S?bado, 12 de enero de 2013

IV.     ALGUNAS SUGERENCIAS   PRÁCTICAS

¿Qué   tendríamos que hacer en la Iglesia española para promover de manera efectiva   el apostolado personal y organizado de los cristianos? No creo que nadie pueda   responder de manera completa y definitiva a esta pregunta. “Con temor y   temblor” intentaré simplemente ofrecer unas sugerencias que podrán ser   discutidas, modificadas, enriquecidas o rechazadas en estas jornadas del   Congreso y sobre todo con las experiencias y resultados de los múltiples   esfuerzos que se desarrollan en todas nuestras Iglesias. Me sentiré satisfecho   si con mis palabras suscito vuestras reflexiones y aliento vuestra esperanza.

La   llamada de Juan Pablo II a una nueva época de evangelización en las Iglesias   de vieja tradición cristiana, encierra estos elementos. Reconocimiento de un   decaimiento religioso generalizado, quiebra e insuficiencia de los cauces y   procedimientos tradicionales en la transmisión de la fe, necesidad de   recuperar el vigor apostólico de los orígenes con la debida adaptación a las   exigencias de la sociedad contemporánea. Cada vez son más las personas que en   nuestras sociedades están necesitadas de una primera evangelización. Esta es   la misión más urgente de nuestras Iglesias y de todos nosotros, sacerdotes y   laicos, consagrados y seglares. Si ha de haber un renacimiento del apostolado   seglar en nuestras iglesias, tendrá que surgir primero una renovación   espiritual y eclesial de nuestros cristianos, de nuestras comunidades y   parroquias. El apostolado de hoy tiene que ser un apostolado evangelizador,   nacido y crecido de la fuerza religiosa de una Iglesia evangelizadora.  Necesitamos convocar a los laicos a   esta labor de evangelización en estrecha comunión con sacerdotes y obispos,   movidos todos por un espíritu verdaderamente misionero. [11]

Como   siempre, hay que comenzar por asentar los pies en el terreno firme de la   verdad. Y la verdad en este punto es que nuestra Iglesia no está en trance de   evangelización. Hace muchos años que estamos hablando de parroquia misionera,   de pastoral evangelizadora, pero nuestros métodos y nuestras aspiraciones han   cambiado bastante poco. La inmensa mayoría de nuestras parroquias, de nuestros   colegios, de nuestras asociaciones siguen viviendo y actuando ahora como hace   veinte, treinta o cuarenta años. Y en muchas cosas peor, porque somos más   rutinarios, porque tenemos menos iniciativas, porque la mayoría somos ya muy   mayores.

Ante   estas afirmaciones alguien podrá pensar que estoy transmitiendo un mensaje   derrotista. Nada más lejos de mi intención. Los cristianos no podemos ser   pesimistas ni derrotistas. Contamos con la presencia del Señor, con la fuerza   incoercible del Espíritu, con la asistencia  irrevocable de la Sabiduría y de la   Providencia divinas. Desde que Cristo redimió al mundo con la fuerza suprema   de la debilidad de la cruz, la condición normal de los cristianos es la de una   debilidad permanente de la cual nace la fuerza soberana de la verdad y del   espíritu de Dios. La debilidad reconocida y la confianza en el Amor y la ayuda   del Señor resucitado son los dos pilares de nuestra verdadera fortaleza.

Los   católicos españoles tenemos que asimilar la experiencia de Pablo en medio de   sus tribulaciones. Nos tienen por impostores y somos veraces, nos consideran   trasnochados y estamos llenos de proyectos, piensan que estamos a punto de   desaparecer y sin embargo resistimos. Nos acosan por todas partes pero no   pueden con nosotros, andamos a oscuras pero nunca perdemos la esperanza, nos   vemos perseguidos pero nunca aniquilados. Vivimos la debilidad de Jesús ante   sus verdugos, pero en esta debilidad se manifiesta el poder de Dios y el   esplendor de la nueva creación [12] En la debilidad somos más fuertes. [13] La   debilidad de Dios es más fuerte que el poder de los hombres, la ignorancia de   Dios más sabia que la sabiduría de los hombres, más eficaz que las técnicas y   los poderes de este mundo. [14] Siendo débiles, somos más fuertes que los   fuertes de este mundo, porque    contamos con la palabra de la verdad y la fuerza del evangelio de Dios.   [15]

Con estos presupuestos quiero señalar algunos   requisitos imprescindibles para que pueda crecer y desarrollarse en nuestra   Iglesia con entera normalidad el apostolado de los seglares.

