y autorrealización eclesiales, y en la sensibilización de las Iglesias locales de América Latina respecto al “aggiornamento” requerido. El servicio del CELAM es entonces de aliento y apoyo a la renovación conciliar en los distintos ámbitos de la liturgia, la pastoral bíblica y sacramental, la catequesis, la vida comunitaria, la pastoral de conjunto, la promoción de los laicos, el diálogo ecuménico, etc.11 Alimenta por doquier el “aggiornamento” de los llamados “agentes pastorales”. Ese viento intenso y refrescante de reformas a todos los niveles de la vida eclesial ayudaba a ir superando algunas formas institucionales y esquemas mentales y pastorales que en muchos lugares corrían el riesgo de fosilizarse por inercia y que no lograban responder adecuadamente a nuevos problemas y desafíos que emergían por doquier en una realidad latinoamericana en intensa transformación, perdiendo pues dinamismo misionero efectivo. Son años de fervientes entusiasmos;la Iglesia aparece como novedad sorprendente, en intenso movimiento de rejuvenecimiento, de renovación.

 

            Sin embargo, junto con ese necesario y benéfico “aggiornamento”, América Latina quedaba también bajo el impacto de la difusión de lecturas secularizantes del Concilio que provenían de las sociedades de la abundancia y el bienestar, reductoras en cuanto al misterio de la Iglesiay que tendían a contraponer sacramentalización y evangelización, catequesis personalizante y catolicismo de masas, fe adulta y religiosidad “supersticiosa”, alimentando una vasta ola iconoclástica de las formas tradicionales de piedad popular12.

 

            Al mismo tiempo, abrir las ventanas al mundo significaba parala Iglesiaen América Latina toda otra cosa que el optimismo del diálogo “iglesia-mundo”, apacible y convergente en ámbitos nord-atlánticos; significaba la irrupción huracanada en el seno de las comunidades cristianas de la crisis latinoamericana de los “años calientes” de la década del sesenta, desatada por la revolución cubana y polarizada en todas sus contradicciones y conflictos.

 

            Cuando todo aparecía como en vilo, en suspensión crítica, entre lo que concluía ‑gruesamente considerado y a veces despreciado como “pre-conciliar”‑ y lo que re-comenzaba, todavía informe, en medio de grandes efervescencias, turbulencias e impaciencias, se desencadenaban crisis de identidad en cadena, sobre todo en el clero secular, en comunidades religiosas y en muchas otras instituciones católicas. Signos de primavera y de helada se entremezclaban en lo que será el proceso de una profunda crisis de renovación de la vida y misión dela Iglesiaen América Latina.

 

Un clima Latinoamericano álgido

 

            En un contexto latinoamericano cargado de fuertes tensiones, el CELAM propone la realización de la Segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, que S.S. Pablo VI convoca a Medellín del 26 de agosto al 7 de setiembre de 1968, para ir acompasando y orientando el camino de “la Iglesia en las actuales transformaciones de América Latina a la luz del Concilio” (tal fue su tema). Era la primera vez que el episcopado de un sub-continente se reunía para una revisión y renovación tan globales, según el espíritu y las enseñanzas del Concilio. La Conferencia de Medellín fue precedida por la Asamblea extraordinaria del CELAM en Mar del Plata, de octubre de 1966, sobre “La Iglesia y la integración de América Latina”. Fue la primera vez que se contó con una visión eclesial global sobre la realidad socio-económica del continente, intentando la aplicación de la “Gaudium et Spes” como lectura de los “signos de los tiempos” y plantear la perspectiva del “desarrollo integral” a la luz de las recientes encíclicas sociales Mater et Magistra (15.V.1961) y Pacem in Terris (11.IV.1963) de S.S. Juan XXIII. En Mar del Plata,la Iglesia asumía las grandes aspiraciones de desarrollo, integración e industrialización que el patrimonio de estudios y propuestas dela CEPAL había difundido por América Latina, que se expresaban en la “Revolución en libertad” (como titulaba la revista chilena “Mensaje” en 1962, con referencia al gobierno de Eduardo Frei) y que en cierta medida trataban de encontrar respuestas y apoyos en la “Alianza para el Progreso”.

 

            Dos años más tarde, en Medellín, se advertía un cambio de acentos. El clima latinoamericano se había vuelto aún mucho más álgido y tenso. Por una parte, llegaba a su ápice una coyuntura histórica de altas mareas de politización e ideologización: el “68”evoca la guerra de Vietnam, el reguero de pólvora del “mayo francés” y la “contestación” universitaria en todas partes, la revolución cultural china, pero sobre todo la proyección de la inflexión socialista, marxista, insurreccional de la revolución cubana, proponiéndose estratégicamente como revolución latinoamericana, en el apoyo teórico y práctico de los focos guerrilleros nacidos por doquier. Por otra parte, fracasabala Alianzapara el Progreso, se agotaban los programas “desarrollistas” y los Estados Unidos daban preferencia al método más económico, expeditivo y brutal de las armas, apoyando una sucesión de golpes militares represivos, desde el de 1964 en Brasil. Sectores significativos de militancia clerical y universitaria, sensibilizados por estridentes situaciones de injusticia y desigualdad, se lanzaban a la vida política en forma absorbente, en la que muchas veces la salvación parecía quedar confiada a la conquista del poder, a la revolución mesiánica, al cambio de estructuras generador de hombres nuevos, e incluso, para algunas franjas, a la alianza entre cristianos y marxistas, llegando hasta la lucha armada. La muerte de Camilo Torres en 1966 fue signo de una época de sangre.

 

La Conferencia de Medellín

           

            La II ConferenciaGeneral del Episcopado Latinoamericana fue inmediatamente precedida por el Congreso Eucarístico Internacional en Bogotá y, en esa ocasión, por la primera visita de un pontífice a tierras latinoamericanas. S.S. Pablo VI había publicado recientemente la EnciclicaPopulorum Progressio (26.III.77), que tuvo una acogida entusiasta en la Iglesia de América Latina: planteó la cuestión social como cuestión internacional, la exigencia de un desarrollo integral y una auténtica cooperación internacional, la crítica del “imperialismo internacional del dinero”, la necesidad de “reformas urgentes, audaces y valientes”, e incluso retomó la doctrina tradicional de la resistencia y de la insurrección contra tiranías prolongadas e insoportables. El mismo Papa había publicado más recientemente aún la Encíclica Humanem Vitae (25.VIII.68), sobre la que se desató una campaña de gran virulencia crítica y montaje publicitario de grandes poderes mundiales, llegando a su paroxismo la “contestación” y el disenso eclesiásticos nord-atlánticos. Los contenidos de esos documentos caracterizaron los discursos de Pablo VI en Bogotá, junto con numerosas condenas contra la violencia, contra su justificación y apología.

 

            No hubo en “Medellín” cuestionamiento alguno a la doctrina, la institución y la autoridad de la Iglesia. Adiferencia de otras instancias eclesiásticas, se agradeció al Papa por la “Humanem Vitae”, sobre todo desde la grave preocupación por el tremendo aparato propagandístico, financiero y político de un imperialismo “neo-malthusiano” y de su cultura contra la vida. Entre los documentos conclusivos tuvo un eco muy grande aquél sobre la “paz”, por sus fuertes tintas de denuncia sobre el “colonialismo interno” y el “colonialismo externo” sufrido por los pueblos latinoamericanos, enlazando referencias a la “violencia institucionalizada” y la “violencia insurreccional”. Lecturas parciales de “Medellín” dejaron en sombras ponencias y conclusiones de la II Conferenciaque afrontaban con renovada solicitud pastoral e intentos de adecuada inculturación muchas otras realidades de la misión de la Iglesia13.

 

            Diez años después, S.S. Juan Pablo II distinguía entre las valiosas conclusiones de la Conferenciade Medellín y sus interpretaciones reduccionistas, y recapitulaba tres aspectos fundamentales en el legado de dicho evento: “la opción por el hombre latinoamericano en su totalidad (...), su amor preferencial, y no exclusivo, por los pobres (...), su anhelo por una liberación integral de los hombres y los pueblos”14.

