Viernes, 25 de octubre de 2013

“El clamor de los pobres fue escuchado en Aparecida” Entrevista a Ronaldo Muñoz Autor: Ezequiel Silva De paso por Buenos Aires –donde acompañó el encuentro anual de los Curas en la opción por los pobres y brindó algunas conferencias abiertas–, el sacerdote y teólogo chileno fue entrevistado por el autor para Vida Pastoral.

Afirmando lo esencial: Jesús, los pobres y la hermandad

Ezequiel Silva: Ronaldo: queremos agradecerte por tu espacio compartido, por el tiempo. La primera pregunta que se nos ocurre hacerte es un poco más personal: ¿Te definís como teólogo, como sacerdote/pastor o como pastor/teólogo? Sabemos de tu inserción pastoral y de tu trabajo cercano a la gente. ¿Cómo te reconocés más?

Ronaldo Muñoz: Bueno, yo quiero aspirar a ser verdaderamente humano. Es una tarea grande. Por lo menos yo lo siento así. Y por supuesto, en este camino lo que se me ha regalado es la cercanía a los pobres y conocer a Jesús. Son dos claves inseparables, tal vez unidas por una tercera que es el tema de la hermandad. Yo creo que Jesús vino a hermanar a la humanidad y a enseñarnos a humanizarnos profundizando en relaciones realmente fraternas entre las personas, eso que nos teje, nos constituye. Y claro que donde la humanidad está más herida es donde está tal vez menos corrompida también, que es entre los pobres. No quiero ni puedo idealizar a los pobres. Las heridas son tremendamente dolorosas, destructivas y opresivas. Pero mientras pasan los años y uno envejece van quedando unas pocas convicciones en la vida que se van fortaleciendo cada vez más. Y van quedando muchas cosas secundarias –no digo botadas en el camino, porque tantas cosas tienen su importancia... – pero que uno va aprendiendo a ponerlas al servicio de esos grandes ejes. Creo que estos son los tres pilares que se me han regalado: la cercanía a los pobres, víctimas de la injusticia, del menosprecio, de la prepotencia, de la ambición mezquina que parece dominar al mundo sin dejar espacio para la esperanza. Yo valoro en el Evangelio de Jesús, de la persona de Jesús, su manera de ser, de actuar, de relacionarse y de acoger, de entregar lo suyo y entregarse él. Todo tiene sentido. Esos son los tres pilares. Se puede empezar mencionando cualquiera de los tres: Jesús, la hermandad, los pobres; o los pobres, la hermandad, Jesús. No sé si con esto contesto tu pregunta, pero es lo que uno vive, lo que uno aprende, son las convicciones que se van asentando y que lo van tiñendo todo. Van tiñendo la mirada, la reflexión, los juicios, las apreciaciones, los criterios. Por supuesto que uno está lleno de incoherencias. ¿Quién puede decir que es puro? Entonces: aspirante a ser humano, postulante al discipulado de Jesús y aprendiz de la hermandad. Todo lo demás es secundario.

El horizonte latinoamericano

Sí creo que por la formación que he tenido oportunidad de adquirir, formación también en lo académico...; oportunidades de trabajar en equipo en mi país, con gente sencilla en los barrios; trabajar en equipo en el ámbito de las parroquias, de los decanatos; en instancias más amplias de la Iglesia, como por ejemplo en la Conferencia Latinoamericana de Religiosos y Religiosas (Clar) –fui dieciséis años teólogo de la Clar y aprendí muchísimo, ahí se me abrió el horizonte latinoamericano–. También la misma docencia académica, en la Facultad de Teología en Santiago, como profesor invitado en Europa varias veces. El hecho de haber tenido oportunidades de convivir con gente en Europa, en África, un poquito en Norteamérica, pero sobre todo en América Latina. Y en los últimos años concentrado en Chile desde luego, y también Argentina. Ha sido muy rico para mí desde los años que estuve en el sur de Chile –desde 1998 al 2005– enunciar, continuar y profundizar esto que llamamos –el nombre es demasiado nombre– una comunidad teológico-pastoral del sur chileno-argentino. Mi país Chile es un país muy aislado en el mundo, por razones geográficas pero también ideológicas. Tenemos una clase dirigente muy arrogante y el tejer lazos con los países vecinos, pueblos hermanos, y tejerlos desde abajo me parece de primera importancia. Y aunque los frutos no se vean en el corto plazo me parecía algo muy importante, no sólo en el ámbito de América Latina, o nuestro "cono sur del cono sur", sino mirando el planeta. Si no logramos tejer hermandad y solidaridad entre los pobres del mundo estamos perdidos. Y estamos perdidos no sólo los pobres, sino la humanidad y el planeta. Las cosas se van planteando cada vez con mayor radicalidad. Y ahí salto otra vez, antes de tiempo, a otro tema: en esa dirección o sobre ese horizonte el acontecimiento de Aparecida, con lo que lo precedió y con lo que lo tiene que prolongar, me parece algo muy esperanzador para América Latina y para el mundo. Yo quedé un poco preocupado con la sensación de que la Iglesia Argentina no se embarcó en el camino de Aparecida o lo hizo demasiado débilmente.

