Lunes, 05 de septiembre de 2016

RAZÓN Y FE. Tomo CLXV. 1962.

AÑO CONCILIAR 1962. ECUMENISMOS Y DRAMATISMOS (pp. 229-242)

E

ste año de 1962, a los Padres conciliares reunidos bajo la bóveda de San Pedro se les pone delante una visión del mundo radicalmente distinta de la de sus predecesores de 1869 y de la de todos los 19 concilios anteriores. Nunca pudieron aquéllos imaginarse organizaciones como las que presenta hoy la sociedad política y religiosa. La generación que precedió al concilio último (1869-70) —lo decía mi artículo pasado— luchaba con el positivismo comtista y unas desatadas libertades científicas que, aun por parte de algunos eclesiásticos, reclamaban omnímoda emancipación del Magisterio y de la Palabra divina. Las audacias exegéticas de Renan, las materialistas de Büchner, biológicas de Darwin, economistas de Marx, precedieron al concilio. Grave y todo la situación que todo ello fuera a crear, no era sino continuación o recrudecimiento del espíritu revolucionario del siglo XVIII. Era una novedad relativa; y el Vaticano I, al extender la vista por el orbe, no pudo quedar demasiado sorprendido. Ahora es cuando advierten realidades verdaderamente nuevas, específicamente nuevas. En esta generación que antecede al Vaticano II, la marcha de la historia cambia de signo, vira en redondo, acelera la marcha, y surgen fuerzas y organizaciones que en forma directa se enfrentan al concilio precisamente en su carácter de ecuménico. No vienen desafiantes, pero objetivamente por su naturaleza misma, constituyen un desafío, pues se apropian lo que la Iglesia tenía por más suyo, la unidad en la universalidad. Les esperan, pues, a los Padres conciliares cuadros de conjunto inéditos, y notables todos; los unos, por sus dinamismos; los otros, por sus dramatismos.

Divagaremos de momento sin tensiones mentales ni propósitos mayores apologéticos sobre los primeros. Los dramatismos con sus punzantes estridencias y dolorosos ecos tendrán capítulo aparte, aunque el mejor prólogo para su inteligencia o valoración sea lo que vayamos a exponer ahora. Ni se piense que, en una consideración filosófica de la cuestión cual es la nuestra, huelga el punto éste de los ecumenismos, pues sólo con la majestad que le confiere al momento conciliar la grandiosa perspectiva de un presente henchido de ellos, alcanza su significado, asimismo grandioso, el drama de una humanidad que juega con llamaradas RAZÓN Y FE. Tomo CLXV. 1962.

que pueden ser de su propio holocausto, y cultiva ideologías ausentes del Espíritu y de un vivir y morir con esperanza. La hora actual se define por ambos aspectos.

INÉDITO PRIMERO

Los universalismos políticos tan ambicionados para sí por Alejandro Magno cuando, tras la conquista de la India, proyectaba penetrar en el Mediterráneo; insinuados siquiera fuera vagamente por los estoicos; realizados en parte por la concepción medieval de una Cruz o el Papado y una Espada o el Imperio; y genialmente formulados por Vitoria a raíz de la vuelta al mundo por Magallanes-Elcano, son un hecho. Han cristalizado en un organismo gigante. La ecumene es una única familia; y como tal, sujeto de un derecho internacional o supra-nacional (Vitoria). Ha costado llegar á ello, pues en pos de Vitoria, Campanella, Kant, el propio Napoleón y, derrocado éste, la Santa Alianza, acariciaron proyectos de unión universal aunque nunca fraguaron. Hoy atestiguan su existencia los 104 Estados miembros de la ONU (= Organización de las Naciones Unidas) congregados en edificio propio y por todos costeado, y de donde, a la faz del mundo, proclaman la unidad de éste con deliberaciones y resoluciones por todos elaboradas y aceptadas, aunque importe ello mermas de soberanía en cada uno de los miembros componentes. Universalismo político que hace eco o copia la ecumenidad religiosa predicada por el catolicismo hasta en su nombre, y que ha estado viva siempre en su conciencia, a tenor de las palabras del Salvador (Mat. 28, 19 s.; Marc. 16, 15; Act. 1, 8). Evidentemente, las totalizaciones políticas que vemos hoy surgir, son el mejor reconocimiento de que en la idea cristiana latían principios superiores que proféticamente se adelantaban al progreso paulatino de la historia. Lo preludiaban con milenios de anticipación.

En la marcha de la humanidad moderna vemos, pues, emparejados dos universalismos: el político y el religioso, el del bienestar terrestre de los hombres y el de su salvación eterna, el del orden natural y el sobrenatural. Han emparejado ambos con el brillo y esplendor que confiere al fenómeno ecuménico la variedad de trajes e insignias, de rostros y lenguas, de colores blanco, negro, moreno, amarillo. Se les podrá ver así en las dos asambleas magnas, la Vaticana orillas del Tíber, y la Neoyorkina orillas del Hudson. La prensa diaria y la historia (toman nota de él, pero la filosofía de la historia, RAZÓN Y FE. Tomo CLXV. 1962.

que va más allá de la crónica, se pregunta: Tienen que vivir ambos, pero ¿cómo? ¿Ayudándose? ¿Estorbándose? ¿Conviviendo? Sólo el emplazamiento de la una en la Babel neoyorkina, símbolo de todos los titanismos antiguos y modernos ¿no siembra inquietudes al respecto?

Quedó anteriormente dicho: En 1869, año del Vaticano I, Europa, hegemónica, lo era todo, presidía los destinos del universo político sin que nadie osara disputarle el puesto. El resto, salvo América del Norte, económica y políticamente no tenía ni voz ni voto en el concierto de las naciones rectoras; mientras que hoy, los 18 pueblos iberoamericanos y los 45 afroasiáticos son una fuerza imponente con que han de contar Europa y América para las determinaciones que vayan a tomarse. Siéntense dichos nuevos Estados conscientes de su valer, y en todo momento echan el peso de sus votos en la balanza de las deliberaciones y resoluciones. Y como en compensación de los siglos en que, siendo colonias, estuvieron privados de derechos políticos, ahuecan la voz para que destaque más su personalidad y su cultura. Las más potentes naciones extreman en consecuencia sus miramientos con ellos so pena de comprometer su propio porvenir económico y político. Aunque no sea más que por la posición estratégica de su geografía, es de peso su voto.

Se delibera y se resuelve, pues, al presente a la escala del mundo; he ahí el gran hecho nuevo e inédito que vio Vitoria y sólo él, porque anteriormente tampoco se había patentizado el orbe como en sus días. La evolución histórica de esta llegada a la mayoría de edad de los nuevos Estados es bien conocida. Pertenece a la generación inmediatamente anterior al próximo concilio. En la época de la SDN (=Sociedad de las Naciones, Ginebra, desde 1920), los socios empezaron siendo 32, y nunca pasaron de los 50. La Carta de San Francisco (24-10-1945) la firman 51. Y hoy (1962) queda dicho haberse doblado su número. Y junto a los rascacielos americanos hemos visto dibujarse, con múltiple y abigarrada forma, ese gesto ambicioso de todo recién declarado mayormente reclamando la porción que le corresponde en la dirección del mundo...

UNIVERSALISMOS A GRANEL

Mas lo importante de todo este resurgimiento a la soberanía política y a los lazos de interdependencia de unos pueblos con otros no es que se hayan puesto de pie, ni que estén haciéndose sentir en la balanza RAZÓN Y FE. Tomo CLXV. 1962.

internacional, sino que con alto sentido progresista estén impulsando a la humanidad por las grandes vías de la cultura. Además de la defensa de la Paz mundial y del fomento de la colaboración internacional, objetivos primordiales de la ONU, se preocupan por la educación cívica, humanística, social, científica, técnica, ética, de la humanidad. Se han subido a los altos principios de la filosofía del derecho y de la antropología, dictando doctrina sobre los derechos del hombre, la dignidad humana, la igualdad jurídica de las razas, respeto a las minorías, reparto de los productos de la tierra, desarme, estupefacientes, higiene, tráfico, protección a la infancia, asistencia médica, demografía y problemas que suscita, inviolabilidad de los espacios, etc. Puntos unos directamente entendidos y otros indirectamente, sólo apuntados algunos y explícitamente debatidos otros. Porque la ONU, de algún modo, es cuanto lleva signo internacional y aspira a superar historias nacionales o provincianas, para llegar a una historia universal; trabaja bajo el signo de la totalidad o universalidad. Trabaja, efectivamente, porque la ONU es la organización para el fomento de la educación, de la ciencia, de la cultura (UNESCO. París); la oficina de trabajo (ILO, Ginebra), el centro de alimentación y agricultura (FAO, Roma), organismos que velen por la salud y la higiene (UNICEF), los bancos internacionales de fondos y de pagos, regulación de los servicios meteorológicos, aviación civil, correos, una comisión elaboradora de leyes, etc. Sólo la UNESCO tiene acción humanística dilatada, que ejerce con una red de inspectores, publicaciones, institutos. Y son una docena de organismos los que como ella trabajan a una escala mundial, queda indicado, penetrando en el alma humana por las heridas de los cuerpos para curar las heridas del alma, y por las vías de la economía, educación, ciencias, arte, tratado, técnica, asistencia material, para levantar su moral. Con la ONU deben saber juntarse, porque obedecen a la misma consigna universalista, la Cruz Roja, el tribunal de la Paz, el movimiento esperantista, el mercado común, la interpol, el libre intercambio, el sistema métrico decimal, los premios Nobel, las corrientes de unificación de los grupos raciales, geográficos, religiosos, lingüísticos, en Asia y África.

Para los superficiales resultará paradójico que se reúnan aquí movimientos que hasta cierto punto son exclusivistas y contrapuestos, como los raciales y lingüísticos últimos. Y más todavía, en pueblos o agrupaciones de pueblos que empiezan a vivir su soberanía con fervor de catecúmeno. Dichas unificaciones, que las más de las veces tienen carácter defensivo, suponen ya desde luego una totalización, y ceden gustosas de sus derechos RAZÓN Y FE. Tomo CLXV. 1962.

en aras de la gran totalidad que implica el areópago de Nueva York. Hay que ver la arrolladora fuerza con que sobre el presente, henchido de amenazas y dramatismos crueles, se proyecta la protección de ese brazo omnipotente que llamamos la ONU, y cómo ante cualquier desafuero real o imaginario vuelan los nuevos Estados a pedir su auxilio. Los aislacionismos, los canales de la Mancha, los fosos oceánicos, las cordilleras que llegan hasta el cielo, las barreras lingüísticas, van derrumbándose uno a uno. Cualquier desgracia de abultadas proporciones, aunque sea en el corazón del África, y que antes pasaría desapercibida, sacude la opinión pública. Y si no, ahí están la radio y la televisión que han hecho tabla rasa de las distancias y casi de la noción filosófica y jurídica de ausencia. Hoy todo es presencia.

Es ahora el momento de presentar una Iglesia que, desde su fundación misma, fiel a la enseñanza de Cristo, ha querido sentir en su centro vital y geográfico la palpitación de todos los pueblos, unidos a él por lazos doctrinales, sacramentales, litúrgicos y de régimen. Con origen en el mismo Padre, la redención por el mismo Hijo, la santificación por el mismo Espíritu Santo, destinados a formar una misma grey y un mismo cuerpo místico en la tierra, y herederos de la misma gloria. Esta santa ecumenidad abiertamente proclamada a través de los siglos, para blancos y negros, libres y esclavos, asiáticos, europeos, africanos, americanos, oceánicos, es la maravilla de la humanidad con una Fe, una Esperanza y la misma Caridad. Con dinamismo, por otra parte, que tiene siempre alertados sus puertos de frontera para lanzar a la conquista de nuevas unidades geográficas y étnicas a sus apóstoles y misioneros. Se advirtió antes; esta ecumenidad está clavada en todos los altos de la historia. Pero ecumenidad religiosa no es ecumenidad política ni código político, y es esto último lo que importa la nueva realidad que estamos llamando universalismo político y cultural. Es esto lo que el gran Vitoria, súbdito de un emperador, Carlos V, en cuyos dominios no se ponía el sol, ante el descubrimiento de las Indias orientales y occidentales, postula desde su cátedra de Salamanca, columbrando en unas lejanías, que no debió, creer iban a ser remotas, una asamblea y un código supranacional y supraimperial, de modo que los pueblos y los continentes, respetados en sus peculiaridades históricas y en su personalidad política, se avinieran a convivencias comerciales y culturales en bien de todos. Y la marcha de este supernacionalismo radicado en la doctrina de la fraternidad universal, inspirado ya por la Iglesia en la política del imperio medieval, y contenido en su avance por los nacionalismos renacentistas de evidente RAZÓN Y FE. Tomo CLXV. 1962.

