Jueves, 29 de noviembre de 2012

21 noviembre 2012

Diálogo interreligioso: El camino desde el Vaticano II hasta Benedicto XVI.(II)

Nostra Aetate, Dignitatis Humanae.            

Josep Buades  Fuster SJ. Miembro de CEIMIGRA    

Desarrollo posconciliar

El Concilio, más allá de la cuestión de antropología teológica sobre la libertad religiosa, aborda la relación con las otras religiones en dos planos fundamentales: la práctica del anuncio del Evangelio y del diálogo interreligioso, y la elaboración teológica del papel de las religiones en el orden de la salvación. Ambos planos fueron abordados a lo largo de los pontificados de Pablo VI y del beato Juan Pablo II, especialmente en este último. Veámoslo:

Diálogo y anuncio

Una de las grandes cuestiones apuntadas por los documentos conciliares, objeto de desarrollo posterior, ha sido la relación entre dos partes integrantes de la misión de la Iglesia: el anuncio del Evangelio y el diálogo con creyentes de otras religiones. En relación íntima con esta cuestión cabe añadir otra con igual valor práctico: el discernimiento de los interlocutores en el diálogo interreligioso. Veámoslo a lo largo de los pontificados de Pablo VI y del beato Juan Pablo II.

Pablo VI publicó la encíclica Ecclesiam suam, sobre el mandato de la Iglesia en el mundo contemporáneo en 1964. Se trata de su encíclica programática, la que marca el rumbo de su pontificado. No trata directamente del diálogo interreligioso. Pero, haciéndose eco de la constitución pastoral Gaudium et spes, señala el diálogo como expresión del talante de la Iglesia en su relación con el mundo contemporáneo. Importa por el dinamismo que imprime en toda la Iglesia, también en su encuentro con creyentes de otras religiones. En la solemnidad de Pentecostés de 1964, Pablo VI instituyó el Secretariado para los no cristianos, organismo al que encomendó la búsqueda del método y los caminos para establecer un diálogo adecuado con los no cristianos. Pero este mismo pontífice, en su exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, acerca de la evangelización en el mundo contemporáneo (publicada en 1975, para recoger las conclusiones del Sínodo de los Obispos), se muestra cauto cuando trata sobre las religiones no cristianas como destinatarias de la evangelización. Manifiesta el respeto del que hace gala el Concilio:

“Asimismo se dirige a inmensos sectores de la humanidad que practican religiones no cristianas. La Iglesia respeta y estima estas religiones no cristianas, por ser la expresión viviente del alma de vastos grupos humanos. Llevan en sí mismas el eco de milenios a la búsqueda de Dios; búsqueda incompleta pero hecha frecuentemente con sinceridad y rectitud de corazón. Poseen un impresionante patrimonio de textos profundamente religiosos. Han enseñado a generaciones de personas a orar. Todas están llenas de innumerables "semillas del Verbo" (74) y constituyen una auténtica "preparación evangélica" (75), por citar una feliz expresión del Concilio Vaticano II tomada de Eusebio de Cesarea.” [53]

Pero no habla de diálogo interreligioso, sino que pide cautela hasta poder proporcionar criterios a los misioneros en sus contactos con otras religiones, en las que aprecia una diferencia cualitativa respecto del cristianismo como religión: que no llegan a instaurar la relación auténtica y viviente con Dios que por otra parte anhelan.

“Ciertamente, tal situación suscita cuestiones complejas y delicadas, que conviene estudiar a la luz de la Tradición cristiana y del Magisterio de la Iglesia, con el fin de ofrecer a los misioneros de hoy y de mañana nuevos horizontes en sus contactos con las religiones no cristianas. Ante todo, queremos poner ahora de relieve que ni el respeto ni la estima hacia estas religiones, ni la complejidad de las cuestiones planteadas implican para la Iglesia una invitación a silenciar ante los no cristianos el anuncio de Jesucristo. Al contrario, la Iglesia piensa que estas multitudes tienen derecho a conocer la riqueza del misterio de Cristo, dentro del cual creemos que toda la humanidad puede encontrar, con insospechada plenitud, todo lo que busca a tientas acerca de Dios, del hombre y de su destino, de la vida y de la muerte, de la verdad. De ahí que, aun frente a las expresiones religiosas naturales más dignas de estima, la Iglesia se funde en el hecho de que la religión de Jesús, la misma que Ella anuncia por medio de la evangelización, sitúa objetivamente al hombre en relación con el plan de Dios, con su presencia viva, con su acción; hace hallar de nuevo el misterio de la Paternidad divina que sale al encuentro de la humanidad. En otras palabras, nuestra religión instaura efectivamente una relación auténtica y viviente con Dios, cosa que las otras religiones no lograron establecer, por más que tienen, por decirlo así, extendidos sus brazos hacia el cielo.” [53]

Cuando se trata de la expresión del magisterio pontificio sobre anuncio y diálogo, damos un salto en el tiempo, hasta que el beato Juan Pablo II publicó la encíclica Redemptoris missio en 1990. En ella prolonga de algún modo las cuestiones abordadas por Pablo VI en Evangelii nuntiandi. Pero da un valiente paso al frente. Incluye el diálogo con los hermanos de otras religiones entre los caminos de la misión. Decía al respecto:

“El diálogo interreligioso forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia. Entendido como método y medio para un conocimiento y enriquecimiento recíproco, no está en contraposición con la misión ad gentes; es más, tiene vínculos especiales con ella y es una de sus expresiones.” [55]

Y articula el diálogo de modo más delicado con la misión ad gentes:

“A la luz de la economía de la salvación, la Iglesia no ve un contraste entre el anuncio de Cristo y el diálogo interreligioso; sin embargo siente la necesidad de compaginarlos en el ámbito de su misión ad gentes. En efecto, conviene que estos dos elementos mantengan su vinculación íntima y, al mismo tiempo, su distinción, por lo cual no deben ser confundidos, ni instrumentalizados, ni tampoco considerados equivalentes, como si fueran intercambiables.” [55]

Explicita una honda convicción sobre el valor de las religiones en ellas mismas, de modo que se puede reconocer su vinculación con el designio del Dios uno y trino:

“Recientemente he escrito a los Obispos de Asia: «Aunque la Iglesia reconoce con gusto cuanto hay de verdadero y de santo en las tradiciones religiosas del Budismo, del Hinduismo y del Islam —reflejos de aquella verdad que ilumina a todos los hombres—, sigue en pie su deber y su determinación de proclamar sin titubeos a Jesucristo, que es "el camino, la verdad y la vida"... El hecho de que los seguidores de otras religiones puedan recibir la gracia de Dios y ser salvados por Cristo independientemente de los medios ordinarios que él ha establecido, no quita la llamada a la fe y al bautismo que Dios quiere para todos los pueblos».” [55]

Pone además una salvaguarda contra una visión instrumental del diálogo:

“El diálogo no nace de una táctica o de un interés, sino que es una actividad con motivaciones, exigencias y dignidad propias: es exigido por el profundo respeto hacia todo lo que en el hombre ha obrado el Espíritu, que « sopla donde quiere » (Jn 3, 8).” [56]

Animando más bien a la Iglesia a dejarse enriquecer en ese ejercicio:

“Con ello la Iglesia trata de descubrir las «semillas de la Palabra», el «destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres», semillas y destellos que se encuentran en las personas y en las tradiciones religiosas de la humanidad.” [56]

No lo limita, pues, al rango de aportación de la Iglesia a los fieles de otras tradiciones religiosas, sino entre los dones que recibe la Iglesia del mismo Espíritu Santo:

“El diálogo se funda en la esperanza y la caridad, y dará frutos en el Espíritu. Las otras religiones constituyen un desafío positivo para la Iglesia de hoy; en efecto, la estimulan tanto a descubrir y a conocer los signos de la presencia de Cristo y de la acción del Espíritu, como a profundizar la propia identidad y a testimoniar la integridad de la Revelación, de la que es depositaria para el bien de todos.” [56]

Aporta criterios de discernimiento para la práctica del diálogo:

“De aquí deriva el espíritu que debe animar este diálogo en el ámbito de la misión. EL interlocutor debe ser coherente con las propias tradiciones y convicciones religiosas y abierto para comprender las del otro, sin disimular o cerrarse, sino con una actitud de verdad, humildad y lealtad, sabiendo que el diálogo puede enriquecer a cada uno. No debe darse ningún tipo de abdicación ni de irenismo, sino el testimonio recíproco para un progreso común en el camino de búsqueda y experiencia religiosa y, al mismo tiempo, para superar prejuicios, intolerancias y malentendidos. El diálogo tiende a la purificación y conversión interior que, si se alcanza con docilidad al Espíritu, será espiritualmente fructífero.” [56] Sugiere distintas modalidades que puede revestir el diálogo:

“Un vasto campo se le abre al diálogo, pudiendo asumir múltiples formas y expresiones, desde los intercambios entre expertos de las tradiciones religiosas o representantes oficiales de las mismas, hasta la colaboración para el desarrollo integral y la salvaguardia de los valores religiosos; desde la comunicación de las respectivas experiencias espirituales hasta el llamado « diálogo de vida », por el cual los creyentes de las diversas religiones atestiguan unos a otros en la existencia cotidiana los propios valores humanos y espirituales, y se ayudan a vivirlos para edificar una sociedad más justa y fraterna.” [57]

E invita a toda la Iglesia a participar en el diálogo, cada cual conforme su estado, vocación, misión:

“Todos los fieles y las comunidades cristianas están llamados a practicar el diálogo, aunque no al mismo nivel y de la misma forma. Para ello es indispensable la aportación de los laicos que « con el ejemplo de su vida y con la propia acción, pueden favorecer la mejora de las relaciones entre los seguidores de las diversas religiones », mientras algunos de ellos podrán también ofrecer una aportación de búsqueda y de estudio.

Sabiendo que no pocos misioneros y comunidades cristianas encuentran en ese camino difícil y a menudo incomprensible del diálogo la única manera de dar sincero testimonio de Cristo y un generoso servicio al hombre, deseo alentarlos a perseverar con fe y caridad, incluso allí donde sus esfuerzos no encuentran acogida y respuesta. El diálogo es un camino para el Reino y seguramente dará sus frutos, aunque los tiempos y momentos los tiene fijados el Padre (cf. Act 1, 7).” [57]

La aportación de Juan Pablo II tiene un indudable valor doctrinal. Pero no nace únicamente de la apropiación personal, discernida, de la práctica y la reflexión teológica de la Iglesia. En estos párrafos se vislumbra una experiencia espiritual personalísima, adquirida en su propia experiencia y práctica. No podemos olvidar la densidad de su relación de amistad con judíos polacos durante la ocupación alemana, el hondo impacto que le produjo la Shoah. Una experiencia como la que promovió en 1986, en Asís, cuando invitó a líderes religiosos de tradiciones muy diversas a orar por la paz. Experiencia que reeditó en 2002, poco después del atentado del 11-6 y de la guerra de los Estados Unidos y sus aliados contra el régimen talibán en Afganistán.

En 1986, cuando se dirigió a los líderes religiosos invitados a Asís, precisó el objeto de la conferencia interreligiosa que iniciaban: la elaboración de planes operativos a escala mundial a favor de la paz como causa común. Concebía la conferencia como un testimonio ante el mundo de que se puede alcanzar la paz por vías diversas a la negociación diplomática y al consenso político, como es la oración en tanto que relación con el Poder Supremo que sobrepasa las meras fuerzas humanas. Precisaba a la vez los términos en los que no había que confundir la conferencia: ni búsqueda de un consenso sobre cuestiones de fe como fruto de la negociación, ni la pretensión de que las religiones quedan reconciliadas en el plano de los proyectos humanos, ni una concesión al relativismo (puesto que cada ser humano debe ser fiel a su conciencia en la búsqueda de la verdad).

 


Publicado por tabor @ 19:33
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