S?bado, 12 de enero de 2013

III.        EL APOSTOLADO SEGLAR EN LA IGLESIA DE ESPAÑA. BALANCE  Y PERSPECTIVAS.

Pero   nuestro congreso no es un congreso para estudiosos que vienen a informarse   sobre las mejores ideas que hoy se puedan decir acerca del apostolado de los   seglares. Nuestro congreso quiere ser un congreso práctico, que ilumine la   situación del apostolado seglar en nuestra Iglesia y si es posible impulse y   movilice la vocación apostólica de los cristianos seglares.

Cualquier proyecto tiene que comenzar por levantar un plano   lo más exacto posible del punto de partida. ¿Cómo está en estos momentos el   apostolado de los seglares en nuestras Iglesias? ¿Qué puntos de apoyo tenemos   y que dificultades encontramos para impulsar una actividad apostólica que   responda a nuestras necesidades?

Si   dirigimos nuestra mirada a la realidad de nuestra Iglesia, veremos que la   fuerza y el vigor apostólico de nuestras comunidades cristianas es hoy   bastante deficiente.

Sin   entrar a juzgar las conciencias, ateniéndonos estrictamente a los signos   externos, nos vemos obligados a reconocer el gran desequilibrio existente   entre cristianos bautizados y cristianos convertidos. Si la primera e   indispensable mediación de cualquier transformación cristiana de la realidad   es la conversión personal, tendremos que admitir la debilidad apostólica y   transformante de nuestra Iglesia en relación con su extensión sociológica.   Ante las estadísticas podemos insistir en aspectos diferentes. Podemos   recrearnos en ese casi 90 % de ciudadanos españoles que se declaran católicos.   O podemos insistir en que de ellos solamente un escaso 30 % cumple   externamente las obligaciones básicas del cristiano. Podemos destacar que el   70 % de los matrimonios se celebran según el rito católico y sacramental, pero   no podemos ignorar que el 20 % de estos matrimonios se separan y dan lugar a   otras uniones incompatibles con la moral cristiana y si además nos preguntamos   en cuántos matrimonios se aceptan y se practican las normas morales enseñadas   por la Iglesia, veremos qué amplios y profundos son los deterioros de la   conciencia y las deficiencias de la vida de muchos cristianos.

Si nos   asomamos a la vida profesional y económica de nuestra sociedad, junto a   grandes avances en el reconocimiento de la justicia social, podemos   preguntarnos también cuántos cristianos ejercen su profesión y actúan en el   mundo económico y laboral con criterios cristianos, sin reconocer el lucro y   las ventajas personales como razón determinante de su comportamiento, en la   elección y el modo de ejercitar su profesión.

Es   evidente que la aplicación de los criterios morales cristianos  en la vida cultural y política es una   cuestión algo compleja que requiere muchos matices. Pero aun así hay algunas   afirmaciones fundamentales que nos permiten valorar algo la situación en estos   momentos. Las actividades políticas de las personas, tanto en el ejercicio del   voto como en el ejercicio de todas las actividades políticas están sometidas a   la norma moral como cualquier otra actividad humana. Los votantes tienen que   votar de acuerdo con su conciencia moral, y los gobernantes tienen que   gobernar de acuerdo con su conciencia moral rectamente iluminada y formada. No   pueden ser las mayorías o las encuestas los últimos criterios para decidir lo   que es bueno y lo que es malo, sino los criterios morales objetivos, aceptados   y aplicados por una conciencia recta, juntamente con la ponderación prudente   de las circunstancias sociales, los que decidan el sentido, los contenidos de   las leyes y los objetivos preferentes de la acción de gobierno. Decirlo,   hacerlo posible, ejecutarlo así es un noble objetivo cívico, moral y   apostólico de los cristianos.

Se   podría pensar que una sociedad formada mayoritariamente por cristianos,   debería configurar su vida colectiva a la luz de la revelación cristiana, sin   imponer a nadie por la fuerza ni la fe ni las costumbres cristianas pero sí   ofreciendo a todos los frutos culturales y sociales que la revelación de Dios   y la redención de Jesucristo promueven a favor de todos los hombres. Entre   estos valores promovidos en la historia por la revelación cristiana se   encuentra la afirmación de la igualdad básica de todas las personas, pueblos y   razas, sin marginaciones ni discriminaciones de ninguna clase, el respeto por   la libertad de las personas y la tolerancia de unos con otros en un esfuerzo   común de convivencia sobre la base de unos postulados morales aceptados y   respetados por todos.