rasgo exclusivista, se va imponiendo y aun desborda unificaciones puramente políticas. Directa o indirectamente, el orden humanístico y moral está entrando en las funciones de la ONU, y llega uno a dudar si, como querían Hobbes y Hegel, no se pasará a idolatrías que hagan a la magnífica entidad política de los tiempos modernos un Leviathan que sea fuente y origen de la moralidad y la religión. Al correr de esta divagación, que no formula pronósticos ni busca razonamientos dialécticos, le asaltan a uno semejantes dudas. Y viendo cómo rondan a la ONU jefes y pueblos subdesarrollados, la veneración con que se postran a sus pies, y recordando que en la historia se ha pasado fácilmente de la esfera política a la religiosa en fuerza del poder ilimitado de los emperadores para fomentar el bienestar y hacer el bien a los cuerpos, el espectro de la estatolatría que insinuamos no puede menos de dibujarse ante nuestros ojos.

DOS ÓRDENES CONCORDADOS

En teoría es bien sencillo: un universalismo de orden natural y el otro sobrenatural; el uno, como dijo Jesús, que no es de este mundo, y el otro que lo es; para el uno habló Dios, para el otro Solones y Licurgos. La Iglesia tiene que dirigir las almas al reino de los cielos, tiene para ello una misión docente y directiva que cumplir con ellas, y necesita que no se estorbe el desenvolvimiento de sus actividades específicas y aun complementarias. Sociedad perfecta ella, espera que otras sociedades asimismo perfectas, pero de otra esfera, que son los Estados, y el "superestado" que es la ONU, respeten la libertad de su acción. Al modo que en la Edad Media hubo una concordia más o menos ideal entre la Cruz y la Espada, y al modo que en muchos Estados modernos coexisten dos sociedades perfectas, espiritual y temporal, laborando cada cual en campo, o plano propio. Pero las circunstancias no son parecidas que digamos, ni tampoco muy prometedoras. Las dos terceras partes de la sociedad universalista de la ONU ni siquiera son cristianas, y de la tercera remanente —protestantes, ortodoxos, católicos sólo nominales muchas veces— no se puede decir que vayan a respetar en todo la acción y las enseñanzas de la sociedad ecuménica religiosa que decimos la Iglesia.

Pero hay más: una acción ordenadora de la política, ciencias, economía, y de dimensión mundial, es una máquina arrolladora que, aun sin el desafuero de erigirse en divinidad o fuente de la moral y de la religión, RAZÓN Y FE. Tomo CLXV. 1962.

llega a porciones íntimas y sagradas del hombre, por ser muy estrecha la trabazón existente entre la parte espiritual y corporal del compuesto humano. Acaba de oírse en una encuesta que con título de "Yo vivo en la República federal" (Weyrauch, München, 1961) han realizado los alemanes la confesión de cómo el bienestar material ahoga el espíritu, mata las aspiraciones ultramateriales. El paraíso terrestre puede fácilmente hacer olvidar el celeste, dicho ello sin los radicalismos y cerrazón materialista con que lo dijera Marx. Aunque pudiera ocurrir también la inversa, que la ordenación política de la ONU, que al fin y al cabo aun sin saberlo o sin quererlo está impregnado de los jugos del cristianismo, fuera el mejor vehículo de la propagación del evangelio en pueblos no cristianos todavía, y produjera la mejor de las conversiones colectivas de la historia. Bien así como Alejandro Magno y el imperio romano con su política unificadora de lenguas y de cultura fueron un instrumento para la predicación de los apóstoles. Igual ocurrió más tarde con la expansión del imperio carlovingio. Las almas, sin poder aquietarse con los bienes temporales, añoran los de una revelación divina.

MOSAICO CULTURAL.

La ONU, en su acción universalista y oficial, va guiada por una de las culturas dominantes en Occidente, la última de las varias de su brillante historia y que decimos renacentista. Evidentemente, aun en el momento en que más se abre la Organización a horizontes ecuménicos, al Oriente y a África, trabaja en occidental, quiero decir con puntos de vista que han hecho del Occidente maestro del buen sentir, del bien obrar, del recto querer, del sabio conocer. Esto en líneas fundamentales. Pero en líneas más particularistas, la ONU es un mosaico vivo de culturas, como que pudiera ser que estuvieran en ella representadas las más primitivas y rudimentarias, moviéndose por sus galones gentes que apenas han dejado las chozas pajizas de África y los chamizos de bambúes del sudeste de Asia. La ONU es el receptáculo de las culturas del orbe habitado. Decía Pío XII en memorable ocasión (X Congreso, internacional de ciencias históricas, 9-IX-1955), que se haría mal identificando a la Iglesia con cultura alguna concreta de las varias que le ha tocado vivir, aunque una de ellas sea la medieval a la que estuvo tan ligada. Su esencia se lo prohíbe; está levantada sobre todas las culturas, se inserta en todas ellas, pero se inserta como en el fluir temporal RAZÓN Y FE. Tomo CLXV. 1962.

de los siglos sin fundirse con ninguna. Es otra forma de anunciar su universalismo, que incluye no sólo el espacio sino el tiempo. Efectivamente, la Iglesia tiene orígenes en el Asia; sus fundadores son asiáticos y semitas, ajenos casi a la circundante cultura helénica, y ha ido revistiéndose de variedad de culturas, demostrando máxima virtualidad de adaptación. La policromía de la ONU, que es grande en trajes y rostros, se repetirá mañana en las sesiones conciliares, y hará consonancia la una a la otra. La Iglesia es continuación de la multiplicidad lingüística y étnica de Pentecostés, y constituye ello una de sus notas. Ante la efusión del Espíritu Santo todos son iguales, receptáculo todos de la gracia divina, de sus dones y de sus carismas. Todos se mueven con idéntico impulso hacia la vida interna espiritual y hacia la expansión evangelizadora del orbe. El Espíritu entra y sale como quiere, por el septentrión o el austro, por oriente y occidente. En los días de S. Gregorio Magno se adapta a las costumbres y edificaciones religiosas de los anglos, y con S. Cirilo y S. Metodio adopta la lengua eslava para la liturgia. No sabe de diferencias raciales ni culturales.

Todo esto entra automáticamente en la mentalidad del cristiano. Pero hay que llevarlo a la conciencia, vivirlo con intensidad, mientras la totalidad y la unidad de la Iglesia con su Pontífice, sus cardenales, arzobispos, obispos, abades, superiores de Órdenes religiosas, despliegan sus insignias y su gradación jerárquica ante el mundo. El ecumenismo verdad, el del espíritu con su muda presencia, irá deshojándose así como la mejor gala de la magnificencia de la Iglesia. Única arma que ha de decidir en los naturales antagonismos existentes entre la ONU, obra al fin de hombres, y la "Sancta Ecclesia", obra de Dios. Aquélla con su estructura y superestructura, con una constitución de bases y artículos elaborados por los mejores internacionalistas del mundo, si ante alguno, cederá ante la constitución supranacional y sobrenatural del ecumenismo cristiano, que descansa en el amor a Cristo y a su obra, el amor a su Sangre divina y a los redimidos por ella, el amor a su doctrina y a los que la siguen con verdad y sencillez. Cederá como en parecidas circunstancias cedió la grandiosa estructura del Imperio romano, entonces omnipotente. Las catedrales góticas han sido holgadamente superadas por las titánicas construcciones civiles de hoy: costo, altura, amplitudes, mole y ornato; en lo que no serán nunca superadas, no deben serlo al menos, es en la santidad y hondo sentido sobrenatural que albergue su interioridad. Aquí reside su grandeza y su virtud dominadora... RAZÓN Y FE. Tomo CLXV. 1962.

INÉDITO SEGUNDO.

