Viernes, 14 de noviembre de 2014

EL PROGRESO DE LA IGLESIA EN EL TIEMPO (pp. 17-36)

Se nos ha sugerido un tema, que apenas si lograremos encuadrarlo en el marco reducido de esta publicación. El progreso de la Iglesia en el tiempo es una realidad indiscutible, que se traduce en una gama riquísima de manifestaciones en las diversas dimensiones del misterio eclesial. La Iglesia primeramente está sometida a esa ley del progreso inmanente en la conciencia y realización vital de su misterio de comunión vertical con el Dios Uno y Trino y de comunión horizontal con la Humanidad entera. La Iglesia revela además un progreso visible, que penetra la dimensión histórica en el espacio y en el tiempo. El progreso histórico de la Iglesia viene impuesto por la estructura encarnacional del misterio eclesial, por esa trabazón íntima de lo humano y divino, de lo eterno y lo temporal, de lo mudable e imperecedero en el misterio eclesial. Se trata de una unión indisoluble de aspectos diversos, que no destruye el dualismo de sus elementos constitutivos. Sólo en esa unidad vital, que no degenere en una confusión de ambos aspectos, hallamos la base firme para explicar el progreso de la Iglesia en el tiempo. Si estas breves reflexiones no pueden aspirar a agotar el tema, nos contentaremos con introducir al lector en esta problemática eclesiológica y colocarla en su justa perspectiva.

Progreso de la conciencia eclesial del pueblo creyente

Desde los tiempos más antiguos el cristiano ha proclamado su "credo Ecclesiam", es decir, ha profesado su fe en el misterio de la Iglesia. Con esta conciencia individual del creyente en el misterio eclesial podemos hablar con exactitud teológica de la existencia simultánea de una conciencia colectiva o de un "credo Ecclesiam" profesado por todo el pueblo cristiano. La Iglesia cree y manifiesta su fe en su propio misterio eclesial. Se trata de ese hecho tan singular, que una misma realidad sea al mismo tiempo sujeto y objeto del acto de fe. Y es que el "Espíritu de verdad" sale garante de la rectitud de esta conciencia eclesial de todo el pueblo creyente. La Constitución sobre la Iglesia ha revalorizado este dato ya clásico en la eclesiología, cuando habla del sentido de la fe y de los carismas en el pueblo cristiano: RAZÓN Y FE. Tomo CLXXV. 1967.

«La universalidad de los fieles que tienen la unción del Santo (Cf. 1, Juan 2, 20 y 27) no puede fallar en su creencia, y ejerce esta su peculiar propiedad mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo, cuando «desde el obispo hasta los últimos fieles seglares» manifiesta el asentimiento universal en las cosas de fe y de costumbres»1.

1 Const. Dogm. Lumen Gentium II, 12: Concilio Vativano II (Biblioteca de Autores Cristianos, 252), Madrid, 1966(2), p. 28.

2Cf. K, RAHNER, Die Gliedschaft in der Kirche…, en: Schriften zur Theologie, Einsiedeln, 1956(2), p. 11, nota 1. El Vaticano II, como Concilio de la Iglesia y de la eclesiología, ha hecho más urgente esta tarea abierta a eclesiólogos e historiadores de la Iglesia.

Es obvio que el "credo Ecclesiam" y la conciencia eclesial individual y colectiva del misterio de la Iglesia presente sus rasgos distintivos en cada época histórica. Basados en este hecho del progreso histórico de la realidad eclesial, los dos Pontífices del Vaticano II han invitado tan insistentemente a una reflexión profunda sobre el misterio de la Iglesia en el mundo de hoy. La historia de una teología de la Iglesia, que se haga eco no sólo de la eclesiología como reflexión propiamente teológica, sino de esa conciencia eclesial de todo el pueblo cristiano en todas las formas manifestativas de su fe en el misterio propio de la Iglesia, está todavía sin escribir2. Sólo una historia tan completa de la teología de la Iglesia podría presentar con fidelidad y exactitud el testimonio de la conciencia de la Iglesia y una instantánea de la del pueblo creyente en una época histórica determinada. De la mano de una historia de la teología de la Iglesia concebida en una perspectiva eclesial tan amplia sería fácil describir el progreso de la Iglesia en el tiempo y todo su dinamismo histórico.

Dimensiones del misterio de la Iglesia

Este progreso de la Iglesia en el tiempo viene condicionado por su estructura mistérica. No se trata sólo de un misterio en sentido gnoseológico de una verdad revelada por Dios y sólo cognoscible por la fe, sino en pleno sentido bíblico y patrístico de una realidad eficazmente evocadora del evento salvífico, es decir, del misterio de la presencia sensible de una realidad invisible, de esa gracia que es la verdad y la caridad salvífica de Dios con la Humanidad. En una descripción más detallada del misterio de la Iglesia, propone K. Rahner esta definición: RAZÓN Y FE. Tomo CLXXV. 1967.