1º, Ante   todo, nuestra Iglesia, necesita clarificarse más, diferenciarse más en el   conjunto de la sociedad española que aunque conserve muchos elementos   cristianos ya  no es cristiana de   corazón. En años pasados se desarrolló una mentalidad concordista que todavía   perdura. Es la mentalidad de quienes piensan que la Iglesia para ser fiel al   evangelio de Jesús tiene que adaptarse a las preferencias y características de   cada momento cultural. Esta manera de ver las cosas se apoya en un concepto   falso de humildad y de misericordia. Nuestra humildad está en la fidelidad al   mandato recibido y la mejor misericordia es el ofrecimiento del evangelio de   Jesús en su radical originalidad y en total integridad. Por eso junto con el   anuncio y el servicio, entre la Iglesia y el mundo hay también lugar para el   escándalo y el conflicto.    Necesitamos liberarnos más a fondo de las consecuencias negativas de   unos decenios en los que pretendimos identificar artificialmente la Iglesia   con la sociedad. Esta clarificación e identificación de la Iglesia en el   conjunto de la sociedad requiere que los cristianos lo sean con mayor claridad   y coherencia. Y quienes no quieran vivir la vida cristiana en la comunión   católica deberían renunciar a    violentar a la Iglesia para acomodarla a sus conveniencias. Todo lo que   queramos hacer como cristianos en nuestro mundo se sustenta sobre la   existencia de comunidades cristianas, más o menos numerosas, pero sinceramente   entusiasmadas con su vocación cristiana, claramente conscientes de sí mismas,   dispuestas a vivir la vida personal, familiar y social de acuerdo con el   evangelio de Cristo y la doctrina de la Iglesia, sin temor a ser criticadas   por los poderes de este mundo, capaces de presentar los contenidos de la   salvación de Dios y hacerla operativa en las actuaciones y relaciones de la   vida social concreta y verdadera. Es evidente que las comunidades fervorosas   suponen personas y familias que vivan intensamente su fe y su vida espiritual   es estrecha y gozosa comunión eclesial.    Tenemos a nuestro alcance muchos medios prácticos para caminar en esta   dirección. Podemos, por ejemplo, intensificar la acción evangelizadora en los   tiempos y celebraciones de la iniciación cristiana, con la finalidad expresa   de suscitar cristianos convertidos, que vivan intensamente su consagración   bautismal y que estén suficientemente capacitados para vivir y anunciar el   evangelio en el contexto de la vida social real. Podemos trabajar para que las   celebraciones sacramentales respondan de verdad a la fe de los participantes.   Todos sabemos y aceptamos la enseñanza de la Iglesia sobre la eficacia de los   sacramentos ex opere operato, en virtud de la muerte y de la resurrección de   Jesucristo. Pero también sabemos que esta infinita fuerza santificadora de los   sacramentos solo es eficaz en nosotros en la medida en que aceptamos la acción   santificadora de Dios por medio de la fe y de la amorosa obediencia a su   Palabra. Poco a poco tenemos que ir consiguiendo que el bautismo sea  celebrado, aceptado y vivido como   sacramento de la fe y de la vida cristiana; que el sacramento de la   conformación sea realmente celebrado y aceptado como sacramento de la plenitud   bautismal; que los matrimonios sacramentales sean verdaderas uniones   realizadas en la fe de la Iglesia    y con el amor fiel y generoso del Señor. Mientras tanto podemos también   convocar y reunir a los fieles que viven en plena comunión católica,   invitándoles a superar las fronteras de sus diversas asociaciones y   movimientos y a asumir su parte en la misión evangelizadora de la Santa Madre   Iglesia poniendo lo común por encima de lo específico y diferenciante. Y hará   falta que los cristianos, vitalmente reunidos en Iglesia,  estimen su fe y su vida cristiana y   eclesial como la perla preciosa por la cual vale la pena sacrificar otros   falsos tesoros, y asuman como tarea propia anunciar el Reino de Dios, difundir   el evangelio de la salvación, ayudar a sus hermanos a que conozcan a   Jesucristo, sin buscar otros intereses ni otros proselitismos particulares.   Sin esta renovación interior que nos ponga a todos en trance de expansión no   podrá haber un verdadero apostolado seglar.

2º, Un   segundo paso indispensable para que se desarrolle en las Iglesias de España el   apostolado de los seglares es el fortalecimiento de la unidad interior de   nuestras comunidades cristianas. Ciertamente hemos vivido tiempos peores, con   más diferencias, divisiones y tensiones dentro de la Iglesia, pero estamos   todavía lejos de los niveles indispensables de comunión y de confianza.   Necesitamos trabajar para superar las desconfianzas entre obispos, sacerdotes,   teólogos y pueblo de Dios. Muchos de nuestros fieles viven fuertemente   influenciados en materias dogmáticas y morales  por las ideas ambientales, hay   teólogos, sacerdotes, seglares  y   religiosos, que proponen como medio de renovación eclesial y condición para el   apostolado eficaz el sometimiento de la Iglesia, en la doctrina y en la vida,   a las pretensiones y conveniencias de la cultura materialista y hedonista. Y   no faltan asociaciones religiosas y seglares que con la mejor voluntad   atienden estas consignas en contra de las enseñanzas y advertencias del Papa y   de los Obispos.  Para muchos, no   solamente fieles seglares sino también sacerdotes y religiosos, para reforzar   la credibilidad de la Iglesia en nuestro mundo es indispensable mantener un   cierto margen de disentimiento habitual respecto del Papa y de los Obispos.   Mientras los cristianos no recuperemos la plena confianza en nosotros mismos,   y no sintamos el gozo y el agradecimiento de ser miembros de nuestra Iglesia   real y concreta,  no seremos   creíbles ante el mundo ni surgirá en nosotros un deseo vigoroso y resuelto de   anunciar un evangelio en el que no acabamos de creer. Es verdad que la   renovación tiene que comenzar por pequeños grupos minoritarios que vivan y   actúen en la Iglesia. Pero también es cierto que la realidad de Iglesia está   en las parroquias, en las que se agrupa el pueblo llano y sencillo, sin otro   título ni otro apellido que el honroso calificativo de cristiano. A fin de   cuentas son estas parroquias las que tienen que recuperar su pulso espiritual,   sus actos de piedad, su capacidad de formar a los nuevos cristianos y de   desplegar la actividad apostólica que nuestro mundo necesita. [16] Mientras el   clima espiritual de nuestras parroquias no sea un clima de fervor, de unidad,   de responsabilidad compartida frente a las carencias de nuestro mundo, no   podremos contar con una Iglesia evangelizadora ni con unos cristianos   apóstoles.

3º, El   desarrollo del apostolado seglar está pidiendo alguna modificación en nuestra   manera de concebir las relaciones entre la Iglesia y la sociedad. Respetando   la estructuración interna de la Iglesia como comunidad jerárquica en la que   algunos cristianos cumplen un ministerio singular de presidencia en el nombre   de Cristo, tenemos que fomentar una manera de ser y de actuar que reconozca a   los seglares como zona de encuentro entre la sociedad y la Iglesia, como   confluencia real de lo sagrado y lo secular, de la fe y la cultura, de la   Iglesia y del mundo. Ellos son la presencia más cercana y más profunda de la   Iglesia en el mundo  y por eso   mismo agentes principales del anuncio del evangelio en el mundo y de la   construcción real del Reino de Dios. Los contactos y los acuerdos entre la   Jerarquía de la Iglesia  y los   poderes civiles seguirán siendo legítimos, convenientes y hasta necesarios.   Pero estos mismos instrumentos jurídicos serán apostólicamente eficientes sólo   en la medida en que estén respaldados por un número creciente de cristianos   laicos, presentes y operantes en el mundo, que hagan valer estos acuerdos   utilizando los recursos y procedimientos de una sociedad organizada   democráticamente a favor del evangelio de Jesucristo y del crecimiento de la   vida cristiana entre los ciudadanos.    Bien está, por ejemplo, mantener unos acuerdos con el Estado español   que reconozcan el derecho de los católicos a una enseñanza católica para sus   hijos en el seno de la escuela pública. Pero estos instrumentos jurídicos   pierden fuerza si luego no hay una comunidad de familias cristianas, que   valoren la educación religiosa de sus hijos como un bien de primer orden y   sean capaces de defender este derecho por todos los procedimientos legítimos   que ofrece una organización democrática de la sociedad. Bien está que los   obispos nos pronunciemos en contra del aborto o de la manipulación de los   embriones humanos. Pero esto vale de poco si luego no hay unos cristianos que   mantengan la vigencia  y el   prestigio de estas enseñanzas en los ambientes concretos de las relaciones   humanas y de la vida de cada día y exijan a los gobernantes el respeto a unos   principios morales y castiguen políticamente a los programas que favorezcan   legislaciones y comportamientos contrarios a la ley de Dios y a la moral de la   razón humana, desarrollada a lo largo de la historia, iluminada, purificada y   fortalecida por la revelación de Dios.

De nuevo hay que insistir en que para que los   cristianos sean de verdad presencia capilar de la Iglesia en la carne misma de   la sociedad, hace falta ante todo que sean Iglesia, que estén ganados por el   amor de Cristo con una fe viva y operante, que vivan de acuerdo con las   enseñanzas del evangelio y de la Iglesia en su vida personal, en el ejercicio   de su vida profesional, en la vida familiar y en el ejercicio de sus   relaciones y obligaciones sociales. Ellos mismos, con su vida santa, tienen   que ser apoyo y confirmación de su palabra. Con esta condición por delante   surge espontáneamente como una marea testimoniante y apostólica que hace de la   convivencia cotidiana el mejor instrumento para la difusión del evangelio y de   la fe en Jesucristo. ¿Cómo se realizó la primera evangelización de nuestros   países? Cierto que fueron los Apóstoles y los varones apostólicos los primeros   mensajeros del evangelio. Pero luego fueron los cristianos sencillos, los   comerciantes, los soldados, los esclavos quienes difundieron la fe, de manera   imparable, por el simple procedimiento de explicar confidencialmente la   riqueza que habían recibido al conocer la persona de Jesucristo y haber creído   en El y en su evangelio. La breve confidencia de los discípulos tiene que   seguir siendo hoy el más poderoso plan de pastoral y de apostolado “Hemos   conocido al Mesias”.

4º, Esta   movilización apostólica de los cristianos requiere también que tengamos una   conciencia clara de cual es el momento histórico de nuestra sociedad, cuáles   son las disposiciones espirituales y culturales dominantes de nuestros   conciudadanos y cuáles tienen que ser en consecuencia los objetivos   primordiales de la acción apostólica y misionera de la Iglesia. Si en algunos   momentos pudimos pensar que una Iglesia sólidamente establecida tenía que   poner el acento en desarrollar el sentido social de sus miembros y la   solidaridad de la sociedad entera con los más necesitados, tenemos que darnos   cuenta de que hoy lo más urgente, el servicio más grande y más urgente que la   Iglesia tiene que hacer a nuestra sociedad, el bien más grande que podemos   hacer a nuestro amigo o nuestro vecino, es ayudarle a creer en Dios, ayudarle   a descubrir a Jesucristo como Salvador,    a verse a sí mismo como hijo de Dios y heredero de la vida eterna. La   Iglesia entera debe desplegar un esfuerzo extraordinario para contrarrestar   los fermentos y falsos argumentos a favor de la indiferencia moral y religiosa   que circulan en nuestra sociedad, en ayudar a los hombres y mujeres de buena   voluntad a creer en el Dios de Jesucristo como Padre común y fuente de la vida   verdadera,  seleccionando los   contenidos y los métodos de nuestro apostolado en función de este objetivo   primordial, esencialmente religioso y estrictamente misionero. Esto vale igual   para todos los cristianos, clérigos como seglares, aunque lo tengan que hacer   con diferente autoridad, en momentos y lugares diferentes y con métodos   diversos adecuados a las diversas circunstancias. Repetidas veces el Papa nos   ha pedido que concentremos nuestro apostolado en el anuncio de Cristo, de su   persona, de su vida, de su doctrina y de su misteriosa y poderosa presencia   actual en el mundo, constituido por el Padre Señor del universo. Centro de la   historia, piedra angular de la creación y de la nueva humanidad. Tenemos que   tener muy clara la conciencia de que ninguna actividad, por humanitaria que   sea, es un verdadero apostolado si no conduce de alguna manera al anuncio   explícito de Jesucristo como Salvador y Redentor y al conocimiento de Dios   como Creador y Padre de misericordia. Por eso es urgente que todos los   cristianos seamos capaces de presentar una formulación fiel y comprensible del   kerigma apostólico como invitación directa a la fe en Jesucristo y en el Dios   de la salvación. Una presentación del kerigma centrado en estas ideas: Hay un   Dios Creador del mundo y Padre de la humanidad, que nos ha enviado a su Hijo   para rescatarnos del mal y abrirnos las puertas de la vida verdadera. El nos   ha creado para vivir eternamente en su presencia y ahora nos da el Espíritu   santo para justificarnos y enseñar a vivir como hermanos caminando juntos   hacia la patria celestial.

5º, Urge   rehacer el entramado cristiano de la sociedad humana, o, si se prefiere,   cristianizar el entramado de la sociedad, pero la condición indispensable es   que se recupere el fervor de los cristianos, la confianza en el evangelio y la   cohesión interna de las comunidades cristianas. Nadie sabe lo que la división   y el disentimiento habitual dentro de nuestras comunidades han podido restar   energías y entorpecer los proyectos apostólicos de nuestras Iglesias. El   desarrollo del apostolado seglar requiere que nuestras Iglesias particulares   recuperen el vigor espiritual y el entusiasmo misionero de los cristianos   verdaderamente convertidos. [17]

Para   lograrlo hará falta que los dirigentes y servidores de la comunidad, obispos,   sacerdotes, religiosos y educadores, incluidos los catequistas y profesores de   religión, asumamos actitudes misioneras, propias de los tiempos de prueba y de   persecución, centremos nuestros trabajos en el servicio de la fe y de la vida   espiritual de nuestros hermanos, con más diligencia, más sabiduría, más   abnegación y más generosidad. Con estos precedentes podremos ir contando con   un número creciente de cristianos dispuestos a dar testimonio de Jesucristo y   del Dios de la vida y de la salvación en el contexto real de la vida social,   en la enseñanza y en la vida intelectual y cultural, en las actividades y   proyectos económicos, en los debates políticos, en las decisiones legislativas   y en las actuaciones de los gobiernos, haciendo ver las diferencias y las   ventajas de una visión de la vida y de unas soluciones concretas cuando se   cuenta con la presencia de Dios, con la ayuda de su revelación y los   enriquecimientos culturales y sociales que ellas producen cuando son aceptadas   y tenidas en cuenta. Hoy, por debajo de las mil diferencias entre unos   partidos políticos y otros, por encima de los continuos debates y   enfrentamientos políticos, tenemos que reconocer que se está desarrollando en   todo occidente, y en España con especial virulencia, un gran debate de fondo   religioso, en la política, en la cultura, en las artes, en el esfuerzo global   por organizar la vida según las propias convicciones, lo que se está en juego   es el intento de organizar la vida humana sin contar con Dios, como si   fuéramos nosotros los dueños absolutos y últimos de nuestra vida y de la   creación entera, en una descarnada y desesperada omnipotencia, en contra de   una cultura y de unas formas de vida que tienen en cuenta la Soberanía y la   Paternidad de Dios manifestada por Jesucristo y asimilada por la fe personal.   Esta situación no es ya un problema solamente para la Iglesia, es también un   problema de cultura, de rumbo espiritual en el camino de la historia y a largo   plazo puede llegar a ser un problema de supervivencia de la misma humanidad.   Es preciso que los cristianos seglares se empeñen a fondo en presentar la   alternativa de una vida humana entendida y, organizada y vivida teniendo en   cuenta la paternidad de Dios y la esperanza de la vida eterna, teniendo en   cuenta la justicia interior y el valor de la vida virtuosa, favorecida   interiormente por el Espíritu Santo, pero ayudada también exteriormente por la   educación y la formación, por las creencias y usos sociales, por las leyes   justas y el apoyo de una cultura a la medida del hombre real, creado por Dios   y redimido por Cristo para la vida eterna.  Somos poseedores de una levadura capaz   de transformar la masa entera, somos la sal que preserva a la humanidad de la   corrupción, tenemos en nuestras manos la luz que quita las tinieblas del   mundo. Cómo podríamos callar por miedo o por desconfianza de nosotros mismos,   como podríamos renunciar a intervenir eficazmente en la marcha de los   acontecimientos. ¿No estaremos siendo infieles y cobardes, culpables de un   peligroso silencia, disfrazado de prudencia y de aperturismo? ¿No estamos   siendo la luz mortecina que ya no ilumina, la sal sosa incapaz de dar ningún   sabor, la levadura envejecida que ya no transforma la masa?

6º, La   acción apostólica de los cristianos tiene unos espacios necesariamente   personales y espontáneos, difícilmente regidos por ninguna reglamentación. Es   el espacio de la vida familiar, de las relaciones humanas espontáneas, de las   actuaciones personales en el mundo de las actividades profesionales. Un   cristiano fervoroso y responsable encuentra siempre mil oportunidades para   hacer brillar la luz del evangelio de Jesús ante las personas con las que   convive. Pero otras muchas actuaciones posibles y necesarias requieren un   trabajo organizado,  estable,   capaz de influir en otras instituciones y en el conjunto de la opinión   pública. Son actuaciones que sobrepasan las posibilidades de una persona sola   y requieren la intervención de asociaciones adecuadas y operantes.  El Papa nos habla de “una nueva época   asociativa”, reconocida por el Sínodo de los Obispos y saludada como un   verdadero don de Dios. [18]    