En el momento de redactar estas líneas —primera semana de diciembre—, a la vez que el universalismo político en Nueva York, discutiendo los asuntos del Congo, está actuando en Nueva Delhi el religioso de las iglesias (CEI; en inglés WCC), y discute puntos de una progresiva unificación de sus miembros con adición de nuevas ramas adherentes, llevando adelante su difícil programa de "Una Iglesia", y tomando posiciones en los problemas espirituales o conexos con ellos de la historia contemporánea. La asamblea ha adoptado por escudo una Cruz flotando en barca sobre las olas con una inscripción o divisa que la rodea y dice OIKOUMENE. De los componentes de la misma, 500, que representan a 197 iglesias, 46 son de las iglesias asiáticas, 26 africanas, 5 iberoamericanas.

Con ello va dicho que va más dentro de la historia y del ser de la Iglesia con mayúscula el segundo de los grandes inéditos, el Consejo Ecuménico de las Iglesias. Siguiendo desde luego el impulso universalista que todos estamos respirando y a todos nos gana, las iglesias no católicas o separadas de la Grande han decidido reunirse en Una, más o menos unificada, conscientes de que si la ecumenidad es un rasgo evangélico ("hasta el último confín de la tierra"), también lo es la unidad ("que todos sean uno"), demostrativo por otra parte de la mejor nobleza y genuinidad, de la mejor verdad. Oigamos sus palabras: "El Consejo Ecuménico de las Iglesias es una asociación fraternal de las iglesias que aceptan a Nuestro Señor Jesucristo como Dios y Salvador", y toda iglesia que quiera adherirse a él, y son ya 197 las que van haciéndolo según queda dicho, debe expresar su acuerdo a esta base. Y ¿la unidad? Lenta y trabajosamente se va elaborando la clase de unidad que cabe, en lo que entiende una "comisión de Fe".

No es poca satisfacción para la Iglesia nuestra este testimonio de unidad, claramente reconocida y tan activamente tratada de copiar, venido de los disidentes. Filosófica y teológicamente tiene ello poder de persuasión notable, ya que la verdad es una y uno también Jesucristo con sus sarmientos y con su rebaño. Si ahora los trescientos millones de adherentes al CEI anuncian sus propósitos de alcanzarla, glorifican y cantan con nosotros el "credo in unam" del símbolo de Fe. Efectivamente, era un tópico lo del desmembramiento interminable de las iglesias, lo llamaban escandaloso ellas mismas, lo decían sectarianismo. Y recordaban estos mismos días de la RAZÓN Y FE. Tomo CLXV. 1962.

reunión de Nueva Delhi la siguiente anécdota: Dos hindúes, entre sí conocidos, se hacen cristianos, pero de distinta denominación. Al volver a casa y encontrarse, se dicen mutuamente: Antes como hindúes, estábamos unidos, éramos uno; como cristianos ahora somos dos, estamos desunidos, recibimos la comunión en rito distinto.

Hay que repetirlo, resulta glorioso para la vieja Iglesia esta vuelta o conversión de los disidentes a la unidad, buscando rehacerla en la parte dogmática, sacramental, litúrgica y de régimen. La génesis misma del movimiento ecumenista de la CEI resulta también consoladora para nosotros. Es el celo misional él que dando cada vez más extensión a sus iglesias y más ocasiones de diferenciación por la variedad de razas y de lenguas, ha provocado en parte el impulso unionista. Lo que quiere decir, que el celo misional es relativamente reciente entre ellos. Sólo desde fines del s. XVIII empiezan a moverse en tal sentido los hermanos separados, y en el s. XIX se despliegan por todos los puntos cardinales con frutos de florecientes cristiandades. Y no llevan trazas de cejar. Se han dispersado por el universo y han resultado ecuménicos, con medios económicos más poderosos que los de los católicos.