«La Iglesia es aquella comunidad legítima y socialmente establecida, en la que por la fe, la esperanza y la caridad la Revelación de Dios (en cuanto comunicación de sí mismo) permanece en Cristo real y verdaderamente presente para el mundo»3.

3 HANDBUCH DER PASTORALTHEOLOGIE (F. X. Arnold-K. Rahner…, HRSG.). Freiburg-Basel-Wien, 1964, pp. 118-119.

La Iglesia trae ya del plan eterno de salvación del Padre y de su realización histórica en el Hijo con el Espíritu Santo una existencia histórica con una misión salvífica que significar y comunicar a los hombres. Es el Nuevo Pueblo de Dios establecido en Cristo para constituir la familia y la comunidad de santificados y escogidos a participar de la herencia de hijos de Dios. La Iglesia es el sacramento eficaz de esta salvación para la Humanidad entera. Edificada por Cristo sobre la roca de Pedro (Mt 16, 18) y sobre el fundamento de los Apóstoles (Ef 2, 20) y sus sucesores, ella es la más firme garantía de esta alianza salvadora de Dios con los hombres. La existencia de la Iglesia centrada en Cristo y llevada a su plenitud con la misión del Espíritu de Cristo es el misterio y sacramento perenne de esa reconciliación de la Humanidad con el Padre de Cristo (2 Cor 5, 19). El misterio de la Iglesia ha entrado realmente en la historia humana, pero al mismo tiempo sobrepasa el límite del tiempo. Esta doble dimensión propia de una realidad temporal y eterna a un mismo tiempo es la primera tensión dialéctica del misterio eclesial. Como realidad histórica, la Iglesia está ineludiblemente sujeta a la ley del progreso histórico y de las transformaciones humanas. Sin embargo, el misterio de este Pueblo de Dios peregrinante por la historia posee una garantía de fidelidad a su origen en Cristo y de indefectibilidad hasta su destino final en la presencia constante de Cristo glorioso con su pueblo (Mt 28, 20) y en el don del Espíritu enviado a la Iglesia en el primer evento de Pentecostés (Act 1, 4, 8; 2, 1-47), que continúa este milagro de Pentecostés por toda su peregrinación en el tiempo. Lo permanente y lo pasajero, lo inmutable y lo mutable determinan igualmente en su unidad dialéctica la existencia histórica y el progreso de la Iglesia en el mundo. Si la mutabilidad no se puede equiparar totalmente a la historicidad, ciertamente que es un rasgo esencial de todo lo histórico y un factor inseparable de toda realidad histórica condicionada a las decisiones y acciones libres del hombre. El progreso de la Iglesia en el tiempo se manifiesta necesariamente dentro de un margen de mutabilidad que, por otra parte, no puede cambiar aquellos rasgos distintivos y permanentes que Cristo determinó en la Iglesia como realidad estable en el peregrinar histórico del Pueblo de Dios hacia su RAZÓN Y FE. Tomo CLXXV. 1967.

consumación escatológica. La realidad mistérica de la Iglesia, constituida de elementos aparentemente tan antinómicos como el aspecto histórico y metahistórico, mutable y permanente, radica y se manifiesta en esa otra dualidad todavía más fundamental de lo divino y humano en la Iglesia. Lo divino es todo lo instituido por Cristo y, por tanto, inmutable y perennemente perfecto. Lo humano es lo introducido por los hombres y, por lo mismo, sujeto a cambio, progreso y reforma. Esta dualidad no se puede limitar al solo campo fenomenológico de las manifestaciones históricas de este doble aspecto del misterio eclesial, sino que se basa en su misma constitución óntica compuesta de ese doble elemento humano y divino, verificando en sí la ley de la Encarnación y continuando en un cierto sentido el misterio del Verbo encarnado en la historia.

En la unidad ciertamente mistérica de aspectos tan diversos y de tensiones tan opuestas, que garantice igualmente en un sano equilibrio óntico y operativo la unión y la distinción de ambos aspectos, radica el progreso de la Iglesia en el tiempo. Este equilibrio del dogma eclesiológico en la fórmula de dos elementos constitutivos, a saber, el elemento divino y humano unidos en el misterio de la Iglesia inconfusa e indivisiblemente, se ha visto amenazado de dos concepciones extremas.

