S?bado, 12 de enero de 2013

El siguiente documento fue escrito hace 8 años, sin embargo el tiempo pasado lo hace más actual, por la situación de la Iglesia, ya que a pesar de celebrarse los 50 años del comienzo del Vaticano II, parece que estemoa más lejos de conocer y aplicar el Concilio. La Iglesia ha tomado un rumbo más jerarquico que comunitario, donde el papel de los laicos va perdiendo su autonomia.

LOS FIELES LAICOS, IGLESIA PRESENTE Y ACTUANTE EN EL   MUNDO

Vocación apostólica de los fieles  laicos

Madrid, 16 de noviembre de 2004

Excmo. y Rvdmo. Arzobispo de Pamplona y Tudela, D. Fernando   Sebastián Aguilar.

 

I.          PORTADORES DE LA MISIÓN DE LA IGLESIA

Jesús   vino a nuestro mundo para dar testimonio de la verdad, para dar a conocer la   sabiduría y la gracia de Dios, para manifestarnos nuestra condición de hijos   de Dios y herederos de la vida eterna.    “Yo, la luz, he venido a este mundo para que todo el que crea en mí no   siga en las tinieblas” (Jn 12,46). La Iglesia es heredera de Jesús,   continuadora de su vida y de su misión, de su testimonio y de sus obras de   salvación.

A la   hora de pasar de este mundo al Padre, Jesús encomendó a sus discípulos la   continuidad de su misión, el mantenimiento y la expansión de este anuncio de   salvación. “Yo los he enviado al mundo como Tú me enviaste a mí” (Jn 17, 18).   “Como el Padre me envió a mí, así os envío yo a vosotros” (Jn 20, 21), “Dios   me ha dado pleno poder en el Cielo y en la tierra. Id, pues, y haced   discípulos entre los habitantes de todas las naciones, bautizándolos en el   nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a cumplir lo   que yo os he encomendado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días   hasta el fin del mundo” (Mt 28, 18-20). “Id por todo el mundo y enseñad a   todos el mensaje de la salvación. El que crea y sea bautizado se salvará, el   que no crea será condenado”. (Mc 16, 15); “En su nombre se ha de anunciar a   todas las naciones, comenzando por Jerusalén, el mensaje de conversión y de   perdón de los pecados. Vosotros sois testigos de todas estas cosas” (Lc 24,   47-48). Por la expresa voluntad de Jesús, los cristianos, sus discípulos,   somos luz, levadura, la huella y el signo de su presencia.

Este   mandato afecta primeramente a los apóstoles, pero no cuesta ningún trabajo   darse cuenta de que este encargo de Jesús queda en manos de todos sus   discípulos. Así se lo dice a los que llama a la fe y al seguimiento, “Deja que   los muertos entierren a sus muertos. Tú vete a anunciar el Reino de Dios”   (Lc  9, 60). Ser discípulo   requiere, ante todo, arrepentirse de los pecados y vivir la vida nueva del   Reino, la vida según el Espíritu. Y enseguida continuar el testimonio de Jesús   anunciando el Reino. Así lo enseñó el concilio Vaticano II: “La Iglesia   recibió de los Apóstoles este solemne mandato de Cristo de anunciar la verdad   que nos salva, para cumplirlo hasta los confines de la tierra (Cf Hch 1, 8)…   Todos los discípulos de Cristo han recibido el encargo de extender la fe según   sus posibilidades... De esta manera, la Iglesia ora y trabaja al mismo tiempo   para que la totalidad del mundo se transforme en Pueblo de Dios, Cuerpo del   Señor y Templo del Espíritu, y para que en Cristo, Cabeza de todos, se dé todo   honor y toda gloria al Creador y Padre de todos”. [1]

Cuando   hablamos del apostolado de los laicos no debemos pensar en algo diferente de   lo que Jesús encomienda a sus discípulos en general, algo diferente de la   misión general de la Iglesia. La Iglesia como comunidad está constituida   fundamentalmente por los laicos, los cristianos comunes que viven en el mundo   sin ser del mundo. [2]

Es   preciso analizar un poco detenidamente la condición existencial del cristiano   para descubrir las raíces de esta vocación al apostolado inherente a la   vocación cristiana. La existencia cristiana queda configurada por el   sacramento del bautismo. Como cristianos, somos lo que significa y produce el   sacramento del bautismo en cada uno de nosotros. El Bautismo es el sacramento   de toda la vida. Ahora bien, un bautizado es un hombre que, antes o después de   recibir el sacramento, ha oído el anuncio de la salvación de Dios, ha aceptado   esta palabra y en consecuencia ha aceptado a Jesucristo como Hijo de Dios   hecho hombre y Salvador del mundo, se ha arrepentido de sus pecados,  ha recibido el don del Espíritu Santo   que le hace hijo de Dios,   y   vive el mandamiento del amor fraterno en la esperanza de la vida   eterna.

El deber   y el derecho de los laicos al apostolado derivan de su unión con Cristo   Cabeza. Incorporados por el bautismo al Cuerpo místico de Cristo y   fortalecidos con la fuerza del Espíritu Santo por medio de la confirmación,   son destinados al apostolado por el mismo Señor. [3]

De esta   vida cristiana, nueva y diferente, nace espontáneamente la necesidad del   apostolado. El cristiano que convive con los no cristianos se siente en la   necesidad de explicar y justificar su vida, de dar razón de su esperanza,   explicando a los amigos y vecinos cuáles son los motivos por los que él lleva   una vida distinta de la que se presenta como vida normal, como vida humana   corriente y legítima. Por pura lealtad con sus vecinos, el cristiano tiene que   explicarles de dónde le vienen a él la fortaleza y el gozo ante todos los   acontecimientos de la vida, intentando ofrecerles el mismo don que él ha   recibido para descubrir el valor de la vida humana en todas sus   circunstancias, en la vida personal y en la familiar, en el trabajo y en el   ocio, en la salud y en la enfermedad, en la vida y en la muerte, en este mundo   y en la esperanza de la vida eterna. Como María Magdalena, los cristianos,   cuando nos encontramos espiritualmente con Cristo resucitado y salvador,   recibimos el encargo misionero: “no te entretengas, anda, ve a mis hermanos y   diles que voy a mi Padre que es también su Padre, que voy a mi Dios que es   también su Dios” (Jn 20, 17)

Naturalmente, para tener que explicar la propia vida,   primero hay que vivirla. La conversión y el cambio de vida, personal, familiar   y comunitario, es condición indispensable para que surja la acción apostólica   del cristiano. El anuncio del Evangelio no busca directamente ninguna eficacia   de carácter temporal, sino que busca directamente  el renacimiento de la persona a la   vida de hijo de Dios, la iluminación de la mente y la conversión del corazón,   el cambio de vida, el arrepentimiento de los pecados y el nacimiento a una   nueva vida, arraigada en el seguimiento de Cristo y alimentada por el Espíritu   Santo. Esta nueva vida comienza por el reconocimiento de Dios, la gratitud y   la alabanza, el amor de Dios sobre todas las cosas. Y se expresa en el   cumplimiento del mandato del amor como norma suprema y universal de vida. Todo   tiene que rehacerse desde el amor de Dios arraigado en nuestros corazones. Las   demás cosas vendrán por añadidura. Los planes, los proyectos, las   convocatorias, no valen de nada, si no arde en nuestros corazones el fuego del   amor de Dios, si no vivimos del todo poseídos por el amor y el Espíritu de   Jesús.

Desde   esta consideración básica del ser cristiano, es una cuestión secundaria el que   dentro de la comunidad aparezcan vocaciones distintas y formas diferentes de   vivir los elementos cristianos comunes para el buen servicio de la comunidad.   Obispos, presbíteros, consagrados y cristianos seglares la inmensa mayoría,   todos tenemos los mismos elementos comunes de vida y todos compartimos la   misión común de continuar la obra de Jesús viviendo y anunciando los bienes   del Reino. Más importantes que los rasgos específicos de las diferentes   vocaciones cristianas, es el contenido común de descubrir y vivir la propia   vida como respuesta a la llamada paternal de Dios, arraigados en el Hijo   Jesucristo quien nos dice a todos: “Deja lo que tienes, sígueme y vete a   anunciar el Reino de Dios”. Esta vocación común tiene diferentes formas y se   adapta a las circunstancias de cada persona, pero ninguna determinación   específica o personal puede ocultar o desfigurar la riqueza de la vocación   común cristiana.

 


Publicado por tabor @ 10:03  | Viviendo el Concilio
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