e.s.: Acá en Argentina fue débil...

r.m.: La convocatoria tendría que haber sido de los obispos. Entonces me parece una pérdida para Argentina y una pérdida para América Latina importante.

Hay un post-Aparecida muy, muy rico. Se dan decenas de encuentros no sólo con gente de Iglesia sino también de jóvenes que no les interesa la Iglesia o que se han decepcionado profundamente de su experiencia de Iglesia. De pronto parece que no sé por qué camino, pero ha llegado a sospechar y a despertar una curiosidad en el mejor sentido de la palabra (una actitud de búsqueda), que parece que estos temas de los pueblos –opción por los pobres, comunidades de base, teología de la liberación–, parece que algo hubiera vivo de eso en alguna parte... No aparece en los medios, parece declarada difunta, pero parece que no es tan así. Entonces buscan viejos. Se necesitan abuelos que cuenten algo. Algo pasa con el movimiento sindical en Chile. En Chile quedan unos restos del movimiento sindical, que parecen estar cobrando un poquito más de vida.

e.s.: También el movimiento estudiantil...

r.m.: Sí, y el movimiento mapuche. Y estas cosas son como para muchos jóvenes en la edad de los últimos años de enseñanza media, o de enseñanza superior, o profesionales jóvenes, o profesionales. No sólo abogados, ingenieros o médicos sino gente que ha estudiado mecánica, electrónica o turismo o gastronomía que abren los ojos y los oídos. De repente les llega que tal viejo, tal vieja, tal monja que vive en un barrio marginado, tal cura, o tal persona que escribió un libraco como ese [n. de la r.: señala un libro suyo], a lo mejor tiene algo que contar interesante. En la línea de encontrar que está para una vida más humana, para una convivencia más humana. Y también en la línea de buscar un sentido para la vida y para la convivencia. Y muchas veces esta por ahí rondando alguna imagen, en la memoria, de Jesús de Nazaret. No es el Cristo eclesiástico el que atrae.

e.s.: Es la narración de la vida de Jesús lo que convoca...

La conciencia de la Iglesia latinoamericana

e.s.: El año próximo se cumplen 35 años de la publicación de tu obra "Nueva conciencia de la Iglesia en América Latina"...

r.m.: ¿Tú sabes que tuvo una historia medio martirial este libro?

e.s.: ¿Ah, sí? ¿Por qué?...

r.m.: Primero porque tiene una cosa muy bonita. Para mí la puerta de acceso, de apertura al horizonte latinoamericano fue el equipo teológico de la Clar. No sé si está dicho ahí en el prólogo o en alguna parte pero eso para mí es clarísimo. Me encontré con que descubría cosas, se me mostraban cosas, se me narraban historias. Se me invitaba a visitar barriadas, comunidades de barrio, mestizas, indígenas, de afrobrasileños y conocer religiosas insertas en barrios en regiones de selva o de desierto. Y se iba abriendo camino una nueva manera de entender el Evangelio, de vivir la Iglesia, de vivir la misión, de acompañar a la gente, de aprender con la gente, de la gente, de los humildes. Todo el tema de la justicia, del análisis de la sociedad. El hecho de ir descubriendo la riqueza de la variedad de tradiciones culturales y religiosas. Esta América Latina "mosaico". Y todo eso como abriendo paso a una nueva experiencia de Dios, a una manera de encontrarse con Jesucristo y tratar de seguirlo. Una nueva manera de ser Iglesia más evangélica, más sencilla, jugándose más por la vida de la gente. Y por otro lado mucha discusión ideológica, con la experiencia del diálogo cristianismo-marxismo, todo el tema de Iglesia y política, Evangelio y vida... Bueno, todo esto yo sentía que me abría algo nuevo desde estudios teológicos y experiencias de joven estudiante de enseñanza media y universitaria, activo en la Acción Católica y en el movimiento estudiantil también. Me tocó participar en la organización de huelgas universitarias, derrocamientos de rectores, de decanos, todas esas cosas que sucedían ya en los años ‘50. Todo esto con mi estudio en el Seminario de "Los Perales". Un estudio formado básicamente por una espiritualidad muy bíblica, de acuerdo con las nuevas ciencias bíblicas y devorando autores como Congar, De Lubac, traducciones francesas de Karl Rahner. Yo no conocía el alemán pero sí el francés. Trabajábamos mucho en francés y también en inglés. Los grandes estudios patrísticos de Oxford, de Cambridge. Fue una época muy rica de abrirse a la tradición cristiana, reactualizada con un enfoque moderno, actual. Me acuerdo que teníamos instrucción de nuestros formadores de no comentar estos estudios nuestros con los seminaristas diocesanos porque podía llegar el nuncio y cerraban nuestro seminario. Esto en los años ‘50. Ya estaba la condenación de Pío XII, la Humani Generis, pero estaba por otro lado la Divino Afflante Spiritu sobre los estudios bíblicos. Era una Iglesia muy llena de contradicciones, todo el final del pontificado de Pío XII. Un período bastante oscuro, con muchas tensiones, pero con muchas semillas, muchos brotes de novedad; sin eso es inexplicable el Concilio.

Te termino de contar la historia del libro. Aproveché la oportunidad que se me ofreció de un tiempo sabático en Alemania para investigar todo esto. En el camino del año ‘65 al ‘69 se me había ido juntando una cantidad enorme de documentos latinoamericanos: declaraciones de un encuentro de curas, de la Acción Católica de aquí, de los campesinos de Brasil, de repente algún obispo más profético, o conferencias episcopales que se pronunciaban; y todo esto fue confluyendo a Medellín. Después vino el post-Medellín muy rico. Entonces yo acepté esta invitación y dediqué el ’70 y el ‘71 a esta investigación en Alemania. Fue una acogida del profesor Schiffers, catedrático de teología fundamental en Ratisbona, donde el catedrático de dogmática era el profesor Ratzinger. Bueno, salió esta investigación. Aprendí mucho, sobre todo en metodología, formas de trabajar, rigor, análisis, todo eso acompañado por el equipo. Pero el equipo también aprendía o descubría cosas medio asombrado a través de mí o de los documentos que yo llevaba de lo que estaba aconteciendo en la Iglesia en América Latina. El profesor Ratzinger fue uno de los lectores de la tesis, uno de los encargados por la facultad para leer e informar sobre la tesis. Él presidió la comisión ante la cual yo di el examen final de universa theologia (examen riguroso). El examen fue bueno. A la salida el profesor Ratzinger me llamó aparte y me dijo: "Señor Muñoz, felicitaciones por su examen. Usted debe saber que yo fui uno de los lectores de su tesis. Muy bueno su trabajo. Muy sistemático. Mis felicitaciones más cordiales. Pero para serle franco debo decirle que no acabo de entender hacia dónde camina la Iglesia latinoamericana": 11 de febrero del 72. Dos días después llegaba yo a las poblaciones marginales del sur de Santiago donde estoy hasta el día de hoy. Con este paréntesis, acompañando comunidades campesinas en la décima región de Chile en una parroquia que limita al oriente con la parroquia de Villa La Angostura que es la parroquia de extremo sur de la diócesis de Neuquén. Esto fue editado en Chile por la Pontificia Universidad Católica y un poco después en Salamanca por Ediciones Sígueme y pocos años después por Vozes de Brasil en portugués. Salió este libro en junio del ‘73. Una de las primeras medidas del rector militar de la Pontificia Católica, con anuencia de la Santa Sede por encima del episcopado chileno, fue la de quemar el stock de este libro que acababa de aparecer. No sé si quemaron otros, pero yo supe de éste. Un auxiliar, poblador vecino mío en el barrio –auxiliar de la Universidad Católica, un obrero– me avisó de esto. Con un taxista vecino fuimos a unas bodegas de una dependencia de la Universidad y por una puerta falsa –no sé dónde– entramos y rescaté unos 200 ejemplares de un montón que estaban en un patio listos para tirarles bencina y prenderlos fuego. Bueno, son sobrevivientes. No sería raro que éste sea uno de los rescatados y de alguna forma llegó aquí...