Para   evitar confusiones que se dieron ya entre nosotros hasta el punto de bloquear   el desarrollo de la acción apostólica y misionera de los cristianos, se impone   diferenciar bien dos clases de asociaciones. Unas son todas aquellas cuyos   fines quedan dentro del ámbito eclesial, dentro de lo que son los objetivos   primarios y directos de la Iglesia, dirigidas a la buena formación y el apoyo   de la vida cristiana de los fieles seglares que luego han de desarrollar sus   actividades en el mundo secular.    Hoy muchas de nuestras parroquias no son capaces de ofrecer de una   manera estable y bien configurada la formación que necesita un cristiano para   actuar apostólicamente en su ambiente profesional o social, ni pueden tampoco   atender suficientemente a los fieles en el día a día de su vida espiritual.   Hacen falta asociaciones, movimientos, que de una manera estable y bien   organizada ofrezcan métodos, instrumentos, ayuda personal para el crecimiento   de los cristianos en diversas vertientes de su vocación cristiana, personal,   familiar y social. Se trata de asociaciones estrictamente eclesiales, que   quedan dentro del ámbito de la vida y de la misión directa de la Iglesia.  Estas asociaciones pueden tener   también sus objetivos apostólicos generales, que luego los cristianos podrán   vivir en el contexto concreto de sus parroquias y de sus Diócesis. En muchas   partes se encuentran fuertes resistencias y suspicacias en contra de estas   asociaciones. La postura decidida de la Iglesia y la experiencia de cada día   nos demuestra que sin asociaciones no podremos tener nunca un laicado formado   y apostólicamente operante de manera significativa. Solo la asociación da   continuidad y amplitud. Para que el asociacionismo encuentre en nuestras   parroquias la acogida que necesita y merece, será preciso que los dirigentes   de las asociaciones se esfuercen sinceramente para dirigir de tal manera la   vida de sus asociaciones que sus miembros por el hecho de pertenecer a una   asociación o a un movimiento se sienta más dentro de la parroquia y más cerca   del común de los cristianos, en vez de encerrarse en la propia asociación y   hacer de ella como un cómodo sustitutivo de la Iglesia madre que es la casa de   todos.

Otra   clase muy distinta de asociaciones son aquellas que, promovidas y hasta   formadas por cristianos,  tienen   como fin propio la intervención de sus miembros en los diversos sectores de la   vida social, asociaciones profesionales para ayudarse a actuar cristianamente   en el terreno de su profesión, asociaciones de profesores, de intelectuales,   de padres de alumnos o de cristianos que pretenden actuar de una u otra manera   en la vida política. Estas asociaciones, en la medida en que tengan   objetivos  de naturaleza civil y   secular, y recurran a procedimientos civiles y seculares, perfectamente   legítimos en la vida democrática, tienen que ser reconocidas como asociaciones   civiles, tanto si están formadas sólo por cristianos como si son asociaciones   abiertas al público en general, aunque tengan un ideario cristiano que permita   participar a los cristianos sin restricciones de conciencia.

En otros   tiempos hemos vivido esquemas híbridos y confusos en los que una asociación de   acción católica, estrechamente vinculada con la jerarquía y asociada a su   misión, se imponía como objetivo la reforma de una legislación o la actuación   en diversos campos de la vida política o económica,  con frecuencia, bajo la inspiración   dominante de una determinada ideología política. Esta falta de claridad en la   configuración de nuestras asociaciones y en la delimitación de sus objetivos,   ha dado lugar a muchas tensiones dentro de la Iglesia y ha creado dificultades   para  la comunicación y la   comunión entre obispos y asociaciones seglares, bloqueando el desarrollo y la   aceptación del apostolado asociado de los seglares. ¿Entra dentro de los fines   de un movimiento de Acción Católica promover un determinado modelo de   economía, o de contratos laborales, o de precios de los productos en el   mercado? Esa puede ser muy bien una batalla que lleven adelante los cristianos   desde dentro de asociaciones civiles, inspirados y guiados por sus   convicciones cristianas. Pero esos objetivos estrictamente seculares no entran   en la misión de la Iglesia y por eso mismo tampoco caen dentro de los fines   propios de unas asociaciones eclesiales que no pueden ir más allá de donde   alcanza los límites de la vida y de la misión de la Iglesia y por eso  mismo tampoco caen dentro de los fines   propios de unas asociaciones eclesiales que no pueden ir más allá de donde   alcanza los límites de la vida y de la misión de la Iglesia.    Las asociaciones   eclesiales se han de centrar en formar y preparar a los cristianos para que   luego, inscribiéndose en otras asociaciones civiles o promoviendo nuevas   asociaciones adecuadas a sus deseos, traten de alcanzar objetivos civiles, por   procedimientos civiles, guiados y estimulados por la fuerza de la fe y de la   caridad cristianas. Estamos necesitados de una mayor claridad conceptual e   institucional en estos asuntos. Y estamos especialmente necesitados de una   acogida y de un apoyo decidido al asociacionismo de los cristianos para mejor   conseguir los fines primordiales de su vida espiritual y su capacitación para   el apostolado.

7º, Las   asociaciones propiamente eclesiales tendrían que desarrollar un fuerte sentido   de comunión y de unidad, en la doctrina, en la vida y en los objetivos y   prioridades apostólicas, en estrecha relación con el obispo y los sacerdotes,   en una conciencia fuerte de unidad de vida y de misión. Es un error y una   tentación la actual tendencia a subrayar excesivamente los carismas   especiales, dando más valor a lo específico que a lo común,  apropiándose con frecuencia como notas   propias de una congregación o de una asociación de notas y bienes que son   comunes y propias de toda la comunidad cristiana. Esta tendencia a hacer   prioritario lo específico, dejando en segundo lugar lo que es común, que es   siempre lo más importante, no favorece la conciencia de la unidad, dificulta   la colaboración y debilita el vigor y la capacidad apostólica de la comunidad   eclesial en su conjunto.

En cambio, las asociaciones seculares en las que   militan los cristianos conviene que tengan la mayor autonomía posible, para   que se muevan en el terreno de las instituciones seculares con la misma   libertad y los mismos derechos que los demás, dejando la vinculación eclesial   a las relaciones personales de los cristianos con los responsables y los   miembros de su comunidad eclesial y la fidelidad a la doctrina y motivaciones   cristianas en la elaboración de los estatutos, selección de objetivos y   realización de sus actividades.

Estas asociaciones seculares pueden ser   promovidas por cristianos con una inspiración cristiana en su misma   estructura, o bien pueden ser asociaciones seculares preexistentes, en las que   los cristianos puedan actuar cómodamente según su conciencia. Es evidente que   los cristianos pueden militar en cualquier asociación con tal de que sus fines   no sean expresamente contrarios a la doctrina y a la moral católicas. En   cualquier caso el mínimo requerido para que los cristianos puedan militar en   una asociación secular no confesional es que tengan la suficiente libertad y   el suficiente respeto como para poder disentir de todo aquello que sea   contrario a su conciencia y no encuentren un rechazo sistemático a los   argumentos y sugerencias inspiradas en la tradición cristiana. Tenemos el   derecho a preguntarnos si hoy los católicos que militan en ciertos partidos   políticos, sindicatos u otras asociaciones semejantes, tienen esta libertad y   sobre todo si tienen el valor de hacer valer sus puntos de vista siempre que   estén comprometidos los juicios y valores de la conciencia cristiana. Más en   concreto, ¿los cristianos que militan en IU o en el PSOE pueden discutir y   exponer sus argumentaciones y su visión del aborto, del respeto a la vida en   sus diferentes fases, de la protección del verdadero matrimonio en los órganos   competentes, en igualdad de condiciones con los demás? ¿Lo hacen de hecho? He   aquí una grave cuestión. A veces tiene uno la sensación de que algunos   cristianos comprometidos políticamente critican más a la Iglesia desde los   presupuestos de sus partidos respectivos, que los programas políticos de sus   partidos desde los presupuestos de la Iglesia. Puede más la identidad   partidista e ideológica que la identidad eclesial y cristiana.

8º, En   este terreno de las asociaciones seculares desde las que militen y actúen los   cristianos en la vida social y pública haría falta insistir en dos   características. Hace falta seleccionar mejor los objetivos y los campos de   influencia. ¿Cuáles son hoy los sectores más influyentes en la configuración   de la opinión pública, de la cultura vigente, de las condiciones de vida   colectivas? En definitiva ¿cuáles son los sectores de la vida más influyentes   en la mentalidad y el comportamiento de las personas desde las cuales se les   puede ayudar mejor y más eficazmente a conocer la salvación de Dios y   disfrutar de sus bienes? Quien mira con realismo el panorama de nuestras   naciones de Occidente, el tono vital de la sociedad española, es evidente que   la tarea más urgente para toda la Iglesia, no sólo para los clérigos o los   religiosos, sino para todos los cristianos es la evangelización. No acabamos   de entender que tenemos que centrar nuestros esfuerzos en sembrar de nuevo la   fe cristiana en las generaciones jóvenes, mayoritariamente alejadas de la fe   cristiana y del reconocimiento del Dios verdadero. Así lo presenta   insistentemente Christifideles laici [19]

Hoy, en la sociedad española, un cristiano seglar   que quiera colaborar activamente en la misión de la Iglesia, tiene ante sí   estos temas urgentes y preferentes:

En el campo de las realidades religiosas

·          la primera necesidad es renovar y vigorizar la vida   espiritual de los cristianos, sacerdotes, religiosos y laicos, fortalecer la   comunión eclesial en las personas, los grupos, comunidades y asociaciones,   recuperar el sentido de la misión apoyado en el reconocimiento de Jesucristo,   Hijo de Dios y Salvador único de todos los hombres.

