Lunes, 24 de diciembre de 2012

Confusión posterior al Concilio Vaticano II.

El punto hacia el que dirigimos nuestra mirada es el «grano de mostaza» de la parábola, la más pequeña, modesta y pobre de todas las semillas, que «sembrada en la tierra» llega a ser espiga y fruto solamente a través de un proceso de muerte (descomposición) y de resurrección. Detrás del «drama» del grano de mostaza no se puede refugiar ninguna «estética» contemplativa: lo que «se» realiza entre Dios y el mundo es algo inmediato y primordial. Pero el sujeto principal de este «se» es Dios. Lo que él hace y padece es lo que «se» realiza: en el hombre Jesucristo y a través de él en todos y para todos.

Este punto dramático debe tener primacía sobre todas las demás cuestiones, por importantes que sean, como consecuencias inmediatas de ese principio. No nos preguntamos, por consiguiente, qué relaciones existen entre el alfa cristiano y los demás principios de la historia humana que han pretendido ser también puntos de partida. Ni tampoco nos interesa saber por ahora por qué yo pertenezco a una de-terminada confesión cristiana en vez de a otra, ni cuáles deberían ser las condiciones de la iglesia y del mundo para que el grano de mostaza pueda dar fruto. Aquí afloran todos los problemas de la adaptación, del aggiornamento, de la hermenéutica, de la desmitización, del compromiso en la sociedad actual; pero por muy candentes que sean deben dar la primacía al interrogante del principio. En él no me pregunto cómo puedo ser hoy cristiano, sino por qué soy todavía cristiano.

Es extremadamente importante que hoy respetemos la jerarquía de los problemas.

La confusión de este período posconciliar es debida en parte a que el último concilio creyó poder dejar a un lado los problemas primarios -los «dogmas» de la trinidad y de la cristología, así como la cristología íntimamente ligada a la eclesiología- y afrontar en cambio inmediatamente las cuestiones «pastorales» derivadas. Tal procedimiento puede hacerse en muchas esferas profanas, pero no en el cristianismo; en él no podemos separar el río del manantial. Y todo beta sólo puede ser esclarecido a la luz de alfa. Este es el primero y no podemos dejarlo atrás como algo dado por descontado. Si obramos así nos encontraremos inmediatamente envueltos en una bélica confusión de lenguas, donde ya no se podrá hablar de algo conocido y de este modo la obra común, iniciada en un clima de diálogo, quedará paralizada y cada uno irá en solitario por su camino. (Hans Urs von Balthasar.¿POR QUÉ SOY TODAVÍA CRISTIANO? .Ediciones Sígueme, Salamanca, 1974).


Publicado por montehoreb @ 11:20  | Viviendo el Concilio
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