Desafíos ante Aparecida

e.s.: Con relación a esto y a la luz del acontecimiento de Aparecida, ¿cómo caracterizarías la conciencia de la Iglesia en América Latina hoy, después de Aparecida y frente a los desafíos que se le presentan?

r.m.: Creo que en Chile y América Latina vivimos procesos bastante terribles en los años ‘70 y los primeros 80´. Más o menos largos según los países, más o menos hondo en niveles de represión y terrorismo de Estado, de introyectar el miedo en nuestros pueblos. En destrucción también del tejido social y descabezamiento de los líderes. Se implantó un nuevo sistema económico, por supuesto no por la vía democrática sino con la fuerza de las armas. Y este sistema económico significa no sólo una nueva economía terriblemente injusta y empobrecedora para la gente, sino también que implica una nueva cultura de masas, un acoso terrible para los valores de la cultura del pueblo, para la manera de convivir del pueblo y de vivir. Es un sistema que fascina y excluye al mismo tiempo. Eso produce frustraciones muy hondas. Nuestro pueblo lleva muchas heridas. Los pobres no sólo están empobrecidos, sino que en buena medida están corrompidos. Lo digo con temor y temblor, por el inmenso cariño y respeto que le tengo, que le tenemos a nuestro pueblo. Pero no podemos cerrar los ojos a eso. Por supuesto que hay vida, que hay un potencial. La situación de la Iglesia es una situación de invierno eclesial que es también un fenómeno global en la Iglesia católica. Es muy dependiente del fenómeno de los cambios culturales y los cambios económicos y políticos. Yo lo veo todo muy entrelazado. Tengo la percepción –muchos la tenemos– de que estamos pasando ya lo peor. No digo que la situación objetiva de la gente esté resuelta ni mucho menos. Pero sí creo que hay muchos círculos, muchos sectores sociales, muchos grupos de jóvenes de tu generación para abajo –cuando uno se pone viejo a todos los encuentra muy jóvenes, así como cuando uno era niño a todos los encontraba tan viejos... –, muchos jóvenes que sea porque han tocado fondo ellos mismo, sea porque van abriendo los ojos y van dándose cuenta de que necesitamos reaccionar, sea por un anhelo muy profundo de una vida más humana, de una manera de convivir más humana, están en una búsqueda muy positiva.