Pues bien; a continuación de este movimiento misional ha surgido el otro de unificación. Más de 200 iglesias entre sí diferentes merecían bien un intento de convergencia en sus actividades y doctrina, y en consecuencia de dirección. En agosto de 1948, y con representación de 148 iglesias, se celebró la asamblea constituyente de la iglesia, reunida que está hoy integrada de ó altos jerarcas o presidentes (de varias razas), 100 miembros elegidos, y 22 ejecutivos, con un secretariado permanente que reside en Ginebra —pronto tendrá magnífico edificio propio—, en donde trabajan cuatro organismos: evangelización, ficción ecuménica, estudios, protección a los refugiados. Ya hemos dicho que en las asambleas generales toman parte varios centenares. Se han celebrado hasta ahora, además de la de Amsterdam (1948), la de Evanston (América), 1956; y la tercera en Nueva Delhi (Asia) este año, 19 nov.-6 dic., estando representadas 197 iglesias —ha destacado la presencia de la iglesia rusa— con 577 delegados, 200 directivos, 65 observadores, 275 reporteros. (La próxima asamblea se celebrará en algún lugar de Oceanía o África). La comunión dé los asistentes ha sido con rito común y han mandado un saludo de respeto y buenos auspicios al Concilio Vaticano II. RAZÓN Y FE. Tomo CLXV. 1962.

En este ecumenismo, no ya político como el del la ONU, sino religioso y cristiano, la consideración de la unidad que se busca tiene naturalmente proyecciones hacia la gran Unidad en la Iglesia de Pedro, y ahora en el Concilio Vaticano II. Nada sería más alentador que el ver reunidos en Ella y con él, a los 800 millones de cristianos, casi la tercera parte de la población del mundo, y en calidad cultural bastante más de una tercera parte. Realidad confortadora en un momento —lo veremos en el siguiente artículo— en que el ateísmo marxista, con sus mil millones de afiliados "políticos", la ciencia irreligiosa, el neopositivismo del círculo de Viena, la escuela determinista freudiana, el existencialismo ateo, el neohumanismo pagano, la novela angustial, se ciernen sobre nuestras cabezas) y nos ponen en situación de emergencia. Si se recuerda que hubo tiempo que el Asia occidental y el África septentrional fueron cristianos, y que ya no lo son, hay que despertar de veras y pensar en hacer frente a la amenaza de la irreligiosidad. La perennidad de la Iglesia, promesa de Cristo, no puede eximirnos de una labor defensiva y ofensiva de nuestra parte, como si la suerte de la Iglesia dependiera sólo de nuestras fuerzas. Sin claudicar ni hacer cesiones en la integridad de nuestra Fe y de nuestra Unidad, podemos hacer valer nuestro amor a Jesucristo y a su Iglesia levantándonos en apologética viva que apresure la hora de la reunión de los cristianos todos. Que a nuestro ecumenismo de Fe y de doctrina responda otro de amor a nuestros hermanos separados que opere la integración de la gran Iglesia.

TERCER INÉDITO.

Viene ahora esta expansión humana por los espacios que decimos cósmica, con que se inician los ecumenismos verticales. Precisamente, hacia allá donde, figurativamente al menos, coloca el fiel cristiano el trono de Dios y su propia futura gloria, la sede de los ángeles y de los (santos, por donde subió Jesús el día de la ascensión y a donde se dirigen nuestras miradas y nuestras plegarias en el sufrimiento y en el gozo. El primer artículo de nuestra Fe es una profesión en Dios Padre, creador del cielo y de la tierra. No cabe separar nuestra visión sobrenatural del firmamento estrellado, de los espacios siderales, de la inmensidad celeste.

Pues bien, por ellos se lanza ahora el género humano, primero en forma de aventura suelta, para más tarde tomar posiciones en los astros, y entrar acaso en diálogo con seres racionales, aunque de constitución diversa RAZÓN Y FE. Tomo CLXV. 1962.

a la nuestra, que puedan salirles al paso. Se va a la exploración de los espacios, con unos que llamaremos super-ecumenismos, pero que pertenecen a la Cristología, no sólo porque los llevan a cabo seres humanos que real o virtualmente son cristianos, sino porque son del dominio de aquel a quien se le entregó todo poder en la tierra, en los cielos, en los abismos: Oigamos a S. Pablo:

Tened en vosotros (Filipenses) estos sentimientos, los mismos que en Cristo Jesús, el cual, subsistiendo en la forma de Dios, no consideró como una presa arrebatada el ser igual de Dios, antes se anonadó a sí mismo, tomando forma de esclavo, hecho a semejanza de los hombres; y en su condición exterior, presentándose como hombre, se abatió a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual, a su vez, Dios soberanamente le exaltó y le dio el nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los seres celestes, y de los terrenales, y de los infernales, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, llamado a compartir la gloria de Dios Padre (2, 5-12).

