Lunes, 05 de septiembre de 2016

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RAZÓN Y FE. Tomo CLXVI. 1962.

CONCILIO (pp. 145-148)

P

or fin... podemos ya exclamar, y dar así término a la ansiosa espera con que la Iglesia, y aun el mundo civilizado, ha aguardado desde enero de 1959 el momento solemne de la apertura del Concilio Vaticano II.

Cuánto y cuánto no se ha escrito y hablado en este intermedio de los temas que habían de ser tratados, de las actitudes que en su celebración se adoptarían o de las tendencias que se marcarían, de los resultados posibles o probables... Por más que no siempre hayan sido el acierto y la ponderación las cualidades más relevantes en tantas especulaciones, puede, con todo, afirmarse que el extensísimo examen realizado sobre la vida de la Iglesia en sí misma o en sus relaciones con el mundo que la rodea; que el planteamiento o la discusión de tantos y tan varios problemas; que las soluciones apuntadas o sugeridas con miras al futuro han reportado ya tantos beneficios, que, aun cuando no se celebrara el Concilio, debe ya este período preparatorio ser considerado en sí como altamente fructífero: tan llena de buena voluntad, tan sincera y realista ha sido la autocrítica que sobre su ser y su acción ha realizado la Iglesia.

La visión así lograda sobre la verdadera realidad actual de la Iglesia en sus instituciones y en la capacidad realizadora de sus instrumentos apostólicos; la decisión hecha ya patente de encaminarse realísticamente hacia un nuevo estadio de adaptación aun sacrificando tradiciones o inercias, son ahora sin duda muy distintas de las que se adoptaban hace tres años, a pesar de las muchas luces irradiadas desde la Cátedra Romana durante los dos últimos Pontificados.

Volviendo ya la vista hacia atrás, a aquel sorprendente momento del anuncio de Juan XXIII pronunciado en la Basílica de San Pablo, parece que del camino recorrido hasta la apertura del Concilio brota la impresión de que aquella primera noticia encontró eco directo en el pueblo mismo cristiano; y que desde el pueblo llegó en retorno como por resonancia hacia las zonas intermedias y aun las altas; como si el pueblo cristiano captara por sí mejor que ningún otro medio, cuanto en las escuetas palabras de Juan XXIII parecía envuelto en sombras indefinibles de incertidumbre. El pueblo ha desenvuelto y desarrollado el mensaje recibido hasta ponerlo en condiciones de salir a la luz pública. RAZÓN Y FE. Tomo CLXVI. 1962.

Todo ello hace pensar que en este caso, más tal vez que en ningún otro, los Padres Conciliares acudirán a la Basílica Vaticana como testigos de la fe y de los anhelos de sus respectivas comunidades cristianas; allí expresarán la convicción en ellas arraigada de que en la convocatoria papal había verdadera inspiración del Espíritu Santo; y se sentirán apremiados por la firme esperanza de sus fieles de que por Providencia divina extraordinaria debe resultar de este Concilio un nuevo estadio en la vida cristiana. Tendrán sin duda presente el momento en que, terminadas las tareas conciliares, hayan de volver a sus puestos, y dar en ellos cuenta, a sus fieles de las tareas llevadas a cabo por el Concilio. Los Padres han de sentirse fogueados por la caridad ardiente de la Iglesia que ansia la fusión de todos los creyentes en una verdadera unidad. Pocas veces se habrá llegado a un Concilio con mejor conocimiento de lo que el pueblo cristiano espera y casi exige de él. La forma de que ha reaccionado la comunidad cristiana desde que llegó a ella la voz conciliar de Juan XXIII hará que toda ella esté bien presente por el testimonio de los Padres en el Concilio, y mantendrá bien prietos los vínculos de los Pastores ausentes en Roma con sus respectivas greyes diseminadas por el mundo.

Por lo que se refiere directamente al ya próximo Concilio, este período ha puesto en claro algunos puntos básicos. Ante todo, el Concilio es un asunto interior de la Iglesia misma, en el cual, por consiguiente, tiene que ver directamente la Iglesia Romana, y no otras iglesias cristianas, aun cuando se invite a éstas a que acudan en calidad de "observadores" siquiera a los actos de carácter menos secreto o privado. Tampoco tienen que ver en el Concilio otros poderes no religiosos, especialmente los políticos, ni siquiera aquellos partidos políticos que siguen una ideología cristiana y tratan de actuar en conformidad con las normas fundamentales explicadas por los Romanos Pontífices.

También ha podido entenderse que no cabe esperar como resultado del Concilio novedades espectaculares, cuales han sido propuestas con demasiado desconocimiento de causa en algunos comentarios de la gran prensa. Se trata de lograr una puesta al día de la Iglesia, en sustancia, de las mismas instituciones que existen ya, aunque readaptadas a las condiciones del hombre moderno. No pueden esperarse muchas modificaciones que alcancen en importancia, por ejemplo, a la modificación del ayuno eucarístico recientemente hecha, o a la creación de los Institutos Seculares. Pero aun sin tales espectacularidades ni innovaciones RAZÓN Y FE. Tomo CLXVI. 1962.

sensacionales es de desear y esperar que se logre una renovación profunda de la vida interior de la Iglesia, en su espíritu y en sus instituciones, para que todo responda mejor a la misión que hoy en día debe cumplirse.

Una vez abierto el Concilio pueden ya entreverse puntos delicados en esta su segunda fase: la de realización.

Dentro del Concilio mismo será muy delicado el establecer los procedimientos de trabajo; pues de que éstos procedan con uno u otro sistema, puede depender hasta qué punto quienes han tenido en sus manos la preparación inmediata del Concilio continúen teniéndolo también en ellas en su fase de realización con los consiguientes límites para la iniciativa de los Padres en proponer temas y problemas, o para la libertad en discutirlos y solucionarlos. Será importantísimo saber hasta qué punto los Conciliares querrán actuar —siempre bajo el Romano Pontífice— con la plenitud de derechos que como a "Padres del Concilio" les corresponde; lo que podría traer como consecuencia que el Concilio salga un poco de las manos que hasta ahora lo han tenido y de los cauces que éstas le han construido.

En el ambiente exterior del Concilio será punto muy delicado el de sus relaciones con la opinión pública. Se ha suscitado y cultivado intensamente una enorme expectación en todo el mundo; pues todo él se ha percatado de que una Asamblea que rige á más de 500 millones de hombres, de verdadero influjo en la sociedad internacional contemporánea, puede marcar directrices decisivas sobre la civilización actual. Esa opinión quiere ser informada. Los órganos de información se han aprestado a montar ingentes servicios de reportaje en torno al Concilio. La dificultad surge al pensar que los directivos de tales órganos, y cuantos de ellos esperan información no se habrán dado cuenta suficiente de las características excepcionales de una Asamblea conciliar. Allí los Padres, aunque testigos de sus respectivas Iglesias, no son simples mandatarios de ellas; actúan con autoridad magisterial propia: son los Maestros y los Pastores, no sometidos a las exigencias y dictámenes de una opinión pública, ni siquiera de la interior de la Iglesia misma. Por otra parte, los acuerdos, aunque precedidos de votaciones, no tienen el mismo significado que en otras Asambleas, donde una mayoría de votos representa la mayoría de los mandatarios e impone su voluntad. Aquí el acuerdo tiene otro significado muy distinto. Tampoco el temario que se desarrolle, sea dogmático o disciplinar, está al alcance de la opinión pública, quizás ni siquiera de los informadores mismos. Todo ello hace que para los responsables de la RAZÓN Y FE. Tomo CLXVI. 1962.

información por parte del Concilio surjan problemas delicadísimos muy difíciles de resolver: o se daña a la reserva debida en el desarrollo del Concilio, exponiéndose a sustanciales incomprensiones por parte de la opinión pública, o se defrauda a la expectación en ésta suscitada.

En un punto parece haberse adelantado más de lo que en los primeros momentos podía esperarse con cierto fundamento: en lo relativo a la unión de las Iglesias. Digamos, desde luego, que por mucho que se haya adelantado, todavía hace falta mucho tiempo y mucho trabajo para llegar a salvar las diferencias existentes. Pero, por otra parte, se ha visto que ha llegado el momento de plantear en el terreno real el problema de la unión de las Iglesias; y se ha comenzado a entrever la posibilidad de abrir cauces por donde se llegue a la unión, cuales pueden ser, en lo propiamente doctrinal, el pleno desarrollo de la doctrina referente a la Constitución de la Iglesia —Cuerpo Místico de Cristo, relación del Primado Romano con los Obispos, relación de toda la Jerarquía, especialmente magisterial, con la comunidad de los fieles, especialmente en lo que atañe a la fe de la Iglesia, etcétera—; y, a su vez, la Sagrada Escritura, ya que ésta es base común para todas las comunidades religiosas de carácter cristiano.

Llegamos al Concilio Vaticano II cuando justamente conmemoramos la última fase del Concilio Tridentino (1562-1563). En buena parte, el proceso entonces iniciado —aunque con profundas alternativas en los caminos seguidos— parece querer culminar ahora, con una renovación total de la vida de la Iglesia —tan fructuosamente entonces iniciada tanto en la cabeza como en los miembros—, para salvar tas diferencias que entonces tan profundamente quedaron marcadas en el seno de la Iglesia de Cristo.


Publicado por tabor @ 20:48  | Contexto socio-politico
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