El   pluralismo en sí mismo no es una meta definitiva ni un bien último. Desde el   pluralismo, consecuencia inevitable de la libertad, todos debemos buscar la   verdad, aceptar su fuerza convincente y ajustar nuestra vida a los   conocimientos alcanzados y compartidos. Sin esta búsqueda social e histórica   de la verdad, apoyándose en la capacidad de la razón y en la luz de la   revelación divina, y sin un respeto decisivo a unos principios de moral   objetiva fundada igualmente en la naturaleza humana y en la iluminación de la   revelación divina, la democracia resulta insostenible, y puede degenerar   fácilmente en una imposición de las mayorías, previamente fabricadas por   quienes controlan y manejan los medios de comunicación.

La   sociedad española vive un período de secularización intensiva. Esta   fascinación por las cosas de la tierra está favorecida por el crecimiento   económico, por las múltiples ofertas de diversión y de ocio, por la dureza de   una vida reglada por las exigencias del trabajo y de la economía, y por otros   modos objetivos de vida. Pero más profundamente está siendo fomentada por unas   actitudes que han llegado a ser verdaderas creencias sociales.

Aunque   oficialmente la transición política se hizo en forma de reconciliación, en   realidad los años de vida democrática han permitido el desarrollo de una   mentalidad revanchista según la cual los vencedores de la guerra civil eran   injustos y corruptos, mientras que la justicia y la solidaridad estaba toda y   sólo en el campo de los vencidos. Por eso ahora en los años de democracia se   pretende desplazar como perversión cultural todo lo que provenga de las   décadas y aún siglos centrales de la historia española, incluido claro está la   valoración de la religión católica como un componente importante del   patrimonio espiritual y cultural de los españoles.

Esta   manera de pensar, manifestada con mayor o menor explicitud, está siendo   difundida por importantes medios de comunicación desde hace muchos años,   domina en los partidos de izquierda, ha estado presente en sus campañas   ideológicas y está ahora presente en las actividades legislativas y  en muchas decisiones de gobierno de   nuestro gobierno actual. Hay un complejo movimiento de secularización de las   conciencias, en virtud del cual el hombre occidental encuentra especiales   dificultades para verse a sí mismo como criatura y reconocer la existencia de   un Dios creador y redentor en cuya presencia adquiere todo su esplendor la   existencia humana. Aparte de este movimiento general, la sociedad española   está sometida a otras tendencias de signo reivindicacionista y antieclesial   que han hecho que el proceso de descristianización tenga entre nosotros una   amplitud y una virulencia que en estos momentos no tiene ya en otros países   europeos.

Aun   reconociendo las dificultades ambientales contra la fe religiosa, cristiana y   eclesial, favorecidas por algunos medios de comunicación de fuerte   implantación, los cristianos tenemos que reconocer que la debilidad de nuestra   Iglesia tiene su primera causa en nuestras propias debilidades espirituales.   La debilidad de la adhesión personal a las realidades y a la vida de fe, la   escasa formación intelectual, la falta de estima por la propia fe, hacen a   muchos de nuestros cristianos especialmente vulnerables a la acción   descristianizadora del ambiente, y los incapacita para asumir una   responsabilidad apostólica en sus propios ambientes.

Cierto   que no podemos ser rigoristas ni exigir más de lo que la naturaleza humana   permite, pero es claro que la verdad y la autenticidad de nuestro ser   cristiano está reclamando una Iglesia en la que se marquen más las novedades   aportadas por Jesús, la novedad de vida que El ha traído al mundo. Una Iglesia   en la que los cristianos hayan vivido un acto expreso y suficientemente   fundamentado de su decisión de fe en Jesucristo, en Dios, en la Iglesia   Católica. Y no basta un grado cualquiera de personalización de la fe, la   santidad es “presupuesto fundamental” [10] para la renovación de la Iglesia,   para el anuncio del evangelio  y   la extensión de la fe en el mundo.