·          la dignificación racional y cultural de la fe, de la vida   religiosa, de la presencia y la actuación de la Iglesia en el conjunto de la   vida social;

·          la fundamentación racional de la existencia de Dios, de   su carácter personal y providente;

·          la justificación histórica, antropológica, histórica y   salvífica de la fe en Jesucristo como Hijo de Dios, redentor y salvador de la   humanidad.

·          El conocimiento y la estima de la existencia humana   purificada, dignificada y santificada por la redención de Jesucristo y la   efusión del Espíritu Santo.

·          La difusión de las mil obras buenas que favorece y   promueve la iglesia en la vida personal y familiar, profesional y social, en   relación con los más necesitados y los momentos más difíciles de nuestra vida.   Etc.

En el campo de las implicaciones y consecuencias   morales y sociales de la vida cristiana, los cristianos seglares españoles   tendrían que procurar:

·          Intervenir en los medios de comunicación, con criterios   cristianos, en toda su compleja y poderosa realidad, empresas, agencias,   columnistas, comentaristas, informativos y noticiarios, debates, siempre en   defensa sincera de las libertades y del bien común,  con absoluta veracidad y plena   justicia.

·          Hacerse presentes en la acción y gestión política, desde   el gobierno o desde la oposición, reivindicando el derecho a actuar en   política desde las convicciones arraigadas en la fe cristiana, mostrando   prácticamente la fecundidad social de la moral cristiana bien entendida y   sinceramente aplicada, recuperando la inspiración social de la política como   servicio al bien común de las familias y de todos los sectores sociales, sin   discriminaciones ni partidismos, sin anteponer los intereses de nadie al   servicio sincero de las necesidades y conveniencias comunes.

·          Promover por todos los medios el servicio al desarrollo   integral de los más necesitados en el marco nacional y en la política   internacional, promoviendo planes de ayuda  desinteresada y efectiva  que proporcione a todas las personas   las posibilidades básicas de desarrollo y perfeccionamiento, que acorte las   distancias entre los pueblos y favorezca la comunicación y la colaboración   entre todos los pueblos de la tierra. Una política cristianamente inspirada   tendría que buscar el modo de ayudar a los pueblos subdesarrollados de manera   eficaz y desinteresada para dotarles de las estructuras y condiciones   necesarias que les permitan incorporarse activamente a la convivencia   internacional sin inferioridades ni dependencias.

·          Promover desde todos los puntos posibles la defensa de la   vida y de la dignidad de la persona, desde su concepción hasta su muerte   natural. Es el momento de luchar para que la ciencia y la técnica respeten la   dignidad de la persona como una realidad de  valor supremo que no puede ser   utilizada para ninguna utilidad material como si fuera una mercancía. Nuestro   gobierno acaba de autorizar la investigación con embriones humanos. ¿No hay   cristianos que defiendan lo contrario desde las asociaciones profesionales o   desde las instituciones políticas?

·          Los cristianos seglares tienen que hacerse presentes en   el gran mundo del sufrimiento, de la enfermedad, de la soledad, de la   invalidez, por medio de su presencia profesional o con carácter voluntario,   actuando según el espíritu del Buen Samaritano, tienen que demostrar en este   mundo cada vez más individualista y más dominado por el dinero, la posibilidad   de una relación verdaderamente amorosa, interesada, atenta, gratuita, que hace   presente el amor y la bondad de Dios en el mundo, ampliando los sentimientos   de misericordia y de compasión del corazón de Cristo ante los enfermos, los   pobres abandonados, los más heridos por la soledad y la desesperanza.

·          Defender la libertad de enseñanza y de educación, mejorar   los métodos y los contenidos, fomentar también la calidad de la enseñanza   pública,  en toda su amplitud,   desde la escuela primaria hasta la universidad, fomentar la formación   cristiana y pedagógica de los profesores, dignificar el noble oficio del   magisterio en todos los niveles, etc.

·          En nuestra sociedad está siendo una necesidad urgente   fundamentar la estima del matrimonio estable y fecundo como célula básica de   la sociedad, en nada comparable con otras formas posibles de convivencia y el   valor irremplazable de la familia fundada en el matrimonio estable y fecundo   como lugar apropiado de la multiplicación de la vida, el nacimiento,   crecimiento y educación de las nuevas personas. A la vez es importante actuar   a favor de una buena educación afectivo-sexual de los jóvenes, como elemento   básico de la felicidad personal, de la convivencia social y de la normalidad   de las personas en sus compromisos afectivos, profesionales y sociales.

 


Publicado por tabor @ 10:08  | Viviendo el Concilio
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