 

            En efecto, en Medellín emergen vigorosamente dos temas mayores: el de los pobres y el de la liberación. La Iglesialatinoamericana retomaba y replanteaba, de la gran tradición católica, la figura de la “Iglesia de los pobres”. Ya lo había dicho S.S. Juan XXIII: “Ante los países subdesarrollados, la Iglesiase presenta como es y quiere ser: la Iglesiade todos y particularmente la Iglesiade los pobres”15. Si esto no había encontrado su debida estatura en los debates conciliares, porque el mundo europeo pesaba prevalentemente, la fue adquiriendo desde “Medellín”, como auto-conciencia dela Iglesia latinoamericana y aporte fundamental a la catolicidad. ¿Podría ser de otro modo en un mundo concreto de encarnación y misión caracterizado por el arraigo enla Iglesia de multitudes de latinoamericanos que sufren la pobreza y que reconocen en el cristianismo su dignidad y esperanza? A su vez, de fuentes bíblicas se toma el tema de la liberación, que evoca también corrientes filosóficas y expresiones históricas de los llamados “movimientos de liberación”. Es en ese contexto que se incuban y expresan las primeras sistematizaciones de lo que será llamada la “teología de la liberación”. Además, Medellín da especial impulso y difusión a las comunidades eclesiales de base, sobre todo como modalidad de participación de sectores populares marginados, donde no llegan las estructuras eclesiásticas tradicionales, y espacio de libertad en contextos de opresión y represión.

 

En el epicentro crítico

 

            El tiempo trascurrido entrela Conferencia de Medellín y la de Puebla es uno de los más ricos, tensos y complejos de la historia eclesial latinoamericana. Es tiempo de grandes pruebas. El CELAM estuvo en su epicentro.

 

           La Iglesiaen América Latina no podía no quedar sacudida por las polarizaciones políticas e ideológicas que repercutían en toda la realidad latinoamericana y por las cada vez más críticas turbulencias que conmovíanla Iglesiacatólica en su conjunto. La muerte del “Che” Guevara en Bolivia fue el signo del fracaso del “foquismo” originario, implantado en la montaña, y abrió la fase de las guerrillas urbanas, sobre todo en el Cono Sur. En un clima de violencias, se consolidó un ciclo muy duro, represivo, de regímenes militares de seguridad nacional. Prevalecían políticas de muerte, que son la muerte de toda política. Desde comienzos de los años setenta irrumpía la difusión latinoamericana, con vastos ecos metropolitanos, de la “teología de la liberación”, si bien con una diversidad de autores, corrientes y acentos. El triunfo dela Unidad Popularen Chile y el posterior derrocamiento de Salvador Allende daban alas a las corrientes de “cristianos para el socialismo”. Por una parte, la Iglesia se erguía como defensora de la libertad y dignidad de la persona y los pueblos, condenaba toda violencia y clamaba por la paz, daba voz a los que no la tenían o quedaban silenciados, y actuaba como mediadora en tremendas situaciones conflictivas. Por otra, sufría el embate de los opuestos extremismos: de quienes pretendían que legitimase una presunta defensa de la “civilización occidental y cristiana”, o al menos que callase ante los costos de la “guerra sucia”, y de quienes intentaban presionar la reformulación de su doctrina y acción, reduciéndola a sujeto político de apoyo a estrategias revolucionarias, bajo hegemonía marxista.

 

            Esta dramática situación eclesial latinoamericana estuvo además “sobredeterminada” por terremotos eclesiásticos y crisis de identidad: basta recordar que las “reducciones al estado laical” pasaban en la Iglesiacatólica de 167 en el año 1963 a2.263 en 1968 y a 3.800 en 1970. Abundaban para entonces las expresiones dramáticas de S.S. Pablo VI, como aquéllas del 7 de diciembre 1968 en que observaba que “la Iglesiase encuentra en una hora de inquietud, de autocrítica, se diría incluso de autodestrucción”, en la que hay que poner toda la confianza en Cristo. “Es Él quien calmará la tempestad”, concluía16. ¿Cómo era posible que al Concilio de la más profunda y hermosa eclesiología de comunión le hubieran seguido tantas manifestaciones de desafección, contestación, manipulación y polarización dela Iglesia? Esa fue la cruz que cargó con santa paciencia y esperanza. Sintió la necesidad de proclamar en 1969 el “Credo del pueblo de Dios”. Desde1968 a 1974 se sufrieron los tiempos más dramáticos de crisis y prueba post-conciliares, mientrasla Iglesia en América Latina pagaba todos los costos de su camino hacia la madurez.

