Jueves, 29 de noviembre de 2012

 

Arzobispado de Valencia

COMISIÓN DIOCESANA DE ESPIRITUALIDAD

SEMANA DE LA ESPIRITUALIDAD en el año de la fe con motivo del documento “Porta fidei”

 “ESPIRITUALIDAD  DE COMUNIÓN” a la luz de los documentos del Concilio Vaticano II

20 noviembre 2012

Iglesia, Pueblo de Dios. (Lumen  Gentium).           

Miguel Payá Andrés, Profesor de Teología

I

PUEBLO DE DIOS EN LA CONSTITUCIÓN LUMEN GENTIUM

 

  1. 1.      ANTECEDENTES DE LA IMAGEN EN EL MOVIMIENTO LITÚRGICO

     Durante los cincuenta años anteriores al Vaticano II, la corriente eclesial más viva y operante estuvo representada por el Movimiento litúrgico. En este Movimiento confluyeron todos los demás intentos renovadores de la eclesiología, de la vuelta a las fuentes bíblicas y patrísticas, del protagonismo del laicado, del ecumenismo. Y fue este Movimiento, en el intento de fundamentar la participación de los fieles en la Liturgia en la doctrina del sacerdocio bautismal, el que recuperó la imagen bíblica de Pueblo de Dios.  Particularmente importantes fueron los grandes Congresos Internacionales de Liturgia, que se celebraron en la década de los cincuenta, que ofrecerían todos materiales teológicos y pastorales necesarios para la gran reforma litúrgica del Concilio. El tratamiento teológico del Pueblo de Dios que hace la Lumen gentium fue posible gracias a la labor de los teólogos y pastoralistas que participaron en estos Congresos.

  1. 2.       PUEBLO DE DIOS COMO EXPRESIÓN DE LA VISIBILIDAD DE LA IGLESIA

     La potente arquitectura de la Constitución dogmática sobre la Iglesia ordena sus ocho capítulos por parejas. Los dos primeros exponen la naturaleza de la Iglesia.  El primero, titulado “El misterio de la Iglesia”, expone su realidad invisible: la acción en ella de las tres Personas divinas, su tensión hacia el Reino y las diversas imágenes bíblicas sobre la Iglesia.  El segundo, titulado “El Pueblo de Dios”, explica su visibilidad y misión histórica.  Por tanto, la imagen de Pueblo de Dios ha sido elegida por el Concilio como expresión privilegiada del componente humano de la Iglesia como organismo visible, en su unidad y diversidad, en  su carácter específico y en su vocación universal.  Pero este componente humano está íntimamente relacionado con la realidad divina que expone el capítulo primero, como afirma con rotundidad el enlace entre los dos capítulos: “el grupo visible y la comunidad espiritual, la Iglesia de la tierra y la Iglesia llena de los bienes del cielo, no son dos realidades distintas.  Forman más bien una realidad compleja en la que están unidos el elemento divino y el humano” (LG 8).  Por eso se llama Pueblo de Dios.

  1. 3.      PUEBLO DE DIOS COMO DEFINICIÓN DE LO COMÚN CRISTIANO

     El capítulo del Pueblo de Dios antecede a la segunda pareja de capítulos, en los que se expone la estructuración fundamental de la Iglesia en jerarquía y laicado.  Por tanto quiere exponer lo que es común a todos los cristianos, antes y por encima de cualquier división de funciones. Con ello define el “ser cristiano”, como categoría fundamental y previa a toda especialización posterior producida por los diversos ministerios y carismas. Más aún, presenta estos ministerios y carismas como contribuciones serviciales al bien común de todos. De este modo ha enseñado que “cristiano” es el substantivo que indica nuestra dignidad fundamental; y nuestro ministerio o carisma es el adjetivo que indica nuestro servicio concreto para edificar el ser cristiano de todos. Esta idea ha sido subrayada por la Constitución con una célebre cita de San Agustín: “Para vosotros, en efecto, soy obispo, con vosotros soy cristiano. Aquél es el nombre del cargo, éste el de la gracia; aquél el del peligro; éste, el de la salvación” (LG 32).