Además   de la debilidad religiosa, y en gran parte consecuencia de ella, la Iglesia   española está profundamente dividida en grupos y tendencias que comprometen la   unidad y dificultan grandemente la actuación de los cristianos en el mundo.   Subsisten todavía grupos que por una teología secularizada viven un   alejamiento práctico de la jerarquía difícilmente compatible con una comunión   integral. Sin llegar a situaciones tan extremas hay multitud de grupos que   viven y actúan con una relación muy tenue, más formal que real con la   jerarquía, encerrados en sus propios sistemas y en sus propias ideas. Muchas   congregaciones religiosas están más preocupadas de sí mismas que de su   servicio a la comunidad eclesial. Y en muchos movimientos se adivina el   sentimiento de que su servicio a la Iglesia consiste en invitarla a copiar   universalmente sus ideas y procedimientos.

Como   resumen, podemos decir que en la España actual muchos cristianos viven en una   comunión espiritual eclesial y católica fragmentada y deficiente. Lo que se   llama “catolicismo a la carta” es realmente la manifestación de una fe   cristiana afectada por el predominio de la cultura vigente y el sometimiento a   los intereses materiales y personales protegidos y favorecidos por la cultura   y las instituciones dominantes. Los cristianos que quieran ser apóstoles   tendrán que saber vivir en el mundo sin ser del mundo, vivir con todos sin   actuar como todos, y tendrán que saber renunciar a muchos objetivos y   aspiraciones que solamente están al alcance de quienes se someten a la   dictadura de lo “políticamente o culturalmente correcto”. En la actual   sociedad española el cristiano coherente y fervoroso tiene que estar dispuesto   a padecer una cierta marginación social, cultural y hasta profesional, y en   consecuencia tiene que estar dispuesto a renunciar a muchos bienes sociales y   económicos, que no están al alcance de quienes se presentan y actúan   socialmente como cristianos coherentes. Es el martirio moderno que prueba la   autenticidad y consuma la perfección de la fe de los cristianos que viven y   actúan en el mundo.

En   resumidas cuentas tenemos que decir que la hora presente de nuestra Iglesia no   se caracteriza por un especial potencial apostólico. Más bien estamos viviendo   una época de enfriamiento religioso generalizado y de debilidad profética y   apostólica de la Iglesia.

·          Muchos fieles bautizados abandonan la fe o la reducen a   unas vagas referencias que ya no configuran la mente ni rigen la vida;

·          otros nos dejamos influenciar por las influencias del   mundo no cristiano en ideas, sentimientos, preferencias y   valores;

·          hay pocos cristianos que asuman la misión apostólica de   su vocación cristiana como una tarea expresa y determinante en su   vida;

·          vivimos todos en el ambiente de una cultura contraria a   la fe, antropocéntrica, hedonista, mundana, que no reconoce de manera efectiva   ni la soberanía de Dios ni la primacía de la vida eterna en la comprensión,   ejercicio y configuración de nuestra vida; los criterios, las actitudes no   cristianas crean conflictos, divisiones y distanciamientos entre los   cristianos que rompen la unidad, empañan el esplendor del testimonio cristiano   y debilitan el vigor espiritual y la capacidad apostólica de la Iglesia.

·          en esta situación las organizaciones y asociaciones de   los cristianos, absolutamente necesarias para su buena preparación y su   actuación efectiva en los diversos sectores de la vida social, son escasas.   Las más clásicas, las más tradicionales o están desvitalizadas por falta de   renovación generacional o viven cautivas de viejas concepciones, reactivas e   ideologizadas, que las incapacitan para desempeñar un papel importante en la   vida y en el apostolado de la Iglesia. Las más jóvenes y más pujantes desde el   punto de vista religioso y apostólico, son todavía escasas, se reducen a   grupos minoritarios que no han logrado todavía renovar al conjunto del pueblo   cristiano y con frecuencia viven excesivamente encerradas en sí mismas sin una   inserción efectiva en la vida común de las parroquias y de las Diócesis.

 


Publicado por tabor @ 10:06  | Viviendo el Concilio
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios