S?bado, 12 de enero de 2013

II.         CARACTERÍSTICAS DEL APOSTOLADO DE LOS FIELES   LAICOS

En la   segunda mitad del siglo pasado se escribió mucho sobre la vocación de los   seglares como si se tratara de un extraño descubrimiento. La gran novedad   consistía en decir que los seglares también formaban parte de la Iglesia,   también estaban llamados a la santidad, también tenían vocación apostólica, es   decir, el gran descubrimiento consistía en decir que los seglares también eran   Iglesia.

Hoy, sin   ninguna preocupación reivindicacionista, podemos decir no sólo que los  seglares son Iglesia, sino que  de alguna manera, no excluyente, los   seglares son la Iglesia y llevan sobre ellos la misión eclesial, la grande y   bella misión de continuar la obra de Jesús, esto es anunciar la presencia, la   paternidad, la misericordia y los dones de Dios. Juan Pablo II, en   Christifideles laici cita unas palabras de Pío XII que vale la pena recoger   aquí: “Los fieles, y más precisamente los laicos, se encuentran en la línea   más avanzada de la Iglesia; por ellos la Iglesia es el principio vital de la   sociedad humana. Por tanto ellos especialmente deben tener conciencia, cada   vez más clara, no sólo de pertenecer a la Iglesia, sino de ser la Iglesia; es   decir, la comunidad de los fieles sobre la tierra, bajo la guía del Jefe   común, el Papa, y de los Obispos, en comunión con él. Ellos son la Iglesia”   (Pío XII, Discurso a los nuevos Cardenales, 20 de febrero de 1946, AAS, 38,   149). [4]

Los fieles laicos, por el simple hecho de ser   cristianos, independientemente de si viven en el mundo de una manera o de   otra,  tienen la misión común de   anunciar la presencia y la bondad del Dios invisible, como referencia   necesaria para que el hombre se conozca a sí mismo y viva en la verdad de su   humanidad.

“A los   laicos se les presentan innumerables ocasiones para ejercer el apostolado de   la evangelización y santificación” [5]. Normalmente este apostolado se apoya   en el testimonio de la vida de los mismos cristianos. Pero no termina en el   testimonio. El verdadero apóstol busca ocasiones para anunciar a Cristo con su   palabra. Tanto a los no creyentes, para llevarlos a la fe, como a los fieles,   para instruirlos, confirmarlos y estimularlos a una vida más fervorosa”   [6].

Los cristianos que viven en el mundo, tienen la   misión que les corresponde por serlo, y las notas específicas de su vivir en   el mundo no pueden suprimir ni sobreponerse a su misión esencial y común como   cristianos. Si viven en el mundo, siendo verdaderamente cristianos, es lógico   que ejerzan su misión común de anunciar el Reino de Dios en el contexto en que   viven y por los procedimientos que tienen a su alcance. Pero su misión sigue   siendo la misión primaria y fundamental de la Iglesia: anunciar a todos   los  hombres el amor de Dios   manifestado en Cristo y comunicado por el Espíritu Santo para la vida   eterna.

Para decirlo de forma concreta. Los cristianos   que viven en presencia de Dios envueltos en las riquezas de su amor que les   sostiene y les da la vida, pueden y deben anunciar y extender el Reino de   Dios. Sobre esta vocación común crecen las vocaciones específicas de los   obispos, de los presbíteros, los misioneros o los religiosos y consagrados.   Todos ellos tienen que sentirse llamados a anunciar lo mismo aunque lo hagan   de diferente manera y con diferentes acentos. Precisamente en virtud de esta   participación común de todos los cristianos en la misión apostólica de la   Iglesia, pueden los laicos asumir y desempeñar en el interior de la comunidad   todas aquellas tareas apostólicas que no requieran un ministerio ordenado,   como la educación religiosa de niños y jóvenes, el ejercicio de la catequesis,   la animación espiritual de personas o grupos, la atención a los enfermos,   etc.

Los seglares anuncian el Reino de Dios en primer   lugar viviéndolo, la vida del cristiano es una vida edificada sobre el   conocimiento y la aceptación del amor de Dios como fundamento y norma suprema   de la propia vida. El anuncio tienen que hacerlo en el contexto real de su   vida, en su familia, entre sus amigos y vecinos, en el ejercicio de su   profesión, en el ejercicio también de sus derechos y deberes ciudadanos. 

Al hablar del apostolado de los laicos se insiste   casi exclusivamente en las notas específicas provenientes de situación secular   en la que los cristianos viven su vida. En esta perspectiva se suele decir que   lo específico del apostolado de los laicos consiste en la transformación del   mundo según los designios de Dios. Esto es verdad, pero es una manera muy   reductora de describir la vocación y la misión del fiel cristiano. 

La   secularidad cristiana no es una secularidad cualquiera, ni es la secularidad   original que todos los hombres poseemos por el hecho de ser criaturas   terrestres y sociales. Los cristianos están en el mundo pero no son del mundo.   Es más, el mundo de los cristianos, visto desde la fe y vivido en el Espíritu,   no es igual que el mundo de los paganos. Es un mundo creado y presidido por   Dios, no es el término de nuestras aspiraciones ni de nuestra vida, la   valoración y el modo de portarse con los demás no nace espontáneamente del   mundo, sino que para el cristiano nace de la Palabra y del espíritu de Dios. 

La   Iglesia entera, como arraigada en el misterio de la Encarnación del Verbo, es   toda ella secular. Así lo dice bellamente Pablo VI y lo recoge Juan Pablo II   en Christifideles laici: “La Iglesia tiene una dimensión secular inherente a   su íntima naturaleza y a su misión, que hunde su raíz en el misterio del Verbo   encarnado, y se realiza de formas diversas en todos sus miembros” Pablo VI,   (Discurso a los miembros de los Institutos seculares, 2 febrero 1972) Todos   los cristianos participamos de esta secularidad de la Iglesia, aunque sea de   manera diversa. [7]

Con   frecuencia hemos insistido demasiado en las diferencias entre las diversas   vocaciones cristianas, descuidando el poner por delante los elementos comunes   que son los más importantes. La unidad interior de la Iglesia y la unidad de   la vocación cristiana común es más fuerte que las diferencias existentes entre   las diversas vocaciones cristianas. Clérigos o laicos, consagrados o seglares,   todos somos cristianos, hijos de Dios, templos del Espíritu Santo y ciudadanos   del cielo.

Hoy es   más importante subrayar la diferencia entre cristianos y no cristianos, que   las diferencias que pueda haber dentro de la Iglesia. La relación entre   cristianos y no cristianos, entre iglesia y mundo es la verdadera perspectiva   de nuestra vocación y responsabilidad apostólica. No discutamos tanto de las   diferencias entre nosotros, asomémonos a las carencias de los que no son   cristianos, preocupémonos por ellos, anunciémosles a ellos las grandezas de la   vocación cristiana común.

En esta   perspectiva, hay que decir que el primer apostolado de los cristianos en el   mundo consiste en presentar con su vida el esplendor de la vida humana   redimida por Jesucristo, santificada por el Espíritu Santo y levantada a la   condición de la filiación divina. Mostrando una vida diferente, dignificada,   pacificada, santificada por el don de Dios, los cristianos son verdaderos   continuadores de la obra de Jesús en el anuncio de la paternidad de Dios y la   inminencia de su Reino en el mundo. A partir de este apostolado básico del   testimonio, el cristiano puede y debe ayudar expresamente a sus vecinos a   conocer a Cristo, a creer en El, y por El conocer y adorar al Dios de la   salvación. Toda la Iglesia es testimoniante, evangelizadora, signo de   salvación, difusora de la fe y servidora del anuncio y del crecimiento del   Reino de Dios en el mundo. En la dinámica normal de la vida cristiana entra el   anuncio de Jesucristo, la comunicación de su palabra, la invitación a conocer   y aceptar los dones de la salvación.

En este   anuncio del Reino y en este servicio de la fe, las notas específicas del   apostolado del cristiano no consisten como tantas veces se dice, de manera un   poco presuntuosa, en la transformación del mundo sino en anunciar los bienes   del Reino, sin ninguna autoridad añadida, apoyada simplemente en la fuerza   elocuente y significativa de su propia vida, sin representar al conjunto de la   comunidad, y utilizando como principal instrumento las relaciones normales y   comunes de la convivencia ordinaria y común de la vida social como p.e. la   familia, el trabajo, la amistad, etc.

En   tiempos de evangelización, es importante subrayar esta capacidad y obligación   de los fieles cristianos de anunciar expresamente el Reino de Dios, el amor y   la salvación de Dios que se nos ha descubierto y ofrecido en la vida, muerte y   resurrección de N.S. Jesucristo. Toda la Iglesia, todos los cristianos tenemos   que sentirnos invitados y obligados a ayudar a nuestros hermanos a conocer a   Jesucristo, a creer en El, a descubrir la Iglesia como Cuerpo y Signo de   Cristo, a conocer y adorar al Dios de la salvación y vivir según su voluntad.   Este es el primer apostolado de los fieles laicos, su aportación más   importante a la misión de la Iglesia y la aceleración del Reino de Dios en el   mundo.

A partir de una vida cristiana intensa y   coherente, el cristiano crea un mundo diferente, purificado, humanizado y  santificado por la acción del Espíritu   Santo en el corazón de los fieles. La novedad y la humanidad del mundo   construido por los cristianos, es la expresión y el reflejo de la justicia   interior que Dios infunde en los corazones de sus fieles, y en definitiva   expresión y manifestación de la sabiduría y de la bondad de Dios que inspiran   y dirigen las actividades de sus fieles. Desde el esplendor y el gozo de su   vida redimida y enriquecida por los dones de Dios, el cristiano puede y debe   hablar de lo que ha recibido, del Señor Jesucristo y del amor del Padre   celestial que son el origen y la riqueza de su vida. 

