Viernes, 14 de noviembre de 2014

RAZÓN Y FE. Tomo CLXXVI. 1967.

IGLESIA E HISTORIA (pp. 197-208)

E

n la Constitución Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo, ha pronunciado el Concilio una declaración de grave alcance: "La Iglesia se siente solidaria íntima y realmente del género humano y de su historia." El aserto se halla en su párrafo primero, como anunciando un tema que va a desarrollar la entera Constitución, e implica de parte del Concilio la intención decidida de tomar en serio al mundo. La historia, en efecto, no es cosa distinta del mundo, sino su misma fisonomía en cuanto movedizo y cambiante, en su constante devenir hacia metas siempre nuevas. Solidaria de la historia humana, la Iglesia se siente vinculada no a un mundo humano inmovilizado, sino a la vida misma que lo agita en su nacer, renacer, y fenecer diario. El católico ha de congratularse de que la Iglesia, por fin y resueltamente, haya adquirido "conciencia de la historia" y se experimente penetrada del "sentido histórico" característico del hombre contemporáneo. Convicción íntima del hombre moderno es que nuestro mundo cambia, se mueve; más aún, lo movemos nosotros, de suerte que no sólo hay tiempo sino historia, y es el hombre quien la hace. La Constitución conciliar —que nos proponemos aquí glosar— recoge esa persuasión.

La historia tiene un signo, se orienta en una dirección. El marxismo exacerba esta verdad constituyéndola criterio de toda acción y toda moral. La historia, en virtud de su propia orientación, se juzga a sí misma. Cada momento histórico sanciona o condena las conductas del pasado, según hayan sido o no conformes al sentido de los tiempos. Con arreglo a esto, para el marxista el futuro será tribunal inapelable de nuestras actuaciones presentes. El católico, que cree en un juicio divino sobre el entero historial humano, puede, sin embargo, estimar que la propia historia representa acá abajo y nos transmite el juicio trascendente de Dios. Constituye error pensar que el éxito de nuestras acciones sea éticamente irrelevante. Trabajar en el sentido de la historia es faena fecunda, como quien empuja un móvil deslizante sobre sus rieles. Afanarse al margen de ella trae sudores vanos, equivale a intentar mover un vagón descarrilado. El fracaso perdurable de una obra debe obligar a repensarla. La historia —¿y Dios?— está dictaminando en contra suya. Quizá el carro a empujar se halla atascado fuera del camino y la tarea más apremiante entonces es enterarse dónde está la pista de rodaje. RAZÓN Y FE. Tomo CLXXVI. 1967.

En los siglos pasados la Iglesia ha sabido bien de esas don cosas, de la carrera expansiva sobre ruedas y del tenaz atascamiento inmovilizante. Durante una primera gran porción de ellos, ha ganado sucesivamente para la fe cristiana al Imperio romano, a los pueblos germanos, sajones y eslavos, finalmente a las regiones del Nuevo Mundo. No es difícil adivinar el secreto de esa expansión evangélica. La Iglesia caminaba en la vanguardia de la historia, asistía a ella con una presencia operante. Con más o menos deficiencias, durante cerca de milenio y medio ella ha encarnado lo mejor de las inquietudes sociales, culturales, intelectuales de Occidente. Quizá a menudo con las manos no del todo limpias, el hecho es sin embargo que ha tenido manos. Ha jugado un papel decisivo en el replanteamiento de esos dos grandes binomios dialécticos que rigen la historia: amo-esclavo, hombre-mujer. El cristianismo aparecía como religión joven, con todos sus mecanismos orgánicos en estado de adolescencia. El cristiano era el hombre del progreso, situado en cabeza de los buscadores y constructores del porvenir.

Del siglo XVII para acá asistimos a una desconcertante mudanza. Quizá el asunto de Galileo simboliza como ninguno el triste giro tomado. La Iglesia se hace prematuramente vieja y parece querer frenar el tiempo. En vez de atender al presente y preparar el futuro se entretiene en un recuerdo infértil del pasado. Se hace institución de resortes tardos e ineficaces. Resbala sobre los hechos más notables de la Edad Moderna, sean de ciencia, cultura, filosofía o vida de los pueblos. Se contenta a lo sumo con correr a la zaga de ellos con retraso más o menos grande. El cristiano ha venido a ser el hombre retardado, anticuario y fetichista de reliquias del pasado. La Iglesia ha perdido las minorías intelectuales y en seguida las masas trabajadoras, porque se ha enterado tarde de las energías que hervían en esos dos mundos. De cara a todas las fuerzas en ebullición que estaban forjando una sociedad y una cultura nuevas, la actitud suya ha sido la desconfianza, el recelo, a menudo el anatema condenador. Entre los católicos hemos conocido así un enjambre de censores, de críticos, pero no de hombres geniales, de creadores. De tiempo en tiempo ha surgido alguno de estos —Péguy, Claudel, Bernanos—, y al aura de su espíritu ha respirado el pueblo cristiano como rejuvenecido. Pero estas figuras señeras crecen como a contrapelo. El manejo sistemático del escalpelo de la censura contra todo rebrote de vegetación, termina por estrangular la vida. La genialidad se ha ausentado de las filas católicas. El artista, el poeta, el pensador, el profeta difícilmente alientan en un ambiente donde se teme a la vida. La Iglesia por ese camino RAZÓN Y FE. Tomo CLXXVI. 1967.

agonizaría muy pronto. Así la ven ya muchos desde fuera, muriendo por asfixia. Pablo VI se hace eco de esto y lo recoge valientemente en un discurso pronunciado en agosto de 1965: "La Iglesia está rebasada, dicen algunos: es un fenómeno de inmovilismo. Vivimos ya, se ha escrito, en una era post-cristiana"1.

1 Audiencia general del 11 de agosto de 1965 (Cfr. «L'Osservatore romano», 12. 8. 65).

Señalando la distancia con que la Iglesia retrasa respecto a la historia, tomo constancia de un fenómeno, en ningún modo pronuncio un juicio estimativo, mucho menos ético. Buscar causas a ese retraso y denunciarlas no es lo mismo que buscar responsabilidades o culpas, presumiendo que era fácilmente evitable. Tal vez, como asegura Ortega y Gasset, lo social es irremediablemente anacronismo. En la Edad Moderna sobre todo, cuando el ritmo histórico se torna más veloz, no puede, por tanto, sorprendernos que los mecanismos de un cuerpo tan extenso como la Iglesia sigan a duras penas tal acelerado curso. Ello ha sucedido y sucede no por ser Iglesia, sino por ser social. Todavía cabe añadir que, dentro de las instituciones existentes al fin de la Edad Media, es la Iglesia quien mayor agilidad y capacidad de evolución ha demostrado, ya que es ella prácticamente la única que ha sobrevivido. Mientras han caído o decaído el imperio, las monarquías, la nobleza, no digamos las formas concretas de organización socio-económica vigentes en aquel entonces, ella manifiesta hoy una vida y hasta una vitalidad, que bien pueden comentarse como históricamente portentosas.

Igualmente, cuando indico que los hombres creadores difícilmente han encajado en la Iglesia, me limito a registrar un hecho doloroso, que da a pensar, sin otorgarles a ellos la razón en contra de lo eclesiástico. De nuevo aquí topamos con un fenómeno mucho más ancho que el ámbito eclesial, el de un humanismo rebelde a su integración en la comunidad. Hay cierto tipo de hombre genial que nunca se halla a gusto entre el pueblo, ni siquiera cuando éste es el pueblo de Dios.