  1. 4.      EL SACERDOCIO COMÚN

     El Vaticano II explica la dignidad del Pueblo de Dios desde la participación en las tres funciones de la misión de Cristo. Así, al definir al laico dice: “Son pues, los cristianos que están incorporados a Cristo por el bautismo, que forman el Pueblo de Dios y que participan de las funciones de Cristo: Sacerdote, Profeta y Rey” (LG 31).

     La primera función que aborda la Lumen gentium es la sacerdotal.  El tema del sacerdocio común o bautismal, tan presente en el Nuevo Testamento y en la Patrística, había quedado relegado a un segundo plano durante la Edad Moderna, quizás por el uso que hicieron de él los Reformadores par negar el sacerdocio ministerial. El Concilio lo vuelve a enseñar con rotundidad: “Cristo el Señor, Pontífice tomado de entre los hombres, ha hecho del nuevo pueblo un reino de sacerdotes para Dios su Padre.  Los bautizados, en efecto, por el nuevo nacimiento y por la unción del Espíritu Santo, quedan consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo” (LG 10).  La esencia de este sacerdocio, como el de Cristo, consiste en “ofrecerse a sí mismos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios”.  Y se ejerce en la celebración de la Eucaristía y en los demás sacramentos, en la oración y acción de gracias, y en el testimonio de una vida santa informada por el amor. El Concilio explica, además, que este sacerdocio común y el sacerdocio ministerial, instituido también por Cristo, están ordenados el uno al otro;  y que ambos participan, cada uno a su manera, del único sacerdocio de Cristo.

  1. 5.      EL PROFETISMO COMÚN

     “El pueblo santo de Dios participa también del carácter profético de Cristo” (LG 12). En efecto, el Pueblo de Dios es el primer destinatario de la Palabra de Dios, que escucha y acoge con fe, conserva con amor,  y transmite y proclama a todos los hombres con obras y palabras.  Y en esta labor de transmisión, la asistencia del Espíritu le asegura la infalibilidad: “La totalidad de los fieles que tienen la unción del Santo no puede equivocarse en la fe.  Se manifiesta esta propiedad suya, tan peculiar, en el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo: cuando desde los obispos hasta el último de los laicos cristianos muestran estar totalmente de acuerdo en cuestiones de fe y moral”.  El Concilio Vaticano I, al declarar el dogma de la infalibilidad del magisterio extraordinario del Papa, lo había explicado diciendo que el Papa “goza de aquella infalibilidad de que el Redentor divino quiso que estuviera provista su Iglesia en la definición de la doctrina sobre la fe y las costumbres” (Pastor aeternus 4).  Pero faltaba explicar esta infalibilidad que atañe a toda la Iglesia y que representa el Papa.

  1. 6.      LA REALEZA COMÚN COMO VICTORIA SOBRE EL MAL Y SERVICIO

     Después de describir la función sacerdotal y la profética, todos esperaríamos que el capítulo II pasara a describir la real. Pero, de hecho, no ocurre así. Para saber cómo entiende el Concilio la participación en la realeza de Cristo hay que acudir a un párrafo del capítulo IV, dedicado a los laicos: “Cristo se hizo obediente hasta la muerte y por eso el Padre lo exaltó y entró en la gloria de su reino. A Él le están sometidas todas las cosas hasta que Él mismo se someta al Padre junto con todo lo creado para que Dios sea todo en todo.  Él comunicó este poder a sus discípulos para que también ellos dispusieran de una libertad soberana y vencieran en sí mismos, con la propia renuncia y una vida santa, al reino del pecado.  Más aún, sirviendo a Cristo también en los demás, podrán llevar a sus hermanos, por medio de la paciencia y de la humildad, al Rey, a quien servir es reinar” (LG 36).  Tres ideas principales destacan en este párrafo admirable. Primera, que Cristo es Rey por su obediencia hasta la muerte; por eso la Iglesia lo alaba diciendo: “Dios reinó desde el madero”.  Segunda, que la participación en su realeza consiste en el poder de vencer al pecado en la propia vida. Y tercera, que este poder se vive en la paciencia para soportar la cruz y en la humildad, como lo hizo Cristo, es decir,  sirviendo a Cristo y a los demás. El secreto de la realeza cristiana se encierra en la última frase: “servir es reinar”.

  1. 7.      EL DESTINO COMÚN: LA SANTIDAD

     La enseñanza del capítulo II ha de ser completada con la del capítulo V, que lleva por título “La vocación universal a la santidad en la Iglesia”.  Porque aquí es donde la Constitución enseña cuál es el fin de la vida cristiana y su dinamismo interior. “Todos los cristianos, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor” (LG 40). Dios ha pensado para todos lo mejor: la participación en la vida divina supone la participación plena en lo que Dios es, Amor. A ello estamos destinados. Y esta santidad se convierte en un factor decisivo de humanización dentro de la sociedad terrena.  Pero el Concilio no sólo señala el fin sino también el camino para conseguirlo: “Para alcanzar esta perfección, los creyentes han de emplear sus fuerzas, según la medida del don de Cristo, para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo.  Lo harán siguiendo las huellas de Cristo, haciéndose conformes a su imagen y siendo obedientes en todo a la voluntad del Padre”.  El camino es, pues, el seguimiento y la identificación con Cristo, uniendo nuestro esfuerzo a la gracia divina.

 

II

PUEBLO DE DIOS EN LA ECONOMÍA DE LA SALVACIÓN

 

  1. 1.      EL DESIGNIO DE SALVACIÓN DEL PADRE

     El Pueblo de Dios es situado por el Vaticano II en el seno de la economía divina, vinculándolo de modo directo a la iniciativa salvadora del Padre, a su designio de amor sobre la humanidad (cf. LG 2 y AG 2).  LG 9 lo desarrolla con toda precisión mostrando el surgimiento del nuevo pueblo como consumación de la iniciativa salvífica de Dios y de su voluntad de salvar a los hombres no de modo individual sino haciendo “de ellos un pueblo para que le conociera de verdad y le sirviera con una vida santa”.

     Esto no hace más que situar la economía salvífica en el mismo ser del Dios Trinitario: El Padre, que es “fuente y origen” de la divinidad, es también el manantial del don y la fuente de la gracia que se manifiesta en la historia.

  1. 2.      UN PUEBLO AL SERVICIO DE TODOS LOS PUEBLOS

     Para realizar su designio Dios elige un pueblo en medio de los pueblos del mundo.

     Pero esta elección no debe entenderse de modo exclusivista o excluyente.  Ello no significa que el resto de los pueblos no sean de Dios o que Dios no sea Padre de todos los hombres.  Si todo hombre ha sido creado a imagen de Dios y si en virtud de la encarnación la raza humana ha sido consagrada, se puede reconocer a toda la humanidad como pueblo de Dios.  La conciencia de elección no puede atentar contra la unidad radical del género humano sino que ha de manifestarse como expresión y servicio a esa unidad previa y radical.

     No existiría un pueblo de Dios si la humanidad no se hubiera roto por el pecado en una multiplicidad de pueblos separados y enfrentados.  Dios ha tenido que adaptarse al ritmo y a la estructura de la historia: recurriendo al servicio de la mediación, ir creando los modos de encuentro y comunicación propios de una historia de libertades.  Es elegido un pueblo para que, desde el amor regalado por Dios, se consagre al servicio de la mediación y del encuentro.

  1. 3.      LAS DIALÉCTICAS DE LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN

     La identidad y la función del pueblo de Dios se explican desde una triple dialéctica propia del dinamismo de la historia de la salvación:

     3.1 Concentración-expansión: La predilección de Dios que se concentra en un individuo o en un grupo, tiene como objetivo su despliegue de cara a la multitud, a la totalidad (la llamada de Abrahán apunta a la bendición de todos los pueblos).

     3.2 Vocación-envío: La llamada divina no tiene como fin la satisfacción o el beneficio del destinatario, sino que tiene lugar porque éste tiene una tarea que cumplir. Es la misión la que determina el carácter de la vocación.