 

Una segunda fase del Post-Concilio

 

            Hacia mediados de los años setenta, se advierten ya los albores de una segunda fase del post-concilio. “A diez años de la clausura del Concilio ‑observaba un miembro del equipo teológico-pastoral del CELAM‑ se presentan todos los sigilos de una segunda etapa pos-conciliar. El nuevo pasaje se sitúa convencionalmente en torno a 1975. El núcleo central de las reformas conciliares se hace normalidad eclesial; es un momento de asentamiento. La Iglesia abandona su estado febril y su camino recupera nueva coherencia. Lo cual no quiere decir que no se planteen enormes e ingentes problemas”17. Se trataba entonces de incorporar en el cuerpo dela Iglesia las mejores reformas ensayadas en la vida dela Iglesia conforme a las enseñanzas conciliares, discerniéndolas de los experimentos fallidos y de los desmantelamientos apresurados. Mientras tanto, en silencio, se iba dando un notable crecimiento de movimientos eclesiales, que aportarían una gran esperanza ala Iglesia. La Asamblea Ordinaria del CELAM que tuvo lugar en Sucre, Bolivia, en 1972, fue como el ingreso dela Iglesia latinoamericana en ese tiempo fuerte de discernimiento y recentramiento, en medio de no pocas tensiones, debates y presiones.

 

            Cuatro fueron los eventos que marcaron esta nueva fase eclesial latinoamericana, que tuvo en el CELAM un protagonista importante, fuertemente propulsor. El primero de dichos eventos, de un punto de vista cronológico, fue un encuentro sobre la “teología de la liberación” convocado por el CELAM en Bogotá, a fines de 1973. Exponentes y críticos de la teología de la liberación, en un cuadro de participación y aportes plurales, de rigor científico y fraternidad cristiana, abordaron la “teología de la liberación” en sus distintas vertientes (sociológica, política, cultural, bíblica, teológica y pastoral), en su fase de mayor difusión18. El CELAM tuvo el valor de proceder así al primer discernimiento de conjunto de esta corriente teológica, en el que se planteaban ya los nudos cruciales que ayudarían después al camino de discernimiento del Magisterio pontificio y episcopal.

 

            El evento más importante, en absoluto, de ese período fue la realización de la IV AsambleaOrdinaria del Sínodo Mundial de Obispos, sobre “La evangelización en el mundo contemporáneo” (octubre de 1974). En el camino de su preparación, el CELAM convocó una reunión de Obispos y expertos en Mar del Plata, en 1974, que elaboró un importantísimo documento sobre “Algunos aspectos de la evangelización en América Latina”, que recogió aportes de diversas Conferencias Episcopales y supo seleccionar y profundizar algunos temas y orientaciones fundamentales19 (que luego serían planteados en intervenciones de los Padres sinodales latinoamericanos). La intervención principal y más ilustrativa en el aula sinodal fue la de Mons. Eduardo Pironio, entonces Presidente del CELAM. Desarrolló, en especial, cinco puntos claves: la religiosidad popular “como verdadero inicio de la evangelización”; un compromiso por una liberación “plena y total” (que es conversión personal y transformación de la historia desde la fuerza de salvación de Jesucristo, que libera de la servidumbre del pecado y genera el hombre nuevo); la evangelización de la juventud en un continente joven; la originalidad eclesial de las comunidades de base; y el desarrollo de nuevos ministerios. En la Asamblea sinodal, los Padres de procedencia latinoamericana, con diversidad de acentos, dejaron sentir el peso de una experiencia común y convergentes preocupaciones y solicitudes pastorales20. Quizás se pueda afirmar que en esa Asamblea se alcanza y se expresa uno de los momentos más altos de contribución de la Iglesia latinoamericana en la Iglesia universal. No en vano la Iglesia había ido “latinoamericanizándose” en nuestras tierras, adquiriendo su propio perfil y la conciencia de la propia responsabilidad respecto de los pueblos latinoamericanos y de la Iglesia universal. Temas fundamentales planteados desde América Latina fueron especialmente recogidos por la Exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi (1975), para cuya elaboración no fue casual que S.S. Pablo VI contara con la colaboración del Obispo brasileño Mons. Lucas Moreira Neves. Las Iglesias en América Latina ‑sus Pastores en primer lugar‑ sintieron muy reflejadas en este documento sus propias experiencias, inquietudes y necesidades. “Todos sabemos que ese Sínodo que dio como resultado la Evangelii nuntiandi - escribirá más tarde el Cardenal Alfonso López Trujillo, protagonista decisivo de aquel período “celamítico”, ‑primero como secretario y después como presidente‑ fue un Sínodo en el cual quizás la influencia latinoamericana fue más completa (...). Fue un Sínodo de impronta latinoamericana”21.