Trátase, por tanto, no de un enjuiciamiento, sino de una toma de conciencia acerca de una situación de desajuste entre Iglesia e Historia, que urge encarar y replantear. Aun exculpada la Iglesia en amplia medida de su rezago, permanece íntegra la gravedad del desafío que le dirige el mundo. ¿Será capaz de ganar el terreno perdido, de recuperar el liderato abandonado? Y para ser más concretos: la generación cristiana del Concilio Vaticano II, ¿imprimirá un nuevo giro decisivo a la Iglesia, devolviéndola a RAZÓN Y FE. Tomo CLXXVI. 1967.

la vida y a su quehacer histórico? Lo esperamos con todo el brío de nuestro ánimo. La Iglesia se ha designado a sí misma fermento de la historia2. Esto tiene valor de autorretrato y a la vez de exigencia. Tal es la esencia y tal la vocación de la Iglesia, ser fermento. En esa vocación, por lo demás, se sabe acompañada. La Iglesia no pretende ahora ella sola constituir levadura de la historia, aunque sí imprescindible ingrediente de ésta, con su aportación específica. Se siente al lado de otras fuerzas humanas, también queridas por Dios, que operan en la tarea transformadora del mundo.

2 Constitución conciliar «Gaudium et spes» sobre la Iglesia en el mundo, n. 44.

3 «Gaudium et spes», n. 5.

La Iglesia levadura: la fórmula es hermosa y se remonta al Evangelio, a una parábola de Jesús (Mt. 13, 33). Su realización hoy resulta endiabladamente ardua. Comprende tres elementos capitales que vamos a analizar en seguida: sentido de la historia, mirada profética sobre los hechos, genialidad creadora de la fe.

a) Los católicos, ante todo, han de elevarse con el Concilio a la conciencia histórica, a ese sentido de la historia propio del hombre actual. Para ello no es suficiente la vaga impresión de que los tiempos cambian. Es menester una aguda sensibilidad para percibir el compás de la historia. La duración histórica no coincide con el tiempo cronológico. En otras épocas el paso de cien años suponía en la vida social mudanzas menos serias que hoy el decurso de un decenio. Esto significa que actualmente, a nuestros efectos, cada diez años cambiamos de siglo y el retardo, por tanto, de apenas una década representa ya retraso secular. Este fenómeno de ritmo histórico siempre más rápido se denomina aceleración de la historia. La Constitución Gaudium et spes lo menciona: "La propia historia está sometida a un proceso tal de aceleración, que apenases posible al hombro seguirla"3. Tero no basta con la indicación conciliar. Hace falta que lodos los católicos, desde los seglares hasta las Congregaciones romanas, se enteren bien de ello y sustituyan los ingénitos procesos de esclerosis por un ritmo acelerado de renovación.

Las facciones de una época, las tablas de valores que le confieren orden, se aviejan y pasan hoy velozmente. Se requiere una mente flexible, alerta y ágil ante todo cambio, hábil, para revisar su perfil a medida que lo reclame así una situación nueva. Al hombre medio y al católico medio es fácil que se le escape el sentido de los tiempos nuevos. Contemplar RAZÓN Y FE. Tomo CLXXVI. 1967.

lúcidamente la propia época ha sido siempre patrimonio de los espíritus más avisados. Pero la Iglesia no puede considerarse dispensada de contar entre los suyos con espíritus tales, dueños de los secretos y resortes de su momento histórico. Cada vez más necesitará de miembros suyos que se muevan allí donde "se cuece" la historia de hoy y se barrunta la de mañana: en la filosofía, el arte, la literatura, la política, la investigación, el periodismo. Sólo esos hombres serán capaces de detener y subsanar ese trágico desgarrón, que hoy nos atormenta, entre fe y cultura.

b) A tal fin no cabe contentarse con una atención externa al curso de la historia. Del creyente se exige introducir su mirada en profundidad. La Iglesia no se dará por satisfecha con una visión-reportaje de los hechos o con una comprehensión de filosofía de la historia. Ha de realizar una lectura de ésta desde lo alto, en perspectiva de fe, con la lente misma con que Dios contempla los acontecimientos. Se trata de hallar el sentido presumible de la historia en la intención divina.

Las facultades humanas son de suyo inhábiles para esa visión. Nuestra inteligencia puede alcanzarla tan sólo por regalo de Dios y tal don se denomina profetismo. El profeta es el hombre del ojo clínico sobrenatural, capaz de discernir en los hechos humanos señales de su Señor y así diagnosticar divinamente acerca de ellos. Los hechos nos hablan, los tiempos constituyen signos de una voluntad divina. Si el pueblo de Israel conoció hombres, los profetas, capaces de descifrar el idioma elocuente de los acontecimientos, a la Iglesia de Cristo ¿se le habrá destituido de tal carisma? No podemos pensarlo. El Concilio, al menos, lo reivindica, señalando como deber suyo escudriñar los signos de los tiempos: "Es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de la época e interpretarlos a la luz del Evangelio. "El pueblo de Dios, movido por la fe, procura discernir en los acontecimientos, de los cuales participa juntamente con sus contemporáneos, los signos verdaderos de la presencia o de los planes de Dios"4.

4 «Gaudium et spes», n. 4 y 11.

La Iglesia de hoy necesita profetismo. Quede claro que son profetas y no visionarios lo que el Concilio tácitamente reclama cuando habla de esa aptitud de la fe, que lee de corrido el mensaje divino en el lenguaje cifrado de la historia. Como don de divino beneplácito tal profetismo no puede surgir por industria nuestra. Pero Dios, cabe esperar, lo otorgará sin duda a RAZÓN Y FE. Tomo CLXXVI. 1967.

una Iglesia que, finamente atenta a toda indicación suya, viva apasionadamente solicitada por una doble fidelidad a Él y a los hombres.

c) El profetismo, finalmente, ha de ser una calidad no sólo de la visión, sino de la acción de Iglesia. Hay que restituir a la fe cristiana todo su genio creador. La situación actual contiene muchas semejanzas con la de la primera generación postapostólica, cuando desde las bases evangélicas era preciso "inventar" la concreta fisonomía humana del cristianismo. Estamos en un momento en que no basta recurrir al pretérito en espera de hallar allí recetas hechas ya para nuestros problemas presentes. La Iglesia ha de asumir sus responsabilidades en fidelidad a la tradición, pero también con actitud creadora, como lo supo hacer ya en otros momentos, que hoy precisamente considera como siglos de oro suyos.

Elijamos el ejemplo sencillo de la renovación de la liturgia. No podemos contentarnos ahí con una adaptación y reajuste de la que forjaron otras generaciones muy pretéritas. Muchos católicos temen que la reforma litúrgica en curso tenga por solos instrumentos la tijera y el diccionario, para aligerar antiguos textos y vertirlos a lengua vernácula. Uno estima modestamente que, igual que el culto cristiano alcanzó autenticidad espléndida gracias a la potencia creadora y al tino de un San Ambrosio o un San Gregorio, la verdadera fidelidad a esos gigantes del pasado debería estribar en que nuevos Ambrosios y Gregorios atinaran a crear una liturgia cristalina, que "en espíritu y en verdad" (Jo 4, 24) reflejara limpiamente el talante de la fe contemporánea. Una liturgia nacida en una cultura rural, vecina al compás y a los símbolos de la naturaleza, siempre será paisaje extraño para un moderno que, para dicha o desdicha suya, habita una civilización industrial con ritmos y signos muy distintos. Por supuesto, que es muy fácil postular formas litúrgicas adecuadas a nuestro siglo y muy arduo en cambio alumbrarlas dándoles vida. Por eso mismo tiene escaso mérito formular aquí estos deseos. Por eso también los verdaderos reformadores de la liturgia sean quizá los artistas, músicos, poetas, que acierten a rehacer lo que antaño hicieron tantos famosos o anónimos artífices de templos y compositores de himnos, melodías, plegarias, que han servido en el culto hasta hoy.

Otro tanto habría que decir de los demás aspectos de la Iglesia. Tomemos ahora su más escarpada dimensión, la santidad. Los teólogos se esfuerzan por perfilar una espiritualidad pura nuestra época. Los seglares se RAZÓN Y FE. Tomo CLXXVI. 1967.

interrogan por la espiritualidad propia de ellos. Leyendo tanta página escrita, y aun muy bien escrita, en torno a esto, se percibe que esa magnífica aportación teórica al problema carece de algo así como de un punto macizo de apoyo. Le falta el fulcro de la figura concreta de un santo sobre el cual haga palanca, remitiéndonos a él en estos términos: el estilo de santidad que espera nuestro siglo es esto, este hombre que así y asá vivió. Se requiere el nuevo Francisco de Asís o Ignacio de Loyola, que en gesto espontáneo de fidelidad a Dios y con originalidad absoluta pronuncie con su vida entera el Sermón de la montaña en la compleja situación actual. De nuevo aquí llegamos a una frontera de dominio absoluto de la gracia. La Iglesia no posee magia alguna para engendrar a esos santos, ni en su figura estelar ni en su modalidad sencilla de la santidad de incógnito. Pero debe emprender un inmenso tanteo colectivo, de fe y amor comunitario, en pos de esa santidad nueva hacia donde toda la teología y la vida cristiana parecen apuntar.

Se ha escrito que el verdadero intelectual no es la persona que consume cultura, ni siquiera la que administra, sino quien forja valores originales de cultura. De manera análoga "hombre de Iglesia" en el sentido más riguroso será no el "consumidor" de su acervo espiritual, ni siquiera el "administrador", sino el creyente, jerarca o seglar, capaz de hacer Iglesia de modo inédito, creador. La reforma eclesial, tan apremiante, alcanzará feliz resultado solamente contando con tal cepa de hombres, dotados de temple explorador para las difíciles regiones del espíritu.

Todo esto va mucho más lejos de una simple puesta al día de la Iglesia con respecto a la historia. El slogan del "aggiornamento", tan voceado ahora por casi todos, corre riesgo de tener alcance muy menguado si lo subestimamos. La Iglesia andaba tan rezagada con respecto al nuevo tenor de los tiempos, que urgía ante todo poner otra vez su reloj en hora. Pero esto es sólo un primer paso. Entre tanto sea precisa una "puesta en hora", porque son otros quienes la señalan, los que hacen la historia, y la Iglesia, espectadora, vaya a remolque de ellos, ajustando su marcha a un proceso histórico donde no toma parte eficaz, la situación seguirá en sustancia igualmente desastrosa. Con retraso de un siglo o retraso de un año una Iglesia que corre detrás de los acontecimientos da lugar a que la historia se construya en absoluto sin ella. No en pos de los tiempos, sino delante de ellos, como empuje que los encabeza, es preciso avanzar. La fecha que la Iglesia vuelque sus energías decididamente en ese motor de fuerzas líderes que arrastran el tren de la historia, no será preciso ya preocuparse por la "puesta al día", de un día que establecen los demás. El "día" lo señalará ella RAZÓN Y FE. Tomo CLXXVI. 1967.

también; será ella la que juntamente con otras manos levante la hoja del calendario y empuje las saetas del tiempo. Los pioneros que abren paso a la historia tienen otros muchos problemas, pero no el de puesta al día.

El estilo de acción de Iglesia habrá de ser al presente profundamente diferente del de otras épocas. Indicando más arriba que ella ha estado durante siglos a la cabeza de la historia, no deseamos, ni en sueño, una repetición del régimen medieval de cristiandad, que hoy se nos antoja cargado de grandes valores y de tremendas ambigüedades también. La triple experiencia histórica de una fe de catacumbas, de una era constantiniana y de una civilización reñida con la Iglesia, aleccionará mejor que nada sobre el sesgo a tomar en el futuro inmediato. En la sociedad moderna ¿cómo entender la tarea eclesial, humanista a la vez que evangelizadora? Esto daría materia para copiosas cavilaciones, hechas sobre el doble polo de referencia del Evangelio y de la situación presente. Pidiendo a la Iglesia que ejerza de nuevo un liderato espiritual no deseamos en modo alguno que se sustituya a la sociedad civil o que pretenda desempeñar perpetua tutela sobre toda empresa profana. Solicitamos una fe adulta para hombres adultos, una Iglesia mayor de edad dentro de una historia mayor de edad también. La "fuerza" del cristianismo residirá siempre en el delgado poder del espíritu y en su aptitud para no pactar con ninguna prepotencia terrestre. La Iglesia pondrá en vilo la historia cuando ofrezca a los hombres un testimonio clamorosamente evangélico: mientras su riqueza consista encontarse entre los desheredados, mientras pelee con las solas armas del amor, mientras el único afán suyo estribe no en ser servida sino en servir.

En una alocución apenas posterior en dos semanas a la antes mencionada, Pablo VI expresaba de manera espléndida todas estas exigencias de atención a la historia. La Iglesia, decía el Papa, vive de una triple mirada. Ante todo "mira hacia atrás, fijos los ojos en su punto de partida, que es Cristo Jesús". Esta visión retrospectiva no la condena, sin embargo, a una existencia nostálgicamente prisionera del pasado. "Nuestro observatorio posee otra lente, muy atenta también." La Iglesia "está de cara a la presente escena, abierta hoy más que nunca a los signos de los tiempos; y en la intensidad de su mirada hay un inmenso optimismo, simpatía, afectuoso interés". Y en fin, aunque veladamente, también el horizonte futuro es alcanzado en su atención, entrevisto "en imágenes, signos, presagios, que bastan para confirmar la dirección de la ruta emprendida y a imprimir al avance de la Iglesia una singular energía, una aceleración firme". Lo que así la imanta desde el porvenir es "la certidumbre del encuentro RAZÓN Y FE. Tomo CLXXVI. 1967.

futuro con Cristo glorioso"5. Y esto la rejuvenece a diario, manteniendo su ilusión tensa hacia lo definitivo y contemplando el mañana "con ansiedad profética"6.

5 Audiencia general del 25 de agosto de 1965 (Cfr. «L'Osservatore romano», 26. 8. 65).

6 Véase nota 1.

7 «Gaudium et spes», n. 31

De esas tres miradas del creyente es sin duda la última la que más olvidada tenemos, la que apunta al futuro, la de la esperanza teologal y terrestre, la hacedora del mañana cristiano. ¿Qué se ha hecho de la esperanza? ¿Qué para contagiarla a los hombres de nuestro tiempo? Hay una frase en la Constitución Gaudium et spes como para hacer estremecer de responsabilidad a todo católico, obispo, clérigo o seglar. "El porvenir de la humanidad —afirma— está en manos de quienes sepan dar a las generaciones venideras razones para vivir y razones para esperar"7. Si un día a la Iglesia se le escapa por entero el mundo y la historia, la culpa no habrá que buscarla muy lejos, será también y sobre todo suya. Ese texto valiente, que más de dos mil obispos ratificaron con su voto, ha pronunciado ya el más crudo veredicto entonces posible. Habrá perdido la partida porque carecía de razones para vivir y esperar o, al menos, no supo comunicarlas. Pero esas propias líneas designan una pauta de testimonio y acción. ¿Poseen hoy los cristianos razones de vida y razones de esperanza? ¿Serán capaces de infundirlas en torno suyo? Puede entonces la Iglesia contemplar su futuro serenamente, sabiendo que también ella tiene en mano las grandes bazas del mañana.

ALFREDO FIERRO


Publicado por tabor @ 9:00  | Eclesiologia del Vat. II
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