     3.3.  Alianza-apertura: La alianza, que es la categoría central de la historia del pueblo de Dios, no puede quedar reducida a la historia misma del pueblo.  De hecho, la memoria colectiva la vincula a la alianza con Abrahán  y con Noé, que no eran judíos, y a la unidad originaria del género humano.  Dios concentra su llamada y establece una alianza con un pueblo, pero para enviarlo con la tarea y misión de servir a la reconciliación y reunificación de todos los pueblos. 

 

 

 

 

III

HISTORIA DEL PUEBLO DE DIOS

 

  1. 1.      ABRAHÁN

     Dios comenzó separando de entre los pueblos a un hombre llamado Abrahán para hacer llegar su amor a todos los pueblos.  Fue una elección absolutamente gratuita y que obligó a responder con la fe, es decir, con una confianza total en los planes misteriosos de Dios.  Como premio a esta fe, Dios estableció con Abrahán un pacto de amistad, una alianza, por la que se comprometió a  hacerle “cabeza de una nación grande” (Gén 12,2-3) y “padre de una multitud de naciones” (Gén 17,5), es decir, mediador de una salvación destinada a todos.

  1. 2.      EL PUEBLO DE ISRAEL

     De nuevo por iniciativa gratuita y libre, por elección, Dios liberó de una situación de desgracia y opresión a los descendientes de Abrahán.  Y, de lo que era un conjunto desvinculado de tribus, hizo un pueblo, el pueblo de Dios, “el pueblo de su propiedad entre todos los pueblos de la tierra” (Dt 7,6).  Para ello, se les reveló a través de Moisés como un Dios amigo y protector (cf. Ex 3), y en el Sinaí les propuso convertir en colectiva la alianza que había hecho con Abrahán: “Si me obedecéis y guardáis mi alianza, vosotros seréis el pueblo de mi propiedad…, seréis para mí un reino de sacerdotes, una nación santa” (Ex 19,5-6).  Y les manifestó cuáles serían sus obligaciones a través del Decálogo o Ley.  Para aceptar esta alianza, el pueblo entero se reunió en asamblea santa (“ecclesía&rdquoGui?o, convocada por Dios, y contestó: “Cumpliremos todo lo que ha dicho el Señor” (Ex 24,3).  Y el pacto quedó sellado derramando la sangre de novillos sobre un altar y sobre el pueblo, mientras Moisés decía: “Ésta es la sangre de la alianza que el Señor ha hecho con vosotros” (Ex 24,8).  Esta alianza constituyó a los israelitas en sacerdotes de Dios en medio de las naciones a fin de que todos los pueblos percibieran la gloria de Yahvé.

  1. 3.      LOS PROFETAS

3.1.La conversión a la alianza. La historia de Israel es la historia de la fidelidad de Dios y las infidelidades del pueblo.  Los profetas tienen que llamar constantemente a la conversión para que Israel vuelva a ser fiel a la alianza.

3.2.La alianza nueva. A partir del Destierro, Jeremías y Ezequiel anuncian una alianza nueva en la que Dios inscribirá la Ley en el corazón (cf. Jer 31,31-33) infundiendo su espíritu (cf. Ez 36,24-28) para que puedan ser verdaderamente pueblo de Dios.

3.3.El resto santo. Pero esta alianza nueva sólo será acogida por un resto santo de Israel (cf. Is 10,20-23), constituido por los pobres de Yahvé, es decir por aquellos que todo lo esperan de Dios: “Dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que confiará en el nombre del Señor, el resto de Israel” (Sof 3,12). Y este resto se convertirá en semilla santa o retoño (cf. Is 6,13; 37,31), en célula reproductora del nuevo pueblo de Dios.

3.4.El Mesías. Según los profetas, este nuevo pueblo será capitaneado por un descendiente de David (cf. Jer 23,5-6), por un Ungido por Dios (Mesías) para  proclamar la buena nueva de la liberación y curar(cf. Is 61,1-3), por un hijo de hombre que descendería del cielo para reinar eternamente (cf. Dn 7,13-14,  por un siervo de Dios elegido sobre el que descenderá el espíritu para que restablezca la alianza y sea luz de las naciones, ofreciendo como sacrificio su propia persona por los pecados del pueblo (cf. Is 42,1-7; 49,1-7; 50,4-9; 52,13-53,12).