 

            La Evangelii nuntianti tuvo gran difusión y causó hondo impacto en medios eclesiales latinoamericanos. Se llegó a decir de ella que “prolonga y asume sintéticamente el Concilio Vaticano II y, a la vez, nos da una clave nueva para su lectura unificada total, nos ofrece una perspectiva que el Vaticano II no había alcanzado sobre sí mismo”22. El valor del recentramiento eclesial en torno a su vocación evangelizadora fue pronto comprendido como el único camino adecuado para afirmar la propia identidad al servicio del bien de los pueblos latinoamericanos. Se establecía la premisa para ir superando la frecuente y perniciosa contraposición entre la afirmación de la identidad mal entendida como encierro eclesiástico solipsista y la apertura al mundo confundida con subalternidad a las ideologías mundanas. Evangelizar ‑escribía Pablo VI‑ es la dicha, vocación y responsabilidad propias de la Iglesia, su identidad más profunda. “En la evangelización ‑señalaba un miembro del equipo teológico del CELAM‑, la Iglesia recupera su centro, no ya para encerrarse en posturas defensivas de nuevo cuño, sino para poder ‑a partir de él‑ abrirse y entregar su máxima riqueza, su mejor y más eficaz servicio: el Evangelio”23. La preocupación por dar una visión unificada, integradora, dinámica de la evangelización, sin contraposiciones reductoras, puso en relieve las íntimas relaciones entre testimonio y anuncio, evangelización y sacramentos, fe y piedad popular. Para América Latina fueron también muy importantes la enseñanza sobre los vínculos íntimos que unen y a la vez distinguen la evangelización y la liberación. La referencia central de la Evangelii nuntiandi sobre la “evangelización de la cultura y de las culturas” abrió perspectivas fundamentales, íntimamente vinculadas a valorización de la “religión del pueblo”, especialmente de “los pobres y sencillos” y de su potencial evangelizador. El documento pontificio ofrecía, además, criterios claros para el discernimiento eclesial de las comunidades de base, la diversificación de los ministerios, las prioridades de la familia y los jóvenes como sujetos y destinatarios de la evangelización, etc.24

 

            El tercer evento significativo de este período fue el encuentro de 60 Obispos latinoamericanos convocados por el CELAM, que realizó un balance de conjunto y a la vez analítico de las conclusiones de “Medellín”, de su importante legado pero también de sus límites y de las extrapolaciones de su utilización parcial, de la exigencia de desarrollo y profundización de diversos enfoques, ya en clave prospectiva25. Dos meses después tuvo lugar en Bogotá el Encuentro inter-departamental del CELAM, con un vasto grupo de expertos, sobre “Iglesia y religiosidad popular en América Latina”, de gran riqueza de aportes, que enlaza una auto-conciencia histórica con la cultura, la religiosidad y la misión en pueblos evangelizados. El volumen que publicó el CELAM al respecto no ha sido aún superado como riqueza de muy diversas aproximaciones, reflexiones y perspectivas26. Se clausuraba definitivamente la fase iconoclástica, de propagación nord-atlántica, y en medio de agudas crisis de élites eclesiásticas, del fracaso de minorías revolucionarias “foquistas” y del creciente desconcierto de sectores intelectuales, el pueblo de Dios entraba en escena, con el Año Santo de 1974 y dentro de una nueva conciencia eclesial latinoamericana.


Publicado por tabor @ 20:37  | Contexto socio-politico
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