La unión de lo divino con lo humano en la Iglesia no equivale a una identificación o fusión de ambos elementos4. La tentación de sobreexaltar lo divino a costa de lo humano y detenerse en lo humano sin dar el paso a lo divino del "credo Ecclesiam", ha adoptado diversas manifestaciones en la historia de la teología de la Iglesia. Es la tentación constante de reducir la dualidad óntica y operativa de la Iglesia a una unidad que simplifique las tensiones propias del misterio eclesial. Sin embargo, el progreso de la Iglesia en el tiempo supone y manifiesta esta unión de lo humano y divino en el misterio eclesial sin separarse y sin fusionarse a un mismo tiempo. Este es también el equilibrio del misterio del Dios-hombre, que ha inaugurado esta ley encarnacional de la economía de la salvación.

4 Cf. Y. CONGAR, Dogme christologique et Ecclésiologie. (Vérité et limites d’un pallèle): Saint Eglise. Les editions du Cerf, París, 1963, pp. 69-104.

La Constitución sobre la Iglesia acentúa la unidad mistérica de la Iglesia, mientras al mismo tiempo pone en seguro la distinción de ambos elementos con una serie de categorías bipolares, que describen las tensiones dialécticas existentes en las diversas dimensiones de la realidad eclesial. Es la Iglesia santa y comunidad de fe, de esperanza y de caridad con una RAZÓN Y FE. Tomo CLXXV. 1967.

constitución visible en este mundo, por la que Cristo glorioso comunica a todos la verdad y la gracia.

«Pero la sociedad dotada de órganos jerárquicos y el Cuerpo místico de Cristo, la sociedad visible y la comunidad espiritual, la Iglesia terrestre y la Iglesia dotada de los bienes celestiales, no han de considerarse como don cosas distintas, porque forman una realidad compleja, constituida por un elemento humano y otro divino»5.

5 Const. dogm. Lumen Gentium, I, 8: Concilio Vaticano II, BAC, pp. 19-20.

6 Cf. Y. CONGAR, Die Kirche als Volk Gottes, Concilium, 1, 1965, 5-15; particularmente 7-8: O. SEMMELROTH, Unvergängliches und Wandelbares in der Kirche, Lebendiges Zeugnis, 1964, Heft 4, p. 57.

7Const. dogm. Lumen Gentium, I, 8: Concilio Vaticano II, BAC, p. 20.

8 Ibídem, p. 21.

Sólo una conciencia eclesial que asegure el equilibrio de esta unidad dialéctica del misterio de la Iglesia deja un margen legítimo para colocar el progreso de la Iglesia en el tiempo dentro de una recta perspectiva.

La nueva conciencia eclesial del Vaticano II

Se ha afirmado que la Iglesia del Vaticano II ha descubierto su dimensión histórica y escatológica6, en cuanto ella ha adquirido una nueva conciencia de su puesto dentro de la historia de la salvación y de su proyección hacia el más allá, hacia aquello que no es y que espera llegar a ser. Ella es más consciente hoy del dinamismo de la acción salvífica de Dios con la Humanidad, que, a través de diversas etapas, avanza irreversiblemente hacia su destino escatológico. Sin salirse de este mundo y de la historia la Iglesia avanza también más consciente de aquello que "ya" tiene y más deseosa de lograr aquello que "todavía no" posee. Experimentando en sí la kenosis de Cristo, que "efectuó la redención en la pobreza y en la persecución", la Iglesia se siente llamada a "seguir ese camino para comunicar a los hombres los frutos de la redención"7. Vigorizada con la fuerza del Señor resucitado, que ella ya posee en anticipo, "la Iglesia va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios (San Agustín, De Civ. Dei XVIII 51, 2; PL 41, 614) anunciando la cruz y la muerte del Señor, hasta que el venga" (Cf. 1 Corintios 11, 26)8. Esta dimensión del progreso de la Iglesia en el tiempo va necesariamente unida a la conciencia de su índole escatológica, a saber, que ella representa la última Case de esta alianza salvífica de Dios con los hombres ratificada irrevocablemente con el misterio del Verbo encarnado. RAZÓN Y FE. Tomo CLXXV. 1967.

El Vaticano II tuvo un precursor, que le condujo a descubrir esta dimensión histórica de la Iglesia. Con aquel tono de espontaneidad, que fue el sello de todas sus pequeñas y grandes empresas, Juan XXIII anunciaba a la Iglesia entera el Concilio Vaticano II como un examen de la conciencia eclesial, que reflexionara sobre el kairos de su misión en el mundo de hoy y su responsabilidad frente a los imperativos del momento histórico. Y se inició en el seno mismo de la Iglesia ese trabajo de confrontación en espíritu, de abierto diálogo con el mundo cultural y religioso de hoy. Un balance tan sincero había de aportar un cambio de postura en la vida de la Iglesia, una nueva conciencia eclesial, que se manifestara en una nueva eclesiología, a saber, la eclesiología del Vaticano II. Pues la eclesiología es fruto de esa reflexión teológica sobre la fe de la Iglesia o, en otras palabras, una instantánea de la conciencia eclesial de una época histórica. La teología está en cierto sentido sujeta a la ley de vasos comunicantes en lo que recibe y a su vez comunica a la Iglesia creyente.

De este reflexionar sobre sí misma había de surgir una nueva conciencia eclesial más responsable del progreso de la Iglesia en el tiempo y una nueva eclesiología, que incorporara y transmitiera fielmente a la posteridad la imagen de la Iglesia trazada en el Vaticano II. Es, sin embargo, necesario precisar más el sentido justo de esta novedad en la conciencia de la Iglesia y consiguientemente en la eclesiología del Vaticano II. Nuevo en la fe de la Iglesia y por tanto también en la herencia doctrinal de un Concilio, no significa ruptura con el pasado o integración cuantitativa de la revelación que se nos ha dado en Cristo. Es lícito, sin embargo, hablar de una nueva conciencia eclesial y de una nueva eclesiología, siempre que entendamos lo que K. Rahner llama:

«Estas dos cosas, algo, que es tan importante como un descubrimiento en el campo teórico, una verdad nuevamente vitalizada en la vida y actividad de la Iglesia y que fundadamente se piensa va a resultar de especial eficacia para la Iglesia en el futuro»9.

9 K. RAHNER, Das neue Bild der Kirche, Geist und Leben, 39, 1966, p. 7.

Este progreso de la Iglesia en el tiempo, sobre la base de una nueva conciencia eclesial y manifestado en una nueva eclesiología, fue visto proféticamente y propuesto por Juan XXIII en esa palabra, que hizo época, cuando habló de un "aggiornamento" de la Iglesia. De Juan XXIII, inspirador y promotor incansable del Vaticano II en su época preparatoria y RAZÓN Y FE. Tomo CLXXV. 1967.

en su primera fase conciliar —quizá la más decisiva en la historia de esa asamblea—, se cuenta este otro gesto muy significativo, que describe con más plasticidad que largos discursos su mente sobre el progreso de la Iglesia en el tiempo. Juan XXIII hablaba en conversación privada de la marcha y perspectivas del Vaticano II. De repente, este hombre de Dios se levantó y abrió la ventana. Una ráfaga de aire fresco entró en los palacios vaticanos. El interlocutor no esperó a una explicación de este gesto, que tan acertadamente describía el espíritu del Concilio. Era un gesto sumamente esperanzador para la Iglesia. Aludiendo a esta anécdota, un periodista del Concilio ha escrito el siguiente comentario. Quien antes pretendía levantar un gran edificio construía muros firmes, anchos y con pocas ventanas. Hoy se pueden levantar edificios sólidos y al mismo tiempo rasgar grandes ventanas en sus muros. Constituye un mérito inalienable de Juan XXIII el haber rasgado ventanas anchas en el edificio de la Iglesia. Sin comprometer su firmeza, él ha abierto de par en par las puertas de la casa paterna a todos los hijos de Dios. Esta fue lo misión histórica de Juan XXIII en sus pocos años de pontificado.

Si fue providencial este primer impulso de Juan XXIII hacia una renovación de la conciencia eclesial y consiguientemente de la eclesiología, su realización encontró en Pablo VI el heredero fiel y el ejecutor incansable. La herencia doctrinal del Vaticano II, con sus dieciséis documentos conciliares, es el testimonio más irrefragable. Lo que, siendo todavía Cardenal, propuso el 5 de diciembre de 1962, a saber, centrar en Cristo el misterio de la Iglesia, apenas pasados ocho meses lo proclamó decididamente en el discurso inaugural de la segunda sesión del Concilio:

«Que preste este Concilio plena atención a la relación múltiple y única, firme y estimulante, misteriosa y clarísima, que nos apremia y nos hace dichosos, entre nosotros y Jesús bendito, entre esa santa y viva Iglesia, que somos nosotros, y Cristo, del cual venimos, por el cual vivimos y al cual vamos... Es conveniente, a nuestro juicio, que este Concilio arranque de esta visión, más aún, de esta mística celebración, que confiesa que Él, nuestro Señor Jesucristo, es el Verbo encarnado, el Hijo de Dios y el Hijo del hombre, el Mesías del mundo, esto es, la esperanza de la Humanidad y su único Maestro... Si nosotros... colocamos delante de nuestro espíritu esta soberana concepción de que Cristo es nuestro Fundador, nuestra Cabeza, invisible, pero real, y que nosotros lo recibimos todo de Él; que formamos con Él el «Cristo total» del que habla San Agustín y del que está penetrada toda la teología de la Iglesia, podremos comprender mejor los fines principales de este Concilio»10.

10 Disc. Pablo VI, 29 set. 1963: Concilio Vaticano II, BAC, pp. 765-766. RAZÓN Y FE. Tomo CLXXV. 1967.

La nueva eclesiología del Vaticano II encuentra así su centro en Cristo y los trabajos conciliares quedan definitivamente centrados en torno al misterio de la Iglesia. Llevar a término este examen de nuestra conciencia eclesial, iniciado por su predecesor, y abrir las puertas y ventanas del edificio de la Iglesia a un diálogo sincero con el mundo religioso, cultural y técnico de hoy, ha constituido el programa de trabajo de Paulo VI en esta época conciliar. Palabras de invitación a la Iglesia a reflexionar sobre sí misma y a dialogar con la Humanidad entera son las que más frecuentemente afloran a sus labios. Este es también el tema de su primera encíclica Ecclesiam suam:

«... esta es la hora en que la Iglesia debe profundizar la conciencia de sí misma, debe meditar sobre el misterio que le es propio, debe ahondar, para enseñanza propia y para propia edificación, la doctrina, para ella conocida, y en este último siglo aclarada y difundida, sobre el propio origen, la propia naturaleza, la propia misión, el propio destino final...»11. «... pensamos que es obligatorio hoy para la Iglesia profundizar en la conciencia que debe tener de sí misma, del tesoro de verdad del que es heredera y depositaria y de la misión que debe cumplir en el mundo»12. «La Iglesia tiene necesidad de reflectir sobre sí misma, tiene necesidad de sentirse vivir. Debe aprender a conocerse mejor a sí misma si quiere vivir la propia vocación y ofrecer al mundo su mensaje de fraternidad y de salvación»13.

11 Encíclica Ecclesian suam, 7: El diálogo según la mente de Pablo VI. Comentario de la "Ecclesianm suam", BAC, Madrid, 1965, p. 6.

12 Ibídem, p. 10.

13 Ibídem, P. 14.

Invitaciones tan decididas llevan un tono claramente profético. Así hablaron los profetas, cuando, buscando el kairos del presente, apelaban al tribunal del futuro. "Esta es la hora...", "hoy" la Iglesia debe reflexionar sobre sí misma. La Iglesia debe pensar en la Iglesia, debe ahondar su conciencia de Iglesia, debe situarse a sí misma en el centro de ese círculo de autointrospección iluminado de la conciencia. Esta invitación profética la ha reiterado Pablo VI en diversos estilos y a diversos públicos, pues, en la mente del Pontífice, es el imperativo del momento histórico dirigido a todo el edificio piramidal de la Iglesia, de la cúspide a los fundamentos y de los fundamentos a la cúspide. Se trata de una reflexión, que vaya de la superficie a lo más profundo de la conciencia eclesial, a aquello que está "dentro" de toda forma manifestativa, en una palabra, a su "propio misterio". El Pontífice nos invita a situar en el campo de luz de la conciencia el misterio de la Iglesia, o sea, su naturaleza, su misión y su destino final. Se trata de una RAZÓN Y FE. Tomo CLXXV. 1967.

comparación de "la imagen ideal de la Iglesia cual Cristo la vio, quiso y amó...", con "el rostro real cual hoy la Iglesia presenta, fiel, por gracia de Dios a las líneas que su divino Fundador le imprimió y que el Espíritu Santo vivificó y desarrolló en el curso de los siglos en forma más amplia y más ajustada al concepto inicial, de un lado; a la índole de la Humanidad que iba incorporando, de otro; pero jamás suficientemente perfecto, suficientemente bello, suficientemente santo y luminoso, como quería aquel divino concepto informador"14.

14 Ibídem, pp. 6-7.

15 Ibídem, p. 6.

16 Ibídem, p. 7.

17 Ibídem, p. 6.

18 Ibídem, p. 7.

19 E. SCHILLEBEECKX, Die dritte Stizungsperiode des Zweiten Vatikanischen Konzils, Der Seelsorger, 35, 1965, p. 34.

La dimensión histórica de la Iglesia


Publicado por tabor @ 9:32  | Eclesiologia del Vat. II
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