  1. 4.      EL NUEVO PUEBLO DE DIOS

4.1.Jesús el Mesías.  Jesús se presenta como el Hijo de David y heredero de su trono (cf. Lc 1,32), como el Ungido por el Espíritu para proclamar la Buena Nueva de la liberación y curar (cf. Lc 4,16-21), como el siervo de Dios  que es luz  del mundo (cf. Jn 12,46) y que establece una alianza nueva en su sangre (Mc 14,24), derramada para el perdón de los pecados (cf. Mt 26,28), como el Hijo del hombre que vendrá sobre las nubes del cielo (cf. Mt 26,64).  Y, superando los títulos anunciados por los profetas se considera como Hijo de Dios (cf. Jn 3,35-36) y Salvador del mundo (cf. Jn 4,42).

4.2.Creación del nuevo pueblo de Dios.  Con sus discípulos crea un nuevo pueblo de Dios fundamentado en doce nuevos patriarcas, los apóstoles (cf. Mc 3,13-19), al que llama a todos los hombres y en el que se entra por la fe en él y el bautismo (cf. Mt 28,18-20). A este nuevo pueblo de Dios lo llamó mi Iglesia (Mt 16,18). Y quedó definitivamente constituido por la efusión del Espíritu en Pentecostés (Hch 2,1-41).

4.3.La conciencia de la Iglesia.  La comunidad cristiana se consideró desde el principio heredera de los dones y la misión de Israel y por ello del título de pueblo de Dios: “Vosotros sois linaje escogido, sacerdocio regio y nación santa, pueblo adquirido en posesión para anunciar las grandezas del que os llamó de las tinieblas a su luz admirable.  Los que en otro tiempo no erais pueblo, ahora sois pueblo de Dios” (1 Pe 2,9-10). Porque a este pueblo pertenecen “no sólo los llamados de entre los judíos, sino también de entre los paganos” (Rm 9,24). Y para expresar esta conciencia utilizó el término Iglesia para designar tanto a la asamblea concreta de culto (1 Cor 11,18), como a la iglesia concreta de un lugar o una ciudad (1 Cor 1,2), o también a la Iglesia universal en su conjunto (1 Cor 15,9). Esta Iglesia existe como tal en virtud de Jesucristo porque “él la adquirió con su sangre”(Hch 20,22); esta convicción la expresa san Pablo añadiendo la fórmula “en Cristo Jesús” a “iglesias de Dios” (1 Tes 2,14).

 

IV

DIMENSIONES DE LA IGLESIA COMO PUEBLO DE DIOS

 

     A la luz de la historia precedente, la expresión “pueblo de Dios” resalta las siguientes características de la Iglesia:

  1. 1.      CONTINUIDAD Y DISCONTINUIDAD CON EL ANTIGUO TESTAMENTO

     La Iglesia continúa la misma historia de la alianza antigua y por ello hereda la vocación y la misión de Israel;  pero al mismo tiempo consumadas y matizadas por el mesianismo de Jesús, por la novedad de la Pascua y por la efusión del Espíritu.

  1. 2.      DIMENSIÓN COMUNITARIA

     Se hace patente la dimensión esencialmente comunitaria de la fe y de la vida cristiana. El cristiano se hace dentro del pueblo: nadie puede decir “yo creo” sino en el seno del “nosotros creemos”;  y nadie puede decir “yo soy la Iglesia” más que integrándose en el “nosotros somos la Iglesia”. Y esta comunidad es reflejo de la misma comunión divina: la Iglesia es el pueblo unido “en virtud de la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, según la expresión de San Cipriano que repite el Vaticano II (LG 4).

  1. 3.      IGUALDAD Y DIGNIDAD FUNDAMENTAL

     La igualdad básica de todos los miembros de la Iglesia gracias a la fe en Jesús, es más importante y previa a toda diversificación.  Todos tenemos la misma dignidad y participamos de la misma misión profética, sacerdotal y real de Cristo. Las diversificaciones sólo pueden acontecer en el interior del pueblo y como un servicio a su misión.