Es fácil   de comprender que toda la fuerza apostólica del cristiano descansa en la   mediación esencial y necesaria la CONVERSIÓN PERSONAL. Las demás   instituciones, las demás actuaciones pretenden transformar la realidad humana   mediante la técnica, las leyes, el conocimiento, la organización, siempre de   fuera hacia dentro, generalmente sin contar con la realidad profunda de la   libertad personal, de las convicciones, motivaciones y deseos de la persona.   El Evangelio, la gracia de Dios, la acción de Cristo y de su Espíritu actúan   siempre de dentro afuera, contando ante todo con la intimidad de la persona,   sus actitudes de fondo, la orientación básica de su voluntad y de sus   aspiraciones, las ideas, criterios, amores y aspiraciones de cada uno. 

Digamos claramente que la primera transformación   de la realidad que los cristianos debemos procurar es la transformación de   nuestra propia vida, de nuestra visión del mundo, nuestras actitudes, nuestros   deseos y aspiraciones. Una antropología y sociología cristianas tienen que   considerar la vida personal como la realidad más real y más verdadera. Las   estructuras, las relaciones, las actividades de los hombres, toda la realidad   social es proyección y expansión de esta realidad propia del ser personal de   cada uno.

Desde este punto de vista podemos señalar una   serie de ámbitos concéntricos y sucesivos en los cuales el cristiano renueva   el mundo.

a)  La primera   renovación es la de su propia vida, su visión del mundo, sus objetivos,   deseos, modelos de comportamiento, relaciones, actividades, objetivos y   aspiraciones, de cada uno, de cada persona. Este es el primer fruto de la   conversión personal, sin el cual toda actuación apostólica del cristiano queda   comprometida y bloqueada.

b)  El segundo ámbito   de este mundo renovado es la familia. Cuando las personas se ven   cristianamente a sí mismas y viven su vida en conformidad con la Palabra de   Dios, las relaciones entre hombre y mujer alcanzan unas características que   hacen que la sexualidad y la vida matrimonial respondan adecuadamente a la   naturaleza personal del hombre y de la mujer, de los padres y de los hijos. La   familia cristiana es humanidad redimida, liberación y dignificación del ser   personal y de la realidad social fundamental y básica.

c)  El tercer ámbito   de transformación es el de las relaciones entre familias cercanas, entre   parientes, vecinos y amigos, mediante el desarrollo de las mil variaciones de   la caridad fraterna en la convivencia de cada día. Así por ejemplo, justicia,   veracidad, generosidad, hospitalidad, y tantas otras características   clarificadas, fortalecidas y reclamadas por la nueva existencia en el   Espíritu.

d)  Un cuarto ámbito   de la existencia humana renovada es el mundo de las actividades y las   relaciones profesionales, el mundo de la economía y del trabajo. Los   cristianos pueden ejercer y de hecho ejercen todas o casi todas las   profesiones legítimas, pero es evidente que no todos los modos de ejercer una   misma profesión son igualmente propios de los cristianos. La responsabilidad y   el ejercicio de la justicia y de la generosidad tienen que ser características   del ejercicio profesional de un cristiano en cualquier profesión o actividad   laboral y económica. Las amplitudes legales, los usos, las preferencias más   habituales no pueden ser el criterio definitivo del comportamiento de los   cristianos. Sólo actuando de manera conforme con la caridad sobrenatural los   cristianos seglares transforman de verdad el mundo de acuerdo con los   designios de Dios y facilitan el advenimiento de su Reino.

e)  En último lugar,   la acción transformadora de los cristianos convertidos alcanza los ámbitos de   la vida social y pública, mediante el ejercicio de sus deberes y derechos   políticos, tanto en el ejercicio del voto como en la actuación personal y   asociada de aquellos cristianos que se dedican a la acción social y pública,   en el campo de la información, de la opinión, o del gobierno en cualquier   nivel y con cualquier sigla o color. Aceptando la libertad y el pluralismo de   nuestra sociedad, y precisamente en ejercicio de esa misma libertad y del   pluralismo real, los cristianos pueden y deben tener en cuenta los principios   de la moral social cristiana para actuar en política, ya sea en el ejercicio   del voto o en la actuación directamente política en los diferentes partidos y   en las actividades legislativas, desde el ejercicio del gobierno o desde la   oposición. Con frecuencia la fe cristiana es desautorizada como inductora de   intolerancias e imposiciones. La actuación de los políticos cristianos tendría   que manifestar ostensiblemente que la fe cristiana y el reconocimiento del   Dios salvador, es fuente de una actuación política verdaderamente justa y   servicial, principio de una sociedad libre, justa, pacífica y fraternal. 

Cuando   los cristianos trabajan para construir un mundo ordenado al bien del hombre   “participan en el ejercicio de aquel poder por el que Jesucristo resucitado   atrae hacia si todas las cosas y las somete, consigo mismo, al Padre de manera   que Dios sea todo en todos (Cf Jn 12, 32; I Cor 15, 28). [8]

Todo   esto lo podemos entender como comentario de las luminosas palabras de San   Pablo, los que viven en Cristo son una realidad nueva, lo viejo está superado,   aquí está ya la nueva creación [9]

 


Publicado por tabor @ 10:05  | Viviendo el Concilio
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