Lunes, 24 de julio de 2017

“Quizá en lugar de «superhombres» debiéramos hablar simplemente de «santos» y atribuirles nuevas dimensiones humanas: gozar de la fuerza y exuberancia de los comienzos y al mismo tiempo situarse en los límites de su irradiación-, estar muy cerca del Señor crucificado y de los hombres, por quienes él soportó la miseria y el abandono hasta identificarse con ellos. De este modo no deberían estar a la vez en dos sitios, sino en un único lugar, con tal de ser capaces de mantener su tensión y de habituarse a él. Y ya que esto constituiría la plena realización de la misión y de la existencia cristiana, no deberían ni siquiera preguntarse si es posible, o si un hombre puede llegar a realizarlo.

Esto es importante porque así como la fe cristiana no puede jamás presentar a la razón la explicación última de la acción que Dios realiza en Cristo para salvar al mundo -si no fuese así yo comprendería y dominaría esta acción, que ya no sería acción de Dios para nosotros-, del mismo modo la existencia cristiana, que vive por la fe, no podrá jamás situarse a sí misma en relación con esta fe. La existencia cristiana tiene que ser expresión de la fe, es decir estar plasmada y guiada por ella. Por consiguiente no debo atormentarme con problemas insolubles, querer descubrir en que relación yo, pobre pecador, estoy con mi Señor, al que debo testimoniar y en cierto modo representar, y pretender saber sí le estoy cercano o lejano. Ni siquiera me debe inquietar el problema aún mayor, al que ha apuntado también Pablo, de determinar cuál debe ser mi puesto dentro de la realidad de Cristo, si antes de la cruz (hacia lo que tiendo siempre), en la cruz y en la muerte, o más bien después de la cruz en la resurrección, que es la única que hace posible mi participación en la realidad de Cristo. ¿A qué Señor soy asimilado al recibir la eucaristía? ¿Al que vive eternamente y que no muere ya o más bien a aquél que hasta el fin del mundo estará en agonía y cuya muerte anuncio en la celebración eucarística? ¿O quizás estas dos existencias se entremezclan una en la otra, una fe verdadera en el misterio de Cristo, aquel permanece insondable y ningún cristiano auténtico puede tener interés en descubrirlo. Su vida está comprendida entre dos puntos; existe por uno y está en función del otro: el primero es Dios en Cristo y el segundo el prójimo. Su existencia es posible en la medida en que representa el movimiento del primero hacia el segundo: el Espíritu Santo es el encargado de impulsar y conducir este movimiento”. (Hans Urs von Balthasar.¿POR QUÉ SOY TODAVÍA CRISTIANO? .Ediciones Sígueme, Salamanca, 1974).


Publicado por tabor @ 12:31  | Desarrollo Vaticano II
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