  1. 4.      CARÁCTER HISTÓRICO

     La Iglesia es un sujeto histórico que “se inserta en la historia de los hombres” y “avanza en medio de las pruebas y dificultades” de la historia (LG 9).  Por ello “el gozo y la esperanza, la tristeza y la angustia de los hombres, sobre todo de los pobres y de todos los afligidos, son también gozo y esperanza, tristeza y angustia de los discípulos de Cristo y no hay nada verdaderamente humano que no tenga resonancia en su corazón” (GS 1).

  1. 5.      CONDICIÓN PEREGRINA

    La Iglesia anticipa y anuncia la meta a que apunta la historia: la realización del plan de Dios sobre la humanidad, el Reino de Dios. Pero no se confunde con él: “Ella constituye el germen y el comienzo de este Reino en la tierra. Mientras va creciendo poco a poco, anhela la plena realización del Reino y espera y desea con todas sus fuerzas reunirse con su Rey en la gloria” (LG 5). De ahí que se considere en este mundo como “paroikía” (cf. 1 Pe 1.1.17), es decir, como residente en un lugar y encarnada en él, pero extranjera y peregrina, sin identificarse con el lugar o con sus habitantes; los cristianos son como extranjeros domiciliados en una ciudad pero sin tener los derechos de los nativos.  Y esta conciencia de provisionalidad la libera de toda tentación de triunfalismo, la hace humilde y servicial para entregar generosamente lo que ella ha recibido como gracia.

  1. 6.      DESTINO UNIVERSAL

    “Todos los hombres están invitados al Pueblo de Dios. Por eso este pueblo, uno y único, ha de extenderse por todo el mundo a través de todos los siglos, para que se cumpla el designio de Dios, que en el principio creó una única naturaleza humana y decidió reunir a los hijos de Dios dispersos” (LG 13).  Por tanto, el Pueblo de Dios está formado por personas de todas las naciones y “favorece y asume las cualidades, las riquezas y las costumbres de los pueblos en la medida en que son buenas, y al asumirlas, las purifica, las desarrolla y las enaltece” (ibid.). Pero es que, además, todos los hombres están invitados a esta unidad católica del Pueblo de Dios y todos pertenecen de diversas maneras o están destinados a él: los católicos, los demás cristianos y los que todavía no han recibido el Evangelio.  Consciente de esto, la Iglesia valora lo que le une con los demás cristianos y con los creyentes de otras religiones, y se hace solidaria con los dramas y desventuras de todos los hombres, al margen de su raza y de sus creencias, recordando que todos tienen el mismo origen y el mismo fin.  Aunque se siente impulsada por el Espíritu Santo a colaborar a que se lleve a cabo el plan de Dios que constituyó a Cristo como principio de salvación para todo el mundo, mediante la predicación del Evangelio a todos los hombres.

  1. 7.      DE LA SANTIDAD INCOADA A LA PLENITUD DE LA SANTIDAD

     Dios nos hace suyos, nos incorpora a su propia vida de forma absolutamente gratuita en el bautismo: “Los seguidores de Cristo han sido llamados por Dios y justificados en el Señor Jesús, no por sus propios méritos sino por su designio de gracia. El bautismo y la fe los ha hecho verdaderamente hijos de Dios, participan de la naturaleza divina y son, por tanto, realmente santos” (LG 40). Pero esta santidad regalada desde el principio debe ir creciendo y consolidándose hasta llegar a su perfección: “Por eso deben, con la gracia de Dios, conservar y llevar a plenitud en su vida la santidad que recibieron”. La vida cristiana se desarrolla, pues, en una tensión entre la santidad incoada y la plena, entre un “ya” y un “todavía no”  El Pueblo de Dios vive esta tensión de crecimiento, movido por la esperanza de llegar a su plenitud.  Y esta esperanza le cura los desánimos producidos por el pecado y los falsos optimismos que pretenden instalarlo en una situación histórica determinada, como si ya fuera la definitiva.

 

                                                                   Miguel Payá Andrés


Publicado por tabor @ 19:03  | Eclesiologia del Vat. II
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