Martes, 26 de mayo de 2020
Un escrito del año de inicio del Concilio 1962.
RAZÓN Y FE. Tomo CLXVI. 1962. CONCILIO (pp. 145-148) or fin... podemos ya exclamar, y dar así término a la ansiosa espera con que la Iglesia, y aun el mundo civilizado, ha aguardado desde enero de 1959 el momento solemne de la apertura del Concilio Vaticano II. Cuánto y cuánto no se ha escrito y hablado en este intermedio de los temas que habían de ser tratados, de las actitudes que en su celebración se adoptarían o de las tendencias que se marcarían, de los resultados posibles o probables... Por más que no siempre hayan sido el acierto y la ponderación las cualidades más relevantes en tantas especulaciones, puede, con todo, afirmarse que el extensísimo examen realizado sobre la vida de la Iglesia en sí misma o en sus relaciones con el mundo que la rodea; que el planteamiento o la discusión de tantos y tan varios problemas; que las soluciones apuntadas o sugeridas con miras al futuro han reportado ya tantos beneficios, que, aun cuando no se celebrara el Concilio, debe ya este período preparatorio ser considerado en sí como altamente fructífero: tan llena de buena voluntad, tan sincera y realista ha sido la autocrítica que sobre su ser y su acción ha realizado la Iglesia. La visión así lograda sobre la verdadera realidad actual de la Iglesia en sus instituciones y en la capacidad realizadora de sus instrumentos apostólicos; la decisión hecha ya patente de encaminarse realísticamente hacia un nuevo estadio de adaptación aun sacrificando tradiciones o inercias, son ahora sin duda muy distintas de las que se adoptaban hace tres años, a pesar de las muchas luces irradiadas desde la Cátedra Romana durante los dos últimos Pontificados. Volviendo ya la vista hacia atrás, a aquel sorprendente momento del anuncio de Juan XXIII pronunciado en la Basílica de San Pablo, parece que del camino recorrido hasta la apertura del Concilio brota la impresión de que aquella primera noticia encontró eco directo en el pueblo mismo cristiano; y que desde el pueblo llegó en retorno como por resonancia hacia las zonas intermedias y aun las altas; como si el pueblo cristiano captara por sí mejor que ningún otro medio, cuanto en las escuetas palabras de Juan XXIII parecía envuelto en sombras indefinibles de incertidumbre. El pueblo ha desenvuelto y desarrollado el mensaje recibido hasta ponerlo en condiciones de salir a la luz pública. P RAZÓN Y FE. Tomo CLXVI. 1962. Todo ello hace pensar que en este caso, más tal vez que en ningún otro, los Padres Conciliares acudirán a la Basílica Vaticana como testigos de la fe y de los anhelos de sus respectivas comunidades cristianas; allí expresarán la convicción en ellas arraigada de que en la convocatoria papal había verdadera inspiración del Espíritu Santo; y se sentirán apremiados por la firme esperanza de sus fieles de que por Providencia divina extraordinaria debe resultar de este Concilio un nuevo estadio en la vida cristiana. Tendrán sin duda presente el momento en que, terminadas las tareas conciliares, hayan de volver a sus puestos, y dar en ellos cuenta, a sus fieles de las tareas llevadas a cabo por el Concilio. Los Padres han de sentirse fogueados por la caridad ardiente de la Iglesia que ansia la fusión de todos los creyentes en una verdadera unidad. Pocas veces se habrá llegado a un Concilio con mejor conocimiento de lo que el pueblo cristiano espera y casi exige de él. La forma de que ha reaccionado la comunidad cristiana desde que llegó a ella la voz conciliar de Juan XXIII hará que toda ella esté bien presente por el testimonio de los Padres en el Concilio, y mantendrá bien prietos los vínculos de los Pastores ausentes en Roma con sus respectivas greyes diseminadas por el mundo. Por lo que se refiere directamente al ya próximo Concilio, este período ha puesto en claro algunos puntos básicos. Ante todo, el Concilio es un asunto interior de la Iglesia misma, en el cual, por consiguiente, tiene que ver directamente la Iglesia Romana, y no otras iglesias cristianas, aun cuando se invite a éstas a que acudan en calidad de "observadores" siquiera a los actos de carácter menos secreto o privado. Tampoco tienen que ver en el Concilio otros poderes no religiosos, especialmente los políticos, ni siquiera aquellos partidos políticos que siguen una ideología cristiana y tratan de actuar en conformidad con las normas fundamentales explicadas por los Romanos Pontífices.

Publicado por montehoreb @ 9:51  | Viviendo el Concilio
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