Te contaba hace un momento algo del post-Aparecida. Quiero contarte algo del pre-Aparecida en Chile, que fue muy rico porque creo que ha sido providencial, ha sido algo del Espíritu la convocatoria de la Vª Conferencia y su lema: ser discípulos y misioneros de Jesús, para que nuestros pueblos en Él tengan Vida. Es un lema que abre muchas puertas como para una renovación profunda de la Iglesia: para hacerla más fraterna, más cercana a los pobres, más profética, más convocante y creíble. Es una oportunidad que no podemos desperdiciar. El acontecimiento mismo de la Conferencia –las tres semanas en Aparecida– fue extremadamente rico. Se vivió un clima que es el polo opuesto del clima que sufrimos en Santo Domingo (1992). Hubo tensiones. Hubo discusión a veces apasionada, pero ¿por qué va a ser malo eso? Creo que tenemos que recuperar el valor del debate, el debate abierto, de escucharnos mutuamente. Eso se va dando en muchas iglesias del continente en distintos grados, con distintos niveles de intensidad. Hemos vivido en el pre-Aparecida chileno –como lo hemos vivido en Santiago y especialmente en las poblaciones– como algo muy esperanzador. Tanto en capacidad de reunirse la gente y decir con palabras y compartir lo que están sufriendo diariamente o lo que están gozando diariamente. Las grandes angustias de los adultos por lo niños, por los adolescentes. Papás y sobre todo mamás y educadores que se sienten cada vez más desguardados. Los chicos son socializados por una tele mercantil, consumista, violenta; por una calle que está a merced de los traficantes, de la propaganda desatada; por escuelas que son como lugares donde las mamás van a depositar a sus niños para ellas ir al trabajo, pero donde los chicos fuera de aprender a relacionarse un poquito entre ellos en forma que les da sentido a sus vidas, pero que muchas veces está viciada –porque son como tribus rivales a veces muy violentas unas con otras incluso dentro de las escuelas–... pero qué hay de aprendizaje, para qué hablar de educación, de crecimiento humano, es mínimo. Problemas como esos que salen a la luz, que la gente descubre que "no soy sólo yo la que estoy angustiada" –dice la mamá, o el maestro que está frustrado porque no logra nada, y que los chicos lo insultan, lo patean, lo agraden con cuchillos o armas de fuego... Podemos hacer cosas y que todo parte por saber escucharnos mutuamente. Escuchándonos mutuamente aprendemos a hablar. La gente no sabe hablar. Perdonando la expresión, pero el lenguaje de nuestro pueblo en Chile es cada vez más pobre: "hola huevón", "¿cómo te fue con esa huevada?", "¿qué andás hueveando?", "no seas huevón". Y esa es toda la conversación. Sobre todo los varones. Tenemos mucha preocupación por la degradación presente en los varones. Son nietos de torturados, hijos de desocupados, frustrados, que han recaído en alcohol, amargados, que se han vuelto violentos con sus mujeres, con sus niños. Se sabe cada vez más de padres y padrastros que son depravados. Así están creciendo los niños: la subcultura de "copete (alcohol), pelota y mina". Y eso en los adultos. Y cada vez más en los jóvenes la droga que lleva a una compulsión por conseguir más droga, y por lo tanto el robo y la violencia. Uno mira a los chicos en los barrios populares y dice: son "carne de cárcel". Estamos formando para poblar las cárceles. Y las cárceles no nos precisamente centros de rehabilitación, como se llaman oficialmente y como debieran serlo según la constitución política del Estado.

Dentro de todos estos signos de muerte hay muchos signos de vida nueva. No sólo de resurrección sino de brotes nuevos. También en la vida de las iglesias en la base. Eso, ese clamor de los pobres, fue escuchado en Aparecida. Estamos muy enredados todavía como Iglesia Católica, muy enredados en sectarismos. La Iglesia católica es tal vez la secta más grande del mundo. Se ha ido sectarizando cada vez más, fragmentando cada vez más. Es una bolsa de gatos sostenida por el Papa arriba. Pero dentro de todas esas miserias, de las llagas de la Iglesia –se necesitaría un Rosmini que escribiera "Las 5 llagas de la Iglesia en el comienzo del siglo XXI"–, fue una experiencia de Pentecostés. Creo que eso se explica en gran parte por un cierto porcentaje, minoritario pero muy significativo, de obispos misioneros que tenemos en América Latina. Todos ellos arraigados en los pueblos indígenas, el movimiento indígena: el noroeste argentino, el sur chileno, los obispos de Bolivia, los de Ecuador, los de la Amazonia brasileña, los obispos de Chiapas, de Guatemala. Obispos misioneros que poco a poco están volviendo a aprender del profetismo de los padres de Medellín. Esa es mi percepción. Y esas son las voces que le dieron la impronta a Aparecida. El documento es muy desigual. Los que estuvieron adentro de la conferencia y los que estuvimos al ladito, afuera, pero bastante articulados con la conferencia, sabemos que dentro de lo que se dijo adentro hubo también muchas tendencias. Pero la tendencia prevaleciente, y a juicio nuestro la que tiene futuro, la fecunda, se afirmó con suficiente fuerza. Por lo menos quedaron abiertas ventanas para mirar la realidad de otra manera, y quedaron abiertas puertas para empezar a caminar por caminos nuevos. "Hay que seguir andando nomás".

e.s.: Gracias Ronaldo. Te agradecemos mucho por este tiempo.

(Vida Pastoral nº 268. 2007).


Publicado por tabor @ 10:27  | Viviendo el Concilio
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