Cuando el descubrimiento de América, hubo momentos de gran sorpresa, pues, con unos ecumenismos angostos, se creía que no hubiera mundos habitados más allá del mar océano. Sobre todo, que aseveraban los sabios que la conformación de la tierra no permitía suposiciones para una circunvalación de la misma. Cuando luego se anunció el heliocéntrismo (s. XVI) y más tarde la pluralidad de mundo (s. XVII), suscitó el hecho viva controversia, pues entrañaba no sólo cambios en el modo de pensar, sino achicamientos de la tierra o de la morada del hombre, creída tanto tiempo centro del universo. Poco después se agitó la posible existencia de gentes en la Luna, y no faltó un Riccioli, autor de la Selenografía oficialmente reconocida por la ciencia astronómica, que nos dijera en la portada de su libro: "En la Luna no encontraréis hombres ni almas que hubieran emigrado allá". Posteriormente, se habló de la hipótesis de seres racionales en los astros, por ejemplo en Marte, y hay una regular literatura e iconografía sobre los supuestos seres marcianos. Ahora, se nos presenta el grandioso hecho del traslado de la fe cristiana a los espacios, y seguramente que la Iglesia compartirá más que nadie la emoción que ello suscite. Los Padres de los 17 primeros concilios hubieran quedado sorprendidos si se les hubiera dicho que, andando los años, iban a sentarse en sus escaños gentes del extremo oriente y del corazón de África, y no hubieran admitido la idea de que de la soñada Atlántida de Platón afluirían centenares de prelados a deliberar en las sesiones. ¿Por qué no hacerse a la idea de que un día más o menos lejano RAZÓN Y FE. Tomo CLXV. 1962.

vendrán también al concilio habitantes adamitas de los astros? ¿Hemos de seguir cerrados en un ecumenismo horizontal? Oigamos de nuevo al Tarsence en otra lección de cristología cósmica, dictada esta vez a los Colosenses:

El cual (Cristo) es imagen del Dios invisible, primogénito de toda la creación, como que en Él fueron creadas todas las cosas de los cielos y sobre la tierra, tanto las visibles como las invisibles, ya sean los tronos, ya las dominaciones, ya los principados, ya las potestades; todas las cosas han sido creadas por medio de Él y para Él. Y Él antes que todas las cosas, y todas tienen en Él su consistencia. Él es la cabeza del cuerpo de la Iglesia, como quien es el principio, primogénito de entre los muertos; para que en todas cosas tenga Él la primacía, porque en Él tuvo a bien Dios que morase toda la plenitud, y por medio de Él reconciliar todas las cosas consigo, haciendo las paces mediante la sangre de su cruz; por medio de Él, así las cosas que están sobre la tierra como las que hay en los cielos (1, 15-20).

Historia, prehistoria con los ángeles en rebeldía, naturaleza, cosmos, constituyen, el señorío del que murió en la Cruz. Él los ha reconciliado con el Padre, resultando asombrosas las amplitudes que asigna el Apóstol a la obra de Cristo en general, además de la específicamente redentora de los hijos de Adán, con la conclusión legítima de que los mundos todos y la historia giran en torno suyo. ¡Cristocentrismo! Y con la consecuencia de que hay unos ecumenismos —por lo ancho, alto, profundo— de su gloria, que en parte comunica a su Esposa la Iglesia. Estos comunicados ecumenismos ponen toques de grandeza divina en el cuadro del próximo concilio. Los dramatismos que el siguiente artículo habrá de destacar en torno a la naturaleza, la razón y la Fe, engrandecen también el cuadro, pero con la grandeza propia de los tintes sombríos. Lo de dramática es un apelativo que si no se lo ha ganado ya, se lo está ganando bien la presente centuria.

J. SARRALLE.


Publicado por tabor @ 21:15  | Contexto socio-politico
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