Viernes, 14 de noviembre de 2014

Paulo VI, pues, nos invita a una consideración de la Iglesia, más bien que en su idealidad histórica, en su realización dinámica e histórica. Se trata de contemplar esa Iglesia, que tiene un origen concreto, una misión histórica y un destino último, hacia el cual dirige sus pasos a través de su peregrinación por el mundo y por la historia. En otras palabras, la invitación del Pontífice es reflexionar sobre la Iglesia, que partiendo de Cristo avanza en el tiempo hacia su consumación en Cristo glorioso. De este examen de conciencia surgirá un deseo espontáneo de ser "fiel... a las líneas que su divino fundador le imprimió"15, de estar "más ajustada al concepto inicial"16, de confrontar "el rostro real cual hoy la Iglesia presenta" con "la imagen ideal"17 y de examinarse "en el espejo del modelo que Cristo dejó de sí"18.

Fiel a estas líneas directrices de Pablo VI, el Vaticano II, tanto en la redacción de sus esquemas dentro de las comisiones, como en las discusiones en el aula conciliar, ha adquirido una conciencia nueva de la dimensión histórica del misterio de la Iglesia y en sus documentos conciliares ha entregado a la posteridad el mejor testimonio del progreso de la Iglesia en el tiempo. "Lo que con mayor urgencia se oyó en la basílica de San Pedro —afirma abiertamente E. Schillebeeckx— fue más bien la tendencia a estimar más la verdad histórica, sin tener que violentar para ello la verdad teórica y especulativa"19. Esta tendencia no logró imponerse sino después de haber superado una considerable resistencia. Los primeros esquemas, elaborados por las comisiones preparatorias, habían enfocado la RAZÓN Y FE. Tomo CLXXV. 1967.

problemática dentro de una perspectiva prevalentemente teórica y ahistórica. A este enfoque estático correspondía un estilo abstracto y escolar. El choque de estas dos tendencias resultó ineludible20. Fue durante las discusiones de la primera sesión conciliar a propósito de los esquemas sobre liturgia, sobre la unión de los cristianos, sobre la revelación y sobre la Iglesia, cuando el encuentro alcanzó tonos dramáticos. Superados los radicalismos de un primer momento, el diálogo entre estas dos tendencias teológicas fue benéfico para ambas y fecundo en resultados positivos para la teología del Vaticano II. Con mirada retrospectiva al camino recorrido, podía constatar Schillebeeckx ya al final de la tercera sesión: "Es una nota característica de este Concilio, que el Episcopado universal haya manifestado una percepción más sensible de la dimensión histórica de la Iglesia, de la fe y de la vida cristiana"21.

20 Cf. G. PHILIPS, Deux tendances dans la théologie contemporaine. En marge du II Concile du Vatican, Nouvelle Revue Théologique, 95, 1963; W. SEIBEL, Gottes Ruf an die Kirche von Heute. Geistliche Ueberlegungen zur Kirchentheologie des II Vatikanischen Konzils, Geist und Leben, 36, 1963, 84-92; P. FRANSEN, Three ways os Dogmatic Thought, The Heytrop Journal, 4, 1963, 3-24.

21 E. SCHILLEBEECKX, Die dritte…, P. 34.

Aquellos primeros enfoques más bien abstractos y atempo-rales de los problemas estudiados en los primeros esquemas conciliares fueron transformándose paso a paso en estos nuevos enfoques concretos e históricos, que constituyen la herencia doctrinal del Vaticano II. El proceso de transformación en ocasiones fue lento y penoso. Una afirmación teórica y abstracta puede formularse dentro de una perspectiva dinámica del problema y puede examinarse a la luz de una serie de datos concretos e históricos que, sin menoscabo de su validez inmutable, venga interpretada con un sentido histórico que satisfaga las exigencias justas de espíritus más sensibles para lo histórico y concreto. El Concilio, por ejemplo, no se ha contentado con reafirmar en un tono genérico y abstracto su estima y veneración por todas las Iglesias del mundo cristiano, sino que ha consignado en los documentos conciliares todas esas realidades eclesiales y factores concretos que encuadran el testimonio del Vaticano II dentro de una perspectiva más histórica.

La Iglesia ha adquirido hoy una conciencia quizá más sensible para la realización histórica de su misión salvífica.

Toda su realidad histórica está llamada a dar ese testimonio convincente de la presencia de Cristo en ella. Pero reconoce con alegría y reverencia históricas otros elementos cristiformes y por lo mismo eclesiales en otras comunidades cristianas y anhela incesantemente la integración RAZÓN Y FE. Tomo CLXXV. 1967.

perfecta de todos los elementos dispersos de salvación para constituir el sacramento integral de salvación en el mundo.

Vaya otro ejemplo de suma actualidad para nuestro tema del progreso de la Iglesia en el tiempo. La práctica del Magisterio de la Iglesia y la reflexión teológica han contado siempre con la existencia del progreso dogmático, si bien más para condenar posiciones radicales de impronta montañista o idealístico-transformística, que para poner los fundamentos necesarios, que avalen una explicación razonable de tantas datos concretos de la historia del dogma. Esa sensibilidad del Vaticano II por la dimensión del progreso histórico en los diversos problemas, le ha impulsado a reconsiderar el aspecto dinámico e histórico de la revelación, de la respuesta del hombre en su diálogo con Dios en el acto de la fe y de la transmisión de esta revelación a lo largo de la historia en la tradición de la comunidad creyente. El concepto teológico de revelación se ha enriquecido con esta consideración dinámico-histórica propuesta ya de atrás por los teólogos22 y adoptada abiertamente en el Vaticano II. La revelación ha pasado por una larga historia de preparación, que va de la mano con la historia de la salvación por todas las etapas del Viejo Testamento hasta su culminación en Cristo. Este diálogo de Dios con la Humanidad necesitada de redención ha adoptado formas de manifestación muy diversas. El diálogo de los hechos es la garantía más firme de la verdad de las promesas. Las palabras llevan a la acción y las acciones confirman las palabras. Y aun no pocas veces el diálogo del silencio es más persuasivo que el de las palabras. Así son los hombres y Dios es fiel a sus planes con ellos. Este diálogo salvífico de Dios con la Humanidad ha encontrado el centro de su realización histórica en el misterio del Verbo encarnado. Y Dios se comunicó a los hombres en la Persona de su Hijo hecho hombre y que habitó entre los hombres.

22 Cf. R. LATOURELLE, Théologie de la Revelation, Desclée de Brouwer, 1963, 509 pp., particularmente pp. 366-382.

23 Const. dogm. Dei Verbum, I, 4: traducc. L. Alonso Schökel, Las palabra inspirada, Barcelona, 1966, pp. 364-365.

«Él, con su presencia y manifestación, con sus palabras y obras, signos y milagros, sobre todo con su muerte y gloriosa resurrección, con el envío del Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda la revelación, y la confirma con el testimonio divino; a saber, que Dios está con nosotros, para librarnos de las tinieblas del pecado y la muerte y para hacernos resucitar a una vida eterna»23. RAZÓN Y FE. Tomo CLXXV. 1967.

Fue una epifanía de Dios, que necesitó sí de palabras humanas, pero no se agotó en ellas. El misterio de Cristo fue una revelación más de hechos que de palabras. Y tanto los hechos como las palabras en la vida mortal y gloriosa de Cristo entre nosotros encerraban en sí un potencial dinámico de progreso capaz de actualizarse y desarrollarse indefinidamente bajo la asistencia del Espíritu Santo en el seno de la comunidad eclesial de todos los creyentes a lo largo de los siglos. "La Iglesia camina a través de los siglos hacia la plenitud de la verdad, hasta que se cumplan en ella plenamente las palabras de Dios"244.

24 Const. dogm. Dei Verbum, II, 8: Ibídem, p. 367.

Esta predilección del Vaticano II por la dimensión dinámica e histórica de los problemas ha logrado dar un enfoque en parte, al menos, nuevo al problema de la revelación y su transmisión por medio de la Iglesia en la historia. La revelación no puede ser considerada como la sola comunicación de verdades estereotipadas y atemporales, ni su transmisión en el seno del pueblo creyente como un proceso deductivo de lógica formal. Si la culminación de esta revelación en el misterio de Cristo trascendió la dimensión de lo puramente teórico y formal y pasó al plano de lo histórico y vital, su transmisión dentro de la Iglesia no puede aprisionarse en un marco atemporal e inmutable, sino trasciende la dimensión vital y dinámica del Pueblo de Dios. La revelación ha progresado en el tiempo hasta alcanzar su plenitud en Cristo y, sin adiciones cuantitativas posteriores, está sujeta a un proceso de crecimiento vital muy variado. Una transmisión vital de la revelación por la fe y el testimonio de vida cristiana de todo el pueblo creyente es más que un traspaso mecánico de un tesoro de verdades, que una generación de creyentes pone en las manos de la generación siguiente. Esta concepción no cuenta con el dinamismo vital del pueblo fiel y el progreso de una transmisión histórica. El Vaticano II, por el contrario, nos ha legado en la Constitución dogmática Dei Verbum un testimonio irrefragable del progreso histórico y del dinamismo vital de la presencia de la revelación en la fe del pueblo cristiano:

«Lo que los Apóstoles transmitieron comprende todo lo necesario para una vida santa y para una fe creciente del pueblo de Dios; así la Iglesia, con su enseñanza, su vida, su culto, conserva y transmite a todas las edades lo que es y lo que cree. Esta Tradición apostólica va creciendo en la Iglesia con la ayuda del Espíritu Santo; es decir, crece la comprensión de las palabras e instituciones transmitidas: cuando los fieles las contemplan y estudian repasándolas en su corazón (Cf. Le 2, 19, 51), cuando comprenden RAZÓN Y FE. Tomo CLXXV. 1967.

internamente los misterios que viven, cuando las proclaman los Obispos, sucesores de los Apóstoles en el carisma de la verdad»25.

25 Const. dogm. Dei Verbum, II, 8: Ibídem, pp. 366-67.

26 Cf. C. Journet, Le progres de l’Eglise dans le temps, Angelicum, 43, 1966, pp. 7-8.

Es cierto que este progreso histórico y crecimiento de la revelación en la tradición "viva" de la Iglesia no tiene el valor de una adición cuantitativa ni significa ruptura con el pasado o disociación del misterio de Cristo. El progreso histórico de la Iglesia y de la revelación en la Iglesia está sujeto a la ley de esa tensión, que justamente se ha llamado "asintótica"26. Se trata de la tensión entre esa fuerza regresiva a vivir con mayor intensidad y pureza el momento primitivo de su origen y esa proyección hacia el futuro, que exige una conformidad con el presente. El progreso de la Iglesia en el tiempo nunca puede significar una ruptura o desviación de la imagen ideal y origen histórico, que ella trae de Cristo. Sin embargo, dentro del marco de una fidelidad plena a los rasgos esenciales de su Fundador y sin romper con un pasado milenario, queda margen amplio para un progreso histórico y un desarrollo vital. La revelación está igualmente sujeta a esta ley "asintótica". No se da una evolución regresiva que equivalga a la supresión de enunciados dogmáticos definitivamente avalados por el testimonio de la Iglesia. Se trata de un progreso dogmático sujeto a esa tensión de fidelidad a esos elementos del pasado, que horizontalmente se perpetúan a lo largo de la historia y de la peregrinación terrestre del Pueblo de Dios y de apertura a la presencia activa de Cristo resucitado y a la asistencia eficaz del Espíritu Santo que verticalmente intervienen en la vida de la Iglesia.

Si bien es verdad que la revelación no admite un aumento externo, es igualmente seguro que su transmisión es una actualización vital en la Iglesia para dirigirse al hombre del momento histórico. En cada época histórica el hombre, como interlocutor en este diálogo con Dios, pone nuevas preguntas a la palabra de Dios y espera nuevas respuestas. La Iglesia, al transmitir la revelación debe establecer este diálogo entre el hombre del momento histórico y Dios. Por eso la realidad histórica de la Iglesia, como la presencia sacramental de la palabra revelada en el mundo, adopta las formas manifestativas históricas de cada época para actualizar su mensaje de verdad a la Humanidad entera. La historicidad de la revelación, de su transmisión viva en y por el pueblo creyente, imponen este progreso dinámico de la realidad eclesial en el tiempo. Una actualización vital de la Palabra de Dios RAZÓN Y FE. Tomo CLXXV. 1967.

al hombre de hoy no puede consistir en una repetición mecánica de conceptos y categorías estereotipadas e inertes.

Otros concilios ecuménicos sintieron la urgencia de admitir cierto progreso dogmático, pero su atención inmediata y casi exclusiva se concentró en asegurar la inmutabilidad de la verdad revelada por un proceso de abstracción y purificación de adherencias históricas. Esta verdad inmutable y desnuda a lo más estaría sujeta a un cambio de vestido histórico. Sin quizá pretenderlo, esta concepción aboca a una limitación injusta del progreso de la revelación en la historia. La asamblea vaticana, sin comprometer la inmutabilidad de la verdad revelada, ha hecho un gran esfuerzo por traducir el mensaje revelado al hombre de hoy. Su preocupación constante ha sido la de actualizar la revelación para entablar el diálogo entre el hombre y Dios. Esta actualización vital del mensaje revelado no se puede limitar a darle un vestido nuevo. El mensaje revelado ha de hablar a la Humanidad de hoy, para que ésta dé su respuesta a Dios. Este nunc histórico del diálogo salvífico de Dios con el hombre y del hombre con Dios no se alcanza sin un progreso do toda la realidad eclesial en el tiempo.

Una eclesiología nueva

Un llamamiento tan sincero y tan reiterado de Pablo VI a la asamblea conciliar y a todo el pueblo creyente a reflexionar y ahondar su propio misterio ha despertado una nueva conciencia eclesial —nueva en el sentido arriba expuesto de providencialmente vital y fecunda— que se manifiesta en una nueva eclesiología, la eclesiología del Vaticano II. Hablamos de una eclesiología nueva que, sin romper con el pasado, ha incorporado los rasgos más salientes de esta nueva conciencia eclesial. Y la nota más característica de la eclesiología del Vaticano II está precisamente en haberla basado sobre la dimensión histórica, dinámica y escatológica de la Iglesia.

«Es mi opinión —afirmaba Schillebeeckx— que la preocupación primera de este Concilio no va dirigida a la verdad abstracta o a una determinación de la esencia, sino a los eventos. Esto, a su vez, no significa que para ello la verdad vaya a ocupar un segundo lugar, o tenga que callarse —esto significaría traición en el Concilio—, sino que los Obispos están plenamente preocupados por cómo tenga que realizarse concretamente la verdad cristiana y cómo pueda hacerse un verdadero evento en el mundo concreto de hoy»27.

27 E. SCHILLEBEECKX, Die dritte…, P. 36. RAZÓN Y FE. Tomo CLXXV. 1967.

La Asamblea conciliar aceptó el kairos de esta hora histórica al concentrar sus trabajos en la teología de la Iglesia. El Vaticano II pasará así a la historia como el Concilio de la Iglesia sobre la Iglesia, y, por lo mismo, como el Concilio de la eclesiología. Otros muchos temas ha discutido el Concilio, pero siempre en un claro contexto eclesiológico y recibiendo de la eclesiología su interés teológico, ya que, como dice K. Rahner, son verdades "que hasta en la jerarquía de verdades" en sí mismas tienen una importancia más capital que precisamente en su relación con la Iglesia28.

28 Const. dogm., Lumen Gentium, I, 2: Concilio Vaticano II, BAC, p. 10.

El Vaticano II ha llegado a ser aquello que Juan XXIII y Pablo VI quisieron que fuera, a saber, un proceso de reflexión y examen de nuestra conciencia eclesial. Con la espontaneidad de lo carismático, vino la Iglesia a constituirse objeto de su propia consideración. La Iglesia no dispone de todos los factores que determinan el tema de su reflexión. Fue al final de la primera sesión conciliar, en las primeras discusiones sobre el esquema de la Iglesia, cuando se determinó considerar la Iglesia en su doble dimensión ad intra, es decir, su propio origen, su propia naturaleza y su destino final, y ad extra, o sea, en su múltiple relación a otras comunidades eclesiales, a otras religiones no cristianas y al mundo pluralístico de la cultura y de la técnica de hoy. Según esta doble dimensión de la Iglesia, el Vaticano II nos ha legado en sus dieciséis documentos conciliares la eclesiología más completa que hasta ahora ha salido de la misma reflexión de la Iglesia en un concilio. La Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium, entre estos dieciséis documentos, es el mejor testimonio de esta nueva imagen de la Iglesia, más consciente que nunca de su progreso en el tiempo.

Nos saldríamos del marco necesariamente reducido de estas breves reflexiones de pretender describir los rasgos más salientes de la nueva imagen de la Iglesia en la eclesiología del Vaticano II. La nueva conciencia del progreso de la Iglesia en el tiempo se manifiesta en una eclesiología más abierta a la dimensión histórica y plenamente consciente del puesto del Pueblo de Dios en la historia de la salvación. La nueva eclesiología del Vaticano II señala una vuelta decidida a las fuentes bíblicas y patrísticas, que equivale a decir a las categorías dinámicas e históricas de la "historia salutis" de la Escritura y de los Padres. Parecerá quizá paradójico hablar de una vuelta de la eclesiología a sus fuentes primitivas, suponiendo así un progreso regresivo. Es una manifestación más de esa ley de la tensión "asintótica" a la que está sujeta la realidad eclesial y consiguientemente también la RAZÓN Y FE. Tomo CLXXV. 1967.

eclesiología. Se trata de un progreso en el tiempo por una asimilación más exacta al modelo evangélico y al plan original de Cristo. Si hoy hablamos de una vuelta a la Escritura y a los Padres, no quiere decir que en el pasado la eclesiología haya cambiado ni margen de la Escritura o de la tradición. Pero en las últimas décadas la renovación de los estudios bíblicos y la renovación de la eclesiología han ido de la mano. Este retorno a las fuentes más genuinas significa un progreso en la dimensión histórica de la Iglesia. La eclesiología del Vaticano II no es más bíblica porque contenga más citas de la Escritura que otros documentos conciliares. La imagen de la Iglesia del Vaticano II es más bíblica porque ha logrado entroncar el misterio de la Iglesia con el misterio de la salvación, cuyo centro es el misterio de Cristo. El Vaticano II ha considerado la revelación del misterio de la Iglesia y su realización histórica dentro de una concepción dinámica de la historia de la salvación.

Al comienzo de la Constitución dogmática sobre la Iglesia se señalan claramente sus diversas etapas en esta historia de la salvación:

«Él (Padre Eterno) determinó convocar a los creyentes en Cristo en la Santa Iglesia, que prefigurada ya desde el origen del mundo, preparada admirablemente en la historia del pueblo de Israel y en el Antiguo Testamento, constituida en los últimos tiempos, fue manifestada por la efusión del Espíritu Santo y se perfeccionará gloriosamente al fin de los tiempos»29.

29 Cosnt.. dogma, Lumen Gentium, I, 2: Concilio Vaticano II, BAC, p. 10

30 AAs, 55, 1963, p. 880.

Esta consideración del misterio de la Iglesia en toda su perspectiva histórica y universal, como la presencia histórico-salvífica del amor del Padre en el Hijo y con el Espíritu Santo, ha comunicado a la eclesiología un dinamismo más consciente del progreso histórico en los diversos aspectos de la vida eclesial. Fue esta perspectiva histórico-dinámica del misterio de la Iglesia en las discusiones conciliares la que acogieron con tanta benevolencia los observadores legados al Concilio por las Iglesias separadas de la Sede Apostólica, que el profesor Skydsgaard designó, en presencia de Pablo VI, como un progreso del Vaticano II hacia una teología "concreta e histórica", es decir, una teología "centrada en la historia de la salvación". Pablo VI, en su respuesta, acogió favorablemente estas sugerencias30.

La Iglesia del Vaticano II ha adquirido una conciencia nueva de su dimensión histórica. La eclesiología del Vaticano II da testimonio del progreso de la Iglesia en el tiempo. Las nociones eclesiológicas de "pueblo RAZÓN Y FE. Tomo CLXXV. 1967.

peregrinante" y "comunidad de salvación", sobre las que se basa la eclesiología del Vaticano II, son categorías esencialmente históricas. La Iglesia es el "lugar histórico" donde Dios viene al encuentro del hombre histórico para salvarle y para hacer del progreso de la Humanidad una historia sagrada, que avanza hasta que "la Iglesia, a la cual todos hemos sido llamados en Cristo y en la cual, por la gracia de Dios, adquirimos la santidad, no será llevada a su plena perfección sino cuando llegue el tiempo de la restauración de todas las cosas (Act 3, 21) y cuando, con el género humano, también el universo entero, que está íntimamente unido con el hombre y por él alcanza su fin, será perfectamente renovado"31.

31 Const. dogm. Lumen Gentium, VII, 48: Concilio Vaticano II, BAC, p. 93.

Una versión italiana de este trabajo aparece en "I laici sulle vie del Concilio" Pro Civitate Christiana. Assisi.

ÁNGEL ANTÓN SJ

Universidad Pontificia Gregoriana

Roma


Publicado por tabor @ 9:34  | Eclesiologia del Vat. II
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios